| Por Juan Ramón García Morato (**)
Un día está a punto de abandonar el barco en Nueva York, pero se da la vuelta antes de tocar tierra. Le abruma la magnitud del mundo desconocido que vislumbra ante sus ojos. Por toda explicación de su regreso, hace notar que el mundo que ve fuera es como un piano de infinitas teclas, que se ve incapaz de dominar, en el que no puede mostrar toda su creatividad. No puede tocar "el piano de Dios". Cuando se quiere tocar el "piano de Dios"; sólo se oye el silencio. Hay que volver a tocar el piano, con paciencia y, no pocas veces, cargar con la incomprensión que llena la vida de malentendidos.
Intentarlo es muy atrayente. Pero no se puede hacer buena música en un piano de infinitas teclas. Lo ilimitado nos bloquea. Somos muy pequeños para eso. Sólo un piano finito, de ochenta y ocho teclas, permite mostrar la propia grandeza personal. Sólo aceptar la limitación nos hace grandes. Es un contrasentido, pero real. Por eso, quien pretende abarcarlo todo suele acabar mal en el intento.
Abarcar lo ilimitado: la eterna tentación que deshumaniza y degrada el conocimiento. Querer saberlo todo, dominarlo todo, tener las riendas siempre.
El exceso de información que bloquea, el conocimiento innecesario, inútil, que se vuelve contra el hombre, porque tendría que haber permanecido en el misterio. No porque lo prohiban las leyes, sino porque la mirada certera percibe los límites del teclado. De nuevo la paradoja: plenitud en la limitación y mezquindad en una vida sin límites.
Cuando se quiere tocar el "piano de Dios", sólo se oye el silencio. Hay que volver a tocar el piano de ochenta y ocho teclas, con paciencia y, no pocas veces, cargar con la incomprensión que llena la vida de malentendidos. Pero así es la existencia del artista hasta que consigue fascinar al público con su arte. Ochenta y ocho teclas, capaces de mostrar la plenitud de la grandeza personal, que se vuelca en la partitura. Hasta despertar entusiasmo alrededor.
El piano infinito sólo puede tocarlo su Constructor. Lo hace cuando los seres humanos ponemos todo nuestro ser en nuestra limitación, arriesgando, convirtiendo la vida en obra de arte. Las ochenta y ocho teclas hacen sonar las originales músicas personales que, al entrelazarse, dan lugar a las mejores sinfonías en el piano sin límites.
(**) Estos son los primeros párrafos de un largo ensayo del autor, titulado «La estructura dramática de la existencia», publicado en la revista NUESTRO TIEMPO, julio-agosto 2003, nº 589-590.
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(*) LA PELÍCULA
Título original: La leggenda del pianista sull"oceano (The Legend of 1900)
Nacionalidad USA
Estreno 25-02-2000
Género Drama
Duración 125 m.
Director Giuseppe Tornatore
Intérpretes Tim Roth (Novecento)
Pruitt Taylor Vince (Max)
Mélanie Thierry (Chica)
Bill Nunn (Danny Boodmann)
Peter Vaughan (Propietario tienda de música)
Guión Giuseppe Tornatore
Fotografía Lajos Koltai
Música Ennio Morricone
Sinopsis
La entrada del siglo XX genera grandes expectativas e ilusiones, y emigraciones masivas a Estados Unidos a bordo de los elegantes trasatlánticos. El Virginia, uno de estos barcos, es el marco en el que va a tener lugar esta maravillosa historia. Danny, un maquinista del Virginia se encuentra a un niño abandonado sobre un piano y decide adoptarlo, bautizándolo como Mil Novecientos. El barco se convierte en su fortaleza y su hogar, y los pasajeros en sus ventanas al mundo. Tras la muerte de Danny, Mil Novecientos se ocupa de las bodegas hasta que casualmente, alguien de la tripulación descubre su innato talento con el piano. A través de la música, este inusual personaje muestra al mundo lo que siente dentro de su reducido mundo, que no se atreve a abandonar.
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La tierra es un mar demasiado grande
Por Efrén Cuevas
La Leyenda del pianista en el océano
Director y guionista: Giuseppe Tornatore
Italia, 1999, 110"
Un trompetista arruinado, Max. Una tienda de empeños. Una melodía imposible, que arranca a nuestro trompetista una narración nostálgica sobre un viejo amigo...
Así comienza La leyenda del pianista en el océano, título descriptivo donde los haya, pues de eso trata esta película: de un recién nacido ("Mil novecientos") abandonado en un trasatlántico y que al cabo de los años se convierte en un virtuoso del piano, famoso por su obstinada negativa a abandonar el barco donde nació.
Un pianista excéntrico (Tim Roth), en un hábitat singular, que el personaje de Max (Pruitt Taylor Vince) invita a conocer. Una invitación difícilmente rechazable, engatusados por la magia de una ambientación que recuerda a otros Titanic, pero sin el lastre de aquellos brochazos melodramáticos, sin Winslet ni Di Caprios por quienes suspirar, ni presupuestos millonarios para naufragios a lo grande.
Aquí la magia la pone la historia, basada en un monólogo (Novecento) escrito por Alessandro Baricco. Y la arropan la vistosa fotografía de Lajos Koltai, el diseño de producción de Francesco Frigeri y la música de Ennio Morricone.
Todo al servicio de un espectáculo que Tornatore, guionista y director, compone con el mismo tono entrañable con el que ya había deleitado al gran público en su conocida Cinema Paradiso (1989).
Es verdad que en ocasiones esa búsqueda de lo espectacular cobra excesivo protagonismo, subrayado por una puesta en escena demasiado efectista, como se aprecia en la secuencia del duelo musical entre "Mil novecientos" y un afamado pianista de jazz. Pero no faltan otros momentos en los que el exceso se adueña del relato y ahí queda para el recuerdo la escena de ese piano que se desliza cual diestro bailarín en plena tormenta.
Excesos compensados por la subtrama amorosa, que apenas es subtrama, y que se abre a otra escena memorable en la que la música y la mirada componen una extraña danza en torno a dos personajes estáticos.
El relato acaba y la duda viene: ¿pirotecnia italiana o parábola enjundiosa? Porque la leyenda no surge de la nada ni porque sí. Rebusca en un personaje insólito para el que la tierra le parecía un mar demasiado grande. Y concluye. Y al final, uno se pregunta si esa caja envuelta en un celofán tan vistoso portaba humanidad reconocible o simples títeres de feria. Y aun así, mientras la duda flota, seguimos soprendiéndonos de lo bonita que era la caja. a
Efrén Cuevas ecuevas@unav.es
Nuestro Tiempo , abril 2000.
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