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En Madrid, 1916 (*).
Señores:
Ante todo, dejadme que os manifieste mi alegría de hallarme
entre vosotros y mi gratitud por vuestra amable invitación.
Hace ya tiempo que me fue hecha, y ha pasado, por decirlo
así, por dos fases sucesivas. Fue primero una invitación que
los estudiantes dirigieron al profesor de filosofía. Al recibirla,
me sentí conmovido, regalado, mas no sorprendido. No fue para
mí una sorpresa, porque ya estoy algo acostumbrado a que,
donde quiera que voy, los estudiantes me traten como a un
camarada. Sin haberme visto nunca, sólo por haberme leído,
adivinan que soy un viejo estudiante. ¡Y tienen mucha razón!
La filosofía, según yo la entiendo, exige que no se pierda
nunca la disposición de espíritu en que estáis vosotros en
la Universidad, que no se retroceda nunca ante el estudio
de un nuevo objeto, y aun de una ciencia nueva.
El filósofo, en mi concepto es, ante todo, el hombre que
está siempre dispuesto, cualquiera que sea su edad, a volver
a ser estudiante. Y es que aun en filosofía, no debe hablarse
más que de lo que se sabe; y aun en filosofía, no se sabe
una cosa hasta que no se ha aprendido. Durante mucho tiempo,
es cierto, fue el filósofo un hombre que para todo tenía respuesta,
que asentaba unos principios simples, y deducía de ellos la
explicación de lo real y de lo posible. Así construía un sistema,
de hermosa arquitectura acaso, pero necesariamente frágil.
Venía luego otro filósofo quien, con otros principios, labraba
un nuevo edificio sobre las ruinas del primero. Concebida
de esta suerte, la filosofía corre el riesgo de tener siempre
que volver a empezar; muchos pensarán que es un mero entretenimiento
del ingenio, una especie de juego, y que la ciencia sola es
un trabajo serio. Bien distinta es la idea que debemos hacernos
de la filosofía. Es esta una investigación, cuyo método difiere,
en algunos puntos, del método de la ciencia positiva, pero
tan susceptible de precisión y de rigor como la ciencia misma.
Pero el filósofo deberá resignarse, como el científico, a
no estudiar más que un corto número de puntos, a no plantear
más que un corto número de problemas; sólo con esta condición
obtendrá resultados duraderos. Otros filósofos continuarán
su labor; y así la filosofía, como la ciencia, se hará en
colaboración, y progresará indefinidamente, en lugar de tejerse
y destejerse sin cesar como la tela dé Penélope. La unidad
de la filosofía ya no será la de una cosa hecha, como la de
un sistema metafísico; será la unidad de una continuidad,
de una curva abierta que cada pensador prolongará tomándola.
en el punto en que otros la dejaron. Pero la filosofía, así
concebida, si no exige ya que el filósofo tenga genio requiere,
en cambio, una labor mucho más prolongada, un esfuerzo mucho
más penoso que si se tratara simplemente de construir un sistema
metafísico con la dialéctica por instrumento y las imaginaciones,
por material. Pues el método filosófico, tal como yo me lo
represento, comprende dos momentos e implica dos acciones
sucesivas del espíritu. El segundo momento, "el acto final,
es el que yo llamo intuición, un esfuerzo muy difícil y muy
penoso, por medio del cual se rompe con las ideas preconcebidas
y con los hábitos intelectuales hechos para colocarse simpáticamente
en el interior de la realidad. Mas antes de que sobrevenga
esta intuición, que es la operación propiamente filosófica,
es necesario un estudio científico de los contornos del problema.
Ahora bien, esos contornos pueden ser de los más inesperados.
El que emprende una cierta dirección filosófica, no puede
saber de antemano cuáles van a ser los problemas científicos
que encontrará en su camino y que deberá profundizar para
seguir adelante. Podrán ser problemas de mecánica, de física,
de biología, de sociología, de una ciencia cualquiera. Pero
¿y si no es matemático, o físico, o biólogo, o sociólogo?
Tendrá que llegar a serlo. Pero eso no se hace en un día.
Cierto que no; eso puede exigir años; pero el filósofo consagrará
a ello los años que hagan falta. Por eso decía yo que el filósofo
debe estar dispuesto en cualquier momento de su carrera a
volverá ser estudiante. Ignoro, por mi parte, si soy filósofo,
pero sé bien en qué punto me hallo en este momento. El desarrollo
de las conclusiones a que he llegado hasta ahora me ha situado
frente a un problema nuevo, y este nuevo problema me ha puesto
en el trance, si quiero obtener su solución, de emprender
estudios nuevos para mí. ¿Que no consigo alcanzar su término?
Pues entonces liquidaré cuanto pueda tener aún que decir acerca
delos problemas a que he dado ya la vuelta; mas sobre problemas
nuevos nada escribiré; nunca se está obligado a hacer un libro.
Pero hasta ahora sólo he hablado de la primera fase de la
invitación y, a este propósito, me he dejado ir a un comentario,
quizá demasiadamente largo, de la relación que establezco
entre el filósofo y el estudiante. He aquí que vengo a Madrid;
y no vengo solo; como acaso lo creísteis primero, sino acompañado
por varios de mis colegas del Instituto de Francia, pertenecientes
al mundo de la ciencia y del arte. Y, en consecuencia, no
sólo habéis deseado recibirnos a todos juntos, sino que habéis
querido no ser vosotros, los estudiantes, los únicos que nos
recibieran; habéis ensanchado el marco de vuestra invitación;
habéis convocado aquí a los más eminentes representantes de
la política, de la ciencia, del arte y de la literatura. Nos
hacíais con ello un gran honor, que de antemano nos ha conmovido.
Mas en el momento de penetrar aquí, otro sentimiento ha venido
a sumarse al primero, sentimiento muy dulce. Sumidos en una
atmósfera de cordialidad, hemos creído sentirnos levantados,
al mismo tiempo, por una ola de simpatía. Y bien comprendíamos
que esta simpatía no se dirige únicamente a nuestras personas.
Dirígese también -dirígese sobre todo, así lo esperamos- a
lo que nosotros representamos aquí. A través de nosotros,
por encima de nosotros, se dirige a Francia.
A Francia, la que por su parte ama a España. A Francia, cuya
admiración siempre fue grande por el arte español, por la
literatura española, por todas las contribuciones que España
ha aportado a la ciencia, a .la filosofía, a la civilización.
Ninguna nación está mejor dispuesta para comprender la vuestra,
para simpatizar con las corrientes de pensamiento y de sentimiento
del alma española -alma que siempre estuvo bien viva, pero
que está más viva hoy que nunca, y cuya actividad, en todos
los campos, va camino de una renovación.
Mucho se ha hablado de esta simpatía y admiración recíproca
que siempre ha existido entre ambas naciones, aun en las épocas
en que las circunstancias políticas no las unían. Pero ¿hanse
profundizado bastante las causas?
Decía Aristóteles que la amistad sólida está cimentada en
la virtud. Referíáse a la amistad entre individuos. Pero otro
tanto podría decirse de" la amistad entre naciones. No puede
haber simpatía profunda entre dos naciones, no pule siquiera
haber comprensión recíproca sino en la medida de la elevación
moral que tienen una y otra.
Esta elevación moral la encontramos en vuestro arte, en vuestra
literatura, en vuestra historia. Hasta en el libro, inmortal
en que Cervantes, cuyo aniversario celebráis este año, ha
ridiculizado la caballería, adivínase, siéntese desde el principio
hasta el fin, un continuo homenaje al espíritu caballeresco.
Inmanente en el alma española hay un ideal de generosidad,
que es también el nuestro. He ahí por lo que podemos comprendernos
y simpatizar.
Algunas naciones son naciones nobles. Llamo "nobles" a las
naciones que han conservado algo del ideal caballeresco, que
anteponen el derecho a la fuerza, que creen en la justicia
y conocen la generosidad. Francia y España son de esas naciones.
Así como hay una cota de altura material para los diferentes
lugares del planeta, también hay una cota de altura moral
para los diferentes pueblos que lo habitan. Éstos están situados
moralmente en niveles distintos. Las naciones cuyo nivel moral
es idéntico, las naciones situadas a una misma altura moral,
en un mismo plano moral, están destinadas a encontrarse y
a marchar juntas.
No quiero decir que las cuestiones de interés carezcan de
importancia en las relaciones entre los pueblos. Pero, en
primer lugar, son cada vez menos decisivas, conforme se va
ascendiendo en la escala moral de las naciones. Y, además,
donde no haya más que una comunidad de interés, necesariamente
accidental, no podrá ser duradera la unión y estrecho el lazo;
mientras que, donde hay una comunidad de elevadas aspiraciones,
donde hay estimación y simpatía recíprocas, se acabará siempre
por encontrar intereses comunes; y este terreno común, una
vez hallado, no cesará de agrandarse. Tal es el caso, seguramente,
dé Francia -y de España.
Una señal de esta amistad es para mí, repito, la reunión de
hoy. Saludo cordialmente a todos los que se han congregado
aquí. Unos -estudiantes- representan la España de mañana.
Otros –hombres ilustres- son la España de hoy, la España de
que antes hablaba diciendo que está animada de una nueva vitalidad.
Nuestro vocablo francés "juventud" tiene una doble significación:
designa el conjunto de los jóvenes y expresa también una cierta
disposición del alma, un ardor y un aliento. Dejadme que .tome
esa voz en sus dos sentidos y que salude a un tiempo en sus
estudiantes y en sus hombres ilustres, a la juventud española.
En Manuel García Morente, La Filosofía
de Henri Bergson
Ed. Espasa Calpe, 1972. pp. 13-18.
2002 Edición digital de Arvo Net. |