Por Ignacio Sánchez Cámara
En ABC
LA ausencia de lo bueno es más soportable que su adulteración
o suplantación por lo que es distinto o peor. Es más lamentable
la suplantación del bien que su mera ausencia. Lo peor- de
las etapas de indigencia filosófica no es tanto la ausencia
de verdadera filosofía como los intentos, muchas veces triunfantes,
de hacer pasar por filosofía lo que no lo es, lo que es otra
casa, acaso digna y noble, pero no, filosofía. Es peor que
no exista un solo filósofo a que pasen por tales quienes no
lo son. Lo advirtió Nietzsche. Bajo el falaz argumento de
la modernidad o actualidad, se pretende que todo lo nuevo
es mejor que lo anterior, que en el ámbito del pensamiento
basta con que algo suceda después para que supere a lo anterior.
Mas incluso para los devotos del progreso, que suelen combinar
su pasión por él con un incongruente escepticismo sobre sus
fines, se impone la evidencia de que las mejores mentes filosóficas
del siglo XX defendieron una idea clásica y fuerte de la filosofía
como saber radical de intimidades. Baste citar a Husserl,
Jaspers, Scheler, Heidegger, Ortega, entre otros. Si ellos
son filósofos, otros que nada tienen que ver con ellos ni
por sus actitudes ni por sus preocupaciones, no pueden serlo
también. Son los suplantadores de la filosofía que dicen cultivarla
cuando, deliberadamente o no, contribuyen a enterrarla.
Lo mismo sucede en otros ámbitos: en el arte, en los debates
en los medios de comunicación, en las polémicas sobre asuntos
de actualidad, algunos de trágicas consecuencias. Al dar el
mismo nombre a cosas de diferente rango no sólo se instaura
una injusta igualdad sino que se suplanta una realidad por
otra, se ejecuta una superchería. La nivelación es una forma
de suplantación. Si dos realidades de suyo desiguales se igualan
arbitrariamente, la inferior suplanta la condición de la superior.
Igualar gatos y liebres es el primer paso para dar gato por
liebre. No se puede nombrar con la misma palabra a Van Gogh
y a Rilke que a otros cuyo nombre omito y dejo al lector su
identificación, ya sean actores o cantantes, bufones o famosos
sin fama.
Es lo que sucede también con la hipertrofia de la nómina de
intelectuales y artistas. Brotan de las piedras y apenas puede
darse un paso sin toparse con uno de ellos. Ciertamente ninguna
persona sensata se atreve ya a proclamarse intelectual. En
parte por pudor y en parte por el descrédito del término.
Después del libro de Paul Johnson, conviene mantenerse a cubierto.
Cualquiera de nuestras ciudades resiste y supera la comparación
con la Atenas de Pericles y la Florencia de los Médicis. La
Academia de Platón renace en la madrileña del Cine. Solón
legisla junto a la plaza de Neptuno, Demóstenes convence en
la televisión y Tucídides brama contra la guerra en las páginas
de El País. Y uno, perplejo ante tan apabullante pléyade,
se pregunta, tras la estela de Jardiel, ¿pero hubo alguna
vez 11:000 intelectuales? Se ve que el siglo XXI no quiere
desmentir al tango y sigue la senda trilera del cambalache
señalada por su predecesor.
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