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FILOSOFÍA Y VIDA (Tomás Melendo Granados)

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Filosofía y vida

FILOSOFÍA Y VIDA
 

Por Tomás Melendo Granados
Catedrático de Metafísica


Las páginas que siguen componen una glosa elemental, aunque relativamente amplia, a la antigua y muy atinada observación de Reinhard Lauth: «la filosofía tanto depende de la vida como conduce de nuevo a ella; es más, primero debe haber salido la filosofía de la vida para que luego pueda repercutir sobre ella»(1).


El comentario a semejante afirmación podría articularse en dos etapas no independientes, sino que, al cabo, se interpenetran y modifican de manera recíproca: i) en primer término, intentaremos examinar el camino que desde la vida conduce a la filosofía: a) ya se trate de las condiciones existenciales que, con más o menos vigor y conciencia, dejan su huella en la producción de un pensador; b) ya del influjo que la propia existencia y las actitudes o prejuicios anclados en ella ejercen en las personas que han de recibir la filosofía y juzgar acerca de su acierto o desatino; ii) además, vale la pena tener en cuenta las repercusiones del ejercicio del filosofar en la «vida vivida» de quienes, de forma más o menos activa, como artífices o como lectores, entran en contacto con el pensamiento de los filósofos.

1. De la vida a la filosofía

a) La persona íntegra, sujeto real del filosofar

Frente a ciertas pretensiones del racionalismo que acabaron por hipostasiar el entendimiento humano e independizarlo del resto de nuestras facultades, el amante de la sabiduría debe filosofar con todas sus cuerdas vitales, desde el hondón más íntimo de su ser personal. Así enfocada la cuestión, es falso concebir a los filósofos como mentes puras o como puras mentes. La verdad se identifica realmente con lo que es, con la realidad y, por tanto, con el bien y la belleza. Por eso, compromete a la persona en su más íntegra totalidad, en cuanto abierta a lo verdadero, bueno y bello, indisolublemente vinculados.

De resultas, el despliegue de la propia existencia no es algo ajeno a la filosofía, sino que repercute de manera bastante clara en el ejercicio intelectual; el entendimiento no actúa al margen del resto de la personalidad y de las circunstancias en que se ha ido labrando la biografía de un individuo. Los que se dedican de lleno a la reflexión filosófica no son «inteligencias pensantes», sino personas-que-piensan. Como explica Savagnone, «“racional” no quiere decir “cerebral”. Por detrás de las reflexiones de un pensador se encuentra su vida, el ambiente en que ha crecido y aquel en que se desenvuelve su existencia, están también las vicisitudes políticas, económicas, sociales, de la cultura de su tiempo. A diferencia de los conceptos matemáticos, los filosóficos arrastran consigo todo esto, como la corriente de un río los troncos y los desechos de las orillas. Al olvidarlo, se corre el riesgo de creer que la filosofía florece de manera exclusiva en la mesa de un despacho o en la cátedra de un aula universitaria, y que es el fruto de un puro proceso lógico; muy al contrario, el filosofar, como acto supremamente humano, expresa toda la riqueza de la personalidad que se compromete en él»(2).

Sólo entonces se elabora una filosofía genuina, jugosa y de alcance efectivo en la existencia individual y colectiva. Según explica Pieper, «en reuniones de personas cultas se da constantemente y en todo momento el caso de hablar de un problema filosófico, como se habla de una cuestión baladí, suscitada desde fuera. Pero yo —rectifica— no me refiero a esto. Por preguntar filosóficamente entiendo yo un proceso existencial que se desarrolla en el centro del espíritu, un acto espontáneo, acuciante, de la vida interior, que no se puede soslayar»(3).

Con expresión técnica y resumida, cabría, pues, sostener que la filosofía es formalmente obra de la inteligencia, pero que en realidad es la persona íntegra quien filosofa. Y es que, frente a otro tipo de conocimientos, como las matemáticas o buena parte de las ciencias experimentales, «el tema capital de la filosofía es un problema humano, del hombre en su ser entero»; y, en semejantes circunstancias, «el corazón nunca es ajeno a la verdad»(4)

De esta suerte, lo que podríamos calificar como el ethos predominante en una sociedad en un determinado momento histórico influye notablemente, aunque sin determinarlos, en las filosofías más o menos implícitas y en el pensamiento filosófico expreso que se desarrollan en tales circunstancias. Resulta evidente que la sociedad, en cuanto tal, ni piensa ni decide ni rechaza determinada opción intelectual o de vida; pero cada uno de los individuos que la componen, con una intensidad inversamente proporcional a la hondura y convicción con que hayan arraigado en él las virtudes intelectuales y morales, experimenta el influjo del tono general de su entorno y lo deja traslucir ya en su pensamiento y existencia como ciudadano —lo «políticamente correcto» de nuestros días—, ya, cuando fuere el caso, en la manera de hacer, o de «no llegar a hacer», filosofía formal y expresa.

b) Rectitud moral y reflexión filosófica

Esbozado lo cual, conviene sentar que la categoría de un pensamiento es función, y función primordial, de la propia capacidad intelectiva; pero también que ésta no debe considerarse aislada. Para el sano sentido común, y para el pensamiento que no reniega de él, la auténtica filosofía sólo resulta posible cuando la actitud global de su autor es correcta; o, con fórmula ya más concreta, cuando la adecuada orientación de la voluntad hacia lo que es bueno en sí y no sólo para mí, garantiza la limpidez y penetración del entendimiento. Recordemos con Gilson que «no es el intelecto el que conoce, sino el hombre a través de su intelecto; y como el hombre es muchas cosas además de su intelecto, cada vez que conoce, muchas otras facultades cooperan en la producción de su conocimiento. Entre ellas, la más importante es la voluntad. Olvidar este hecho es también pasar por alto que hay condiciones prácticas para la adquisición incluso del conocimiento especulativo, y que la vida intelectual envuelve problemas de moralidad»(5).

A lo largo de la historia del pensamiento, desde sus orígenes griegos, se ha subrayado esta ascendencia del buen o mal querer, de la voluntad, en las indagaciones filosóficas más propias, las que tienen que ver con el sentido de la vida humana. A veces, con un énfasis excesivo, como cuando Nietzsche dogmatiza que «en cualquier filosofía, las intenciones morales (o inmorales) han constituido el auténtico germen vital del que, siempre, ha florecido toda la planta», añadiendo que «en realidad, si queremos esclarecer la manera como se han originado las afirmaciones metafísicas más remotas de un filósofo, resultaría adecuado (e inteligente) comenzar siempre por preguntarse en qué moral aquello (o aquel hombre) quería desembocar»(6).

Y la desmesura aumenta cuando el mismo autor ironiza que «lo que nos incita a mirar a los filósofos con una mirada a medias desconfiada y a medias sarcástica […] es sobre todo el hecho de que no sean suficientemente honestos, y levanten un ruido grande y virtuoso tan pronto como se toca, aunque sólo sea de lejos, el problema de la veracidad. Todos ellos simulan haber descubierto y alcanzado sus opiniones propias mediante el autodesarrollo de una dialéctica fría, pura, divinamente despreocupada […], aunque en el fondo lo que defienden con razones buscadas posteriormente es una tesis adoptada de antemano, una ocurrencia, una “inspiración”, casi siempre un deseo íntimo vuelto abstracto y pasado por la criba»(7).

Sin duda, las críticas del filósofo alemán son exageradas; pero encierran un germen de legitimidad, del que muy bien pudiera extraerse una máxima aprovechable: mantener la dirección adecuada del propio ser (cuerpo y alma, pasiones, sentimientos, expectativas…), a través de un gran amor, ha de permitirnos elevarnos hasta la verdad sin prejuicios y situarnos por encima de ideologías, apariencias vanas, amistades distorsionadoras. Cuando existe ese amor a lo verdadero, un amor fuerte, auténtico y fecundo, resulta más fácil vencer los propios obstáculos y vacilaciones o los que derivan del ambiente cultural predominante, y encaminarse derechamente, también de forma teorética, hacia la verdad: hacia el conjunto de la realidad, incluido el propio sujeto, tal como en efecto es.

La entrañable dedicación de Tomás de Aquino, resumida por Cornelio Fabro con palabras empapadas de cariño, lo ponen de manifiesto: la «bondad y magnanimidad profundas del alma eran en Tomás el fruto de un dilatado ejercicio en soportar las adversidades de la vida, que para él nunca fue fácil, como si Dios quisiera templarlo para las luchas más esforzadas: ésas que abaten a los débiles y exaltan a los fuertes y los llevan a empeñarse hasta el extremo de sus fuerzas con el fin de conducir a término la misión que descubren como propia. Pero en la cumbre de todas esas virtudes, Tomás situó justamente la bondad, la disponibilidad para ponerse al servicio de los demás, poderosos o humildes —ya fueran pontífices, prelados, príncipes o humildes religiosos o incluso militares—, como testimonia la pintoresca galería de sus opúsculos. Deriva, por tanto, de la misma vida vivida, y no de un ejercicio meramente intelectual, el hecho de que haga residir en la bondad la fuerza suprema del espíritu: “Quien posee voluntad, se dice bueno en cuanto su voluntad es buena: porque por la voluntad utilizamos todas las virtualidades que hay en nosotros. De resultas, el hombre no se dice bueno por gozar de un buen entendimiento, sino por tener una voluntad buena […]” (Tomás de Aquino, S. Th. I, q. 5, a. 4 ad 3). Más allá, por tanto, de cualquier esquema intelectualista, he aquí el mejor reconocimiento, como diría Kierkegaard, de la cualidad fundamental del “hombre común” (menige Mand), que es lo que debe ser precisamente cada uno de nosotros»(8).

A su vez, la marcha de parte del pensamiento en los últimos siglos vendría a confirmarlo por contraste. La muerte de la metafísica, que tantos proclaman en los momentos actuales, no es algo accidental. Surge, en última instancia, como afirma Nietzsche y repite Heidegger, cuando, en un acto voluntario de autoafirmación, que determinadas coordenadas culturales propician e incluso promueven de forma expresa, el hombre dirige empecinadamente su mirada hacia sí mismo. Y así, repleto de «yo» y de lo «suyo», no es ya capaz de atender a lo otro en cuanto tal, a lo que es con independencia de él mismo, a la realidad, en última instancia…(9) y, como Fundamento inconcuso de todo cuanto existe, al Ser supremo, a Dios. (Según escribió Ionesco en sus Diarios, «para la mayor parte de los modernos, la metafísica se ha hecho inaceptable, hay que rechazarla. Es porque temen que la metafísica podría conducirles a Dios»(10)).

Ubi amor, ibi oculus, aseguraban los clásicos: los ojos del alma se encaminan hacia aquello que se ama. En consecuencia, sólo quien se pone a sí mismo entre paréntesis, quien no se encuentra embotado por el propio «ego», puede dirigir una mirada diáfana y no enturbiada hacia la realidad y hacia los otros, y conocerlos tal como son. Únicamente el silencio interior, no perturbado por los intereses de un yo hipertrofiado, permite mantener «el oído atento al ser de las cosas», tan encomiado por Heráclito, superando a veces las solicitaciones insinuantes de un particular contexto social. Por eso un buen amor hacia los otros y hacia lo otro garantiza la limpidez de la teoría, la torna hacedera.

c) La voluntad al servicio de la inteligencia

Tal vez estas últimas afirmaciones suenen demasiado genéricas, faltas de contenido real y determinado. Para eliminar esa posible impresión, intentaremos responder a un interrogante más concreto: ¿qué papel desempeña el buen amor en el conocimiento de la realidad?

La respuesta puede vertebrarse en tres momentos no necesariamente sucesivos desde el punto de vista de la estricta cronología, sino más bien imbricados entre sí:

i) La primera y más determinante función de la voluntad en el quehacer filosófico consiste en asegurar, desde el mismo comienzo, la pureza de la teoría. En efecto, la rectitud de la voluntad, el amor a los otros y a lo otro por ellos mismos, resulta imprescindible, aunque no baste, para una adecuada comprensión de la verdad; por el contrario, la desviación del impulso voluntario hacia el propio yo, el desordenado amor que lleva a verlo todo en referencia a uno mismo o a la determinada opción ideológica o política que ha hecho suya (para-sí), impide cualquier penetración cognoscitiva en la realidad tal como es (en-sí).

La invención de la auténtica verdad, por tanto —no la mera «especulación abstracta», el uso de la razón al margen del ser, o las elucubraciones guiadas por las modas al uso (relativismo, materialismo hedonista, consumismo, economicismo, sexualización…, en nuestros días)—, ostenta como requisito previo la orientación de la voluntad hacia el bien.

ii) Pero no se trata sólo de esto. Lo que cabría calificar como «buen amor» debe también sostener la limpieza de la mirada contemplativa a lo largo de la entera reflexión filosófica. En este caso, el peligro de reversión hacia el yo se concreta en ir abandonando la referencia directa a la realidad, para fijar progresivamente la atención en los instrumentos o mediaciones cognoscitivas que elaboro para aprehenderla, por cuanto, a su modo, éstos también son y, además, son míos. Y la función del buen querer, de la pasión por la verdad, consistirá en seguir optando por lo real: en mantener, a pesar de la tentación de volverme hacia mí mismo, hacia la «teoría» que estoy construyendo o que hago mía, la mirada pendiente a lo que las cosas son.

«Hace notar Santo Tomás que el afecto nos mueve a ver —de modo sensible o intelectual— ya sea por amor a la cosa, objeto de la visión, ya por amor al conocimiento, al hecho mismo de ver (S.Th II-II, q.180, a. 1, c). Por ello, de no marcarse de manera explícita en la acción que finalmente buscamos conocer, resultará difícil escapar a la búsqueda de sí mismo en el agrado o satisfacción del conocimiento. Ver por ver es signo de humanidad, a veces manifestación de espíritu desinteresado, contemplativo… Pero, de no orientarse con vigor hacia la fuente misma de la verdad […], terminará de hecho como vano ejercicio de curiosidad. Afirmar la necesidad del amor y a la sabiduría no sería suficiente: hay que amar»(11) … y amar con orden, concediendo prioridad absoluta a lo que goza de mayor consistencia ontológica, a lo que es más (y no más mío, en cuanto mío, por determinación egótica o por congenialidad inducida —y no superada— con los esquemas predominantes en mi situación cultural).

De lo contrario, el andamiaje conceptual y los posibles prejuicios acabarán por impedir la mirada abierta al ser de lo real. En cierto modo, es lo que ya ocurrió a Parménides: su «concepción» del ente le obligó a declarar insuficientes las realidades presentes a la experiencia. Y como a él, a tantos. Sobre todo a quienes, ya en los siglos más cercanos, se empeñan en hacer de la cualidad interna del conocimiento —claridad y distinción, en el caso de Descartes, mera coherencia en otros muchos— el criterio de aceptación de lo verdadero, hasta sustituir, como repetirá Heidegger, la verdad por la certeza, lo real por lo meramente subjetivo, enconado en tantas ocasiones por la cerrazón de un concreto ambiente a la posibilidad de conocer lo que es en cuanto tal y por la consectaria opción de declarar todo saber relativo al sujeto.

Sintetizando, la inicial rectitud de la voluntad, su pasión por el ser, no es sólo punto de partida, sino condición de toda la andadura del saber teorético.

iii) En consecuencia, semejante disposición influye enormemente en el resultado final del proceso: la voluntad buena hará posible, en virtud de la identificación amorosa en el otro o en lo otro —del éxtasis—, una más plena comprensión de la realidad querida: un genuino entenderla desde ella misma. Ya advirtió Aristóteles que el conocimiento supone la identidad en acto del cognoscente y lo conocido. Y también el amor. Pero mientras la asimilación cognoscitiva es centrípeta y atrae el objeto hacia mi interior —es identidad en mí—, la propia del amor me saca de mí mismo, para introducirme en la médula más íntima de aquel o aquello que amo: hace de mí otro tú; y esa identidad en el otro potencia de manera inefable la agudeza de la visión del entendimiento, al tornar efectiva la posibilidad tremendamente enriquecedora de «leer desde dentro» (intus-legere, intelligere).

No puede haber, pues, teoría cabal y completa, conocimiento con alcance real, al margen de la actitud de buen amor, encarnada en las instituciones y en las personas singulares.

2. La filosofía desde la vida

a) «Motivos» para no entender

Tener en cuenta lo anterior evitaría algunos desengaños a la hora de comprender por qué los argumentos aparentemente más irreprochables resultan a veces ineficaces para «convencer», a filósofos y gente de la calle, de la verdad de lo que se está proponiendo (y de rechazo, para evitar la tentación de dudar de esa probada verdad, por el hecho de que ciertos interlocutores la repudien).

El nuestro, casi todos lo reconocen, es un período de fuerte desconfianza en la razón, de escepticismos y relativismos provenientes, en última instancia, de un racionalismo frustrado… que persiste operativo en ellos. Así se explica una de las mayores ingenuidades del hombre de hoy, a la par receloso de la razón y engreído con su propia inteligencia: la cándida pretensión de que si algo es verdad tiene que convencerme y, viceversa, que si no me convence puedo estar seguro de que no es verdad.

Por el contrario, hay muchos motivos —algunos de ellos difíciles de reconocer por la persona a la que afectan— capaces de provocar que lo verdadero, incluso acertadamente expuesto, no logre ser captado como tal por la mente humana. Indicaremos los más relevantes.

i) El primero, y más obvio, consiste en que esa verdad supere la capacidad de una concreta inteligencia (limitada de por sí, dañada por los yerros intelectuales o prácticos que haya ido acumulando a lo largo de su biografía, y en parte condicionada por influjos ambientales que en ocasiones la merman, al primar en exceso un uso sectorial y estrangulado del entendimiento). Semejante insuficiencia, que la mayoría de nuestros conciudadanos está dispuesta a aceptar sin resistencia cuando se trata de ciencias experimentales o estudios especializados, se repudia casi en bloque si la cuestión propuesta pertenece, en sentido amplio, al conjunto de la filosofía: condición espiritual de nuestra alma, existencia de una ley moral vigente para todos, auténtica naturaleza de la libertad o de la sexualidad humana, etc. En tales casos, parece como si existiera un «derecho» a comprender sin apenas esfuerzo esas verdades que, en efecto, resultan imprescindibles para el desenvolvimiento de nuestra vida (razón, entre otras, como explica Tomás de Aquino, por la que han sido reveladas por Dios). Y si no se las entiende de inmediato, sin esfuerzo, no hay duda en afirmar que aquello no es verdadero.

ii) Después, y en la misma línea, la verdad particular que se nos ofrece puede no ser advertida por la falta de estudio o de preparación intelectual y moral imprescindibles para apreciarla, ya deriven aquellos de un déficit individual o de una suerte de privación social compartida. Kierkegaard tiene al respecto convicciones enfáticamente expuestas, pero que se comentan por sí mismas. En un contexto polémico contra la masificación imperante en su siglo, y exacerbada sin duda en la última centuria, se pregunta: «Vosotros, los que decís eso (que la verdad y el bien tendrán más fuerza y expansión si lo oyen muchos a la vez), ¿os atreveríais a sostener que los hombres considerados como multitud están igualmente dispuestos para la verdad como para la mentira, siendo la primera muchas veces de mal sabor, y estando la segunda preparada siempre de modo muy delicado?». Y agrega: «¿O es que quizá osáis sostener también que la “verdad” puede ser entendida con la misma rapidez que la falsedad, la cual no requiere conocimiento preliminar, ni enseñanza, ni disciplina, ni abstinencia, ni abnegación, ni honesta preocupación sobre uno mismo, ni labor paciente?»(12).

La experiencia más elemental demuestra que en el fondo de muchos rechazos de verdades prácticamente indudables para quien ha meditado sin prejuicios sobre ellas se encuentra, por ejemplo, la ausencia de un «conocimiento preliminar» incluso de los propios términos que se utilizan para exponerlas; o la resistencia de ciertas personas o de una entera esfera social a ser enseñadas, a admitir la verdad que proviene de otro; o la falta de disciplina intelectual o de simple capacidad de estudio, emparentados no raramente con una pereza casi ingénita para reflexionar a fondo sobre los problemas; o la frivolidad cognoscitiva, el afán de novedades a que apelaba San Pablo, que agota todos los recursos del entendimiento en un pretendido estar al día de cuestiones triviales, y deja sin fuerzas y «sin tiempo» para la reflexión reposada sobre las verdades trascendentes…(13). Y un largo etcétera.

iii) Por fin, como resumen de todo un ámbito de disposiciones personales imprescindibles para el recto conocimiento, cabe sugerir que una persona puede no comprender la verdad sencillamente porque no quiere aceptarla (sea esa volición consciente o inconsciente, y determinada en la mayor parte de los casos por hábitos o modos de vida, privados o colectivos, que semejante individuo no está dispuesto a abandonar).

Al abordar este tema, afluyen de inmediato a la mente las conocidas afirmaciones de Agustín de Hipona: «de tal manera la verdad es amada —viene a decir, con expresión casi literal—, que los que aman otra cosa quieren que aquello que aman sea la verdad; y así como no querrían ser engañados, no quieren ser convencidos de su engaño. Por amor de lo que toman por verdad, odian ellos la verdad». A lo que el Diario de Kierkegaard añade, también con palabras muy aproximadas: «los hombres tienen más miedo a la verdad que a la muerte: ésta es la substancia de todas esas charlatanerías e hipocresías de amar la verdad, de estar muy dispuestos…, siempre que se consiguiese comprenderla, etc. No, el hombre tiene naturalmente más miedo a la verdad que a la muerte…».

Por su parte, y situando el asunto muy cerca de las coyunturas actuales, explica Carlos Cardona: «la soberbia, la ambición y el desenfreno carnal tienen pavor a la verdad, porque la verdad es su sentencia de muerte; de ahí que quien se obstina en vivir en la “triple concupiscencia” tenga horror a la verdad y la rehuya siempre. Pero incluso sin esa obstinación, la verdad nos asusta siempre un poco porque compromete personalmente, la verdad tiene consecuencias “prácticas”, y eso da miedo, porque no se sabe bien a dónde me puede llevar, qué sacrificios me puede exigir, qué renuncias me puede imponer. Para cerrar el paso a la verdad hay “motivos”, nunca razones. Pero como los “motivos” desnudan, manifiestan lo que uno realmente es y rasgan las máscaras, la astucia humana los disfraza pudorosamente de “razones”»(14).

He ahí, entre otras muchas posibles, las causas de que a veces no se comprenda lo que a todas luces es verdadero, y se contraarguya con «razones» que, normalmente sin conciencia plena, no constituyen sino una justificación del propio modo de vivir.

Afirmado lo cual, es imprescindible reiterar que las buenas disposiciones morales no bastan para obtener un conocimiento adecuado y satisfactorio. Supuesta la rectitud de intención, es necesario perseguir la verdad obstinada y esforzadamente, con la inteligencia, ejerciendo por lo menos lo que habría que calificar como filosofía implícita o espontánea.

b) Sobre el relativismo

Sin embargo, hoy no son pocos los que ni siquiera se proponen iniciar esa búsqueda, convencidos de que nuestro entendimiento resulta incapaz de alcanzar por sí mismo la certeza de las verdades fundamentales sobre la existencia humana. Los motivos aducidos se encuadran, de ordinario, dentro de la matriz relativista que configura en buena medida la actitud mental de nuestra época: «la razón, de acuerdo —suele concederse—; ¿pero qué razón, la tuya, la mía…?, ¿existe una sola razón, o dos, o tres… o tantas como personas?, ¿cómo puedo estar seguro de que lo que conozco es lo mismo que advierten los demás?, ¿no tenemos cada uno una particular visión de la realidad, válida para nosotros mismos, pero distinta en todo caso de la que está vigente para las restantes personas?…».

Probablemente sea éste el problema o, por lo menos uno de los primeros, del hombre contemporáneo. Reclama por eso una atención especial. Lo provocan, en amalgama con los «motivos» antes apuntados, algunas corrientes de pensamiento hoy muy difundidas: eclecticismo, historicismo, cientificismo, pragmatismo, nihilismo…, hermanadas a su vez por un origen común: según se ha recordado recientemente, el hecho de que el pensamiento de los últimos siglos haya olvidado la verdad del ser para concentrar su atención en el conocimiento humano, ha traído como consecuencia «varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado a la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general»(15).

Como en otras ocasiones, la respuesta a esta actitud tan difundida no se localiza sólo en la esfera del conocimiento ni menos todavía en la de la mera lógica. Muy a menudo habrá que interpelar a la entera persona de nuestros interlocutores, y de modo especial a su libertad, para promover en ellos una progresiva mudanza de estilo de vida y de costumbres. Pero eso, como venimos repitiendo, no basta. También resulta imprescindible discernir lo que cabe hacer, frente a todo ello, desde una perspectiva intelectual estricta. ¿Cómo se podría ayudar a ver, a quien la niega, la apertura nativa de la inteligencia humana a lo que la realidad es, a la verdad?

La cuestión no es fácil. Igual que en tantas otras afirmaciones referidas a los principios, parece probable que la posibilidad del entendimiento humano de alcanzar la verdad (una verdad siempre perfectible pero suficiente) no pueda ser directamente demostrada… justo por su misma evidencia. Hasta los más escépticos de entre los hombres dirigen su vida cotidiana de acuerdo con las informaciones que les aporta su conocimiento: al amanecer, se levantan convencidos de que el nuevo día les ofrece un marco para desempeñar realmente un conjunto de actividades, se dirigen hacia el lugar de trabajo por la ruta que saben los conducirá hasta él, apresuran el ritmo si advierten que se les está haciendo tarde… y un dilatadísimo etcétera. Por otro lado, ellos mismos aunque no lo admitan, y cada uno de nosotros, tenemos clara experiencia de lo que es conocer, estar más o menos seguro de algo, dudar, ignorarlo, equivocarse, etc. Eso debería bastarnos. Pero es que incluso para negar la facultad de conocer resulta imprescindible saber con suficiente determinación y certeza lo que el propio término «conocer» significa (si no, ¿qué se estaría rechazando?). De manera semejante, y como señalara en su momento Antonio Millán-Puelles en La estructura de la subjetividad, nadie es capaz de advertir y ni siquiera de concebir el error sino cuando, al salir de él, se topa o cree toparse con la verdad, con un conocimiento auténtico: uno no tiene conciencia de que estaba equivocado hasta que deja de estarlo, como tampoco podría calificar algo como un sueño, en sentido de ensoñación, al modo calderoniano y cartesiano, si nunca saliera de él: es decir, si, al despertar, ya en estado de vigilia, no experimentara la diferencia entre lo que ahora conoce y lo que «conocía» mientras soñaba.

Todo esto parece evidente. Pero también resulta obvio que son muchos los que lo rehúsan. Y no es posible probar argumentativamente lo contrario. Desde la perspectiva intelectual estricta, sólo resta, entonces, como al tratar de los primeros principios, una especie de demostración indirecta (dialéctica, en el sentido clásico), consistente en refutar a quienes se empeñan en defender el relativismo, haciéndoles ver que su postura es contradictoria e insostenible.

Una de esas «refutaciones», inspirada en última instancia en Husserl y Brentano, especialmente amena y de fácil comprensión, es la que lleva a cabo Millán-Puelles y ahora resumimos.

• Cuando Millán-Puelles analiza la fórmula más difundida del relativismo, a saber, que “todo es relativo”, comenta: «Esa afirmación es totalmente irreflexiva. Quiero decir que no resiste la prueba de reflexionar (flexionar, volver la mente) sobre ella misma, porque quien dice eso, si lo dice en serio y re-flexiona, tendrá que llegar a la conclusión de que, puesto que todo (“todo” no significa sólo alguna cosa) es relativo, también ha de ser relativo que “todo es relativo”; también tendrá que ser relativa la afirmación de que todo es relativo. Pero si al reflexionar descubro que la afirmación “todo es relativo” es también relativa, doy un segundo golpe de reflexión y me encuentro con que tengo que decir “es relativo que sea relativo que todo es relativo”. Pero esto no para ahí. Como sostiene Franz Brentano es su libro Sobre la existencia de Dios, “todo es relativo” es una afirmación que nunca puede terminar de hacerse, porque para decirla hay que decir inmediatamente: “Y también es relativo que todo es relativo”, y también que “es relativo que sea relativo que todo es relativo”… Es decir, una afirmación que no se puede terminar de hacer. Pero eso no es ninguna afirmación; es un proceso ad infinitum, irrealizable por un ser finito como es el hombre »(16).

Sin duda, existen bastantes cosas, incluso muchas, que son relativas; y es bueno saber reconocerlo, incluso vigorosamente… justo para poder afirmar con convicción que no todas lo son. Quien se empeñe en sostener esto último acabará por verse reducido, como acabamos de comprobar, al más radical silencio.

• Para hacer todo esto más claro, Millán-Puelles acude también a lo que califica como la expresión «popular» del relativismo, que es la del poeta español Ramón de Campoamor: «En este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira; / todo es según el color / del cristal con que se mira». Y arguye: «Ahí tenemos un relativismo en el que, por lo menos, se nos dice a qué es relativo todo: al color del cristal con que se mira. Claro que, como se ha dicho que nada es verdad ni mentira, que todo es según el cristal con que se mira, uno tiene derecho a preguntar: —Entonces, el cristal con que se mira, ¿de qué color es? ¿Será del color con que se mira, a su vez, ese cristal? ¿O acaso se trata de un cristal que no tiene color? Para que todo sea según el color del cristal con que se mira hará falta que el cristal con que se mira tenga algún color. —Y ese color… ¿cuál es? —Pues si todo depende del color del cristal con que se mira, dependerá del color del cristal con que se mira al cristal con que se ha mirado. —Y este otro color del cristal con que se mira al cristal con que se ha mirado, ¿de qué color es? —¡Ah!, dependerá del color… Y volvemos a la misma historia —que vimos al principio— de la cadena o catarata innumerable, de un processus in infinitum que ningún hombre puede realizar porque todo hombre es finito».

Más adelante, nuestro autor se opone de manera más directa el relativismo: «Y ya que he citado a un poeta, citaré a otro: Antonio Machado», artífice de «estos versos que son el anti-campoamorismo: “¿Tu verdad? / —No: La verdad. / Y ven conmigo a buscarla; / la tuya, guárdatela”. No cabe más anti-relativismo: la verdad tiene un valor objetivo. Eso es lo que niega el relativismo epistemológico: que haya verdades objetivas. No habría más que verdades subjetivas: —Esto es verdad para mí, y no es verdad para ti. —Respuesta de Husserl —a quien tal vez leyó Machado—: la noción de verdad para mí y no para ti es un dislate. Eso se llama opinión, pero no verdad. El hecho de que usted ignore una verdad —o que esté equivocado y crea sinceramente que es verdad tal cosa— no significa que lo sea. Yo reconozco que usted o yo podemos estar en un determinado error, y entonces estamos tomando por verdad lo que no lo es, pero no porque yo lo tome por verdad es verdad, de tal manera que la verdad sea, para cada cual, lo que él toma por verdad. No: verdad es lo que es adecuado a la realidad, aunque yo no lo sepa; de manera que era verdad, desde mucho antes de que Newton la descubriera, la ley de la caída de los graves. No creo que esta ley empezara a ser verdad cuando un buen día la descubrió Newton […].

»El que algo sea verdad o no lo sea no depende, entonces, de que yo lo tome o lo deje de tomar como tal. La verdad es un valor objetivo. Es cierto, como acontecimiento subjetivo, que yo, cuando yerro, tomo como verdadero lo que es falso. Pero la posibilidad de un acontecimiento subjetivo tal que, al incurrir en él, yo tome por verdadero lo que es falso o por falso lo que es verdadero, no hace el menor daño a la validez objetiva de la verdad, ni a la cualidad objetiva de la falsedad. La falsedad es objetivamente falsedad, aunque yo la tome por verdad. El yo pinta ahí muy poco; más bien no pinta nada. Pinta en el hecho de “tomar por”, eso sí: tomo por verdad, aunque sea falso… Pero no en la estructura misma de la verdad. El yo en eso es del todo incompetente. Lo demuestra, diáfano, Husserl. No confundamos, viene a decir: donde hay que tener en cuenta la subjetividad es en la opinión»(17).

(Dos testimonios entre muchos nos gustaría aportar en apoyo —en realidad, innecesario— de la tesis de Millán-Puelles. El primero lo proporciona Joubert en el año 1796, y compone un verdadero canto, aunque en extremo sucinto, a la prioridad del ser respecto al yo: «El entendimiento —sostiene, rotundo— sólo puede crear errores. Las verdades no las crea, existen; no hace más que verlas, aclararlas, descubrirlas y exponerlas»(18). El siguiente procede de la pluma de Federico Suárez y se interna también en el terreno de la verdad práctica, a la que enseguida nos referiremos. En efecto, tras sostener que «existen verdades objetivas, y si “mi verdad” no está de acuerdo con la realidad, no es tal verdad aunque sea mía: es un error», agrega, devolviendo asimismo a su cauce la función del yo en relación con el ser: «No se puede inventar todo. Sobre todo, no se puede inventar la realidad. O nos acomodamos a ella o, de lo contrario, tendremos que pagar un gran precio por nuestra arrogancia intelectual. Porque si queremos que la vida se ajuste al modelo teórico que algunos intelectuales construyen con lo que G. Bernard Shaw llamaba un “saber sin sabiduría”, el daño y el sufrimiento que podemos causar puede ser irreparable»(19)).

Retornando a Millán-Puelles, explica éste también que, incluso en el ámbito de lo opinable, no todas las opiniones gozan del mismo peso (en contra de una actitud muy difundida hoy, especialmente en los medios de comunicación, por la que a cualquiera —sobre todo si se trata de un «famoso»— se le obliga a sentenciar sobre cualquier cosa, aunque su incompetencia en el asunto resulte a todas luces manifiesta). Por ejemplo, en una cuestión médica todavía no resuelta —origen y terapia adecuada del cáncer, remedios eficaces contra el SIDA…—, aun cuando la verdad al respecto sea en rigor desconocida para uno y otro, la opinión del especialista habrá de ser tenida mucho más en cuenta que la del que no presenta especiales credenciales para pronunciarse sobre ello; y así en la mayoría de los casos.

En ocasiones, al exponer argumentos de este tipo, algunas personas responden, con un cierto deje de agresividad, como si se sintieran «tocadas» en algo muy íntimo: «bueno, se trata sólo de planteamientos teóricos…». ¡Y es cierto! La refutación del relativismo que acabamos de resumir es precisamente un uso de la razón, pero impecable e implacable. Quien se decida a guiar sus conocimientos y su comportamiento por la inteligencia, que es lo propio del ser humano, no podrá dejar de sopesarla. Si se resiste, habría que oponerle que su actitud es muy poco lógica… y devolverlo al ámbito antes aludido, en el que las decisiones de tipo «intelectual» se toman de forma casi exclusiva por «motivos», individuales o ambientales, de orden práctico: con base en actitudes o comportamientos que uno no quiere abandonar… sin ninguna «razón» para permanecer en ellos.

Concuerdo, pues, con Llano cuando sostiene: «El relativismo es un modo muy deficiente de pensar, que no resiste los primeros embates de una crítica mínimamente rigurosa. Constituye más bien un modo de no pensar, de acomodar la vida a las circunstancias inmediatas, sin estridencias, y dedicarse al consumo y al confort»(20).

3. De la filosofía a la vida (la «apropiación» de la verdad)

a) La filosofía y el fin del hombre

Como repetidamente afirmara Carlos Cardona, el ejercicio filosófico de la inteligencia constituye un fin en sí mismo (se sabe para saber) sólo desde un primer punto de vista: el del conocimiento en cuanto tal. Pero desde la perspectiva de la persona íntegra ha de orientarse al hombre y a su plenitud: a lo que habitualmente entendemos como felicidad. Sostiene Tomás de Aquino, sin que esto menoscabe en absoluto el intrínseco carácter no utilitario de la filosofía, que «todas las ciencias y artes se orientan a un único fin, a saber, la perfección del hombre, que es su felicidad»(21).

Las determinaciones concretas de esta última varían más o menos incluso entre autores de una misma orientación global. Pero en cualquier caso, al margen de toda preferencia, algo debe establecerse paladinamente como paso previo para esclarecer las relaciones entre filosofía y vida: y es que, según los clásicos, felicidad equivale primaria y esencialmente a perfección o plenitud, y no a lo que en la actualidad designa por lo común este vocablo, que es más bien la dicha, el «estar bien en la propia piel». Frente a lo que se ha impuesto casi universalmente en el momento actual, la tradición inspirada en Aristóteles no identificaba sin más felicidad y dicha o satisfacción. Al contrario, concebía esta segunda como el resultado o consecuencia, como el efecto secundario de la operación o conjunto de operaciones que nos conducen a la perfección, a una vida lograda; y de semejante plenitud se derivaba la delectación o gozo, complemento que bastantes de nuestros contemporáneos, sin más distingos, identifican con la «felicidad».

Con palabras más claras: dentro del planteamiento clásico —avalado hoy por una muy significativa representación de la psiquiatría: la logoterapia—, la felicidad-perfección originaría, como una especie de redundancia, la felicidad-dicha; ésta sería, por tanto, una derivación, una secuela gozosa, un complemento, y no una meta que se pudiera conquistar buscándola de forma expresa. La felicidad-dicha vendría a constituir, pues, la resonancia subjetiva (y no directamente buscada) de la expansión, de la holgura que en nuestro ser provoca la perfección. Cuanto más crezco como persona, más feliz soy. La cuestión de la felicidad se encuentra, entonces, directamente emparentada, hasta identificarse con él, con el progresivo perfeccionamiento de la persona humana en cuanto tal, y sólo de manera consectaria con la satisfacción que semejante enriquecimiento (ineludible pero consecuencialmente) va generando.

¿Qué papel juega, dentro de todo esto, la filosofía?:

i) Para Aristóteles, la felicidad consiste substancialmente en el ejercicio de la operación más alta (la del entendimiento) en torno al objeto más noble (Dios). Por ende, el bíos theoretikós, la vida dedicada a la especulación filosófica, es ya el componente por excelencia de la suprema perfección humana, de la felicidad, en la acepción clásica; y se constituye también, por esa misma razón, como la principal y más poderosa fuente de satisfacciones y gozos (la «felicidad» de hoy).

ii) Sin rechazar en absoluto esta doctrina, sino explicitando sus implícitos, otros autores —como Agustín de Hipona, Pascal, Kierkegaard, Marcel y, en cierto modo, el propio Aristóteles y más aún Tomás de Aquino— sostienen que el hombre no encuentra su plenitud personal a través del mero conocimiento, sino en cuanto que éste, de forma más o menos directa, culmina en amor.

Con la elegante y alada vehemencia que a veces sabe poner en juego, sostiene Joubert: «¿La verdad? Sí, la verdad que sirve para ser bueno; pero no la verdad que sólo sirve para ser sabio. La caridad vale mil veces más que la verdad»(22). Y, en efecto, la pasión de conocer sin amor a lo conocido es un absurdo, una suerte de juego erístico, que en ocasiones desemboca en multitud de aporías. Por el contrario, el afán de saber con amor a lo que se conoce constituye un paso decisivo hacia el efectivo crecimiento personal. Entonces, el «amor intelectual» busca como punto de referencia prioritario a la persona creada y a Dios, y se configura como una conjunción compacta de entendimiento y voluntad. Se conoce-amando y se ama-conociendo. Se conoce para amar.

Pero también en este caso, como a continuación veremos, la filosofía representa una condición de posibilidad, e incluso elemento integrante, del amor verdadero y de la plenitud y satisfacción sumas que de él derivan.

iii) Por su parte, la misma denominación de logo-terapia, para la escuela de psiquiatría creada por Viktor Frankl, da idea de la importancia que en ella se concede al conocimiento sapiencial (lógos) en la dirección o gobierno de la existencia humana: aunque no fuera más que para esclarecer los motivos por los que la dicha nunca podrá conquistarse mientras no se la reduzca, de acuerdo con las exigencias de su misma naturaleza, a la categoría de corolario, de efecto «secundario» no directamente perseguido, sino derivado consecuencialmente del conocimiento y del amor a los otros.

Resumiendo: la filosofía, en cuanto colma las ansias de saber del hombre, contribuye a su perfeccionamiento; y en cuanto se pone al servicio del amor, un amor inteligente y libre, motor de la entera existencia, facilita la consecución de la vida lograda, de la que derivan los gozos más nobles e imperecederos. Y así, en el sentido clásico y en el moderno, genera felicidad y, al menos en su uso espontáneo, resulta imprescindible para alcanzarla. Consideremos más detenidamente estos extremos.

b) La filosofía, vida para la vida

i) La vida del conocimiento. A fin de comprender cuanto acaba de ser afirmado, conviene no dejarse engañar por una tendencia común, reflejada incluso en el título de este escrito, que tiende a distinguir y enfrentar filosofía y vida… aun cuando sea para luego encontrar sus relaciones recíprocas. Estamos ante un error, por cuanto el conocer en general, y el conocimiento filosófico en concreto, constituyen ya modos reales y especialmente relevantes del vivir (y, por ende, del perfeccionamiento humano). Sólo una depauperada concepción del saber, que lo entiende y experimenta como algo aburrido, sin garra y sin mordiente, casi «muerto», puede en su ignorancia contraponerlo a la vida, también reductivamente interpretadas, enfrentando teoría y praxis.

Por el contrario, en su sentido y ejercicio adecuados, conocer es un acto repleto de energía, en el que la vida se manifiesta de una manera excelsa. Si uno recorre la tradicional clasificación de las substancias evocadas en el árbol de Porfirio comenzando por las menos perfectas, se encontrará antes que nada con las realidades corpóreas que calificamos como inertes, después con los cuerpos vivos —como las plantas—, a continuación con los que añaden a los anteriores el conocimiento sensible —los animales—, hasta alcanzar por fin al hombre, cuyo modo de conocer, además de sensible es intelectual o raciona

15/05/2005 ir arriba
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