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UN LIBRO FRUTO DEL DIÁLOGO CON LOS JÓVENES
«Creados por amor, elegidos para amar»
Autor Juan Ramón García-Morato
Editorial Eunsa
Fecha Pamplona 2005
Páginas.142
- Juan Ramón García-Morato, profesor de la Universidad de Navarra, dice que matrimonio y celibato son caminos de plenitud cristiana
Juan Ramón García-Morato, capellán universitario, médico y teólogo de la Universidad de Navarra, acaba de publicar Creados por amor, elegidos para amar (EUNSA). Este nuevo libro plantea que todos los hombres y todas las mujeres están llamados a encarnar amores grandes, tanto los casados como los célibes.
Con estas premisas, aborda cuestiones como el descubrimiento de uno mismo, la llamada al amor matrimonial o al celibato, los planes de Dios para cada hombre, los rasgos peculiares de la vocación cristiana al matrimonio, el atractivo de la entrega a Dios, etc. Y dedica especial atención a resolver algunas de las dificultades planteadas en relación con el celibato, poniendo de relieve su condición de estado de vida abierto -como el matrimonio- a una plena madurez humana.
Evocando el Concilio Vaticano II recuerda la importancia de ser conscientes de que todos estamos llamados a la santidad, ya que "las personas casadas pueden tener la misma intimidad con Dios que las que viven la virginidad y el celibato".
El libro se dirige a un público general, no especializado: a los padres y madres que desean transmitir la fe cristiana, a los educadores, a los jóvenes... A lo largo de sus páginas analiza cuestiones y responde a interrogantes reales que ha recibido a lo largo de estos años por parte de los jóvenes estudiantes. "Al fin y al cabo -afirma-, si no hubiera sido por ellos, nunca me hubiera puesto a escribir este libro. Y sin su incisiva lectura, antes de ser publicado, es bastante probable que no hubiera salido igual de bien".
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ENTREVISTA CON EL AUTOR
Extracto de una entrevista de Veritas
a Juan Ramón García Morato (22/09/2005)
“Existe una congruencia profunda entre el don del celibato y el ministerio sacerdotal”
Para abordar el tema, Veritas ha entrevistado a Juan Ramón García-Morato, autor de “Creados por amor, elegidos para amar” (EUNSA), un libro publicado recientemente, en el que el autor afirma que “matrimonio y celibato son caminos de plenitud cristiana” y dedica especial atención a resolver algunas de las dificultades planteadas en relación con el celibato, muchas de ellas realizadas por algunos de sus alumnos.
García-Morato, es médico y teólogo; imparte la asignatura Teoría de la Cultura en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, y es capellán de esa misma facultad.
-¿Cuál ha sido el origen y la razón de este libro?
Juan Ramón García-Morato: En el curso 2002-2003, mientras explicaba “Teoría de la Cultura”, algunos alumnos manifestaron su sincero interés por entender las razones que podía tener una persona para vivir el celibato, sobre todo si transmitía en sus explicaciones una visión tan positiva y realista de la sexualidad humana. Les escribí cinco folios y me los devolvieron con veintisiete preguntas e interpelaciones personales.
El libro debe mucho a las personas que han leído las distintas versiones y que no se han conformado con las primeras respuestas recibidas. Agradezco que no hayan confundido la delicadeza en su interrogatorio con la falta de claridad. Agradezco su incisividad. Son casi medio centenar, hombres y mujeres, estudiantes y profesionales jóvenes, creyentes y descreídos. No todos han encontrado respuestas a sus preguntas, pero las que han encontrado les resultaban convincentes. Espero que suceda así con mucha más gente.
-¿Por qué afirma usted que el celibato es un camino de plenitud cristiana?
Juan Ramón García-Morato: Tanto el celibato como el matrimonio son caminos de plenitud cristiana, es decir, de santidad. Todos estamos llamados al amor, y la revelación cristiana conoce dos modos de realizar plenamente esa vocación: el matrimonio y el celibato en cualquiera de sus formas. Las dos figuran en los planes de Dios. Las dos se necesitan mutuamente para comprenderse mejor.
Tanto uno como el otro son un camino de entrega. Y para entregarse, hay que poseerse. La "media naranja", tal como se entiende en el lenguaje ordinario, no existe. Ninguna persona es "a medias", necesitada de otra –especialmente "diseñada" para ella- para ser completa. Cada una y cada uno es completo en sí mismo. Sólo una persona completa puede poner en juego todo su ser y entregarse -a Dios o a otra persona- con la madurez suficiente para tomar esa decisión libremente.
Por eso el celibato también es un camino de plenitud humana y cristiana. Porque a la hora de amar a Dios correspondiendo a una llamada que implica ese don, hay que poner en juego todas las dimensiones humanas, también aquellas que dependen de la condición masculina o femenina, excluyendo simplemente el ejercicio de la sexualidad. Pero ese es el estilo de vida de Cristo, hombre perfecto, y de la Virgen. Un estilo de vida que tiene un papel insustituible en la historia de la redención.
-¿Cuáles son las razones por las que la Iglesia pide el celibato para los sacerdotes?
Juan Ramón García-Morato: Me parece importante una aclaración previa: el celibato es, ante todo y sobre todo, una respuesta libre y confiada a un don de Dios. Se trata de un acto de libertad que no se apoya en razones humanas, del estilo, por ejemplo: "quiero ser sacerdote y, por lo tanto, acepto esta carga; o bien: quiero ser sacerdote, me gustan las chicas, pero tampoco son tan importantes y puedo prescindir de ellas".
Al contrario, es un don recibido que supone un ejercicio intenso y fuerte de la fe, la esperanza y la caridad, siguiendo la lógica nueva del Evangelio. Es, en definitiva, una elección que, por amor de Dios, busca la plena disponibilidad para amar a los demás siguiendo el mismo estilo de vida de Jesús y siendo instrumento de Dios en la historia, para hacer cercano ese amor a los hombres.
Pienso que es imposible entender bien el celibato sin considerarlo un don específico de Dios que tiene un papel necesario en la historia de la salvación, papel realizado plenamente en la misma vida histórica del Redentor.
Dicho esto, propiamente hablando no se puede decir que sea obligatorio: nadie ha impuesto el celibato, sino que es elegido libremente y sin coacción. Los sacerdotes, al ordenarse, dan su palabra de vivirlo, y lo hacen con seriedad, como cualquier persona responsable que toma una decisión y está dispuesto a sacarla adelante, porque su palabra y su propio yo son una y la misma cosa. Y lo hacen porque, con el oportuno discernimiento y ayuda, descubren en sus vidas ese don de Dios.
Lo que realmente hace la Iglesia es elegir para el sacerdocio a quienes juzga prudentemente que han recibido ese don y están dispuestos a responder a él, cultivándolo y cuidándolo día a día. Y lo hace así porque ha entendido desde muy antiguo -recientes investigaciones nos llevan al siglo II- que existe una congruencia profunda entre el don del celibato y el ministerio sacerdotal. No es simplemente cuestión de tener más tiempo para determinadas tareas.
-¿Cree que es un tema revisable teológicamente? ¿Podría ser abolida la ley del celibato?
Juan Ramón García-Morato: Desde luego, el celibato no es un dogma de fe. Es una costumbre de vida que, como decía antes, creció en el seno de la Iglesia desde el siglo II. En este sentido, en la medida en que la vinculación entre celibato y sacerdocio no es esencial, sino de congruencia profunda entre el misterio de Cristo y el misterio de la participación sacramental en su sacerdocio, cabe la posibilidad hipotética de abolir el celibato, como cualquier otra ley eclesiástica que no recoja directamente un mandato expreso de derecho divino.
Ahora bien, como ya le he dicho, la convicción de la Iglesia acerca de la congruencia del celibato con el ministerio sacerdotal no es pragmática ni coyuntural, sino profundamente fundada. Me parece que aquí se puede encontrar la explicación de que, en una situación sociológica y cultural como la actual, con las dificultades de todos conocidas en materia de vocaciones, la Iglesia Católica continúe confiando en que Dios siga repartiendo el don del celibato entre muchos jóvenes y envíe los ministros sagrados necesarios para la vida de la Iglesia.
-¿Qué opina de los movimientos que piden el celibato opcional?
Juan Ramón García-Morato: Me parece poco honrado por mi parte dar una respuesta: no los conozco más que de oídas. Y tampoco a las personas que forman parte de ellos, ni sus circunstancias. Mucho menos puedo saber el grado de rectitud de sus planteamientos. Y todas estas cosas están ineludiblemente contenidas en cualquier opinión que pueda dar.
Por lo que se refiere a la propuesta de un celibato opcional, antes de responder me parece importante considerar que los tiempos de crisis del celibato son también tiempos de crisis para el matrimonio.
Quizá la cuestión de fondo radica en si se acepta o no la posibilidad de que una persona, con la madurez necesaria, pueda tomar una opción radical sobre su vida y mantenerla con esfuerzo y alegría para siempre. Porque este planteamiento afecta a ambos caminos.
Y siendo ese el fondo, me parece que la abolición del celibato correría el riesgo de convertirse en una nueva dificultad que tiene la misma raíz: la separación de matrimonios de sacerdotes. Las iglesias y comunidades cristianas que tienen a sus ministros casados tienen experiencia de esa realidad, que les resulta dolorosa.
Por otra parte, no acabo de ver claro que la disociación entre sacerdocio y celibato suponga una ganancia, porque así vayamos a tener más vocaciones. Porque el problema de las vocaciones en la Iglesia está más en relación con la crisis del matrimonio. Dos detalles a este respecto. De una parte, la media de natalidad en los países desarrollados es de 1,5 hijos por pareja; en este contexto, las posibilidades de entrega a Dios en el sacerdocio son, humanamente, mucho menores que en otros tiempos, en que era más habitual la existencia de familias numerosas. Pero hay más: en muchos casos son las propios padres los que se convierten en el mayor obstáculo para la entrega plena a Dios de sus hijos, porque tienen otras expectativas. Todo apunta más bien a una crisis de fe y de fidelidad, de confianza en Dios. La clave de las vocaciones y de la evangelización pasa por las familias cristianas.
Finalmente, me parece que se trata de una propuesta teórica de solución al problema de las vocaciones sacerdotales, que es fácil de pensar y formular por todas las partes implicadas. Siendo así, habría que conceder a los pastores de la Iglesia al menos un grado de perspicacia similar al de quienes proponen esa opción, y concluir que el hecho mismo de que no se acoja el celibato opcional, cuando parece algo tan razonable, manifiesta que se trata de una cuestión que va más allá de la mera disciplina.
-¿Los casos de conversiones a la Iglesia Católica de ministros procedentes de religiones que no tienen la Ley del celibato (como el reciente caso de Tenerife) podría replantear esta cuestión o es una excepción atendible en el contexto ecuménico?
Juan Ramón García-Morato: No es algo nuevo y, efectivamente, hay que encuadrarlos en el contexto ecuménico. Antes del caso de Tenerife, ya existían en la Iglesia sacerdotes casados procedentes de la Iglesia Anglicana o de otras confesiones cristianas. Lo que ha sucedido en Tenerife es que un pastor anglicano casado, convertido a la Iglesia Católica, ha sido ordenado sacerdote por concesión del Papa. Estas ordenaciones están previstas desde antiguo por la praxis de la Iglesia. Ya en el siglo XVIII, los pastores anglicanos que se incorporaban al catolicismo, estudiando caso por caso, eran consagrados con dispensa pontificia. Por lo tanto, en casos excepcionales, es posible. Pero siempre en este contexto. Me parece que seguirán siendo excepcionales en el futuro.
Es verdad que los ritos católicos orientales admiten la posibilidad del matrimonio en los sacerdotes, pero siempre antes de ordenarse. Sin embargo, la cura de almas y el episcopado -que es la plenitud del sacerdocio- están reservados a los célibes.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, un estilo de vida mantenido durante casi veinte siglos, pese a las protestas y a ser descuidado en ocasiones por los que habían hecho esa promesa, no puede trivializarse ni simplificarse tanto. Hay que tomarlo en serio, incluso desde el punto de vista especulativo, estudiando a fondo los porqués de esa continuidad. Pensar que ha sido una especie de terquedad mantenida durante siglos, no parece intelectualmente sostenible.
-Algunos opinan que el sacerdote comprendería mejor los problemas familiares si estuviera casados o que esto no dificultaría su ministerio ¿es así?
Juan Ramón García-Morato: Sinceramente pienso que lo que permite hacerse cargo a fondo de cualquier cuestión es la experiencia. Sin embargo, la experiencia directa es siempre limitada. Aplicar esa lógica a cualquier ámbito de la vida o al trabajo profesional es sencillamente imposible. Además, todo depende de las personas, de las situaciones y de las circunstancias.
Basta pensar en cualquier médico: su experiencia directa -vivida- de las enfermedades que reconoce, trata y cura es inexistente en la gran mayoría de los casos, pero eso no le impide acertar, y nadie le increpa por hablar, enseñar a otros o bien ocuparse de quien lo necesita.
La experiencia indirecta puede ser muy rica y muy valiosa, algo realmente útil en las tareas encomendadas a cualquier persona.
Llevado al extremo, habría que decir que el médico, o el sacerdote, o cualquier persona, para entender bien y hacerse cargo de los enfermos mentales o de los que padecen cáncer, debería padecer la misma enfermedad. Sin duda que si la padece, la experiencia directa le permitirá hacerse cargo de matices que los demás no pueden captar. Sin embargo, la amplitud de matices -algunos de ellos importantes- que proporciona la experiencia indirecta no se puede suplir de ninguna otra manera.
Por lo que respecta a la vida familiar, los sacerdotes no contraen matrimonio, pero todos han nacido y han crecido en una familia, y el ámbito de la vida y de los problemas familiares no les resulta ajeno; y a lo largo de su ministerio llegan a adquirir un conocimiento de esa problemática difícilmente igualable por quien cuenta solo con la experiencia de su propio ámbito familiar.
Desde luego, puedo afirmar que, ahora como sacerdote y antes como médico, la escuela de la experiencia indirecta como consecuencia de la atención a los demás, es profundamente enriquecedora y proporciona horizontes siempre más amplios en la relación con los demás.
-Como médico ¿considera que el celibato es una "represión" o que puede traer problemas psicólogicos?
Juan Ramón García-Morato: El celibato no empobrece la personalidad. Al contrario, por ser uno de los caminos a la plena realización de la vocación de la persona al amor, la enriquece. Lo he podido comprobar muchas veces, gracias a Dios. Sin embargo, soy consciente de que hay personas que se plantean si no es emocional y mentalmente más sano tener una pareja y una familia que vivir el celibato.
Como he dicho antes, cada persona es completa en sí misma y se realiza en relación con los demás. Pero como no es posible relacionarse con todas las personas, ni tampoco llevar a la práctica las innumerables oportunidades de relacionarse, cada cual va escogiendo libremente las que considera más adecuadas para su realización personal.
El problema, a mi modo de ver, no radica en vivir el celibato. En la vida, lo terrible para la armonía interior y la salud mental de un hombre o de una mujer no radica en ser célibe o estar casado. El quid de la cuestión está en haber tomado una decisión libre y haber elegido algo que afecta a toda su existencia y, sin embargo, seguir envidiando lo que no ha elegido, llenándose de una nostalgia cada vez más intensa. Porque la añoranza permanente como estilo de vida -una de las formas de poner la mano sobre el arado y seguir mirando atrás- sólo puede ser fuente de inmadurez, que destroza y hace saltar por los aires cualquier compromiso existente e incluso acaba por incapacitar para compromisos futuros.
Todos hemos de aprender a tomar decisiones y asumir que, con cada decisión, descartamos un montón de opciones; y asumirlo con la ilusión de quien empieza nuevos caminos llenos de sorpresas. Por eso, ante las cuestiones fundamentales de la vida, sólo se deben tomar decisiones si somos conscientes y estamos dispuestos a que sean decisiones que, de hecho, arrastren detrás de ellas a toda la personalidad. Porque si se toma una decisión y el resto de la personalidad va por otro lado, inevitablemente se produce una situación de alto riesgo para la salud mental y la armonía personal. Tanto en el celibato como en el matrimonio.
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