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100. FERNANDO INCIARTE: DE OFICIO FILÓSOFO (Lourdes Flamarique)

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Fernando Inciarte: de oficio filósofo

FERNANDO INCIARTE: DE OFICIO FILÓSOFO
Hace poco más de un año falleció Fernando Inciarte, profesor en Alemania de Filosofía y maestro de tantos alumnos y profesores, que pudieron conocer su original y riguroso pensamiento en las aulas de la Universidad de Navarra, de la que fue profesor Extraordinario. Ocurre con los grandes maestros que el paso a la condición de profesor emérito coincide con la hora de los trabajos más personales, donde se decanta la talla intelectual y se muestran las convicciones tantas veces veladas por las imposiciones propias de la carrera académica. Esto sucede también con la obra filosófica de Fernando Inciarte, del que ahora se publican Breve teoría de la España moderna y Liberalismo y republicanismo. Ensayos de filosofía política

No hay saber más humano que la metafísica

Por Lourdes Flamarique


Los últimos años de su vida estuvieron marcados por una intensa actividad que respondía a unos intereses cada vez más amplios; señal de que entendía vitalmente, del mejor modo posible, aquella afirmación del filósofo polaco Leszek Kolakowski con la que se mostró de acuerdo en numerosas ocasiones: la filosofía ni siembra ni recoge verdades, a lo sumo remueve el terreno, esto es, mantiene despierto el deseo de verdad.

Su labor docente en distintos foros y universidades europeas y americanas no le distrajo de lo que consideraba su tarea pendiente como escritor: desarrollar su obra filosófica —de auténtico pensador, que diría Heidegger—, la maduración de su pensamiento. Una extensa obra que en su mayor parte está por publicar y es conocida parcialmente por sus discípulos y alumnos a través de los cursos en los que la presentó numerosas veces. Sus discípulos —siguiendo indicaciones del propio Inciarte— han comenzado la edición de sus escritos póstumos con dos libros que —pese a su diversidad— reflejan muy bien su modo de ejercer el oficio del filósofo y las cuestiones que ya le ocuparon desde sus primeros años de trabajo intelectual: Breve teoría de la España moderna y Liberalismo y republicanismo. Ensayos de Filosofía política (Eunsa, Pamplona, 2001).

En ambos libros se advierte el rendimiento de una filosofía ejercida con rigor durante décadas, sin ahorrarse esa dosis imprescindible de erudición y de análisis minucioso de las fuentes y de los usos terminológicos, como requisito sin el que no se puede decir que se ha tomado la medida a un problema. Y es que la filosofía, asumida sin el cansancio de quien espera tenerlo todo resuelto hace tiempo, sino con la juventud de quien vive sabiendo que lo mejor está por llegar, no se malogra por el conocimiento de la historia de la filosofía; la verdad se encuentra cuanto más vivo sea el afán de buscarla, sin descuidar lo ya sabido, antes bien, apropiándose de la tradición como de un semillero de frutos todavía desconocidos. Por eso, especialmente al final de su vida, el pensamiento de Inciarte desprendía sabiduría: saber arcano que, al dirigirse a los sucesos y a los planteamientos más actuales, parece ciencia recién estrenada, luz que nace de lo más íntimo de la realidad presente. También por eso, en ocasiones, un oyente despistado podía interpretar sus observaciones, sus juicios sobre las cosas como si fueran consejos para la vida. Rápidamente Inciarte se ocupaba de desengañar al perezoso confiado.

Pensarlo todo

Sin descuidar ninguna de las disciplinas filosóficas, ni las formas más o menos convencionales de presentarlas, Inciarte enseñó que en el saber filosófico no caben compartimentos estancos ni especialismos de ningún tipo, pues, de alguna manera, quien no es capaz de pensarlo todo, al final tampoco sabe de nada. En toda su obra se advierte la urdimbre que en el pensamiento vivo de un filósofo, verdadero maître à penser, forman la metafísica y la filosofía del arte, la filosofía política y el análisis lingüístico, la ética y la lógica, y todas entre sí. La perspectiva que cada una ofrece sobre la realidad, la del mundo físico y la no menor realidad —como solía repetir en sus clases— del mundo histórico, refuerzan la verdad ya alcanzada; porque el escepticismo que despierta la multiplicidad, a primera vista inconmensurable, procede más bien de la inclinación bastante extendida a identificar la verdad sólo con contenidos formalizados de algún modo, olvidando que estos responden siempre a formas de argumentación, a perspectivas que no agotan la realidad.

Le recuerdo hace diez años en el bar Faustino, en el Edificio Central de la Universidad de Navarra, con un grupo de alumnos, respondiendo a la queja de uno de ellos porque —a su juicio— el estudio de la filosofía en las aulas gravita en exceso sobre el conocimiento de los distintos pensadores, sobre la historia de los sistemas filosóficos, y apenas se da espacio al pensamiento vivo, a la espontaneidad de la ocurrencia que no se somete al rigor de la lógica y de la argumentación, ni al criterio de autoridad. Inciarte no le quitó razón: el estudio de la filosofía tiene mucho de apropiación del saber disponible en alguna forma de tradición. Todo eso, siguió diciendo, forma parte del oficio, porque la filosofía exige también en cierto modo un oficio. Pero no se reduce a eso. Con una imagen presentó lo que ellos —estudiantes de Filosofía— estaban haciendo. Vosotros, les dijo, estáis amontonando leña, troncos cortados, más bien secos; evidentemente, aquí todavía no hay fuego, esto no es el conocimiento, ni la luz. La luz, esa chispa del pensamiento vivo, cuando salta, necesita de esa leña en la que prender, para no apagarse y convertirse en fuego. No nos dijo de dónde ni cómo surge la chispa; ninguno de los presentes lo preguntó. Todos habíamos entendido qué parte de esa tarea está a nuestro alcance: aprender el oficio.

Una idea filosófica clara

Femando Inciarte lo aprendió y ejerció con una dedicación y empeño poco comunes. Conocido por sus libros y trabajos publicados en revistas de ámbito internacional, había encaminado su búsqueda filosófica siempre al paso de las corrientes actuales del pensamiento. Esto le permitió estar tanto en la primera hora de la rehabilitación de la filosofía práctica, como en la de la apresurada declaración del final de la metafísica. Para ambas claves del pensamiento contemporáneo, Inciarte tenía preparados los argumentos y las respuestas desde tiempo atrás. En los últimos años, solía mencionar sus primeros trabajos de joven estudiante en Madrid y en Roma; en ellos —decía— estaba ya todo lo que había pensado después. Probablemente no estaba todo, pero sí un núcleo vivo de cuestiones que marcaron un sendero —sin duda sinuoso, como son los senderos de la vida— a sus investigaciones; y una chispa, una idea filosófica clara que aparece como un programa de intenciones ya en el prólogo a su tesis doctoral de 1956.

Esta idea es confirmada en la retrospectiva sobre su vida y obra, en la narración de su itinerario vital e intelectual, que le ocupó desde los años 80 y que constituye la parte más original y sugerente de su obra no publicada. “La filosofía es sobre todo cuestión de maduración’ solía decir. Sin ser una respuesta a la pregunta de cómo surge la chispa del pensamiento vivo, original, sí aporta luz sobre lo que está en juego. La filosofía no es cuestión de madurez, ni de vejez, sino de maduración: algo que no da la leña, tan sólo dispuesta para albergar un buen fuego. Madurar es propio de lo vivo, como la filosofía, como el pensamiento. Que Inciarte había recogido mucha y buena leña se veía en sus libros, artículos y lecciones; llamaba la atención su familiaridad con los textos clásicos y modernos, su conocimiento de la literatura filosófica más reciente y el diálogo que conseguía establecer entre unos y otros.

De manera un tanto misteriosa este apotegma, “la filosofía es sobre todo cuestión de maduración”, guarda relación con otro que adoptó en su juventud, cuando era un joven estudiante de Filosofía en Roma: “No escribir nada que no cambie la realidad”.

Cabe entender este criterio de acción como un rasgo de entusiasmo e ingenuidad juvenil, más propia de un revolucionario, pero inusual en un filósofo. Sin embargo, sólo quien ha comprendido que la verdad es la fuerza que activa la libertad humana y que precisamente en esto radica su virtud, sabe que los cambios sociales —como el curso de la vida personal— están íntimamente ligados a la búsqueda de la verdad y a su articulación racional, esto es, verosímil. El verdadero cambio de la realidad no es el que prometen las revoluciones, pues estas, según Inciarte, consisten más bien en la vuelta a los principios, ridurre ai principii: un giro hacia atrás. La maduración del pensamiento ejercido con maestría y oficio, por ser el camino a la verdad, es sin duda el único cambio posible, el que ilustra la modificación de lo que permanece para que podamos hablar de cambios. Pues el cambio sólo es relevante cuando contribuye a que lo que se modifica sea más plenamente. Penetrando de lleno en la paradoja, Inciarte afirmaba que la filosofía es un trasunto de nuestra existencia histórica, y de la carencia de plenitud de la realidad. Así, al concluir que el mundo, y no sólo la existencia de los seres libres, no es plenamente inteligible, el pensamiento debe ejercerse con el compromiso de cambiar la realidad, de ayudar con las ideas a que comparezca su verdad y se deshagan las ilusiones del conocimiento humano que obligan a la filosofía a ceñirse a su valor de verosimilitud; y añadía, “esto no es despreciar la verdad; es buscar una relación más viva con ella” (Breve Teoría de la España moderna, p. 164).

Pero vengamos a sus libros. Pocos días antes de morir revisó uno de los capítulos del libro, ya listo para publicar, Breve teoría de la España moderna. Precisamente el capítulo en el que trata, entre otras cosas, de cuestiones que habían salido en las clases del curso de doctorado que estaba impartiendo. Como se ve, hasta el último momento su trabajo estuvo impulsado por el deseo de verdad que este hecho anecdótico evoca. Breve teoría de la España moderna es un libro original, difícilmente clasificable por el género y, en cierto modo, por el contenido. Un ensayo, una recensión, varios artículos, una autoentrevista y dos entrevistas componen sus siete capítulos. Con un estilo ágil, sin apenas recurrir al lenguaje propio del ambiente académico, el autor habla de la cultura y mentalidades contemporáneas; arroja luz sobre algunas cuestiones centrales de teoría política, de la apreciación pos-moderna de nuestra época y su privilegiado reflejo en el arte o en el resurgimiento del pensamiento mítico, como hijo querido de la misma modernidad que parecía haberlo desterrado para siempre.

Sin ser del todo un libro de filosofía es ciertamente un libro filosófico; un libro de pensamiento inserto en la tradición filosófica de Occidente. Despreocupado de una exposición exhaustiva de los temas, impregnando de amable ironía sus reflexiones, Inciarte no sólo va directamente al grano de los problemas de nuestro tiempo, sino que es capaz de formularlos tal cual son, de librarlos de los lugares comunes en los que suele detenerse el pensamiento perezoso. Esto explica que en su análisis puedan intervenir voces tan separadas en la vida y en el pensar como Hegel y Kafka, Freud y Platón, Rawls y Nietzsche, Montaigne y Foucault, Aristóteles y Warhol, San Pablo y Borges.

Inciarte cuenta en el prólogo que se propuso escribir Breve teoría de la España moderna cuando ya había terminado varios de sus capítulos y se disponía a escribir el capítulo cuarto. No se trata, por tanto, de un libro guiado por una idea previa, sino que el motivo del libro —por así decirlo— lo descubrió con parte de sus páginas ya publicadas. La idea que da unidad a los textos, escritos todos ellos entre 1998 y 2000, está sugerida en el titulo del libro. El autor propone una teoría, una interpretación del carácter moderno de la España actual. Pero no habla sólo de eso. La adjetivación temporal de España, su modernidad (“en donde moderna se deja en toda la ambigüedad del término”, p. 10) destaca que se trata de una realidad viva, más aun que lo que interesa de ella no es tanto lo permanente, una especie de identidad transhistórica, sino el tránsito de un estado a otro: su modo de encamar lo moderno. Porque España es el país occidental donde mejor se puede estudiar la transición del paradigma premoderno al moderno, afirma Inciarte en el prólogo (p. 16).

Esto explicaría en parte que el autor pretenda hablar de la España moderna sin apenas mencionar a España. Podría decirse que lo consigue —incluso en el primer capítulo, titulado como el libro— porque aquello de lo que trata en cada capítulo no tiene como centro de gravedad a España, sino que, en todo caso, España viene a ofrecer algo así como un ángulo, una perspectiva peculiar desde la que contemplar eso que llamamos modernidad.

En ese sentido, este libro hace suyo aquel dicho según el cual lo más superficial es lo más profundo. Y así, las reflexiones sobre el cambio histórico, sobre ciertas líneas contingentes de la cultura, se convierten, sin dejar de hablar de lo histórico, en cuestiones netamente metafísicas.

Por si acaso, no está de más advertir al lector que espere un diagnóstico. Las observaciones, certeras e inteligentes, dejan esta tarea para quien tenga la afición de emitir juicios. Que nadie busque recetas, porque tampoco hay enfermedad alguna.

Un pensador cristiano

A lo largo de sus páginas, Inciarte deja entrever lo que constituye una de sus tesis centrales de la metafísica: que para permanecer siendo lo mismo, la misma sustancia se entiende, es preciso modificarse de continuo. Todo lo que es, existe en sus modificaciones y estados: la realidad histórico-cultural más que ninguna otra (parece estar hecha de tiempo). España, sea lo que sea, como si de un ser vivo se tratara, se la juega en cada momento.

Se entiende también que el libro, tratando de una realidad histórica —España y la modernidad—, acoja como parte de la argumentación la propia realidad biográfica del autor y su visión de la filosofía, de manera que las apreciaciones sobre la realidad española son fundamentalmente autoapreciaciones. “Las circunstancias de la vida son muy importantes —afirma en un escrito todavía inédito—, pero lo que está en juego no son ellas mismas, sino la persona a secas”. Por eso, cualquier circunstancia, incluso la modernidad como una constelación de elementos en cierto modo arbitraria, es capaz de ofrecer una perspectiva sobre la realidad viva e incompleta. Lo que ocurre es que a la verdad histórica —que no pasa de ser una verdad humana— le es consustancial la no-verdad. Sin hacer la menor concesión al escepticismo, Inciarte concluye que “la inextricabilidad de verdad y no-verdad (a no ser que se tratara de una fe verdadera, pero entonces ya no sería verdad humana), esa inextricabilidad no es una carta blanca para no seguir buscando la verdad; es más bien, al contrario, el mayor acicate para seguir buscándola; para no tumbarse sobre falsos laureles; para no dejarse llevar por el peor de los vicios, por la pereza del corazón” (p. 82). También en este punto se trasluce que estamos ante un pensador cristiano, para el que la realidad histórica es el escenario donde se va tejiendo la acción de la Verdad; una acción a la que está invitado personalmente cada hombre.

En este libro se nos ofrecen numerosos ejemplos de lo arbitrarias que pueden ser las distinciones con las que organizamos el saber y la cultura, el mundo que nos rodea y que somos. La combinación de complejidad y simplicidad es una paradoja característica de nuestro ser, o mejor, de nuestro no-ser. Lo teórico y lo práctico, lo objetivo y lo subjetivo, lo personal y lo social, lo histórico y lo conceptual, lo cultural y lo natural convergen en una única realidad, formada por muchas, en la que fraguan todas las relaciones. Bien pudiera ser, “que tanto el sujeto humano como el mundo que le circunda fueran y a la vez no fueran; que, en efecto, ni uno ni otro fueran una totalidad por más que lo parecieran. (...) Bien pudiera ser, dicho de otra manera, que sólo Dios fuera sin más y que, como decía San Pablo, Él mismo hace originariamente que sea lo que es. Dicho en el lenguaje kantiano: bien pudiera ser que nada de lo que existe (a no ser Dios) fuera de una manera plenamente determinada, sino que ni fuera del todo así ni del todo de otra manera, es decir que no cumpliera con la condición requerida para la aplicación del principio de tercio excluso” (pp. 84-85). Sirva este texto no para desanimar a posibles lectores, sino como muestra de que —como pensaba Inciarte— no hay saber más humano que la metafísica.

Por su parte, Liberalismo y republicanismo. Ensayos de filosofía política reúne trece trabajos, escritos a lo largo de varias décadas, en los que encontramos un claro ejemplo de qué es filosofía práctica, ese saber en cuya rehabilitación Inciarte colaboró decisivamente. Si en los últimos años adoptó la dialéctica entre republicanismo y liberalismo como perspectiva para penetrar filosóficamente la realidad histórica, no fue para seguir una moda, en plena sintonía con el discurso político actual; también a través de este esquema antagónico, Inciarte dirige la mirada de la filosofía a esa unidad que forman lo político y lo moral, tanto para rescatar la teoría política de la mera discusión teórica, como para presentar la reflexión ética desde dentro de los cambios y curso histórico, el de las circunstancias reales y el de las ideas que las iluminan. Ni la ética ni la filosofía política —como tareas comprometidas con la vida social y las aspiraciones de cada hombre— pueden refugiarse en los artificiales reductos de un pensamiento para especialistas.

Inciarte entendió desde sus primeros años como filósofo que el oscurecimiento moderno de la verdad práctica dificulta la orientación racional de la política, la resolución aceptable moralmente de las tensiones propias de una realidad en permanente cambio. De todo esto tratan los trece capítulos de Liberalismo y republicanismo.

Devolver el sentido antropológico a la ética y a la teoría política

Parte de su tarea como filósofo consistió en devolver el sentido antropológico a la ética y a la teoría política, como ciencias prácticas del hombre en camino. De la mano de Aristóteles, recupera nociones ineludibles para comprender cabalmente qué significa obrar libre y correctamente. A lo largo de los capítulos se va decantando un acervo de verdades indiscutibles; no muchas, pero suficientes. Por ejemplo: que el bien sólo se puede conocer por propia experiencia; que obrar bien es sobre todo cuestión de empeño, de empeñarse por el bien. Frente a la concepción moderna y abstracta de la razón, propone la recta ratio, una razón corregida, vital. Esta —y no la razón sin más— es responsable de nuestras acciones logradas porque decidir sobre el bien es decidirse prácticamente por el bien; supone en definitiva retrotraer la pregunta por el bien —de suyo inútil y vacía— a la pregunta por el modo adecuado de decidirnos, “porque sólo el que se decide deliberadamente, sin dejarse llevar por los vientos de la opinión, de la costumbre, del placer, etc., etc., es capaz de dar con el bien, sea éste el que sea” (p. 110).

Inciarte no evita el cuerpo a cuerpo intelectual, su estilo es reflejo de ello. Plantea las cuestiones de modo que admitan perspectivas complementarias, pues todas ellas son útiles, cada una a su manera. Sin eludir ningún reto metodológico o epistemológico, las reflexiones de filosofía política se entremezclan y enriquecen con las cuestiones de la metafísica o del análisis lingüístico.

También en este libro se advierte esa unidad vital, propia del pensamiento genuino. Así, nos aclara que republicanismo y liberalismo no son sino conceptos, perspectivas para abordar la realidad o para dar con ella. Una realidad siempre más compleja que nuestros conceptos, pero inasequible sin ellos. “Aquí lo que hay que evitar es, en primer lugar, caer en el realismo conceptual de creer que nuestros conceptos son copia o reflejo de la realidad” (p. 16). Pero, a1 mismo tiempo, tampoco cabe pensar que nuestros conceptos constituyen la realidad según una especie de constructivismo conceptual. “El republicanismo como constante histórica no es ni una realidad de por sí, ni es una vaga serie de rasgos de familia unidos sólo por el uso correcto de una palabra. Ni en realidad se reduce a una sola interpretación, ni sus múltiples interpretaciones posibles son plenamente definibles o aceptables; pero tampoco depende de convenciones pragmáticas el aceptarlas o rechazarlas, y su margen de variabilidad, por más que sean indefinibles, no es ilimitado, puesto que también la realidad histórica se ha formado con anterioridad a nuestras teorías sobre ella. El concepto no miente, pero no es más que una abstracción, no una copia fiel de la realidad, cosa imposible. De ahí la necesidad de una continua investigación y reflexión también sobre las realidades históricas. Porque aunque ya hayan pasado, nunca pueden conocerse de una vez” (p. 29).

Inciarte no sólo defiende la dimensión práctica del conocimiento, y para ello —entre otras cosas— recurre con frecuencia a la observación aristotélica que subraya que la filosofía práctica es ella misma práctica.

Una lectura atenta de los ensayos recogidos en este volumen no pasará por alto que su autor en ningún momento cae en el vicio moderno de hacer filosofía teórica sobre la realidad histórica, esto es, de tomar por representaciones los conceptos y esquemas operativos en el discurso filosófico sobre la moral y la política. Deja bien claro que son ideales o postulados, modelos e instrumentos indispensables para conocer las realidades históricas, ya se trate de los limites de la ilustración, del liberalismo metafísico presente en la discusión en torno a la justicia, de las revoluciones, sean políticas o académicas, o del derecho natural, etc. Precisamente, la dialéctica entre republicanismo y liberalismo constituye un instrumento conceptual privilegiado para remover la tierra de nuestras convicciones filosóficas y de nuestra cultura, de manera que afloren sus carencias, el sesgo propio que mi- primen las ideas vigentes al curso de la realidad social.

En esa medida el ideal republicano y el liberal llevan toda la carga de las tensiones características del pensamiento político occidental, bien común o bien particular, simplicidad o complejidad, fetichismo o realidad, inmediatez o mediación, signo o significante, participación o representación. No tratan de ninguna entidad histórica, sino de eso que llamamos la realidad histórica.

Las páginas de estos dos nuevos libros de Fernando Inciarte están llenas de referencias a personas y sucesos, al arte y la historia, a la literatura y la teología, dando entrada a todo lo humano. En la primera de las entrevistas recogidas en Breve teoría de la España moderna responde a una observación semejante en relación con sus últimos escritos con estas palabras: “Yo ahí no creo dialogar con nadie, a no ser conmigo mismo. Lo que ocurre es que uno no es uno solo. En uno hay ecos de muchas otras personas, vivas y muertas, conocidas por uno o sólo leídas” (p. 176).

Esto pretenden los editores de su obra póstuma: que sigan los ecos y se mantenga así esa ineludible conversación, que nada interrumpe, en torno a la verdad, porque —como afirma Inciarte— no estamos más allá del bien y del mal, ni lo estaremos nunca (Liberalismo y republicanismo, p. 142).




Publicado en “Nuestro Tiempo”
marzo del año 2002, nº 573.

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Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

15/05/2005 ir arriba
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