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De modo unánime los más
avezados oteadores del momento llevan años extendiendo el
acta de defunción de la modernidad, del agotamiento del
proyecto ilustrado que en los siglos precedentes aspiró
a dar razón del ser humano y de su vivir en sociedad.
La razón ilustrada que en el lugar de Dios quería entronizar
al hombre, se ha topado casi como por sorpresa con que nuestra
concepción del hombre depende de nuestra concepción de Dios,
y que al prescindir de Dios se ha tornado imposible la comprensión
del hombre. "Uno de los rasgos más llamativos del siglo
XX, escribía Grunwald hace escasos meses, más incluso
que el progreso tecnológico y que la violencia física, ha
sido la deconstrucción del ser humano".
El ser humano de la posmodernidad es algo así como un amasijo
de sensaciones e impulsos nerviosos, que habita temporalmente
un cuerpo al que ha de procurar el mayor nivel de bienestar
posible. La cultura ha abdicado de su misión de otorgar
un sentido a las comunidades y a las vidas singulares de
los hombres. La reflexión filosófica postmoderna, llamada
ahora pensamiento débil, no intenta ya una crítica en su
raíz de la cultura contemporánea, ni mucho menos aspira
a refundarla o relanzarla, sino que simplemente -como afirmaba
Vattimo, uno de sus más conocidos valedores- se conforma
con reunir recuerdos y sugerencias sobre algunas posibilidades
interesantes.
Ser un ilustrado quiere decir muchas cosas, entre ellas,
la de ser miembro de una tradición de investigadores que
a lo largo de los siglos han sostenido la firme convicción
de la capacidad de la razón humana para crecer en la comprensión
del mundo, de la vida y de las acciones de los hombres.
Ser un ilustrado quiere decir además reconocer que la razón
humana sólo crece en la interacción con los demás, que "la
pasión por la verdad -como dice Alejandro Llano-
es radicalmente solidaria" y que por tanto la verdad se
alcanza y acrecienta en el diálogo con los demás.
Ser un ilustrado es elegir un estilo de vida que fía a la
razón la toma de decisiones, un estilo de vida guiado por
la inteligencia. Pero, en los años finales de nuestro siglo,
puede decirse que somos "los últimos", porque tenemos dolorosamente
experimentada la perversa tendencia de la razón humana a
traicionar su propia humanidad suplantando a Dios y en última
instancia eliminando al hombre mismo.
A Tomás de Aquino por muchos motivos, pero sobre
todo por su método generoso y fecundo de buscar la verdad,
que me gusta llamar el método de la circumspectio,
de la circunspección, de mirar alrededor y de escuchar respetuosamente
a todos los que tengan algo que decir, sabiendo que en cierto
modo en la mente humana en grados diversos y de modo limitado
se refleja la Verdad con mayúscula: "Todas las opiniones
en cierto modo dicen algo verdadero".
La misión de quienes en la hora presente se dedican a las
Humanidades es cabalmente la de ayudar a quienes están a
su lado, a la entera sociedad, a forjar el relato, el verso
heroico en que se torna la prosa diaria cuando la luz de
la fe y la inteligencia confieren un horizonte de eternidad.
Como dejó anotado Wittgenstein, "en filosofía el
ganador de la carrera es aquél que sabe correr más lentamente;
o aquél que llega allí el último". El peligro para el pensamiento
es siempre la precipitación, el sacar conclusiones demasiado
deprisa, por no estar bien advertidos del carácter provisional,
parcial, revisable siempre de la verdad alcanzada con esfuerzo.
Es preciso siempre escuchar a todos, examinar sus razones
-como hacía Tomás- para intentar entenderlas, tratar
de esclarecer en ese diálogo también las razones nuestras
para ganar así en comprensión de la posición personal y
de las posiciones de los demás.
El pensamiento humano no es en modo alguno una tarea privada,
intimista, como pudieran sugerir El pensador de Rodin
o la imagen del Descartes solitario junto a la estufa.
No es tampoco algo aburrido, frío, rígido o mecánico. El
pensamiento -como el lenguaje- no es algo privado, sino
una laboriosa construcción de todo el género humano mediante
el que nos adentramos en la comprensión de Dios, del mundo,
de nosotros mismos y de nuestras creaciones
LA TAREA DE PENSAR (*)
Por Jaime Nubiola
La difícil articulación del pensar con el vivir ha interesado
siempre a quienes se dedican a educar. Pero, en los últimos
años, resultan muy llamativos tanto la extraordinaria importancia
del sentimiento en la vida de los universitarios como el atractivo
que sobre ellos tiene el estilo de vida intelectual. Muchas
veces quienes adoptan las más graves decisiones por motivos
afectivos aspiran al mismo tiempo a llevar un tenor vida en
el que la inteligencia sea la guía efectiva de su vivir.
El trabajo universitario es un lugar privilegiado para observar
una y otra vez el gran reclamo que para la gente joven tiene
el cultivo de la inteligencia. Frente a las simplificaciones
rápidas y fácilmente engañosas acerca de la juventud, comienza
a tomar cuerpo la idea de que la "gente joven" de ahora, es
decir, aquellos que nacieron entre 1964 y 1975 y que por tanto
tienen entre dieciocho y veintinueve años constituyen una
nueva generación. Ha comenzado a ser llamada la "generación
de los veintitantos" y uno de sus rasgos característicos es
que será la primera generación de este siglo -según predice
un reciente estudio sociológico del que daba noticia Nuestro
Tiempo -que vivirá peor que las generaciones precedentes.
Después de décadas de progreso sostenido y de crecimiento
general del bienestar, esta nueva generación ha comenzado
a advertir que el futuro es mucho más incierto de lo que pensaron
sus predecesores. Quizá por eso en los Estados Unidos a este
grupo social se le ha llamado también la "generación perdida"
o más crudamente "los holgazanes". En aquel país pertenecen
a este grupo unos cuarenta y siete millones de personas y
en España llegan a los siete millones.
Se trata de la primera generación en la historia que ha tenido
como principal maestra a la televisión, puesto que el número
de horas que han pasado delante del televisor es sólo ligeramente
inferior al de las horas que han escuchado a sus maestros
y profesores. Al destacar este dato relativo al consumo de
televisión en la configuración del universo cultural de los
jóvenes, no deseo hacer un juicio negativo o simplista de
su formación. Casi con seguridad la generación de los veintitantos
tiene mucha más información que la generación precedente:
sabe mucho más, ha saboreado muchas más cosas, aunque quizá,
finalmente, haya quedado con un desabrimiento todavía más
amargo en la boca. Mientras en agosto del 68 los jóvenes europeos
vibraban doloridos al leer las crónicas de prensa de la invasión
de Praga por los carros de combate rusos, la gente de veintitantos
ha asistido en directo a la madre de las batallas o al genocidio
de los Balcanes casi como si del Tour de Francia se tratara.
Comparados con sus mayores, es decir, con la generación del
mayo francés, de la llegada a la Luna de los Beatles y la
música ye-ye, o de la sustitución en España de un sistema
autoritario por una democracia, los de veintitantos son -según
los sociólogos- más pragmáticos, más responsables y más tolerantes,
pero a la vez más escépticos, más conservadores y más dubitativos
a la hora de tomar decisiones.
La década de los noventa, en la que corresponderá a la generación
de los veintitantos buena parte del protagonismo, se presenta
como un formidable atasco de coches en una compleja y enrevesada
encrucijada sin los postes indicadores de las direcciones,
o quizá más exactamente, como herencia fatídica del fracaso
de la modernidad, con las señales de tráfico perversamente
cambiadas. Quienes se encuentran en el atolladero no solamente
desconocen cómo se va sino que ni siquiera saben realmente
a dónde quieren ir. Ante este panorama, quedarse quieto es
sin duda lo más prudente: por eso en las estadísticas esta
generación muestra un perfil conservador, escéptico y dubitativo.
Hace unos meses George Steiner reconocía el contraste entre
sus estudiantes de finales de los sesenta y los de ahora:
mientras aquellos tenían abiertas las ventanas a la esperanza
porque sabían que había siempre algún lugar en el planeta
en el que se estaba luchando por cambiar el mundo, los estudiantes
actuales -al menos en su mayor parte han trocado la utopía
por la opción egoísta de una vida privada.
La desbandada de la posmodernidad
Diagnosticar lo que nos pasa, o mejor, comprender con cierta
riqueza explicativa la situación de nuestra cultura contemporánea,
exigiría muchas precisiones. De modo unánime los más avezados
oteadores del momento llevan años extendiendo el acta de defunción
de la modernidad, del agotamiento del proyecto ilustrado que
en los siglos precedentes aspiró a dar razón del ser humano
y de su vivir en sociedad. La última utopía de la modernidad
se desmoronó con el muro de Berlín hace apenas cuatro años.
Al final todos han venido a reconocer que -como en el viejo
cuento del Conde Lucanor- el rey iba desnudo, que la razón
científica que pretendía emancipar a los hombres y a las mujeres
del siglo XX del oscurantismo religioso y de la represión
moral, ha engendrado una vergonzosa esclavitud que, como escoria
de su perversa actividad, arroja a la existencia unos seres
humanos mutilados y enemigos entre sí. La ciencia, la inteligencia
que iba a liberar al hombre, ha resultado a la postre el enemigo
mayor de la vida humana. La comercialización masiva de armamentos,
la erotización de la comunicación social, la balcanización
de la aldea global, la sistemática destrucción de vidas humanas
son algunos de los signos más obvios de esta tragedia. La
razón ilustrada que en el lugar de Dios quería entronizar
al hombre, se ha topado casi como por sorpresa con que nuestra
concepción del hombre depende de nuestra concepción de Dios,
y que al prescindir de Dios se ha tornado imposible la comprensión
del hombre. "Uno de los rasgos más llamativos del siglo XX,
escribía Grunwald hace escasos meses, más incluso que
el progreso tecnológico y que la violencia física, ha sido
la deconstrucción del ser humano".
El ser humano de la posmodernidad es algo así como un amasijo
de sensaciones e impulsos nerviosos, que habita temporalmente
un cuerpo al que ha de procurar el mayor nivel de bienestar
posible. La cultura ha abdicado de su misión de otorgar un
sentido a las comunidades y a las vidas singulares de los
hombres. La reflexión filosófica postmoderna, llamada ahora
pensamiento débil, no intenta ya una crítica en su raíz de
la cultura contemporánea, ni mucho menos aspira a refundarla
o relanzarla, sino que simplemente -como afirmaba Vattimo,
uno de sus más conocidos valedores- se conforma con reunir
recuerdos y sugerencias sobre algunas posibilidades interesantes.
Las reacciones contra esta generalizada situación de agotamiento
cultural asoman por muchos lados, aunque suelen ser descalificadas
con el insulto en boga en estos últimos años: se trata -dicen-
de reacciones "fundamentalistas". La última reflexión aireada
por los medios de comunicación ha sido la de Samuel Huntington,
el politólogo de Harvard que sostiene que en adelante la batalla
ideológica entre los países será sustituida por el conflicto
cultural entre las civilizaciones. Desde esa perspectiva sesgada,
el resurgimiento mundial de la religión que se reconoce por
doquier supone, por tanto, la amenaza más grave contra la
paz.
Los últimos ilustrados
Puede decirse que quienes a estas alturas del siglo XX estamos
empeñados con ahínco e ilusión en la enseñanza e investigación
de las humanidades, somos en verdad los "últimos ilustrados".
Tanto el filósofo alemán Jürgen Habermas como el Papa
Juan Pablo II han sido calificados con ese epíteto.
No se trata de un insulto, sino del reconocimiento de la pertenencia
a la rancia estirpe intelectual en que la cultura griega tuvo
su origen y en la que hunde sus raíces la Europa cristiana
en la que nacieron las universidades. Ser un ilustrado quiere
decir muchas cosas, entre ellas, la de ser miembro de una
tradición de investigadores que a lo largo de los siglos han
sostenido la firme convicción de la capacidad de la razón
humana para crecer en la comprensión del mundo, de la vida
y de las acciones de los hombres. Ser un ilustrado quiere
decir además reconocer que la razón humana sólo crece en la
interacción con los demás, que "la pasión por la verdad -como
dice Alejandro Llano- es radicalmente solidaria" y
que por tanto la verdad se alcanza y acrecienta en el diálogo
con los demás.
Finalmente ser un ilustrado quiere decir también ser amigo
de los ilustres que nos han precedido, puesto que -como escribió
Juan de Salisbury en el siglo XII- "somos enanos a
hombros de gigantes", y encaramados sobre sus hombros somos
capaces de ver más y de ver más lejos. De entre la enorme
comunidad de aquellos gigantes predecesores, quiero recordar
a dos.
A Tomás de Aquino por muchos motivos, pero sobre todo
por su método generoso y fecundo de buscar la verdad, que
me gusta llamar -siguiendo una sugerencia de Jesús Longares-
el método de la circumspectio, de la circunspección,
de mirar alrededor y de escuchar respetuosamente a todos los
que tengan algo que decir, sabiendo que en cierto modo en
la mente humana en grados diversos y de modo limitado se refleja
la Verdad con mayúscula: "Todas las opiniones en cierto modo
dicen algo verdadero". No solo en la profundidad de las noches
estrelladas o en la hondura de los corazones humanos, sino
que, en cierto sentido y sobre todo, la Verdad se descubre
al comprender a la vez la limitación y la extraordinaria complejidad
de los pensamientos. "Con sensibilidad vivamente actual -escribía
el Gran Canciller de nuestra Universidad a propósito del comentario
de Juan Pablo II de este texto de Tomás de Aquino-
el Papa encuentra una aplicación siempre válida y hoy día
tanto más necesaria en la investigación científica, afirmando
que "esa presencia de la verdad, aunque sea parcial e imperfecta
y a veces distorsionada, es un puente que une a unos hombres
con los otros y hace posible el entendimiento cuando hay buena
voluntad"". Santo Tomás ni era un concordista que buscaba
la solución intermedia, el compromiso entre posturas divergentes,
ni esquivaba las dificultades. "¿Qué hacía Tomás? -ha
escrito con manifiesta admiración Umberto Eco-. Listaba
las opiniones divergentes, clarificaba el sentido de cada
una, se cuestionaba todo incluso el dato revelado, enumeraba
las posibles objeciones y redactaba la mediación final. Todo
debía hacerse en público, tal como en su tiempo, la disputatio
era pública. Quien resolvía era el tribunal de la razón".
Pero como el estilo de Tomás pudiera parecer obsoleto
por los siete siglos que han pasado desde entonces, quiero
hacer mención de Ludwig Wittgenstein, a quien muchos
consideran el pensador más profundo de este siglo. Su estilo
socrático de hacer filosofía con preguntas y respuestas se
caracteriza esencialmente por la progresión en la comprensión
de los problemas mediante la discusión dialógica de las diversas
formas de expresarlos. Por supuesto que a fin de cuentas los
problemas filosóficos son insolubles, pero como decía Stanley
Cavell, "hay maneras mejores y peores de pensar acerca
de ellos". Para Wittgenstein la filosofía es el nombre
de esa inevitable forma de enredo racional que es síntoma
natural del pulso de nuestro intelecto, pero al mismo tiempo
es el nombre de nuestro afán -también natural- de claridad
intelectual, de alcanzar una comprensión general. Los problemas
que aparecen en la filosofía están enraizados en aspectos
básicos de nuestro pensamiento que determinan el modo en que
miramos a las cosas. Por esta razón, "resolver" un problema
filosófico no es anular nuestro pensamiento, sino llegar a
comprenderlo más plenamente.
La mención de Tomás y de Wittgenstein, miembros
notables de aquella comunidad de investigadores convencidos
de la capacidad de la razón humana, esclarece bien el sentido
en el que somos "ilustrados" quienes nos dedicamos hoy en
día a las Humanidades, pero no todavía el añadido de los "últimos".
Wittgenstein, en su denodada inquisición sobre el porqué
último de las cosas, advertía que la búsqueda de una justificación
racional para nuestras acciones no puede ser infinita: llega
un momento en el que la pala de nuestra pregunta topa con
la roca y se dobla, y entonces sólo nos cabe responder: "Pues
esto es lo que yo hago". El límite de nuestra investigación
racional es al final nuestra práctica, nuestra vida, nuestra
manera humana de ser. Ser un ilustrado es elegir un estilo
de vida que fía a la razón la toma de decisiones, un estilo
de vida guiado por la inteligencia. Pero, en los años finales
de nuestro siglo, puede decirse que somos "los últimos", porque
tenemos dolorosamente experimentada la perversa tendencia
de la razón humana a traicionar su propia humanidad suplantando
a Dios y en última instancia eliminando al hombre mismo.
Juan Pablo II, filósofo de formación, experto en humanidad
y en dolor, sucesor de Pedro, merece justamente ese
honroso calificativo. Las proféticas palabras iniciales de
su pontificado -"Non habete paura! ¡No tengáis miedo,
abrid las puertas a Cristo!", revisten una permanente actualidad.
Ahora, para la generación de los veintitantos adoptan la forma
sugerente, atractiva, incitadora: ¡No tengáis miedo a pensar,
abrid las puertas a Cristo!
La tarea de pensar
La palabra castellana "tarea" procede etimológicamente del
árabe tari ha, que es el encargo de alguna obra o trabajo
que ha de hacerse en cierto tiempo, en un tiempo limitado.
Este significado etimológico refleja bien la razón de la elección
del término "tarea" para calificar la actividad de pensar
que corresponde a los intelectuales. El tiempo para pensar
es limitado, pues sólo pensamos, sólo discurrimos y razonamos
los pocos o muchos años que Dios nos dé de vida. En la otra
vida no se piensa discursivamente. Esta limitación en el tiempo
de nuestra capacidad de pensar es quizá un estímulo para tomársela
todavía más en serio.
Pero ¿pensar qué?, ¿pensar cómo?, o incluso más filosóficamente
¿qué es eso de pensar? El verbo castellano viene del latín
pensare, que es pensar, calcular, pesar. ¿Qué es lo
que hemos de pensar, y por tanto al pensarlo, al sopesarlo,
ganar peso y crecer? Lo primero que hemos de pensar es nuestra
vida, la de cada uno, cada uno la suya. Es un lugar común
recordar el dicho de Sócrates de que una vida sin examen,
sin reflexión, no merece ser vivida por un hombre. Apoyada
en la tradición griega, la cultura cristiana reconoció desde
sus comienzos el valor de la razón para conocerse a sí mismo
el ser humano y sobre todo para conocer a Dios. Pero no ha
sido hasta hace varios meses cuando la Iglesia Católica en
su nuevo Catecismo ha elegido, en sustitución de la descripción
tradicional del pecado como transgresión de la ley, su identificación
como "una falta contra la razón". Al destacar esta dimensión
contra la razón, la Iglesia -experta en humanidad- reconoce
tanto la primacía del entendimiento en nuestra vida personal,
como el permanente atractivo sobre nuestra imaginación que
desde Adán ejerce lo prohibido.
Lo segundo que hemos de pensar es la fe, las convicciones
religiosas, aprendidas de ordinario de padres y educadores.
El descubrimiento de la riqueza intelectual de la fe, de su
fuste explicativo, de su capacidad de dar sentido a la vida
humana, otorga una consistencia permanente, una coherencia,
crea un auténtico estilo de vida que el beato Josemaría
Escrivá caracterizó felizmente con su expresión "unidad
de vida".
Lo tercero que hay que pensar es la cultura en la que cada
uno vive. Pensar la cultura es comprenderla históricamente,
en su génesis y desarrollo en las diversas áreas de la propia
actividad, pero sobre todo es repensarla y aportar, mediante
la palabra y la escritura, pensamiento propio y personal,
el que cada uno pueda añadir para ganar en la comprensión
que de sí y de su historia tiene la humanidad.
Esta triple enumeración es deudora de aquel memorable discurso
de Juan Pablo II ante la UNESCO que recordaba en diciembre
de 1982 a los profesores universitarios españoles en la Facultad
de Derecho de la Complutense: "Una fe que no se hace cultura
es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no
fielmente vivida". Se trata de articular fe y cultura en la
vida de cada uno, en nuestra reflexión vital, sabedores de
que no puede haber oposición efectiva entre las realidades
profanas y las realidades de fe, pues tienen todas su origen
común en Dios (Gaudium et spes). Se trata de integrar
la verdad en la propia vida y de vivir de acuerdo con ella.
"Es la verdad la que encarga la tarea; y la inteligencia -el
nous, dice Leonardo Polo- se pone en marcha con el
encargo de articular el vivir de acuerdo con la verdad".
¿Cómo pensar?
La segunda pregunta que antes anunciaba es la de cómo llevar
a cabo esa actividad del pensar, o cómo encarnar a los veintitantos
un estilo de vida inteligente, novedoso y realmente fecundo.
Tomando prestado el título de un maravilloso libro del maestro
Azorín, me gustaría responder diciendo: Cavilad y contad.
Es preciso dar vueltas a las cosas, a todas esas antes enumeradas,
y además es preciso compartir las cavilaciones, las dudas,
las reflexiones con quienes están a nuestro lado. El lenguaje
juvenil de hace unos años empleaba desenfadadamente el término
"rollo" también en este sentido: el intelectual tiene siempre
su "rollo", un relato, una historia que da razón de su vida,
que muestra bien a las claras quién es porque cuenta de dónde
viene y hacia dónde va. Como señaló Maclntyre en Tras
la virtud, lo que los hombres de final del siglo XX anhelan
es encontrar un relato, una historia, o incluso un mito, que
otorgue un sentido a su vivir diario. La misión de quienes
en la hora presente se dedican a las Humanidades es cabalmente
la de ayudar a quienes están a su lado, a la entera sociedad,
a forjar el relato, el verso heroico en que se torna la prosa
diaria cuando la luz de la fe y la inteligencia confieren
un horizonte de eternidad.
La tarea de pensar puede parecer excesiva o incluso penosa,
pero no es así, o al menos no es así siempre. No es algo que
nos supere, sino que en cuanto uno se mete, "engancha", hace
crecer en hondura y en capacidad de saborear: "todos los hombres
por naturaleza anhelan saber", escribía el viejo Aristóteles
en el arranque de la Metafísica. Pero pensar requiere
no sólo ganas, sino también aprendizaje, entrenamiento y tiempo.
Como dejó anotado Wittgenstein, "en filosofía el ganador
de la carrera es aquél que sabe correr más lentamente; o aquél
que llega allí el último". El peligro para el pensamiento
es siempre la precipitación, el sacar conclusiones demasiado
deprisa, por no estar bien advertidos del carácter provisional,
parcial, revisable siempre de la verdad alcanzada con esfuerzo.
Un rasgo define esencialmente el pensar cristiano, destacado
muy vivamente por el beato Josemaría Escrivá. Me refiero
al amor a la libertad que se muestra en el respeto a la pluralidad
de opiniones en todas aquellas vastas áreas dejadas al libre
ejercicio de la inteligencia humana. Con extraordinario sentido
común, mostrando la mano ligeramente torcida preguntaba a
su interlocutor si la mano era cóncava o convexa: "Los asuntos
humanos no tienen soluciones unívocas; los demás ven la misma
cuestión que tú pero desde distinto punto de vista, con otra
luz, con otra sombra, con otro contorno: la confrontación
de esos puntos de vista es enriquecedora". Por esta razón,
es preciso siempre escuchar a todos, examinar sus razones
-como hacía Tomás- para intentar entenderlas, tratar
de esclarecer en ese diálogo también las razones nuestras
para ganar así en comprensión de la posición personal y de
las posiciones de los demás.
Una búsqueda solidaria
La defensa del pluralismo guarda íntima relación con una concepción
solidaria y multilateral del conocimiento humano de una fecundidad
extraordinaria. Nada más lejos del relativismo culturalista
posmoderno ni del escepticismo egoísta de la generación de
los veintitantos. O dicho positivamente, la esencia de un
estilo universitario de vida es precisamente el empeño de
todos cuantos componen esa comunidad -que trasciende el espacio
y el tiempo- por comprenderse los unos a los otros, por hacerse
cargo de las razones que asisten a la razón de cada uno. Si
hay confrontación dialógica -venía a decir Alejandro Llano
en la pasada apertura de curso de la Universidad de Navarra-
es porque se comparte el convencimiento de que hay una verdad
objetiva y la esperanza de que puede alcanzarse mediante el
ejercicio de la inteligencia. Con Hilary Putnam, me
gusta distinguir entre la Verdad con mayúscula y las verdades
que los hombres forjamos. Estas últimas, las verdades que
los hombres laboriosamente han conquistado mediante su pensar,
son resultado de la historia: Veritas filia temporis,
repetían los escolásticos recordando al romano Aulo Gelio.
Que la verdad sea hija del tiempo significa también que la
verdad futura depende de nuestro pensar, de lo que cada uno
de nosotros contribuyamos con nuestra actividad intelectual
personal al crecimiento de la humanidad.
El pensamiento humano no es en modo alguno una tarea privada,
intimista, como pudieran sugerir El pensador de Rodin
o la imagen del Descartes solitario junto a la estufa.
No es tampoco algo aburrido, frío, rígido o mecánico. El pensamiento
-como el lenguaje- no es algo privado, sino una laboriosa
construcción de todo el género humano mediante el que nos
adentramos en la comprensión de Dios, del mundo, de nosotros
mismos y de nuestras creaciones. Como enfatizaba Eugenio
d"Ors, el pensamiento es siempre diálogo, "pensar es siempre
"pensar con alguien""; "no es sólo que el pensamiento necesite
del diálogo, sino que es, en esencia, el mismo diálogo". El
diálogo con los demás, con los que nos precedieron, incluso
el diálogo con nosotros mismos, es la fuente por excelencia
del pensamiento. Que la tarea de pensar es -¡puede ser!- algo
divertido, cálido, flexible y libre es testimonio unánime
de cuantos estamos comprometidos en la enseñanza y la investigación.
Descubrir con gozo el futuro en las inteligencias de los alumnos
nos hace sentirnos más humanos y nos lleva a reconocernos
orgullosamente como miembros de una gigantesca epopeya intelectual.•
(Estas páginas tienen
su origen en el discurso de apertura de un Curso de Verano al
que acudí con una viva preocupación acerca de la conjunción
de sentimiento y razón en la formación universitaria. Ahora
ha llegado el otoño y podadas aquellas páginas de aderezos estivales
y demás recursos retóricos, pueden servir de estímulo a la reflexión
en un ámbito mayor. Su título es quizá deudor del ensayo de
Heidegger de 1964, aunque temáticamente la distancia
sea grande.)
(*) NUESTRO TIEMPO, enero/febrero 1994, nº 475/476, pp. 116-124.
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