Por Juan Ramón García-Morato *
1.- Radicalidad y delimitación del problema del sufrimiento
La existencia del sufrimiento es un reto simultáneo a la fe y a la razón, un misil dirigido con toda precisión en la línea de flotación del sentido de la existencia humana en general y de la propia existencia en particular. Nada impide que sea disparado y nada puede impedir que dé en el blanco. Sólo cabe el acierto en la reconstrucción de los daños. El acierto y la rapidez. Y sólo es posible lograrlo si se consigue dar sentido al mayor de todos los sinsentidos, a lo que aparentemente se presenta como un atentado a la existencia de Dios y una burla blasfema a la dignidad humana. Miremos donde miremos, la reacción es siempre la misma.
Entre tantos otros, C. S. Lewis lo ha mostrado nítidamente recordando su pasado inmerso en el ateísmo. Tras describir la realidad que se observa en el mundo, concluye: Si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria. Así pues, o bien no hay espíritu alguno fuera del universo, o bien es indiferente al bien y al mal, o es un espíritu perverso[1]. Estas pinceladas iniciales centran la cuestión en toda su crudeza.
Ni siquiera la fe nos capacita para no sufrir, ni impide la queja inmediata, pues todo sufrimiento verdadero lleva consigo el inevitable carácter de inesperado, duro y nuclear en la vida de una persona. Creer en Dios nos puede dar resortes para la actitud a tomar ante esa realidad e intentar encontrar el sentido, pero el mazazo y la rebeldía aparecen irremediablemente en la escena. ¿Qué sucede entonces con las personas que no creen? ¿Acaso no tiene salida su desesperación, su desconsuelo y su ruptura interior? La respuesta es afirmativa. Sin embargo, como el ser humano es limitado, no queda más remedio que también lo sea su respuesta.
Todos, creyentes y no creyentes, reaccionan igual. ¿Todavía crees en Dios? –le dice a Job su mujer. Maldice a Dios y muérete[2]. Siempre han existido toda una serie de sucesos biográficos, muchas veces vertidos en la literatura y de sobra conocidos casi todos ellos, que no son más que repetición de esa queja fuerte que arremete impotente ante lo que no tiene remedio, ante la ruptura que no parece ofrecer esperanza de recomposición.
Dostoyewski nos muestra a Ivan Karamazov discutiendo con su hermano Alioscha, sobre el sufrimiento de los inocentes y la eterna bienaventuranza: Según mi concepción euclidiana, sólo sé una cosa: existen sufrimientos sin que haya culpables... Mi bolsillo no me permite pagar una entrada tan elevada. Así que me apresuro a devolver mi billete. No es que yo no conceda valor a Dios, Alioscha, pero le devuelvo respetuosísimamente la entrada... No me interesa un cielo cuya entrada haya que pagarla con el sufrimiento de los niños inocentes[3]. En la misma línea, es conocido el diálogo que Camus describe en La Peste, entre Rieux y Peneloux[4].
Más cruda, si cabe, es la serie de hipótesis que un autor de habla castellana se plantea ante la realidad del mal y del sufrimiento: 1º: Dios no existe. 2º: Dios existe y es un canalla. 3º: Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia. 4º: Dios existe, pero tiene accesos de locura; esos accesos son nuestra existencia. 5º: Dios no es omnipresente, no puede estar en todas partes. A veces está ausente; ¿en otros mundos?; ¿en otras cosas? 6º: Dios es un pobre diablo, con un problema demasiado complicado para sus fuerzas. Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en algún momento, logra ser Goya, pero generalmente es un desastre. 7º: Dios fue derrotado antes de la Historia por el Príncipe de las tinieblas. Y derrotado, convertido en presunto diablo, es doblemente desprestigiado, puesto que se le atribuye este universo calamitoso[5].
Lenin, cuando su hermano es capturado y fusilado por orden del zar, se arrancó el crucifijo que le colgaba al cuello, le escupió y lo arrojó lejos, prometiendo no volver a tener tratos con un Dios que permitía semejantes atrocidades. Es la realidad existencial de tantas personas a lo largo de la historia. También la de un niño de seis años al que se le mueren tres hermanas es años consecutivos. Un día está levantando con sus amigos un enorme castillo de naipes. Cuando están todas las cartas colocadas, hace un gesto rápido con la mano y lo derrumba por la base. Todos quedan sorprendidos, porque no es su talante ni su conducta habitual. Antes de que nadie hable, lo hace él: eso mismo hace Dios con las personas: construyes un castillo y, cuando casi está terminado, Dios te lo tira[6]. Pero no hace falta remontarse a la historia. La experiencia diaria del sufrimiento, propio y ajeno, a la vista de tantos hechos que a la luz de la razón parecen inexplicables, son suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dramática como la pregunta sobre el sentido[7]. Basta pasar por los hospitales, o leer la prensa para sentirnos interpelados.
Quejas todas que, en definitiva, son participación de la más contundente e impresionante de todas las quejas de la historia, que brota cuando ya no se puede más de tanto sufrir: ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?[8] Volveremos sobre ella. Lo que ahora nos interesa es que unos encuentran a Dios en la queja, y otros, no[9]. Unos encuentran sentido a lo que está sucediendo, y otros se desmoronan ante la falta de sentido. ¿Dónde está la clave?
Antes de continuar, conviene advertir que entendemos por sufrimiento aquel dolor físico o moral ante el cual no podemos hacer absolutamente nada: lo intentamos, incluso hasta el límite de nuestra capacidad y de nuestras fuerzas, y no desaparece. No obstante, el límite entre el sufrir y no sufrir no es tan nítido como puede parecer a simple vista a quien contempla la escena desde fuera. Hablar de este tema sin haber padecido sufrimiento alguno, es lo más parecido a un ciego de nacimiento hablando de los colores e intentando delimitarlos. Importa mucho tener esto presente cuando se quiere ayudar a una persona que sufre: no se le puede imponer el sentido, sino ayudar a encontrarlo. En esto radica la capacidad de consolar cuando es verdadera y no mera repetición de frases hechas o consideraciones manidas: hay que ponerse en su lugar hasta donde sea posible y abrir horizontes al sentido, dejando luego que cada una y cada uno lo descubra personalmente. Por otra parte, el sufrimiento no se identifica, sin más, con el dolor físico. Ni tampoco con cualquier tipo de malestar. Muchas veces, el temor al dolor hace sufrir mucho más que el propio dolor, cuando llega. Un sufrimiento con sentido conocido -por ejemplo, con una función biológica de defensa- se acepta con facilidad. Y también un dolor cuya pronta desaparición es previsible. En casi todos los casos, el sufrimiento físico tiene solución. Los avances de la farmacología y las unidades de tratamiento del dolor que se han desarrollado en tantos hospitales, son buena prueba de ello.
Así pues, el sufrimiento, no es un dolor físico o moral cualquiera, sino un dolor tal, que condena a la pasividad a quien lo padece, porque ya no puede hacer nada más por evitarlo. Es una situación de impotencia que pide una actitud de serenidad, de aceptación de lo que no se puede cambiar. Y eso no es fácil, ni cómodo. Por eso el sufrimiento tiene mal cartel en nuestra sociedad contemporánea. Tiende a silenciarse, a hacerlo callar por un sencillo procedimiento: ignorarlo, suprimirlo o llamarlo de un modo políticamente correcto, como sucede con los daños colaterales que se producen en Yugoslavia estos días. No hay por qué crear innecesarios problemas de conciencia. No se soporta. Y a fuerza de quitar el sufrimiento de en medio, el índice de tolerancia a la frustración es mínimo: nadie quiere sufrir, sobre todo porque casi nadie sabe cómo hacerlo con dignidad. Se han evitado todos los traumas. Pero se ha incapacitado a las personas para enfrentarse con los fracasos y las dificultades[10]. Los niños que crecen excesivamente protegidos, cuando son adultos padecen una incapacidad real para enfrentarse con las dificultades. La constancia misma es un sufrimiento insoportable. Lo mismo sucede con las decisiones arriesgadas: no se acometen.
Con todo esto, no sólo disminuye la posibilidad de empresas y planteamientos magnánimos, sino que el intentar evitar todo tipo de sufrimiento incapacita para padecerlo. Cada vez aumenta más esa incapacidad. Y cada vez crece más la capacidad de autocompasión. Las dificultades -las molestias normales, los temores razonables, los nerviosismos-, en lugar de ser aliados para que se acrisolen personalidades fuertes y singulares, se suprimen con demasiada facilidad administrando psicofármacos. Con esa actitud se incapacita a las personas para ser felices: no hay montes sin valles, no es posible gozar del panorama que se divisa desde la cumbre sin haberla escalado. Una cosa se valora tanto más, cuanto más esfuerzo ha supuesto: desde un amor humano hasta lo más material y prosaico.
Ni que decir tiene que es mejor una sociedad sin sufrimiento. No hay duda ninguna. Hay dos modos de enfocar este logro, que suponen una concepción de fondo de la persona y de la realidad. Uno es contar con él y poner todos los medios necesarios para evitarlo, hasta donde sea posible. La otra actitud es no contar con él, pretender que no existe. Entonces, siempre coge por sorpresa y, sobre todo, la meta es suprimirlo a cualquier precio. Nada hay por encima de ese logro. Un modo inmediato sería atontar de alguna forma a quien lo padece, porque no se tienen respuestas para sus preguntas, ni explicaciones para su situación. Llevada a sus últimas consecuencias, esta actitud engendra una compasión muy singular, que lleva a acabar con la vida de la persona. Se tiene miedo a la muerte, se esconde, no se habla de ella, y menos con los moribundos. Al enfermo terminal se le visita poco. No se enseña a morir y nadie aprende: los niños no ven morir a sus mayores. Cada vez hay más gente que se encuentra con la muerte por primera vez en la suya propia.
2.- Intentos de dar sentido humano al sufrimiento
¿Qué posibilidades tiene la razón humana de alcanzar el sentido? No cabe duda que hay un exceso de palabrería sobre el sufrimiento, y el primer paso para ayudar a encontrar el sentido que tiene es evitarla. Sólo así se está en condiciones de ser capaces de com-padecer, que es compartir en silencio; y, al menos en algunas ocasiones, de saber decir algo, porque es necesario: ser capaces de consolar.
El sufrimiento es una asignatura ineludible en el plan de estudios de la existencia humana, pero cada cual tiene su propio programa. En el modo de aceptarlo y encajarlo de manera armoniosa en nuestra vida, le damos un sentido; y en ese mismo modo, nos configura. Esta configuración, fruto de la libertad, cuenta con la visión que tengamos de la persona humana, con el planteamiento -temporal o eterno- de la vida y con el sentido que le damos a esa existencia y a esa eternidad.
Cualquiera que haya estado realmente en contacto con el sufrimiento, sin rehuirlo, puede atestiguar que la persona que sufre, no pide explicaciones racionales. Las reflexiones de sus amigos no ayudan a Job. Es una persona que, en medio de las tremendas sacudidas del destino, ha conservado su fe ingenua -Dios me lo dio, Dios me lo quitó: bendito sea el nombre del Señor[11]. Y las consideraciones teológicas[12] que le hacen, le torturan, hasta maldecir el día de su nacimiento y desvariar acerca de Dios, porque le producen irritación y desasosiego[13]. Se queja porque no encuentra el sentido a lo que le está sucediendo. No pretende entenderlo. Pero necesita darle un sentido, porque esa situación forma parte de su vida. Y sólo el sufrimiento con sentido da paz y serenidad al espíritu. Como dice acertadamente una autora contemporánea, cualquier sufrimiento puede soportarse con tal de que pueda contarse una historia bonita acerca de él[14].
Paradójicamente, ante la desgracia siempre sobran las palabras, que nunca podrán compensar la pérdida sufrida. Todo sufrimiento verdadero se experimenta como ruptura y disgregación: tengo el alma destrozada, el corazón hecho pedazos, estoy hecho trizas, roto por dentro. Son frases que expresan muy bien cómo nos sentimos ante una situación así, en que todo nuestro ser está unido a cada uno de los pedazos, con el riesgo de acabar descoyuntados. Cabe salir del problema zambulléndose en la pena y adquiriendo el papel de víctima; con lo que antes o después aparece el destrozo del cinismo o de la amargura. Pero no siempre sucede así. En muchos casos el sufrimiento ennoblece a la persona, nos hace más dignos, da unidad y madurez a nuestras vidas, otorga esa grandeza de corazón que sólo tienen quienes han sufrido mucho y han salido airosas del intento. De todos modos, sufrir desgasta y cansa, porque supone poner en juego las energías vitales[15]. ¿Cómo superarlo?
La solución radica en ser capaces de encontrar ese sentido, que da respuesta al sufrimiento. Pero ha de ser una respuesta real, acertada. Las falsas reciben como réplica inmediata la rebelión impenitente. En todo caso, el núcleo de la afirmación del sentido será una actitud de fondo ante la realidad que no se puede evitar. Por eso, hay que considerar a menudo si la postura personal ante el mundo, ante las demás personas y ante las propias limitaciones, es la adecuada: maldición y pesar: haber venido al mundo con la misión de arreglarlo todo[16], -dice uno de los personajes de Shakespeare.
Cabe enfrentarse a la cuestión del sentido con una especie de impasibilidad estoica, procurando que nada nos importe demasiado para que nada nos afecte excesivamente. De este modo, ante cualquier cosa que suceda, se logra alcanzar la fría distancia que permite aparecer como impasible. Esa actitud tiene un fondo de verdad: la capacidad de aceptar lo imprevisto. Tiene una carga grande de falsedad: afirmar que es la propia voluntad el único motor y la única fuente de sentido. Y esto, además de ser también el núcleo de toda actitud fanática, tiene un límite: el momento en que la persona se quiebra porque el sufrimiento es superior a sus fuerzas y queda destrozada. Entonces, si no existe un sentido, no es posible aceptar ese dolor. La desesperación aparece. Se ha traspasado el límite, y no existe agarradero alguno más allá. Cabe entonces echarle la culpa a otros. Pero no resuelve nada: simplemente transfiere el problema. ¿Cómo salir delante de esta situación? En principio, siendo una realidad tan profundamente humana, parece razonable afirmar que todos los hombres de buena voluntad tendríamos que ser capaces de encontrar ese sentido, cualesquiera que sean nuestras creencias.
Los griegos lograron algo. La figura del héroe, en la civilización griega, tiene una carga humana muy singular. Su ilusión es alcanzar la gloria, la fama y, al intentarlo, se encuentran inevitablemente con el fracaso, con el dolor. La única salida digna y humana que les queda es caminar hacia él libremente, puesto que la causa no puede ser otra -así lo perciben ellos- que el capricho de los dioses envidiosos, y ante eso el hombre no puede hacer nada. Pero en ese fracaso último y por encima de sus fuerzas, intuyen la gloria: es la catarsis, la purificación de su vida que, a partir de ese instante será cantada como grandiosa a pesar de todo. Así quedará para la posteridad. No saben cómo sucede. En cualquier caso, encuentran un sentido ante lo inevitable: el sufrimiento engrandece a la persona que lo acepta, y le permite entrar en el mundo de los héroes, en la historia y en la tradición de los pueblos.
También el imperio romano, antes de que esté presente el cristianismo, atisba un sentido al sufrimiento. Menos desarraigado del mundo común de los mortales, más cercano y entrañable, porque su fundamento es el cariño, el amor. En el Derecho Romano existe la figura de la pietas. Se podía acoger a ella la madre de cualquier prisionero de guerra que estuviera herido. Ella tenía un derecho incuestionable, en medio de toda la crueldad: rescatar al hijo herido y llevarlo consigo para curarlo, dejando en su lugar otro hijo sano que cumpliera la condena de su hermano, que cargara con sus culpas, para que el otro pudiera ser curado. Un derecho realmente singular, que daba lugar preponderante en el ordenamiento jurídico a algo muy difícil de legislar: el amor de una madre que, por principio, no tiene medida. Y para poder ejercerlo, era preciso contar con otro amor: el del hermano por su hermano, hasta el punto de cargar con sus culpas. En ambos casos, hay un sentido: el sufrir, por amor, en lugar de un ser querido. Es un atisbo del sufrimiento vicario, de lo que significa sufrir en lugar de otro.
En nuestro siglo que termina, Viktor Frankl [17] refiere el caso de un paciente, varón, profundamente deprimido después de la muerte de su esposa a la que amaba con hondura, como consecuencia de un cáncer que le había acarreado infinidad de sufrimientos. Su vida -afirmaba- no tenía ningún sentido, puesto que ya no tenía el amor de su mujer. No había manera de sacarle de ahí. Hasta que se le ocurrió hacerle ver que quizá su soledad y sus sufrimientos tenían un sentido como postrera y más genuina manifestación del amor a su mujer. ¿Acaso hubiera preferido -le preguntó- haber padecido la enfermedad y haber muerto él, y que ahora fuera ella quien estuviera sola y pasando por el mismo trance? Ante esa pregunta, cambió radicalmente su actitud: había encontrado un sentido a su situación, y eso le consolaba. A partir de ese momento, podía contar una historia bonita acerca de su porque, una vez más, había sido el amor la fuente de sentido. No en vano la propia supervivencia del psiquiatra vienés en los campos de exterminio nazis había tenido como fuente de sentido un amor grande y fuerte[18]. En resumidas cuentas, son actitudes similares a las que muchos de nosotros estaríamos dispuestos a adoptar ante personas muy queridas: no nos importaría sufrir en su lugar, cargar con todos sus dolores si estuviera en nuestras manos. Y cuando podemos, nos vemos engrandecidos y llenos de alegría, lo mismo que ante las dificultades fuertes que hemos logrado superar. Con el tiempo no dejamos de pensar que todas esas cosas son un tesoro, porque han esculpido nuestras vidas.
3.- Las casualidades que hacen la vida más plena (a modo de paréntesis)
Es el momento de hacer un parón, dejando -sólo aparentemente- el hilo del discurso, para considerar algo tan evidente como el hecho de que en la vida de todas las personas hay situaciones sorprendentes, que se nos escapan de las manos, de las que no somos totalmente responsables y que, sin embargo, nos enriquecen. Si bien somos responsables tan sólo de los actos voluntarios, la plenitud de riqueza de una persona no depende sólo de las acciones a la vez previstas, queridas y ejecutadas por ella: hay cosas imprevistas en nuestras vidas -sorpresas, solemos decir; o casualidades- que nos benefician, nos hacen incluso muy felices. Ciertamente no se puede decir que esos acontecimientos sean totalmente fruto de nuestra voluntad, ¿pero significa eso que no sean voluntarios de ningún modo?[19]
Se afirma en ocasiones que una cosa ha sucedido por suerte. Es decir, se dice de la suerte que es causa de cosas buenas. Y el resultado puramente casual puede ser de tal naturaleza que la persona se identifique con él. Una persona puede ir de compras, eligiendo una ruta concreta; y por el camino se encuentra un sobre con una fuerte suma de dinero y una nota que reza: para quien lo encuentre. Y si pensamos en el ámbito del amor humano, se puede decir que todas las personas se enamoran por casualidad, porque se dan una serie de circunstancias imprevistas para los protagonistas que, al final, confluyen en ese amor mutuo. Esas personas se han encontrado con algo inesperado y enriquecedor para sus vidas: de haberlo sabido, hubieran ido por ese camino, hubieran ido a ese lugar para conocer a esa persona concreta. Les ha sucedido algo no querido, involuntario por su parte, dentro de una decisión personal sí querida. Pero no se puede decir propiamente que sea del todo involuntario y carente de sentido, sino tan sólo que esas personas no han podido planear esos acontecimientos que, por otra parte, experimentan como buenos y que se apresuran a aceptar.
Así pues, cabe afirmar que sobre la acción humana recaen elementos no previstos por la razón, en la medida en que se dan acontecimientos casuales y fortuitos que nos cogen por sorpresa y que, sin embargo, no son irrelevantes en nuestra vida, sino más bien todo lo contrario. Y menos mal que es así porque, si no, cada uno sería exclusivamente fruto de sus limitaciones. Si estos acontecimientos no tuvieran un papel tan relevante a veces, la tarea moral de una persona se limitaría a tener el máximo control de la propia vida. Y la plenitud personal quedaría reducida a la suma de actos voluntarios, entendidos como actos queridos y pensados previamente por cada uno de nosotros. Los imprevistos no encontrarían lugar en nuestras vidas. ¿Qué hacer, entonces, con esas situaciones a veces tan importantes, que sistemáticamente quedarían fuera de la historia personal de cada uno? ¿Cómo se puede entender qué sentido tienen lo que sucede por casualidad y, sin embargo, enriquece? Cuando ocurre así, sólo podemos afirmar que ha sucedido, pero en modo alguno que lo hayamos planeado. Es más, empeñarse en planificar este tipo de realidades, es garantía segura de no conseguirlas.
Todo esto nos lleva a poner la atención en un rasgo que parece inevitablemente característico de toda acción humana: cada vez que actuamos, podemos provocar más efectos de los que pretendemos e intentamos. Y no cabe la posibilidad de escaparnos de esta realidad, pues también con la omisión que supondría el abstenernos de actuar, podemos provocar lo que no pretendemos. Todos tenemos la experiencia de lo que supone realizar una acción con la pretensión de hacer feliz a otra persona, que resulta mal interpretada y acaba ofendiendo al destinatario. Por tanto, hemos de concluir que la vida del ser humano -de cada una y de cada uno- es algo más que la realización de actos voluntarios. Hay cosas que no se entienden porque no las hemos pensado; ni se quieren porque no las hemos decidido. Sin embargo, dan más sentido a la vida de esa persona, aunque han sucedido por casualidad. ¿Cuándo es, pues, admisible la casualidad no planeada? Cuando tiene un sentido. No una explicación racional, que tantas veces la experiencia muestra contraproducente. Sino el sentido que tienen cuando son resultados queridos y planeados, aunque no por nosotros mismos, sino por alguien distinto a nosotros: no cualquiera, sino quien merezca nuestra confianza plena porque tenemos la seguridad de que nos ama.
Pues bien, todo sufrimiento tiene ese rasgo de lo casual y lo inesperado. Pero de entrada no se presenta ni se experimenta como enriquecedor. Su aparición imprevista hace que se trunque un proyecto vital. ¿Cómo es posible, entonces, que se experimente de manera positiva? Dicho de otro modo, ¿se puede ser feliz en el sufrimiento? Muchas veces son los momentos difíciles los que nos hacen conscientes de nuestra grandeza, porque no tenemos ni tiempo, ni fuerza, ni ganas, ni siquiera los reflejos suficientes para adoptar una postura. La enfermedad -el sufrimiento- es como remover la tierra donde está plantado el árbol: quedan al descubierto las raíces[20], y entonces se comprueba si son fuertes y profundas. Cuando una persona no tiene posibilidad de aparentar, es cuando se ve la calidad de su vida: sale lo que hay, y nada más. Toda apariencia se hace realidad y toda realidad se aparece, se revela lo que cada una y cada uno somos realmente, porque cuando no tenemos defensas, inevitablemente mostramos nuestro ser. Y no podemos olvidar una experiencia común, propia de todas las culturas: el sufrimiento engrandece y dignifica a la persona. Aristóteles afirma que es mejor padecer la injusticia que hacerla[21]. Y Rabindranath Tagore escribe en un momento de su autobiografía: Me parece que, en este relato de mi vida, he trazado el cuadro de un mundo ideal. Pero no soy sólo lo que quiero ser; soy también lo que no me gusta ser, lo que no querría ser. Mi creación ha empezado antes del día de mi nacimiento. No elegí mis contingencias: me las he encontrado ahí. Es menester que saque el mejor partido posible de la misión que me ha deparado el destino. Mi teoría de la vida me induce a creer que todo lo grande resulta cruel. La justicia conviene a los seres vulgares; a los grandes hombres sólo les está reservada la injusticia, sufrir la injusticia. La superficie de la Tierra era plana; el volcán la horadó con su cuerno inflamado creando para sí su prominencia. Superar la injusticia y la crueldad, he ahí la única fuerza que dio fortuna a los individuos y a las naciones.
La existencia propia y ajena es una gran maestra a este respecto: una vez superadas las dificultades, los sufrimientos de la vida, los fracasos, ¿estaríamos dispuestos a hacerlos desaparecer de nuestra biografía personal?; ¿conocemos a alguien que renuncie a esos malos ratos una vez resueltos, es decir, una vez que se ha descubierto el sentido? La experiencia de mucha gente -pienso que la de todos- lleva a responder que no: nos han engrandecido. Ahora bien, ¿resulta eso suficiente respuesta?
4.- La queja ante Dios por el sufrimiento, se convierte en afirmación de su existencia
Hemos visto ya como, ante la realidad del sufrimiento inesperado e hiriente en la vida de tantas personas, aparece una reacción inmediata, una actitud de queja y de rebeldía ante Dios. Lo que brota del fondo del alma es siempre la misma pregunta: ¿cómo es posible que Dios permita semejantes cosas? ¿Cómo conjugar la existencia de un ser infinitamente bueno y poderoso, y el mal real que se padece sin buscarlo y sin poderlo evitar? O dicho de otra manera, ¿qué sentido tienen las cosas que no quiero, que no he previsto y que me contrarían?
Para avanzar en la respuesta[22], importa mucho caer en la cuenta de que toda súplica, cualquiera que sea su destinatario, supone siempre una idea preliminar de la persona a quien nos dirigimos, en el sentido de que le consideramos capaz de atender la petición pues, en caso contrario, no tendría sentido hacerla. El modo de dirigirnos a Dios en la oración encierra siempre una idea previa de quien es Él, delimita sus contornos. Pues bien, la idea de Dios que surge de la queja ante el sufrimiento es importante, porque la queja misma no deja de ser un modo de oración. Una oración que encierra una protesta y, a la vez, una acusación contra Él porque no nos cuida, porque le pedimos cosas buenas y, no sólo no hace caso, sino que además, nos envía desgracias.
¿Qué es lo que une todas las quejas a Dios? ¿Cuál es la idea de Dios que está implicada necesariamente en esa oración de queja? Me parece que no es difícil entender que al enfrentarnos con Dios por sufrimiento, al hacerle esas preguntas radicales, estamos afirmando ineludiblemente dos cosas inseparablemente unidas: que Dios es infinitamente poderoso y, a la vez, infinitamente bueno. Porque si fuera bueno y no tuviera ningún poder, no tendría sentido acusarlo de nada: a nadie en su sano juicio se le ocurre quejarse de todas las injusticias del mundo ante un niño de tres años, buenísimo, pero absolutamente incapaz de hacer nada. Por otra parte, si Dios fuera poderosísimo pero careciera de bondad, utilizaría toda su fuerza para el mal: tampoco tendría razón de ser la queja. Por eso, en esa oración de queja, se afirma que Dios existe no sólo como autor de la existencia, en su infinito poder, sino que a la vez, en su bondad infinita, tiene el sentido de todo cuanto sucede; también de lo que no entendemos y ante lo que nos rebelamos. De esta manera, la falta de sentido que supone el sufrimiento se convierte, al provocar la queja, en una fuerte afirmación del ser de Dios: su poder y su bondad infinitos; puede hacerlo todo y todo lo que hace es bueno. Sólo así se evita que la queja sea incoherente y caiga en el vacío. Y sólo así se entiende la monstruosidad de dirigir esa queja a un ser que no sea infinitamente poderoso y bueno, ya sea otra persona o la sociedad misma. Y si no hay ante quien podamos quejarnos, ¿qué será de nuestras vidas? Nietszche tenía razón: si hemos matado a Dios, el peso del universo ha caído sobre nuestras espaldas y no tenemos otro apoyo que nosotros mismos en el intento de darle sentido a todo. No parece complicado concluir que el hombre, sin Dios, no le queda otra salida que ser un fanático o un esclavo de otros más fuertes que él.
La cultura en la que vivimos y de la que vivimos, pretende abaratar el mal y el sufrimiento. El mal moral es simplemente un fallo de cálculo; y respecto al mal físico, el estado de bienestar, la medicina preventiva y los avances de la ciencia médica, acabarán por erradicarlo. Pero la realidad es inexorable: guerras, genocidios, maltratamientos abundantes de la dignidad de las personas. Se dice que en la segunda mitad del siglo XX ha habido más muertes que en todos los siglos anteriores. La cuestión planteada no es ya si es posible creer, sino si es posible vivir después de Auschwitz. Creer desde la experiencia del mal y del sufrimiento es absurdo.
Sin embargo, mucho antes de la conclusión de existe el mal y el sufrimiento, luego no existe Dios y, por tanto, no hay posibilidad de sentido, alguien lanzó la desconcertante afirmación de que puesto que existe el mal, existe Dios[23], tiene que existir. No es mala salida. Porque lo que hace del mal un enigma torturante es precisamente la existencia de Dios. Porque si esta fuera una hipótesis gratuita, no tendría mucho sentido pretender un mundo en orden, ni una vida con sentido. Si Dios no existe, no hay ante quien quejarse ni a quién pedirle cuentas.
Lo que hace que Job alcance los límites de la desesperación no es el dolor que sufre, sino Dios que calla y permanece impasible. No puede soportar que lo injusto sea la última palabra en este mundo. No puede ser así. En esto coincide también con el grito suplicante de Ulises, ya de vuelta a su casa y a punto de perecer en el mar, teniendo Itaca a la vista[24]. Si el mundo no es más que un caos, si todo da igual y todo es inútil, toda resistencia ante el mal queda bloqueada.
Pero la actitud de la mayoría de los seres humanos es contraria, nadie se resigna: lo sorprendente no es que el ser humano, ahora y a lo largo de los siglos, aborrezca vivir. Lo verdaderamente sorprendente es que quiere vivir. Se intuye certeramente que la esperanza es más razonable que la desesperación[25].
5.- Los límites del sentido humano y la plenitud de la fe cristiana
Conocer a una persona que ha sufrido mucho, ha sabido hacerlo y ha salido airosa del intento, es algo inolvidable. Porque el dolor, cuando queda integrado en nuestras vidas, nos moldea, nos hace más únicos, más personas, más humanos, más capaces de hacernos cargo del otro en su humanidad concreta. ¿Por qué hay personas que superan ese sinsentido? La respuesta es nítida: porque han amado mucho. Y es que en el fondo, lo único que consigue no romper a la persona es que sea capaz de amar de verdad. Porque el sufrimiento no hay quien lo explique -por más que muchos lo intentan-, y sólo un amor muy grande es capaz de unir, de recomponer los trozos dispersos. Lo que hace falta entonces es saberse protegido para encontrar el sentido de algo que, ni queremos, ni planeamos, ni podemos evitar.
Hemos podido mostrar que el amor es un fuerte apoyo del sentido del sufrimiento. Es más, todo amor verdadero lo implica. La cuestión que hemos planteado es si existe un amor tan grande que abarque la humanidad entera y que llegue a amar realmente a todo el mundo por encima de cualquier dificultad. Y en caso de existir, cómo se ha mostrado y de qué modo podemos participar de él. Hasta ahora hemos conseguido darle sentido al sufrimiento desde la razón. Pero nada de eso sirve cuando ya no hay ningún ser amado que se beneficie de él; y vale menos todavía ante la realidad del sufrimiento de los inocentes y, entre ellos, los niños, los ancianos, los seres indefensos y llenos de bondad.
No hemos llegado a alcanzar la plenitud de sentido, la que abarcaría cualquier sufrimiento que pueda padecer cualquier persona, sin tener motivos inmediatos que respondan al por qué. El sentido, en definitiva, del sufrimiento que no parece tener un motivo ni un destino conocidos, cuando ni siquiera beneficia a alguien a quien amamos. Más aún, hace sufrir también a las personas que nos quieren al vernos en esa situación. Ser capaz de integrar ese sufrimiento, propio y ajeno, y aprovecharlo, no es tarea fácil. Esa capacidad no está en el dolor mismo, sino fuera de él: en la actitud que se tome ante él, en los motivos que se tengan para tomar esa actitud. Una postura, en todo caso, que trasciende al mismo ser humano; ya sea una trascendencia inmanente -los demás- o una trascendencia trascendente: sus creencias religiosas. No podemos olvidar que todas las grandes religiones intentan dar sentido a la vida y, por tanto, al mayor de los sinsentidos de la existencia, al sufrimiento. Quizá porque el sentido no se conquista, sino que se recibe, se descubre y se acepta libremente.
Pero hay más. Si la vida se reduce sólo a los años que pasamos en este mundo, en que cualquiera puede afirmar con verdad que no ha tenido un día sano hasta ahora, es imposible que el sufrimiento, sea cual sea, tenga sentido. Porque el desgaste que