No hay
saber más humano que la metafísica
Por
Lourdes Flamarique
Los últimos años de su vida estuvieron marcados por una intensa
actividad que respondía a unos intereses cada vez más amplios;
señal de que entendía vitalmente, del mejor modo posible,
aquella afirmación del filósofo polaco Leszek Kolakowski
con la que se mostró de acuerdo en numerosas ocasiones: la
filosofía ni siembra ni recoge verdades, a lo sumo remueve
el terreno, esto es, mantiene despierto el deseo de verdad.
Su labor docente en distintos foros y universidades europeas
y americanas no le distrajo de lo que consideraba su tarea
pendiente como escritor: desarrollar su obra filosófica —de
auténtico pensador, que diría Heidegger—, la maduración
de su pensamiento. Una extensa obra que en su mayor parte
está por publicar y es conocida parcialmente por sus discípulos
y alumnos a través de los cursos en los que la presentó numerosas
veces. Sus discípulos —siguiendo indicaciones del propio Inciarte—
han comenzado la edición de sus escritos póstumos con dos
libros que —pese a su diversidad— reflejan muy bien su modo
de ejercer el oficio del filósofo y las cuestiones que ya
le ocuparon desde sus primeros años de trabajo intelectual:
Breve teoría de la España moderna y Liberalismo
y republicanismo. Ensayos de Filosofía política (Eunsa,
Pamplona, 2001).
En ambos libros se advierte el rendimiento de una filosofía
ejercida con rigor durante décadas, sin ahorrarse esa dosis
imprescindible de erudición y de análisis minucioso de las
fuentes y de los usos terminológicos, como requisito sin el
que no se puede decir que se ha tomado la medida a un problema.
Y es que la filosofía, asumida sin el cansancio de quien espera
tenerlo todo resuelto hace tiempo, sino con la juventud de
quien vive sabiendo que lo mejor está por llegar, no se malogra
por el conocimiento de la historia de la filosofía; la verdad
se encuentra cuanto más vivo sea el afán de buscarla, sin
descuidar lo ya sabido, antes bien, apropiándose de la tradición
como de un semillero de frutos todavía desconocidos. Por eso,
especialmente al final de su vida, el pensamiento de Inciarte
desprendía sabiduría: saber arcano que, al dirigirse a los
sucesos y a los planteamientos más actuales, parece ciencia
recién estrenada, luz que nace de lo más íntimo de la realidad
presente. También por eso, en ocasiones, un oyente despistado
podía interpretar sus observaciones, sus juicios sobre las
cosas como si fueran consejos para la vida. Rápidamente Inciarte
se ocupaba de desengañar al perezoso confiado.
Pensarlo todo
Sin descuidar ninguna de las disciplinas filosóficas, ni las
formas más o menos convencionales de presentarlas, Inciarte
enseñó que en el saber filosófico no caben compartimentos
estancos ni especialismos de ningún tipo, pues, de alguna
manera, quien no es capaz de pensarlo todo, al final tampoco
sabe de nada. En toda su obra se advierte la urdimbre que
en el pensamiento vivo de un filósofo, verdadero maître
à penser, forman la metafísica y la filosofía del arte,
la filosofía política y el análisis lingüístico, la ética
y la lógica, y todas entre sí. La perspectiva que cada una
ofrece sobre la realidad, la del mundo físico y la no menor
realidad —como solía repetir en sus clases— del mundo histórico,
refuerzan la verdad ya alcanzada; porque el escepticismo que
despierta la multiplicidad, a primera vista inconmensurable,
procede más bien de la inclinación bastante extendida a identificar
la verdad sólo con contenidos formalizados de algún modo,
olvidando que estos responden siempre a formas de argumentación,
a perspectivas que no agotan la realidad.
Le recuerdo hace diez años en el bar Faustino, en el Edificio
Central de la Universidad de Navarra, con un grupo de alumnos,
respondiendo a la queja de uno de ellos porque —a su juicio—
el estudio de la filosofía en las aulas gravita en exceso
sobre el conocimiento de los distintos pensadores, sobre la
historia de los sistemas filosóficos, y apenas se da espacio
al pensamiento vivo, a la espontaneidad de la ocurrencia que
no se somete al rigor de la lógica y de la argumentación,
ni al criterio de autoridad. Inciarte no le quitó razón:
el estudio de la filosofía tiene mucho de apropiación del
saber disponible en alguna forma de tradición. Todo eso, siguió
diciendo, forma parte del oficio, porque la filosofía exige
también en cierto modo un oficio. Pero no se reduce a eso.
Con una imagen presentó lo que ellos —estudiantes de Filosofía—
estaban haciendo. Vosotros, les dijo, estáis amontonando leña,
troncos cortados, más bien secos; evidentemente, aquí todavía
no hay fuego, esto no es el conocimiento, ni la luz. La luz,
esa chispa del pensamiento vivo, cuando salta, necesita de
esa leña en la que prender, para no apagarse y convertirse
en fuego. No nos dijo de dónde ni cómo surge la chispa; ninguno
de los presentes lo preguntó. Todos habíamos entendido qué
parte de esa tarea está a nuestro alcance: aprender el oficio.
Una idea filosófica clara
Femando Inciarte lo aprendió y ejerció con una dedicación
y empeño poco comunes. Conocido por sus libros y trabajos
publicados en revistas de ámbito internacional, había encaminado
su búsqueda filosófica siempre al paso de las corrientes actuales
del pensamiento. Esto le permitió estar tanto en la primera
hora de la rehabilitación de la filosofía práctica, como en
la de la apresurada declaración del final de la metafísica.
Para ambas claves del pensamiento contemporáneo, Inciarte
tenía preparados los argumentos y las respuestas desde tiempo
atrás. En los últimos años, solía mencionar sus primeros trabajos
de joven estudiante en Madrid y en Roma; en ellos —decía—
estaba ya todo lo que había pensado después. Probablemente
no estaba todo, pero sí un núcleo vivo de cuestiones que marcaron
un sendero —sin duda sinuoso, como son los senderos de la
vida— a sus investigaciones; y una chispa, una idea filosófica
clara que aparece como un programa de intenciones ya en el
prólogo a su tesis doctoral de 1956.
Esta idea es confirmada en la retrospectiva sobre su vida
y obra, en la narración de su itinerario vital e intelectual,
que le ocupó desde los años 80 y que constituye la parte más
original y sugerente de su obra no publicada. “La filosofía
es sobre todo cuestión de maduración’ solía decir. Sin ser
una respuesta a la pregunta de cómo surge la chispa del pensamiento
vivo, original, sí aporta luz sobre lo que está en juego.
La filosofía no es cuestión de madurez, ni de vejez, sino
de maduración: algo que no da la leña, tan sólo dispuesta
para albergar un buen fuego. Madurar es propio de lo vivo,
como la filosofía, como el pensamiento. Que Inciarte
había recogido mucha y buena leña se veía en sus libros, artículos
y lecciones; llamaba la atención su familiaridad con los textos
clásicos y modernos, su conocimiento de la literatura filosófica
más reciente y el diálogo que conseguía establecer entre unos
y otros.
De manera un tanto misteriosa este apotegma, “la filosofía
es sobre todo cuestión de maduración”, guarda relación con
otro que adoptó en su juventud, cuando era un joven estudiante
de Filosofía en Roma: “No escribir nada que no cambie la realidad”.
Cabe entender este criterio de acción como un rasgo de entusiasmo
e ingenuidad juvenil, más propia de un revolucionario, pero
inusual en un filósofo. Sin embargo, sólo quien ha comprendido
que la verdad es la fuerza que activa la libertad humana y
que precisamente en esto radica su virtud, sabe que los cambios
sociales —como el curso de la vida personal— están íntimamente
ligados a la búsqueda de la verdad y a su articulación racional,
esto es, verosímil. El verdadero cambio de la realidad no
es el que prometen las revoluciones, pues estas, según Inciarte,
consisten más bien en la vuelta a los principios, ridurre
ai principii: un giro hacia atrás. La maduración del pensamiento
ejercido con maestría y oficio, por ser el camino a la verdad,
es sin duda el único cambio posible, el que ilustra la modificación
de lo que permanece para que podamos hablar de cambios. Pues
el cambio sólo es relevante cuando contribuye a que lo que
se modifica sea más plenamente. Penetrando de lleno en la
paradoja, Inciarte afirmaba que la filosofía es un
trasunto de nuestra existencia histórica, y de la carencia
de plenitud de la realidad. Así, al concluir que el mundo,
y no sólo la existencia de los seres libres, no es plenamente
inteligible, el pensamiento debe ejercerse con el compromiso
de cambiar la realidad, de ayudar con las ideas a que comparezca
su verdad y se deshagan las ilusiones del conocimiento humano
que obligan a la filosofía a ceñirse a su valor de verosimilitud;
y añadía, “esto no es despreciar la verdad; es buscar una
relación más viva con ella” (Breve Teoría de la España
moderna, p. 164).
Pero vengamos a sus libros. Pocos días antes de morir revisó
uno de los capítulos del libro, ya listo para publicar, Breve
teoría de la España moderna. Precisamente el capítulo
en el que trata, entre otras cosas, de cuestiones que habían
salido en las clases del curso de doctorado que estaba impartiendo.
Como se ve, hasta el último momento su trabajo estuvo impulsado
por el deseo de verdad que este hecho anecdótico evoca. Breve
teoría de la España moderna es un libro original, difícilmente
clasificable por el género y, en cierto modo, por el contenido.
Un ensayo, una recensión, varios artículos, una autoentrevista
y dos entrevistas componen sus siete capítulos. Con un estilo
ágil, sin apenas recurrir al lenguaje propio del ambiente
académico, el autor habla de la cultura y mentalidades contemporáneas;
arroja luz sobre algunas cuestiones centrales de teoría política,
de la apreciación pos-moderna de nuestra época y su privilegiado
reflejo en el arte o en el resurgimiento del pensamiento mítico,
como hijo querido de la misma modernidad que parecía haberlo
desterrado para siempre.
Sin ser del todo un libro de filosofía es ciertamente un libro
filosófico; un libro de pensamiento inserto en la tradición
filosófica de Occidente. Despreocupado de una exposición exhaustiva
de los temas, impregnando de amable ironía sus reflexiones,
Inciarte no sólo va directamente al grano de los problemas
de nuestro tiempo, sino que es capaz de formularlos tal cual
son, de librarlos de los lugares comunes en los que suele
detenerse el pensamiento perezoso. Esto explica que en su
análisis puedan intervenir voces tan separadas en la vida
y en el pensar como Hegel y Kafka, Freud
y Platón, Rawls y Nietzsche, Montaigne
y Foucault, Aristóteles y Warhol, San
Pablo y Borges.
Inciarte cuenta en el prólogo que se propuso escribir
Breve teoría de la España moderna cuando ya había terminado
varios de sus capítulos y se disponía a escribir el capítulo
cuarto. No se trata, por tanto, de un libro guiado por una
idea previa, sino que el motivo del libro —por así decirlo—
lo descubrió con parte de sus páginas ya publicadas. La idea
que da unidad a los textos, escritos todos ellos entre 1998
y 2000, está sugerida en el titulo del libro. El autor propone
una teoría, una interpretación del carácter moderno de la
España actual. Pero no habla sólo de eso. La adjetivación
temporal de España, su modernidad (“en donde moderna
se deja en toda la ambigüedad del término”, p. 10) destaca
que se trata de una realidad viva, más aun que lo que interesa
de ella no es tanto lo permanente, una especie de identidad
transhistórica, sino el tránsito de un estado a otro: su modo
de encamar lo moderno. Porque España es el país occidental
donde mejor se puede estudiar la transición del paradigma
premoderno al moderno, afirma Inciarte en el prólogo
(p. 16).
Esto explicaría en parte que el autor pretenda hablar de la
España moderna sin apenas mencionar a España. Podría decirse
que lo consigue —incluso en el primer capítulo, titulado como
el libro— porque aquello de lo que trata en cada capítulo
no tiene como centro de gravedad a España, sino que, en todo
caso, España viene a ofrecer algo así como un ángulo, una
perspectiva peculiar desde la que contemplar eso que llamamos
modernidad.
En ese sentido, este libro hace suyo aquel dicho según el
cual lo más superficial es lo más profundo. Y así, las reflexiones
sobre el cambio histórico, sobre ciertas líneas contingentes
de la cultura, se convierten, sin dejar de hablar de lo histórico,
en cuestiones netamente metafísicas.
Por si acaso, no está de más advertir al lector que espere
un diagnóstico. Las observaciones, certeras e inteligentes,
dejan esta tarea para quien tenga la afición de emitir juicios.
Que nadie busque recetas, porque tampoco hay enfermedad alguna.
Un pensador cristiano
A lo largo de sus páginas, Inciarte deja entrever lo
que constituye una de sus tesis centrales de la metafísica:
que para permanecer siendo lo mismo, la misma sustancia se
entiende, es preciso modificarse de continuo. Todo lo que
es, existe en sus modificaciones y estados: la realidad histórico-cultural
más que ninguna otra (parece estar hecha de tiempo). España,
sea lo que sea, como si de un ser vivo se tratara, se la juega
en cada momento.
Se entiende también que el libro, tratando de una realidad
histórica —España y la modernidad—, acoja como parte de la
argumentación la propia realidad biográfica del autor y su
visión de la filosofía, de manera que las apreciaciones sobre
la realidad española son fundamentalmente autoapreciaciones.
“Las circunstancias de la vida son muy importantes —afirma
en un escrito todavía inédito—, pero lo que está en juego
no son ellas mismas, sino la persona a secas”. Por eso, cualquier
circunstancia, incluso la modernidad como una constelación
de elementos en cierto modo arbitraria, es capaz de ofrecer
una perspectiva sobre la realidad viva e incompleta. Lo que
ocurre es que a la verdad histórica —que no pasa de ser una
verdad humana— le es consustancial la no-verdad. Sin hacer
la menor concesión al escepticismo, Inciarte concluye
que “la inextricabilidad de verdad y no-verdad (a no ser que
se tratara de una fe verdadera, pero entonces ya no sería
verdad humana), esa inextricabilidad no es una carta blanca
para no seguir buscando la verdad; es más bien, al contrario,
el mayor acicate para seguir buscándola; para no tumbarse
sobre falsos laureles; para no dejarse llevar por el peor
de los vicios, por la pereza del corazón” (p. 82). También
en este punto se trasluce que estamos ante un pensador cristiano,
para el que la realidad histórica es el escenario donde se
va tejiendo la acción de la Verdad; una acción a la que está
invitado personalmente cada hombre.
En este libro se nos ofrecen numerosos ejemplos de lo arbitrarias
que pueden ser las distinciones con las que organizamos el
saber y la cultura, el mundo que nos rodea y que somos. La
combinación de complejidad y simplicidad es una paradoja característica
de nuestro ser, o mejor, de nuestro no-ser. Lo teórico y lo
práctico, lo objetivo y lo subjetivo, lo personal y lo social,
lo histórico y lo conceptual, lo cultural y lo natural convergen
en una única realidad, formada por muchas, en la que fraguan
todas las relaciones. Bien pudiera ser, “que tanto el sujeto
humano como el mundo que le circunda fueran y a la vez no
fueran; que, en efecto, ni uno ni otro fueran una totalidad
por más que lo parecieran. (...) Bien pudiera ser, dicho de
otra manera, que sólo Dios fuera sin más y que, como decía
San Pablo, Él mismo hace originariamente que sea lo
que es. Dicho en el lenguaje kantiano: bien pudiera ser que
nada de lo que existe (a no ser Dios) fuera de una manera
plenamente determinada, sino que ni fuera del todo así ni
del todo de otra manera, es decir que no cumpliera con la
condición requerida para la aplicación del principio de tercio
excluso” (pp. 84-85). Sirva este texto no para desanimar a
posibles lectores, sino como muestra de que —como pensaba
Inciarte— no hay saber más humano que la metafísica.
Por su parte, Liberalismo y republicanismo. Ensayos de
filosofía política reúne trece trabajos, escritos a lo
largo de varias décadas, en los que encontramos un claro ejemplo
de qué es filosofía práctica, ese saber en cuya rehabilitación
Inciarte colaboró decisivamente. Si en los últimos
años adoptó la dialéctica entre republicanismo y liberalismo
como perspectiva para penetrar filosóficamente la realidad
histórica, no fue para seguir una moda, en plena sintonía
con el discurso político actual; también a través de este
esquema antagónico, Inciarte dirige la mirada de la
filosofía a esa unidad que forman lo político y lo moral,
tanto para rescatar la teoría política de la mera discusión
teórica, como para presentar la reflexión ética desde dentro
de los cambios y curso histórico, el de las circunstancias
reales y el de las ideas que las iluminan. Ni la ética ni
la filosofía política —como tareas comprometidas con la vida
social y las aspiraciones de cada hombre— pueden refugiarse
en los artificiales reductos de un pensamiento para especialistas.
Inciarte entendió desde sus primeros años como filósofo
que el oscurecimiento moderno de la verdad práctica dificulta
la orientación racional de la política, la resolución aceptable
moralmente de las tensiones propias de una realidad en permanente
cambio. De todo esto tratan los trece capítulos de Liberalismo
y republicanismo.
Devolver el sentido antropológico a la ética y a la teoría
política
Parte de su tarea como filósofo consistió en devolver el sentido
antropológico a la ética y a la teoría política, como ciencias
prácticas del hombre en camino. De la mano de Aristóteles,
recupera nociones ineludibles para comprender cabalmente qué
significa obrar libre y correctamente. A lo largo de los capítulos
se va decantando un acervo de verdades indiscutibles; no muchas,
pero suficientes. Por ejemplo: que el bien sólo se puede conocer
por propia experiencia; que obrar bien es sobre todo cuestión
de empeño, de empeñarse por el bien. Frente a la concepción
moderna y abstracta de la razón, propone la recta ratio,
una razón corregida, vital. Esta —y no la razón sin más— es
responsable de nuestras acciones logradas porque decidir sobre
el bien es decidirse prácticamente por el bien; supone en
definitiva retrotraer la pregunta por el bien —de suyo inútil
y vacía— a la pregunta por el modo adecuado de decidirnos,
“porque sólo el que se decide deliberadamente, sin dejarse
llevar por los vientos de la opinión, de la costumbre, del
placer, etc., etc., es capaz de dar con el bien, sea éste
el que sea” (p. 110).
Inciarte no evita el cuerpo a cuerpo intelectual, su
estilo es reflejo de ello. Plantea las cuestiones de modo
que admitan perspectivas complementarias, pues todas ellas
son útiles, cada una a su manera. Sin eludir ningún reto metodológico
o epistemológico, las reflexiones de filosofía política se
entremezclan y enriquecen con las cuestiones de la metafísica
o del análisis lingüístico.
También en este libro se advierte esa unidad vital, propia
del pensamiento genuino. Así, nos aclara que republicanismo
y liberalismo no son sino conceptos, perspectivas para abordar
la realidad o para dar con ella. Una realidad siempre más
compleja que nuestros conceptos, pero inasequible sin ellos.
“Aquí lo que hay que evitar es, en primer lugar, caer en el
realismo conceptual de creer que nuestros conceptos son copia
o reflejo de la realidad” (p. 16). Pero, a1 mismo tiempo,
tampoco cabe pensar que nuestros conceptos constituyen la
realidad según una especie de constructivismo conceptual.
“El republicanismo como constante histórica no es ni una realidad
de por sí, ni es una vaga serie de rasgos de familia unidos
sólo por el uso correcto de una palabra. Ni en realidad se
reduce a una sola interpretación, ni sus múltiples interpretaciones
posibles son plenamente definibles o aceptables; pero tampoco
depende de convenciones pragmáticas el aceptarlas o rechazarlas,
y su margen de variabilidad, por más que sean indefinibles,
no es ilimitado, puesto que también la realidad histórica
se ha formado con anterioridad a nuestras teorías sobre ella.
El concepto no miente, pero no es más que una abstracción,
no una copia fiel de la realidad, cosa imposible. De ahí la
necesidad de una continua investigación y reflexión también
sobre las realidades históricas. Porque aunque ya hayan pasado,
nunca pueden conocerse de una vez” (p. 29).
Inciarte no sólo defiende la dimensión práctica del
conocimiento, y para ello —entre otras cosas— recurre con
frecuencia a la observación aristotélica que subraya que la
filosofía práctica es ella misma práctica.
Una lectura atenta de los ensayos recogidos en este volumen
no pasará por alto que su autor en ningún momento cae en el
vicio moderno de hacer filosofía teórica sobre la realidad
histórica, esto es, de tomar por representaciones los conceptos
y esquemas operativos en el discurso filosófico sobre la moral
y la política. Deja bien claro que son ideales o postulados,
modelos e instrumentos indispensables para conocer las realidades
históricas, ya se trate de los limites de la ilustración,
del liberalismo metafísico presente en la discusión en torno
a la justicia, de las revoluciones, sean políticas o académicas,
o del derecho natural, etc. Precisamente, la dialéctica entre
republicanismo y liberalismo constituye un instrumento conceptual
privilegiado para remover la tierra de nuestras convicciones
filosóficas y de nuestra cultura, de manera que afloren sus
carencias, el sesgo propio que mi- primen las ideas vigentes
al curso de la realidad social.
En esa medida el ideal republicano y el liberal llevan toda
la carga de las tensiones características del pensamiento
político occidental, bien común o bien particular, simplicidad
o complejidad, fetichismo o realidad, inmediatez o mediación,
signo o significante, participación o representación. No tratan
de ninguna entidad histórica, sino de eso que llamamos la
realidad histórica.
Las páginas de estos dos nuevos libros de Fernando Inciarte
están llenas de referencias a personas y sucesos, al arte
y la historia, a la literatura y la teología, dando entrada
a todo lo humano. En la primera de las entrevistas recogidas
en Breve teoría de la España moderna responde a una
observación semejante en relación con sus últimos escritos
con estas palabras: “Yo ahí no creo dialogar con nadie, a
no ser conmigo mismo. Lo que ocurre es que uno no es uno solo.
En uno hay ecos de muchas otras personas, vivas y muertas,
conocidas por uno o sólo leídas” (p. 176).
Esto pretenden los editores de su obra póstuma: que sigan
los ecos y se mantenga así esa ineludible conversación, que
nada interrumpe, en torno a la verdad, porque —como afirma
Inciarte— no estamos más allá del bien y del mal, ni
lo estaremos nunca (Liberalismo y republicanismo, p.
142).
Publicado en “Nuestro Tiempo”
marzo del año 2002, nº 573.
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