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SOBRE LA FILOSOFÍA EN EL MUNDO (Tomás Melendo Granados)

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Sobre la filosofía en el mundo de hoy

SOBRE LA FILOSOFÍA EN EL MUNDO DE HOY
 

Por Tomás Melendo Granados
Catedrático de Metafísica
Universidad de Málaga



1. Filosofía espontánea

a) Acercamiento preliminar

¿Es cierto que la filosofía goza en el momento actual de una salud endeble? Se diría que sí: demasiadas personas, entre los intelectuales y entre el público de a pie, consideran a los filósofos como una especie de extraterrestres, consagrados a abstrusas elucubraciones mentales carentes de mordiente existencial, sin apenas arraigo en las cuestiones y en las realidades que preocupan a la gente de la calle. Creo recordar que fue «el Gallo», afamado matador de toros y no precisamente un hombre «común», quien, al serle presentado Ortega y comentarle que su profesión era la de filósofo, comentó estupefacto: «¡Hay gente para todo!».

Afirmaciones parecidas, y tal vez menos delicadas, obtendríamos los profesionales de la filosofía si nos diéramos a conocer a un buen número de quienes nos rodean: nos colocarían en la estratosfera, en un universo irreal y ajeno a aquel en el que ellos desenvuelven a diario su existencia. No obstante, bastantes de los que así opinan son sin saberlo filósofos en ejercicio; no de profesión, esto es cierto, pero sí con lo que por lo común se denomina una filosofía implícita o espontánea, dotada a veces de tanto o más valor cognoscitivo y vital que la filosofía académica.

Y es que, tomándola todavía en un significado genérico, la filosofía constituye en substancia un tipo de saber con el que se intenta dar respuesta a las interrogaciones claves de la vida que cualquier hombre se plantea: las absolutamente típicas de ¿quién soy yo?, ¿de dónde procedo?, ¿a dónde me encamino? o ¿dónde me encuentro? y las también bastante incitantes del sentido del dolor, el del sufrimiento del inocente, el de la naturaleza y límites de la libertad y la misión y el alcance del amor, el de la discriminación entre lo bueno y lo malo y entre lo que «se puede» (técnicamente) hacer y lo que «es lícito» o ético llevar a cabo, el del final del transcurrir terreno, quebrado por la irrupción de la muerte, el de la existencia o no de un más allá después de esta vida, de un Ser supremo justo, omnipotente y remunerador… y bastantes otras por el estilo.

Desde este punto de vista, cualquier persona «filosofa» por cuanto antes o después busca en la vida algo más que lo mera y chatamente cotidiano: todos, y de manera muy especial los jóvenes, según se va poniendo cada vez más de manifiesto en estos inicios del tercer milenio, aspiran a conocer el sentido de su existencia, de su paso por esta tierra, condición ineludible para acceder a la felicidad. Al menos en sus mejores momentos, elevan un interrogante sobre lo que podíamos calificar como respuestas habituales de nuestra cultura. Son esas las circunstancias en que sale a flote el talante metafísico del ser humano. Y me atrevería a presagiar que a bastantes de los que se enfrentan con estas líneas les resultan insuficientes, por un motivo o por otro, algunas de las respuestas convencionales de la civilización de hoy: las «políticamente correctas», por emplear un lenguaje a la moda.

Estos presuntos lectores, ¿se conforman con la función que casi universalmente se atribuye al trabajo como mera y simple contrapartida de un beneficio monetario, carente de significado personal para quien lo realiza? ¿Comparten lo que culturalmente se está imponiendo al hablar del amor, del matrimonio, de la familia, de la mujer o del sexo? ¿Están de acuerdo con las vías establecidas para el propio perfeccionamiento egotista y egocentrado, para la propia individualista e insolidaria «auto-realización»? ¿Aprueban el tipo de relaciones despersonalizadas que con frecuencia imperan en el mundo laboral, social y político, donde más que personas lo que se ponen en relación mutua son simples «funciones»? ¿Les convencen los criterios predominante o exclusivamente económicos con que hoy pretenden medirse hasta los problemas más personales y humanos? ¿Aceptan esa idea de libertad en virtud de la cual un cúmulo de comportamientos más o menos aberrantes pretenden obtener carta de ciudadanía junto a la actuación tremendamente humana y correcta de otro gran grupo de ciudadanos? Y así con numerosos asuntos. En muchos o pocos de ellos, pero siempre en algunos, ejercitando un sano espíritu crítico, intentan ir más allá de las expectativas que reinan en el ambiente. Y en esa misma proporción se comportan como filósofos.

Pues, en efecto, y desde una perspectiva ulteriormente ampliada, la filosofía pretende dar la respuesta más definitiva posible a cualquier cuestión que se le proponga en el ámbito natural y, antes o simultáneamente, establecer preguntas del máximo alcance. En tal sentido, un libro reciente de Carlos Llano entiende la filosofía como «el saber del hombre que tiene a su cargo habérselas con los problemas límite, con los problemas que parecen no tener solución». Y agrega de inmediato: «Pero debe advertirse que la filosofía se enfrenta con los problemas límite —Dios, el alma, la muerte, la libertad, mi individualidad— no dándoles una solución, como proceden las demás ciencias, sino ubicándolos, ofreciéndoles un sentido, orientándolos dentro de la problemática general de la existencia humana»(1) … lo que normalmente quiere decir ampliándolos, tornándolos más «problemáticos».

Son, entonces, más o menos filosóficos los requerimientos y sus soluciones en la medida en que se presentan como más hondos y globales, más incisivos y esclarecedores. Según afirma un pensador italiano, Giuseppe Savagnone, «la verdad que la filosofía busca no es sólo la que deriva de la simple constatación de los hechos. El filósofo […] plantea la cuestión del sentido que en ellos se esconde y que los torna inteligibles»(2). Y Reinhard Lauth, a su vez: «La pregunta filosófica no sólo es, por tanto, la pregunta por la esencia y el ser del todo de la realidad, sino también por su valor y sentido»(3).

Cuanto más exija una pregunta y cuanto más explique una respuesta, con mayor propiedad pueden calificarse como filosóficas.

Así, pongo por caso, a la interpelación corriente sobre qué es el sexo, cabe dar una solución bastante banal aunque muy difundida, en la línea más o menos materialista de la «química» y la fisiología, de los mecanismos de placer, de la satisfacción instintiva o incluso sentimental, etc. Y cabe una propuesta rigurosa, que se adentra hasta el fondo del asunto y que no suele alcanzarse sino tras largas horas de maduración y esfuerzo intelectual: la sexualidad humana es en fin de cuentas una participación en el Amor y en el Poder creador de Dios y de manera simultánea un medio excelente, acaso el más específico aunque no el mayor, de manifestar y consolidar el amor entre varón y mujer considerados en cuanto tales, en cuanto varón y mujer. Y ante el interrogante sobre la libertad de que gozamos puede uno pronunciarse en la línea de «hacer en cada caso lo que me apetezca», que esconde en el fondo una definitiva esclavitud respecto a las tendencias inferiores (inclinaciones, pasiones, sentimientos, hábitos irrenunciables, semiconsciente influjo ambiental…), o advertir por el contrario que es la gran prerrogativa que se le ha concedido al hombre para que «pueda querer lo que hace (o lo que debe hacer)», y para que así, por sí mismo, siendo en cierto modo su propio modelador o causa sui, se encamine hacia su plenitud y alcance a través del amor, que es el sentido último de la libertad, al resto de las personas y, en su caso, al propio Dios.

b) Naturalmente filósofos

¿Modos complementarios y sencillos de ilustrar la cuestión? Entre otros, la conocida anécdota del viajero que, hace ya bastantes siglos, paseaba por los aledaños de una cantera. Transcurrido cierto rato, nuestro protagonista inquirió de uno de los trabajadores qué estaba haciendo, y éste le contestó con desganado malhumor: «picando piedra». Al cabo de unos minutos hizo la misma pregunta a otro, y su respuesta, ya más convencida, fue: «labrando un sillar». Por fin, se dirigió a un tercero, que replicó ufano: «construyendo una catedral». Es obvio que, siendo verdad lo que los tres afirmaban, el alcance y la resolución —el sentido— de lo que profirió el último era muchísimo mayor que lo propuesto por los dos anteriores y, por consiguiente, más capaz de dar cumplimiento a las ansias de progreso intelectual y vital que todo hombre alimenta. Por ahí camina la filosofía: su misión no es otra que reclamar de los hombres la respuesta capaz de otorgar el mayor significado posible a todas y cada una de las actividades con que articula su existencia.

Otro momento rigurosamente metafísico, propio de la filosofía espontánea que venimos analizando, es lo que en terminología más o menos existencialista se califica como crisis vitales fundamentales, y entre las que destaca lo que, con otro tipo de lenguaje, denominamos vocación. En esos instantes, y con una incidencia en la propia vida que no admite réplica, la persona se cuestiona el significado de su entera existencia, qué es lo que hace en este mundo o a qué ha sido llamado cuando entró en él. Y ya decidido a acoger su destino, cada vez que da un giro de rosca a su respuesta vital y se pregunta: «¿pero qué pinto yo en esta vida si no me esfuerzo de veras por…?», está replanteándose de manera concreta y comprometida la significación de su existir, su misión en el universo y entre las demás personas, etc. Es decir, está haciendo metafísica.

Existen por otro lado circunstancias en que nuestra condición de filósofos se muestra de manera casi inesquivable. Por ejemplo, después de que un accidente u otro trauma cualquiera nos hayan hecho perder la conciencia. Cuando al cabo de cierto tiempo nos despertamos en la clínica o en el hospital no es nada fácil que nuestras primeras preguntas se refieran a la decoración del cuarto, la calidad de los tubos que transportan el suero, al colorido de las alfombras o a la orientación del edificio respecto al sol. Normalmente esas interrogaciones son de tipo global, penetrantes, de «sentido»: ¿dónde estoy?, ¿qué ha pasado? o, en los casos más graves, ¿quién soy? Requerimientos con los que no pretendemos interiorizar un conjunto de datos más o menos relevantes pero siempre fragmentarios, sino esclarecer el significado definitivo y de conjunto de la circunstancia en que nos hallamos.

Cuanto acabo de presentar como una situación concreta podría ser elevado a categorías universales. Remontándose hasta casi los inicios de la filosofía en Occidente, sostienen Pieper y Zubiri, cada uno con matices propios, que la admiración que da origen a la reflexión filosófica sobreviene cuando lo más cotidiano, lo que creíamos entender hasta sus últimos entresijos, por el motivo que fuere se torna de repente incomprensible, lleno de misterio, y nos desborda. Es lo que tradicionalmente se ha calificado como «admiración» o «asombro». Suelen sobrevenir éstos ante el fallecimiento de una persona querida(4), ante un revés de fortuna que echa por tierra el normal desenvolvimiento de una familia construida con cariño y esfuerzo, ante un desengaño amoroso profundo o, por el contrario, en el momento de enamorarse o «seguir enamorado», al advertir la generosidad de un hijo que ni siquiera lográbamos atisbar a tenor de sus años y de su presunta inmadurez, en presencia de una alborada o de una puesta de sol fulgurantes y arrebatadoras, al contemplar una expresión artística particularmente lograda e incandescente y en otras mil circunstancias por el estilo y a menudo de apariencia vulgar. En ellas la vida, que parecía dominada y transcurrir sin mayores sobresaltos, presenta ante nosotros por defecto o por exceso su cara inconcebible y, junto con el desconcierto, despierta la interpelación sobre el sentido perdido y la tentativa de encontrarlo de nuevo…

Pues bien, de manera aún genérica pero cabal, todo esto es filosofía (o la incluye). Y si he insistido en el planteamiento de situaciones filosóficas un tanto inesperadas es para que se entienda mejor el alcance de la afirmación que ya defendieran, entre muchos otros, Aristóteles y Kant: a saber, que «todo hombre es por naturaleza filósofo» (o incluso metafísico, según el pensador de Könisberg). Cualquier ser humano, en algún momento concreto o a lo largo de toda su vida, confecciona una suerte de «filosofía espontánea» con la que, a veces sin plena conciencia, orienta el conjunto de su existir.

Lo reafirma y matiza Savagnone, añadiendo sugerencias cuyo desarrollo apuntaremos dentro de unos instantes: «No se puede dejar de ser, en cierto modo, filósofos: hay que escoger, más bien, entre serlo dejándose dominar por las “filosofías” implícitas en los mensajes de los mass-media y en las modas culturales de la sociedad en que vivimos, o bien elaborando una personal y responsable visión de la realidad y de la propia filosofía»(5).

2. Por qué la filosofía

a) El rechazo inicial(6)

Sin embargo, ¿qué sucede en estos comienzos del siglo XXI con la filosofía y con la metafísica? En una medida nada despreciable, lo que ocurre se encuentra determinado por la situación de la cultura y de los estudios filosóficos especializados que dominan el momento actual, en la proporción en que éstos, junto con algunas visiones del estado de la ciencia un tanto míticas y hoy superadas, llegan hasta el gran público. Y semejante panorama podría ser definido como una desconfianza pronunciada, casi absoluta, respecto a las posibilidades del entendimiento de encontrar la verdad. Como asentaba Umberto Eco en «El nombre de la rosa», hoy parece que «la única verdad consiste en aprender a liberarse de la pasión enfermiza por la verdad». Juan Pablo II, en el extremo opuesto, también lo expresa de manera muy sugerente y cercana a lo que venimos apuntando: «Se ha de tener en cuenta —escribe— que uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual es la “crisis del sentido”». Y poco más adelante: «muchos se preguntan si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del sentido»(7).

En efecto, una suerte de relativismo escéptico es el humus sobre el que pretenden fundarse hoy las principales conquistas culturales. Y así, un mal remedo de democracia asentado en buena parte de los países desarrollados repudia cualquier atisbo de verdades concluyentes, que, en el decir de tales «demócratas», coartarían la plena libertad de los ciudadanos; lo único a lo que aspira es a una especie de consenso sobre los temas controvertidos; y si alguien pretende formular con certeza un juicio acerca de la función indispensable de la familia en el seno de la sociedad o valorar éticamente el aborto, el divorcio y las relaciones homosexuales, si aspira a delimitar unos principios básicos estables que —en el respeto de la autonomía que les es propia— iluminen la acción social y política, la entidad de las sociedades intermedias, la superación del simple y prostituyente economicismo… será tachado de dogmático o de interferir de forma abusiva con presuntos mensajes revelados en el progreso de la razón humana autónoma. Para esta última, no existen verdades sino opiniones; y ya en este campo, ¿por qué la tuya, o incluso la de un especialista de reconocido prestigio, tendría que valer más que la mía?

En filosofía, por su parte, abandonados por lo común los temas más candentes y propios de la metafísica, se dedica una particular atención a cuestiones fragmentarias, dotadas sin duda de interés pero no definitivas: una truncada fenomenología o una hermenéutica de textos que no alcanzan siempre a pronunciarse sobre el fondo de la realidad, los estudios críticos relacionados con el análisis del lenguaje como fin en sí, tampoco decisivos, la valoración de los logros de las ciencias experimentales, etc. También en estos dominios se excluyen las «verdades», en su acepción más comprometida, universal y medular: todo suele quedar y moverse en la superficie o, a lo más, en una inmediata región subcutánea… aunque, eso sí, muy técnicamente orquestado.

Y la filosofía pierde todo su interés para cualquier persona ajena al mundillo autorreferencial de los filósofos. Pues, según comentaba hace poco Jan Ross en Die Zeit, «cuando la razón se apartó de las cuestiones últimas, se hizo apática y aburrida, dejó de ser competente para los enigmas vitales del bien y del mal, de muerte e inmortalidad»… y acabó por generar una suerte de «entontecimiento», fruto maduro de un pensamiento «angosto».

Tal como la entiendo, la filosofía adquiere interés y espesor, densidad capaz de atraer a las personas, cuando se presenta como una intensa «aventura intelectual» en la que en cierto modo se está poniendo en juego la propia vida. Es decir, cuando las adquisiciones que vayamos adquiriendo mediante el despliegue de nuestra inteligencia resulten significativas para nuestro comportamiento, y no sólo desde un punto de vista tangencial o periférico, sino radicalmente, porque gracias a esos logros podemos conducirnos hasta la perfección reclamada por nuestra condición humana, y alcanzar con ello la felicidad, o, por el contrario, deshacernos a nosotros mismos, porque no hemos sabido encontrar el camino de nuestra propia plenitud.

No es fácil apasionarse con el ejercicio de la filosofía cuando aquello con lo que uno se enfrenta son cuestiones secundarias, que no inciden para nada en el núcleo más vital de nuestro existir. O cuando uno, por haber desesperado de la posibilidad de alcanzar auténticas verdades, se dedica a estudiar una serie de opiniones expresadas a lo largo de la historia por un conjunto de señores… que curiosamente sí pretendían, al afirmar lo que afirmaban, estar describiendo el mundo infrapersonal y humano tal como efectivamente es.

Pero en esas estamos y ello explica que, ante la presencia de un legítimo filósofo, el «especialista en filosofías» y el hombre de la calle adopten una actitud en cierto modo similar a la que suscitaba Sócrates cuando ejercía su labor entre sabios y menos sabios de la Atenas de su tiempo. Lo expresan bastante bien las palabras que Platón pone en boca de Menón en el diálogo homónimo, una vez que éste ha sido asaeteado por los despiadados venablos del viejo y molesto maestro: «¡Ah… Sócrates! Había oído yo, aun antes de encontrarme contigo, que no haces otra cosa que problematizarte y problematizar a los demás. Y ahora, según me parece, me estás hechizando, embrujando y hasta encantando por completo al punto que me has reducido a una madeja de confusiones. Y si se me permite gastar una pequeña broma, diría que eres parecidísimo, por tu figura como por lo demás, a ese chato pez marino, el torpedo(8). También él, en efecto, entorpece al que se le acerca y lo toca, y me parece que tú ahora has producido en mí un resultado semejante. Pues, en verdad, estoy entorpecido de alma y de boca, y no sé qué responderte»(9).

De manera similar, el hombre de hoy, azacanado y dinámico y muy práctico, se suele desconcertar ante el bombardeo interrogador de un genuino filósofo, que lo pone frente a cuestiones que acaso jamás había inquirido. Y, en ocasiones, la infeliz presa incluso contempla con cierta desconcertada admiración a ese individuo que parece ver en el mundo y en las personas aspectos y profundidades que él no alcanza a advertir. Por desgracia, lo más común es que semejante momento de turbación deslumbradora resulte velozmente superado. Si se trata de un «especialista», demostrando con gran derroche de medios que las interpelaciones que propone el filósofo son mera palabrería, patrañas, auténticos sinsentidos desprovistos de alcance real, ilusiones o imaginaciones, ilícita cobertura de sus propios miedos, complejos e inquietudes, engaños producidos por una falta de dominio del lenguaje, etc. Y si nuestro interlocutor es el hombre de la calle resolverá la situación con un cierto deje de condescendencia, indicándose a sí mismo que en el fondo los filósofos no son ni malos ni inquietantes ni peligrosos; simplemente, están un poco chiflados, se han construido un mundo a su medida y no saben poner los pies en la realidad que los circunda y en la que se afanan a diario los demás humanos.

Lo curioso es que al superar su propio azoramiento mediante esta escapatoria nuestros conciudadanos no parecen errar del todo. Platón, por lo menos, les habría dado la razón. En efecto, en otro conocido diálogo, el Teeteto, observa que sucede con el filósofo algo muy similar a lo «que se cuenta de Tales, que, cuando estudiaba los astros, se cayó en un pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía delante de sus pies. La misma burla —continúa Platón— podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombres o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás entes, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo con atención […]. De manera, querido amigo, que cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, hace reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia, y su terrible torpeza le hará parecer un necio»(10).

Este retrato no me parece muy afortunado. Las explicaciones de Platón concuerdan bastante bien con el conjunto de su filosofía o por lo menos con el cliché más difundido de ella. Cuando nuestro filósofo intenta descubrir el quid de las realidades que le rodean, de las cosas y personas que encuentra en su entorno, dirige su mirada hacia «allá arriba», hacia lo que se ha venido a llamar el «mundo de las Ideas». Éstas, situadas en el hiperuranio, muy lejos de nuestras coordenadas cotidianas, componen la «explicación» de lo que a diario tenemos a la mano. De modo que, en efecto, para entender a fondo este mundo hay que desocuparse de él y fijar la atención en las alturas. La figura del filósofo que recoge el Teeteto es, pues, la del genuino «platónico».

En el conocido fresco de la Escuela de Atenas, Rafael nos indicó que Aristóteles modifica el panorama, como quiera que lo que da razón de cada una de las realidades que componen el universo es algo que se encuentra «en» ellas, a saber, su forma substancial. Aunque, hasta cierto punto, para comprender del todo esa forma haya que considerarla en universal y prescindir en buena medida de los singulares que la encarnan.

Pero Tomás de Aquino da un giro todavía más drástico por cuanto el punto de referencia al que atiende su metafísica en el intento de comprender la realidad no es ya forma alguna, ni externa ni interna, sino el acto de ser; y éste no sólo se asienta en lo más íntimo de cada una de las criaturas, sino que es también lo radicalmente singularizador en ellas. De modo que, sin hacer violencia ni al espíritu ni a la letra, la de Tomás podría considerarse, sin perder paradójicamente la universalidad que le corresponde, como una «metafísica de lo concreto»(11) o de lo singular.

En este caso, para ejercer la labor filosófica no es menester olvidarse de cuanto tenemos alrededor, sino que muy al contrario hemos de hacer reposar la mirada intelectual sobre nuestro entorno hasta «penetrar» en lo más íntimo de cada uno de los entes que lo componen. Por consiguiente, aunque algunos tomistas hayan también alimentado la figura del pensador abstraído y olvidadizo, ajeno a las solicitudes de este mundo, lo que impone la mente de Aquino, incluso de manera explícita y siguiendo una sugerencia de Aristóteles, es la imagen del filósofo «fijón», atento a las ocupaciones y preocupaciones de sus semejantes hasta en los menores detalles, perfectamente enraizado en el tiempo en que le toca vivir y hábil para desenvolverse en él —en los tribunales y en los bancos, y en las redes de Internet, pace Platón—, como cualquier otro de sus conciudadanos y, si se me permite, incluso mejor que ellos.

Pero, entonces, ¿a dónde irá a parar el sentimiento de turbación que la persona de a pie experimenta ante el filósofo?, ¿no atiende ya éste al mismo mundo que el resto de los mortales? Sí y no. O, mejor: el amante cabal de la sabiduría considera los mismos acontecimientos que afectan a sus conciudadanos, pero lo hace con mayor hondura; penetra más en cada uno de ellos y en sus relaciones con el conjunto. Se sitúa, por decirlo de algún modo, que no es sólo una metáfora, en otro nivel de comprensión. Y como consecuencia, a semejanza del platónico, pero con consciente y efectivo arraigo en la realidad, descubre en ella dimensiones diversas y más profundas que las que sus contemporáneos están acostumbrados a percibir. Y como tales magnitudes son las que le ocupan, como habitualmente se mueve en esas coordenadas más íntimas y universales, el mundo al que se refiere —justo por más medular que el de sus congéneres— aparenta ser «distinto» al que éstos captan y sigue despertando en ellos la sensación de estupor que Sócrates suscitaba en sus interlocutores.

Ciertamente, ante el filósofo abocetado por Platón, torpe y sin maña para los asuntos cotidianos, el experto en negocios o en política, a la vista de esa acusada incompetencia, acababa por convertir su asombro un tanto admirativo en sonrisa más o menos irónica y displicente. Y sus relaciones posibles con la filosofía quedaban «justificadamente» zanjadas. Hoy no debería ser así. Con todo, no es fácil que el individuo corriente, el de las enormes transacciones y el de las pequeñas inversiones mensuales, el de los grandes viajes intercontinentales y el del trabajo o el estudio cansinos y rutinarios…, acepte enfrentarse con la filosofía. ¿Por qué?

b) Di-versión y aburrimiento

A lo largo de la historia del pensamiento occidental se han propuesto distintas explicaciones del hecho a que acabo de referirme. Para Heráclito, por ejemplo, la persona que no reflexiona se encuentra como dormida; y, atareada y absorta en los vaivenes de ese su mundo privado —de lo que hoy denominaríamos sus «intereses»—, no quiere abandonar sus sueños y participar del orden común de los pocos que despiertos, al filosofar, conocen las cosas tal como son. También en el caso de Platón el filósofo que ha descubierto la auténtica realidad e intenta mostrársela a los que viven en la ilusión de las imágenes sombrías y romas es rechazado por éstos, que pueden incluso llegar a quitarle la vida, como demostró Sócrates con la suya propia. Kierkegaard expone a su vez las dificultades que ofrece el individuo inmerso en el mundo, para pasar desde el superficial y descomprometido estadio estético hasta el empeño vital y aventurado de las actitudes ética y religiosa. Heidegger, por acercarnos más a nuestros días, y como veremos en breve, subraya la resistencia que el hombre del «se», diluido en el anonimato, opone para salir de la masa y, mediante la sacudida que le imprime la reflexión filosófica vivida, enfrentarse consigo mismo. Y Horkheimer, no obstante su militancia atea y marxista, diagnostica vigorosamente la situación con palabras parecidas a las que siguen: cuando se suprima la dimensión teológica de nuestra cultura desaparecerá del universo lo que llamamos «sentido»; sin duda, se multiplicará la actividad, pero en el fondo será como un ir y venir sin dirección ni significado y, por ende, acabará por sumir al hombre en un profundo aburrimiento; hasta que un día, la auténtica filosofía se considere también una práctica pueril… y termine por desaparecer.

Con todo, y consciente de lo parcial del diagnóstico, que deberá ser completado con las aportaciones de algún otro pensador, voy a exponer inicialmente la explicación ofrecida por Pascal, allá por el siglo XVII, que en esencia corresponde, con diferentes matices, a las que presentan los autores antes citados y bastantes de los expertos de nuestro siglo.

Con la idea de acercar estas reflexiones a la vida vivida, pido que se me conceda introducir y contextualizar el asunto apelando a un acontecimiento en el que, con toda probabilidad, están o han estado implicados bastantes de los posibles lectores de estas líneas: el itinerante movimiento de agitación de los fines de semana conocido habitualmente como «movida». En nuestros tiempos, la movida goza de una actualidad perenne, aunque sólo cada cierto tiempo salte a las páginas de los periódicos, se meza en las ondas de la radio y acapare la atención de los intelectuales televisivos. Son los jóvenes quienes la traen a primer plano, de manera sistemática, cada siete días.

Pues, en efecto, se trata de un fenómeno juvenil. Pero que sin duda no constituye sino la traducción de situaciones semejantes que aquejan a los adultos. Con características propias, aparentemente rebeldes y más aparatosas, es verdad; pero con unos motivos de fondo muy similares, cuando no idénticos, a los de sus mayores. De ellos, quizá, los han aprendido. En concreto, debajo de las manifestaciones externas de la movida, y como acaba de sugerir Horkheimer, nos topamos con una de las plagas más devastadoras de nuestro siglo: el aburrimiento, en sus dimensiones más íntimas, conocido también como vacío existencial, ausencia de proyecto vital o falta de sentido… de los que de manera inmediata se sigue una radical y constitutiva infelicidad.

Sobre ese hastío escribió páginas inolvidables Søren Kierkegaard ya en la centuria pasada. A él, y considerándolo como la principal frustración moderna, ha consagrado Viktor Frankl el capítulo VI de «Ante el vacío existencial». Y en otro contexto, el fundador de la logoterapia resume: «El problema de nuestro tiempo es que la gente está cautivada por un sentimiento de falta de sentido, […] acompañado por una sensación de vacío […]. Nuestra sociedad industrial está preparada para satisfacer todas nuestras necesidades y nuestra sociedad de consumo incluso crea necesidades para satisfacerlas después. Pero la más humana de todas las necesidades, la necesidad de ver el sentido de la vida de uno mismo, permanece insatisfecha. La gente puede tener bastante con qué vivir, pero con más frecuencia que con menos, no tienen nada por lo que vivir»(12) .

A su vez, Albert Camus, en La chute, deja constancia de lo que da de sí una existencia vacua y epidérmica que sólo pretende huir del tedio: «No puedo soportar el aburrirme y no aprecio en la vida más que las diversiones […]. Vivía, pues, sin otra continuidad que aquella, día a día, del yo-yo-yo… Me deslizaba así por la superficie de la existencia, en cierto sentido sobre las palabras, pero nunca en la realidad. ¡Todos esos libros apenas leídos, esos amigos apenas queridos, esas ciudades apenas visitadas […]! Hacía lo que hacía o por aburrimiento o por distracción»(13).

En esencia, el diagnóstico de Camus se concentra en la curiosa construcción lingüística del «yo-yo-yo». Trasciende por tanto las explicaciones un tanto ralas que pretenden derivar el hastío contemporáneo del desarrollo de la técnica, de la creación de nuevos y siempre crecientes y más alambicados espacios de ocio, etc. Nada de eso existía en los tiempos de Kierkegaard con las proporciones que hoy ha adquirido, y nadie como él ha sabido captar el núcleo del asunto: el aburrimiento, sostiene con acierto, no es más que el corolario existencial del egocentrismo («yo-yo-yo»). La diagnosis es poco menos que definitiva: cuando uno gira sólo en torno a sí, a un yo desierto pero obsesivo, la realidad —lo otro, los otros— pierde consistencia, se torna irrelevante, no atrae ni resulta capaz de gratificarnos: no es digna de atención. Y entonces se buscan distintas compensaciones, más o menos bárbaras, pero aptas para hacer vibrar de manera inmediata y felicitante nuestro «yo»: comida, bebida, tele, viajes, sexo, alcohol, droga, éxito, celebridad…

Diversión-aburrimiento, por tanto, pero profundos y serios, casi cósmicos. En los tira y afloja entre padres e hijos, cuando éstos comienzan a plantear la necesidad de volver a casa con el alba o a altísimas horas de la madrugada, si los padres se atreven a inquirir el porqué de semejante exigencia, el hijo o la hija, aburridos a causa de su repliegue sobre sí mismos, responderán de manera casi mecánica: porque «tengo derecho» a divertirme. Y el padre o la madre apenas si encontrarán nada substancioso que oponer, porque quizás también ellos consideren como uno de sus derechos básicos, cuando no como meta de su vida, el divertirse.

Estamos, según anunciaba, ante una de las categorías fundamentales de Pascal: la «di-versión» (del latín «de-vertere», «enderezar hacia otro lado la propia atención»). Término de la misma hondura existencial que el aburrimiento a que se opone y con el que el genio francés no quería tanto indicar los momentos de reposo, de solaz y esparcimiento que todos necesitamos, sino cualquier ocupación en la que el hombre se sumerge para no enfrentarse con su vacío interior ni con el problema inquietante de su existencia. Desde semejante perspectiva, también el quehacer profesional, la política, los negocios, los agotadores periplos por Internet, todo lo que hacemos, pueden vivirse como «di-versión».

«Por eso —escribió Pascal, y dejo al lector la traducción de sus ideas a términos actuales— el juego y la conversación de las mujeres, la guerra, los grandes empleos, están tan solicitados. No porque ahí se encuentre la felicidad, ni porque uno se imagine que la verdadera dicha sea […] correr tras una liebre que, si nos la ofrecieran en el mercado, la rechazaríamos. No es este uso suave y apacible y que nos deja pensar en nuestra condición lo que se busca, […] sino el ajetreo que nos impide reflexionar y nos di-vierte. Razón por la que se ama más la caza que la presa. De ahí viene que los hombres aprecien tanto el ruido y el alboroto; de ahí que la prisión sea un suplicio tan horrible; de ahí que el placer de la soledad resulte algo incomprensible […]. Eso es todo lo que los hombres han podido inventar para ser felices; y los que, haciendo en esto de filósofos, creen que el mundo es muy poco razonable al pasarse todo el día corriendo tras una liebre que no aceptarían como regalo, apenas conocen nuestra naturaleza. Pues dicha liebre no nos protegerá de la muerte y de las miserias que nos rodean, pero la caza», al di-vertirnos, «sí nos protege de ellas»(14).

Desolación de Pascal: «¡Eso es todo lo que los hombres han podido inventar para ser felices!». Un magno y trágico juego para entretenerse ilusoriamente día tras día y no mirar hacia dentro. Un grandioso y complicado pasatiempo con un precio muy alto: la fuga de sí mismos. Haciendo de la di-versión oficio, el hombre se desembaraza de su destino, abdica de la propia grandeza y se diluye en las situaciones y en las realidades exteriores. «La única cosa que nos consuela en nuestras miserias —advierte Pascal con su despiadada y un poco amarga lucidez— es la “di-versión”, que, sin embargo, es la mayor de todas nuestras miserias. Porque es ella la que nos impide principalmente pensar en nosotros mismos»(15), poseernos.

Y comenta Savagnone: no es menester un esfuerzo excesivo para trasladar a hoy la actitud aquí descrita. Ya se trate del trabajo o del tiempo libre, lo que el hombre contemporáneo teme por encima de todo es el momento en que alrededor suyo se apaga el rumor ensordecedor que lo ha acunado durante la jornada… y se queda a solas con el silencio.

Por eso cuando sale de la fábrica o de la Facultad o del despacho no busca sino algo que «hacer»: se hunde en la algarabía de un bar superpoblado o de una discoteca y un poco más tarde, al llegar a casa, se deja arrullar por el televisor… para acabar yéndose a dormir entre las ondas de la cadena radiofónica favorita. Incluso en el coche tiene miedo de quedarse demasiado solo y se apresura a encender la radio o echa mano del móvil. Y cuanto más vehemente el vacío, mayor la cantidad de ocupaciones en las que se refugia para no tener tiempo de pensar.

La disyuntiva entre trabajo y diversión (que es sólo una posibilidad, y no imprescindible, del necesario descanso) resulta tremendamente reveladora de los problemas de fondo que afectan a nuestra época: «Uno de los grandes peligros de hoy —expone Alice von Hildebrand con categorías fácilmente asimilables a las que vengo utilizando— es plantearse una falsa disyuntiva: o trabajo o diversión. Mucha gente vuelve a casa tan agotada que sólo tienen un deseo: estirar las piernas y descansar (lo que suele significar ver la televisión). Pero esta alternativa —trabajo o diversión— deja fuera lo más importante: nuestra relación con las personas», lo único que nos podría conducir a trascender el prosaísmo y el tedio. «Qué triste y empobrecida queda una vida en la que esclavizarse y descansar son los únicos polos de la existencia»(16).

Por lo demás, como manifestaciones que son de la única actitud de fondo de la «di-versión», trabajo y descanso tienden a asumir formas cada vez más semejantes. El frenético movimiento de la oficina o las clases, bibliotecas y cafeterías masificadas en la Universidad no son muy distintos del hormigueo de una playa o una piscina repletas de bañistas o de una plaza pública tomada por la juventud en las horas negras del fin de semana; el tráfico caótico de los días laborables no hace sino trasladarse en los festivos a las autopistas que conducen a las costas y demás lugares de recreo. Y así casi todo lo demás. Siempre la misma ansia, idéntica prisa, igual tensión en relación con las personas y las cosas.

A menudo, apenas nos descuidamos aparecemos inmersos en una porción de humanidad que se agita, se angustia, se exalta en una carrera hacia metas que, una vez alcanzadas, dejan insatisfechos y desilusionados, nuevamente inquietos y hueros, deseosos de lograr otros objetivos. Como el cazador al que no le gusta la liebre y que, después de tanto esfuerzo por seguir su rastro y matarla, la tira sin disimulo para buscar otra distinta(17).

c) La existencia anónima

Tal vez una ulterior profundización en nuestro tema podría realizarse a la luz de lo que ha venido a llamarse la existencia anónima (o masificada, homogénea, gregaria, borreguil y con otros calificativos del género). El principal inspirador de este tipo de disquisiciones es, sin duda, Søren Kierkegaard. Él, como sabemos, hizo de la contraposición entre «singular» y masa (o público o plebe o muchedumbre) la clave de todo su pensamiento y de su entera existencia y función en la vida; y, movido por su profundo y casi ingénito sentido religioso, exclamó: «“El singular”: con esta categoría se mantiene en pie o cae la causa del cristianismo […]. A cada hombre que pueda situar bajo la categoría de “singular”, me comprometo a convertirlo en cristiano; o mejor, puesto que uno no puede hacer esto en lugar de otro, le garantizo que lo será»(18).

Con todo, y con un deje de injusticia, pues Heidegger raramente reconoce la deuda conscientemente contraída con el Sócrates danés, acudiremos a las reflexiones de este pensador alemán contemporáneo, clarividente en este extremo, aunque aquejado en bastantes otros no siempre secundarios de claros déficits de penetración. Y le plantearemos el mismo interrogante que nos está sirviendo de hilo conductor desde hace un rato: ¿por qué los hombres, y más en concreto los de la última centuria, tienen miedo a la filosofía?

La respuesta no se aleja mucho de la de Pascal, aunque las categorías que Heidegger emplea resultan diversas y acaso más aceradas y sangrantes. Al decir del filósofo de Friburgo, la mayor parte de los hombres vive una vida anónima, adocenada, en la que falta el valor para soportar el riesgo de ser uno mismo. Es el reino del «se», de la forma impersonal. Uno no se atreve a decir «yo», sino que se mimetiza dentro de la masa sin rostro que le da seguridad. «Nos divertimos como la gente se divierte; leemos, vemos y juzgamos de literatura y de arte como se ve y se juzga […], encontramos “escandaloso” lo que se encuentra escandaloso»(19).

Con harta frecuencia podemos verificar la verdad de esta denuncia: modos homogéneos de di-vertirse, de enfocar los problemas que afectan a un país o una región y a las relaciones entre las personas y entre los sexos, de atenerse a lo «políticamente correcto», a la opinión establecida… Y lo curioso es que no sólo lo testimonian los que antaño solíamos llamar «conformistas» y hoy «retrógrados», «conservadores», «integristas» o, si se me apura, «fachas», sino también el estilo de los otros, de los «anticonformistas», «rebeldes» o «progresistas»: de los que parecen no estar de acuerdo ni siquiera con la más mínima adquisición transmitida por sus mayores. Es más, justo entre estos últimos el dominio de las modas, de las insoslayables frases hechas, de los reiterativos comportamientos rituales se suele manifestar con más énfasis e impresiona sobremanera, por cuanto va acompañado de la ingenua certeza de estar desafiando a una sociedad que de hecho, sin ellos saberlo, los ha sometido a sus leyes (en definitiva, y simplificando un poco, a las reglas del consumo, a los juegos de poder, al status quo establecido).

De esta manera, prosigue Heidegger, se escapa de entre las manos el auténtico problema, el de saber asumir la responsabilidad de la propia condición de seres libres. La incapacidad de elegir es una nota constante de los hombres del «se». Y es que en la elección, como ejercicio de la libertad tomada en serio, nos lo jugamos todo, en el tiempo y fuera de él. En conformidad con lo que explicara Kierkegaard, «la decisión arranca al hombre de lo temporal y le inserta en lo eterno, ya que su elección le acompaña siempre. La libertad crea definitividad y, por ende, eternidad. Seremos eternamente lo que ahora decidamos ser»(20).

Como esto apabulla e incluso aterra, el individuo se engolfa cómodamente en los terrenos de lo impersonal. «Se» camina hacia adelante dejándose conducir por el flujo mudable de lo que todos los demás hacen, piensan, dicen, descargando en ellos la responsabilidad de lo que nosotros mismos somos: «El se […] puede responder con ligereza de todo porque no hay “nadie” que pueda ser llamado a rendir cuentas […]. Cada uno es “los demás”, nadie es él mismo»(21).

En el hombre de la existencia anónima, dominada por el «se», se esfuma sin remedio el pensamiento. Como consecuencia, la palabra degenera en «charlatanería», «parloteo» o «cháchara», el interés por el mundo que nos rodea en «curiosidad», la sosegada comprensión de las cosas en «equívoco».

En el «parloteo», como podemos comprobar con frecuencia a través del cúmulo de noticias y debates que nos propician los medios de comunicación, «lo que cuenta es que prosiga el discurso». Las palabras, que deberían servir para expresar la realidad, se convierten en su sustituto: «las cosas son así porque así se dice»(22). De esta suerte, la exposición de un tema no es ya el modo de acercarse verdaderamente a él, una forma de tomar conciencia de él, sino que se convierte en un cerrarse a aquello mismo de que se habla, una manera de banalizarlo y de vaciarlo de su riqueza: cuando, pongo por caso, se ha conseguido que durante unos cuantos lustros «se hable» del aborto o de la homosexualidad o de la igualdad de la mujer o de las razas o de las religiones, o de «los modelos» de familia, la naturaleza real de estos problemas pasa a un segundo plano y se empieza a disertar exclusivamente sobre las opiniones dominantes y domesticadas, encasilladas por lo común como de «izquierdas» o de «derechas», como «progresistas» o «conservadoras». Pero la cosa en sí, desasistida, deja de tener relevancia y no sirve como argumento.

En cuanto a la «curiosidad», casi nadie «se toma el cuidado de ver para comprender lo que ve[…], sino que sólo se preocupa de ver. Busca lo nuevo exclusivamente como un trampolín para otra cosa nueva […]. Por eso, la curiosidad se caracteriza por una típica incapacidad para detenerse en aquello que se presenta. Huye de la contemplación serena, dominada como está por el nerviosismo y la excitación que la empujan hacia la novedad y el cambio»(23). El zapping, el flipping o el grazzing y los viajes interminables por «la red», deporte nacional de muchísimos países adelantados, serían tal vez el par

15/05/2005 ir arriba
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