Por Javier Aranguren (*)
Hay una cuestión mágica, que mucha gente toma como la realidad
más importante: «¿Para qué sirve?, ¿cuál es la utilidad de
lo que me propones?».
Parece que triunfa lo práctico: un ingeniero optimiza una
planta de envasado de cacahuetes con miel; un empresario vende
teflón para grifos en el mercado de la fontanería; un biólogo
nos limpia la alcachofa de bichitos haciéndola más sana, etc.
En cambio, el historiador, el experto en música renacentista,
el filósofo, o esa persona que se sonroja cuando confiesa
que lo que más le gusta es escribir poemas sobre atardeceres,
no sirven para nada. Un productor de cine por lo menos hace
dinero, un humanista como mucho vende hamburguesas, o educa
niños que se niegan a leer lo que les manda y quieren más
marcianitos, o consigue becas europeas pagadas por los impuestos
de todos, ¡y ya les basta, a ver si producen! Nos negamos
a que nadie se dé el lujo de la contemplación: ¡qué trabajen,
que la vida es dura y el dolor es bueno
Pero este planteamiento es falso como judas y más hueco que
la risa sofocada de un tuberculoso. La misma pregunta ?«Para
qué sirve?»? parece improcedente: no nos importa que las cosas
sirvan, sino que nos orienten para vivir mejor o no. En este
sentido, volver a las preguntas esenciales se presenta en
el fondo como la realidad más útil a la que se puede plantar
cara, y eso precisamente por su aparente inutilidad. ¿En qué
cosa consiste ser feliz?, ¿tengo amigos?, ¿tiene sentido trabajar?,
¿qué me espera tras la muerte?, ¿existe Dios y tiene algo
que ver conmigo?
Dedicar la vida a solucionar sólo problemas de tipo práctico
lleva a una continua sensación de fracaso, de llegar siempre
tarde, de regalar a la novia por error ramos de flores marchitas:
la informática que se enseñaba en 1985 no sirve absolutamente
para nada, las técnicas de comercio que se usan hoy pasarán
de moda en seis meses. ¿Qué es lo útil? Y, desde aquí, me
atrevo a pontificar, que es algo que tiene que ver con la
producción, pero también con el dulce abandono de una existencia
regalada. El hombre que no para, que no contempla, que es
serio y carece de tiempo para reír, no se ha enterado de nada.
En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001. |