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IGLESIA Y DEMOCRACIA: INDAGACIÓN DE UNA PARADOJA (Tomás Salas)

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IGLESIA Y DEMOCRACIA: INDAGACIÓN DE UNA PARADOJA

IGLESIA Y DEMOCRACIA:

INDAGACIÓN DE UNA PARADOJA

 

¿Tiene la Iglesia una estructura democrática, como requieren los nuevos tiempos y el modelo de civilización en que vivimos? ¿Son discutidos todos los temas y oídas todas la voces?

Por Tomás Salas
Arvo Net, 01.11.2006

 

 

 IV Congreso Católicos  y Vida Pública

“Desafíos globales: la Doctrina Social de la Iglesia hoy”

Universidad San Pablo-CEU

Madrid, 15, 16, 17 noviembre 2002

 

 

 

IGLESIA Y DEMOCRACIA:

INDAGACIÓN DE UNA PARADOJA

 

TOMÁS SALAS

 

 

1.      Una dicotomía

 

En este trabajo vamos a hacer una reflexión sobre dos ideas que  históricamente se han ido imponiendo, cristalizando en el cuerpo social y que terminan por convertirse en vigencias, en ideas que adquieren un amplio consenso y que son aceptadas o rechazadas con una actitud poco crítica, como algo dado y más allá de cualquier cuestionamiento. Quizá el término orteguiano “creencia” [1] sea adecuado para estos conceptos que nos ocupan. Son, a saber, la idea de jerarquía eclesiástica (y, por tanto, la de Magisterio, que va intrínsecamente unida a ella) y la de “democracia” o “estructura democrática”. Ambas tienen naturalezas y orígenes bien distintos. En la idea de jerarquía hay complejas implicaciones teológicas, históricas, eclesiológicas que ni siquiera pueden quedar planteadas en este trabajo. Asimismo, en la idea de democracia hay implicaciones sociológicas, políticas e históricas sobre las que se podrían escribir volúmenes. Ambas ideas, sin embargo, nos interesan en aquel punto en que friccionan, en el que entran en un conflicto que está vivo en la sociedad, un conflicto que es, ciertamente, dentro de la Iglesia, un elemento de desorientación para muchos y de dolor para algunos. La idea de jerarquía (y con ella la de Magisterio) [2] ocupa un lugar preferente en cualquier eclesiología, tanto en un eclesiología teórica, como en una visión empírica, histórica de lo que es la Iglesia en forma material y humana, aquí y ahora. Es más: no se puede entrar en un debate sobre la Iglesia sin que el tema jerárquico salga a colación. Normalmente, haciendo una distinción bastante simplificadora, los llamados “conservadores” están a favor y los “progresista” son críticos con ella. Se diría que el tema jerárquico está en el centro mismo de casi todas las polémicas que se plantean en la Iglesia y, sobre todo, en aquéllas que tengan un fuerte componente ideológico. La estructura jerárquica, junto con la moral sexual y personal, es el tema más polémico que se plantea hoy en la Iglesia. Sin embargo, a nuestros oídos actuales, hechos a otras músicas muy distintas, la voz “jerarquía” suena extrema y chirriante, muy lejana, desde luego, a nuestra sensibilidad y hábitos. Para nosotros, hombres de hoy, esta palabra tiene concomitancias de fuerza, opresión, poder y otras voces semánticamente cercanas. No podemos evitar poner en marcha el mecanismo automático y subconsciente de los prejuicios cuando la oímos. Cada época tiene sus valores más extendidos, sus “tópicos morales”, por los que, en mayor o menor medida, nos dejamos llevar. En la actualidad el valor antijerárquico es, sin duda, uno de ellos. Lo que aquí fundamentalmente interesa es que parece que, para algunos cristianos, para algunos sectores incluso significativos, y, por supuesto, para la mayoría de los no creyentes, jerarquía eclesial y democracia son términos antinómicos e incompatibles. Lo que es jerárquico no puede ser democrático y viceversa. Así, desde esta oposición, la Iglesia jerárquica desde sus orígenes es fácilmente acusada de antidemocrática, creándose conflictos que, dolorosamente, no sólo suelen venir de fuera, sino también desde los mismos católicos, desde personas comprometidas con la fe. A fin de cuentas, no es nuevo que los grandes conflictos eclesiales, los más graves, se den no sólo en las relaciones de la Iglesia con el mundo, sino en sus relaciones internas. Este trabajo es el análisis de uno de esos “conflictos internos”, de uno de los muchos que nos azotan desde siempre en este impresionante juego de luces y sombras que es la historia de la Iglesia. Parece que la Iglesia está abocada a sufrirlos hasta el final, como un tributo a pagar por su inmersión en la historia humana. Porque, ¿dónde está el equilibrio entre Iglesia e historia, entre Iglesia y mundo? “Es casi imposible –escribe Lubac- encontrar el equilibrio, tan pronto el Estado se hace perseguidor como, en una u otra parte los hombres de la Iglesia usurpan los derechos del Estado. Todas las formas de separación o de unión entrañan algún peligro (...) Aún en los casos más benignos, resulta perpetuo estorbo recíproco” [3]. Nunca debiéramos olvidar que este carácter dramático de la relación Iglesia-mundo no es coyuntural, no responde a una situación que pueda superarse. Por el contrario, es intrínseco al ser mismo de las dos partes. Es un juego de fuerzas que siempre tendrá un factor de desequilibrio; un conflicto que podrá paliarse en parte y mejorarse, pero nunca resolverse del todo. Nunca, en un sentido radical, hasta la Parusía, hasta que la levadura haya terminada su acción sobre la masa y ambas –ya una sola- reposen.

 

2.      Una pieza desencajada

 

¿Qué es la Iglesia democrática? Esta pregunta puede hacer surgir dolor y preocupación en la conciencia de más de un católico de buena fe. ¿Tiene la Iglesia una estructura democrática, como requieren los nuevos tiempos y el modelo de civilización en que vivimos? ¿Son discutidos todos los temas y oídas todas la voces? ¿Por qué se acallan, a juicio de algunos injustamente, algunas voces llamadas disidentes? ¿Son elegibles todos los cargos por las “bases”? ¿Por qué no se sigue en la política pastoral, en las decisiones importantes, en los nombramientos la opinión de la mayoría? ¿Por qué un exiguo grupo de escogidos están investidos de una autoridad tal que les permite marcar los criterios a seguir para la gran masa de creyentes? ¿Por qué un solo hombre, desde la cátedra de Pedro, dirige y ordena a la Iglesia universal con irreversibilidad en sus decisiones y con infalibilidad en sus opiniones en materia doctrinal? Todas estas interrogantes están en boca de muchos cristianos. Son espinas que punzan agudamente el cuerpo de la Iglesia causando dolor,  desazón y, en algunos casos, algo quizá peor: desorientación. La Iglesia, una vez más, supone un escándalo vivo en medio del mundo. Por inactual o por futurista, por rápida o por lenta, parece estar abocada a no seguir el ritmo marcado por la historia. Sus postulados morales para el paganismo greco-romano eran revolucionarios; y, sin embargo, muchos consideran que su jerarquismo es reaccionario en un contexto como el actual. Quizá su destino esté en ser una pieza chirriante en la gigantesca máquina de la historia. Chirría, desde luego, una institución que se autodefine jerárquica y se establece en un movimiento de arriba hacia abajo, en un mundo que aspira a la democracia, no sólo como ideal político, sino como modelo moral y existencial. La Iglesia, como sociedad humana, parece una pieza desencajada que necesita reparación[4].

 

 

3.      Democracia como dogma

 

Para abordar el problema tenemos que realizar la tarea previa, aunque sólo sea someramente, de aclarar el concepto de sociedad democrática o estructura democrática. ¿Qué se entiende por tales? En principio, fijándonos en los aspectos más externos y visibles y centrándonos en el sentido de democracia como forma política, ésta no es algo demasiado complejo: la forma de estado en la que los ciudadanos eligen, con garantías de pluralidad y juego limpio, y controlan a sus gobernantes y en la que existe la posibilidad de censurarlos e incluso, llegado el momento, de cambiarlos. Esta definición, que podemos calificar de funcional, puede ser tachada de simplista, pero tiene una gran ventaja: deja fuera a todas las formas sospechosas y pseudodemocráticas (las democracias orgánicas, las populares, etc., todos los sistemas que han usado este nombre como coartada y disfraz) que no cumplen este sencillo pero esencial requisito de una elección adecuada, o que la realizan de forma precaria, sin pluralidad de opciones o sin garantías. Si la forma política democrática es sencilla de definir, más difícil es hacer una tipología de las distintas formas de tiranía (militaristas, oligárquicas, comunistas, populistas...) pero que tienen el factor común de ser antidemocráticas. Ahora bien, si el asunto fuera una simple cuestión de formas de Estado, las cosas serían mucho más claras. Si no tuviéramos que superar el nivel meramente morfológico, no serían necesarios los esfuerzos de la Ciencia Política o de la Teoría del Estado. Si estos conceptos (democracia, tiranía) se pudiesen delimitar en magnitudes más o menos descriptibles, sería relativamente sencillo llegar a conclusiones. Sin embargo, en el terreno de las ciencias sociales –o humanas- nos movemos en un campo de términos equívocos, complejos, de múltiples interpretaciones. La palabra “democracia” no se agota en designar un sistema, una forma de estado. Cuando hablamos de “espíritu democrático”, cuando decimos de alguien que tiene un “comportamiento antidemocrático” estamos sacando el concepto de un marco meramente político y entrando en otros terrenos: en el de los comportamientos, las actitudes, las tendencias personales y colectivas. Entramos, ineludiblemente, en el resbaladizo tema de la moral. Democracia como valor moral –o, mejor, como sistema de valores-, como estilo de pensamiento y vida, como pauta de comportamiento. Suele ocurrir que los campos político y moral están tan cercanos, tan interrelacionados, que, con frecuencia, no esta clara la línea que los separa. En este caso, los valores morales democráticos, al arraigar en el terreno social, al ser adoptados por una mayoría, crean una vigencia, un estado de opinión. Esta vigencia social cristaliza en una forma de estado que, a fin de cuentas, es un conjunto de normas legales y el aparato que permite y obliga su cumplimiento. En la base, pues, hay un hecho moral colectivo que cristaliza en un hecho político. Los valores democráticos tienen su aplicación primaria en el terreno político, en el que han dado lugar a la llamada “menos mala” de todas las formas de gobierno. Todo ello esta bien. El problema surge cuando este conjunto de valores relativos y primariamente aplicados al terreno político se quiere convertir en una summa que guíe cualquier acto de la vida, en una serie de normas de obligado cumplimiento[5]. La democracia se convierte así en lo que hoy en gran medida es: una normativa que se supone trascendente, un sistema valorativo superior que sirve como norma y medida para cualquier otro sistema. En una palabra, la democracia se convierte (como su hermano gemelo y contrario, el marxismo) en una cuasi-religión y sus afirmaciones en dogmas. Algo parecido ha ocurrido también con el marxismo, que ha funcionado en muchas ocasiones como una verdadera religión. Religión con sus dogmas, con sus pontífices y hasta con sus excomuniones, en la que todo –el bienestar personal y familiar, el pluralismo, la libertad- se sacrifica a un fin escatológico superior: la supuesta Sociedad Perfecta, sin clases, en la que la secular lucha de clases ha terminado con la victoria de uno de los contendientes -la clase obrera-. Alguien tan poco sospechoso de conservadurismo como el profesor Aranguren ha escrito: “El anuncio marxista es, por debajo de su vestidura ciencista, un mensaje, un mensaje kerigmático, un evangelio o buena nueva predicada a todos los hombres oprimidos de la tierra”[6]. Y hace notar este autor que el marxismo recoge todos los elementos de una historia sagrada: “Un estado originario de inocencia y comunismo; un pecado original de división del trabajo y separación de clases; un fe mesiánica, no ya en un Salvador personal, sino colectivo (...), el Proletariado; y, en fin, el advenimiento del reino de la perfecta justicia terrena”[7]. ¿Se podría decir lo mismo de la democracia? Al menos para muchos, democracia es sinónimo de salvación en un sentido más hondo y radical que el meramente político. Muchos (sobre todo, aquellos que tienen la desgracia de carecer de ella) la han invocado y la invocan con un espíritu cercano al mesianismo religioso[8].

 

4.      Cuestión de perspectivas

 

Y, sin embargo, a pesar de lo hondamente que el democratismo ha arraigado en la sociedad, hay que reconocer y afirmar que la Iglesia no es una democracia, sino una jerarquía[9]. Esta frase, así dicha sin más aclaración, suena escandalosa a nuestros oídos[10], sin embargo, no hace más que constatar una realidad. La Iglesia tiene una estructura jerárquica desde sus orígenes, una estructura que está más allá de las coyunturas históricas y que pertenece a su misma naturaleza. La Iglesia es depositaria de una verdad que no le pertenece, de la que ella es guardiana y divulgadora. No es una verdad a la que se llega, como en la democracia, por consenso o mayoría. Tiene una entidad objetiva (para los creyentes, con un origen sobrenatural), que está más allá de las opiniones personales, aunque estas sean mayoritarias. La verdad de la Iglesia viene de arriba a abajo. Por otro lado, el magisterio eclesiástico es una autoridad real, pero libremente asumida. A nadie se le obliga a permanecer en la Iglesia, mientras que permanecemos, querámoslo o no en el estado, cuyas normas tenemos que aceptar y seguir, bajo pena de coacción o castigo. La diferencia es bien patente. La autoridad del Magisterio es siempre libremente asumida, como la fe en general [11]. De todo ello concluimos que el Magisterio y la estructura jerárquica de la Iglesia deben ser aceptados por el creyente como un dato revelado que nos desborda y nos toma, como una verdad de fe. Todo el problema viene, pues, de un error de perspectiva, de un doble error. En primer lugar, dar una dimensión moral y hasta religiosa a un concepto, el de democracia, cuyo lugar natural es el de una norma reguladora del estado y de la convivencia política. En segundo lugar, olvidamos con frecuencia los creyentes que la Iglesia es algo más que una sociedad de hombres. Obviamos de ella precisamente lo más esencial, esto es, su carácter sobrenatural. Nos hemos acostumbrado a oír que el Concilio define a la Iglesia como “Pueblo de Dios”, para olvidarnos de la no menos conciliar definición de “Cuerpo Místico de Cristo”. Es cierto que somos un pueblo, conjunto de hombres, sociedad humana con todas sus debilidades y complejidades. Pero no es menos cierto que ésa es la parte material, aunque sustancial, del Verbo Encarnado, que sigue presente entre nosotros, realizando su labor salvífica entre los hombre es por medio de la Iglesia[12]. Oponerse al Magisterio con los argumentos del falso democratismo es cometer un doble error: desde un punto de vista puramente sociológico, se aplican unos postulados carentes de rigor, que no respetan la realidad, aun cuando se muevan en un plano meramente civil; desde un punto de vista religioso, se confunde un dato revelado con una simple opinión o imposición. Como en la mayor parte de los errores, lo que hay es una cuestión de perspectiva.

 

5.      Cuestión de perspectivas

 

No hay que llamarse a engaño con las conclusiones anteriores. La Iglesia por sí misma no es una democracia, pero sí es:

 

a) Uno de los organismos que, desde un punto de vista meramente sociológico y funcional, como simple organización humana, funciona más democráticamente; esto es, con más pluralidad de opciones (dentro de la unidad fundamental) y con mayor participación de todos los estamentos y grupos. Es cierto que son los obispos quienes toman las decisiones, pero no se conocen toda la serie de órganos intermedios, de consejos, de grupos que existen en cualquier diócesis, incluso, en la medida de su tamaño e importancia, en cualquier parroquia. No se sabe a todas las personas a las que se ha consultado antes de tomar una decisión. Muchos organismos, comenzando por los partidos políticos y siguiendo por todo tipo de asociaciones tendrían que aprender de las diócesis y parroquias lecciones de participación y democracia interna. Sin embargo (este es uno de las más graves carencias de la Iglesia actual) no se sabe proyectar esta “imagen” a la sociedad, no se sabe (permítase la expresión) vender lo que es una magnífica realidad.

 

b) La Iglesia es hoy por hoy, a comienzos del siglo XXI de su historia, un factor social abiertamente democratizador. Lo ha sido antes del Concilio, oponiéndose abiertamente a los dos grandes enemigos modernos de la democracia: fascismo y comunismo[13]. En la época postconciliar véase lo que ha ocurrido en países del este europeo y en muchos de Hispanoamérica, en los que la Iglesia supone un aliado siempre de las tendencias democratizadoras, en muchas ocasiones sufriendo graves persecuciones. Estoy convencido de que la Iglesia de futuro va a ser un elemento democratizador en un mundo polarizado universalmente (con gran dificultad en algunas zonas y países) hacia la democracia.

 

Y c) No es concebible históricamente el fenómeno de la democracia sin tener en cuenta una serie de conceptos de factura y origen cristiano. Por ejemplo: la igualdad, la dignidad personal (universal a todos los hombres); ambos se engloban y explican en la idea cristiana de realidad personal. No puede ser casual que el mapa de las democracias consolidadas coincida, con escasas excepciones, con el mapa de las naciones con fuerte tradición cristiana y que en los países en que no existe esta tradición, esta carencia es un obstáculo más para el arraigo de la democracia. ¿Todo esto está en contradicción con lo anterior? No sólo no lo está, sino que es complementario de ello. Su estructura interna jerárquica y magisterial, que viene de su carácter sacramental, no es óbice para que su labor en medio del mundo sea liberadora. Y para conseguir esto la Iglesia no tiene que lanzar a los hombres mensajes extraños a su naturaleza y misión, no hace falta que se ponga a favor de ninguna ideología o sistema político concreto, entendido dogmáticamente, ni siquiera de la democracia. Basta con que predique el Evangelio. La Palabra  por sí misma producirá un efecto liberador; efecto liberador que lo es, sobre todo y ante todo, del pecado. No se olvide. La Palabra está en contra de las estructuras injustas en la medida en que estas esas empecatadas, en la medida en que son causa y consecuencia de pecados individuales concretos[14]. Es por ello que no hay que añadir nada a la Palabra. Casi todo los problemas y malentendidos de la Iglesia actual vienen de querer suplantar la Palabra con las palabras de los hombres; y, lo que ya es dramático en ocasiones, con una palabra humana que no es la mejor ni la más veraz.


 

[1] Cfr. Ortega y Gasset: Ideas y creencia, Madrid, Revista de Occidente, 1977, nº 17 de la col. “El Arquero”. El concepto de creencia está disperso por toda la obra, pero tomemos, como ejemplo, esta descripción: “Las creencias constituyen la base de nuestra vida, el terreno sobre que acontece. Porque ellas nos ponen delante lo que para nosotros es la realidad misma” (pág. 22).

[2] Sobre el Magisterio, una obra breve, pero que da una idea general y básica es la de Justo Collantes: El Magisterio de la Iglesia, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1978, nº 15 de Cuadernos BAC.

 

[3] Henri de Lubac: Meditación sobre la Iglesia, Madrid, Ed. Encuentro, 1980, pág. 134.

 

[4] Esta perplejidad la han expresado incluso algunos pensadores no creyentes. Véase lo que escribe el filósofo Ferrater Mora: “ A veinte siglos de distancia de su nacimiento, todavía nos preguntamos, perplejos, en qué consiste [el cristianismo]. Y como no podemos contestar aquí de manera adecuada a esta pregunta, hemos de limitarnos a repetir lo que ya en la agónica teología de San Pablo encontramos: el cristianismo es un suceso de la historia y lo que contiene y sobrepasa la historia, es afán de eternidad y justificación del tiempo, es comprensión de la muerte y afirmación de la inmortalidad; es, en suma, lo uno y lo otro, escándalo y “locura”, contraste, antagonismo y contradicción” (Cuatro visiones de la historia universal, Madrid, Alianza Editorial, 1984, págs. 30-31).

 

 [5] Ya Ortega en un ensayo de 1917 observa el peligro que supone que la democracia ocupe ámbitos que no les son propios. “La democracia como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y la costumbre es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad” (“Democracia morbosa”, en El Espectador, tomo II, Madrid, Espasa Calpe, 1966, págs. 19-20).

[6] José L. López Aranguren: Implicaciones de la Filosofía en la vida contemporánea, Madrid, Taurus, 1971, pág. 55; el subrayado es del autor.

[7] Ibid.

[8] En mi trabajo “Cuatro tópicos ( y una cita apócrifa) sobre la democracia” (en Alfa, Revista de la Asociación andaluza de Filosofía, 14, junio 2004, págs. 163-169; luego se recogido  en la web www.liberalismo.org)  veo como esta identificación de democracia = moral lleva al discurso de los “valores democráticos”, tan querido de los teóricos de la izquierda intelectual europea (Habermas, Arendt) al que veo dos problemas a) el sistema puede quedar disuelto en un conjunto de buenas intenciones, en una moral voluntarista, ausente de articulación y formalización; y b) hablar de valores democráticos es problemático en el sentido en que, en el marco democrático, han de caber una pluralidad de valores (a fin de cuentas, la democracia es un intento de solucionar el problema de que somos diversos) que se enfrenten en una situación de seguridad y juego limpio.

[9] No sin cierto sentido del humor escribe Vittorio Messori: “Ninguna religión es democrática, .obviamente (no hay votación sobre Dios, si existe o no, sobre las obligaciones y deberes que, según la fe, Él impone a los hombre)” (Leyendas negras de la Iglesia, Barcelona, Planeta, 1996, pág. 99).

[10] “El Magisterio de la Iglesia ha sido siempre una piedra de tropiezo, como lo ha sido la Iglesia misma y lo fue Cristo mientras vivió entre los hombres” (Justo Collantes: op. cit., pág. 3).

[11]  Véase sobre este tema el breve pero interesante ensayo de Hans Urs von Balthasar “La obediencia en la Iglesia”, en Problemas de la Iglesia hoy, Madrid, BAC, 1975, págs. 39-51, en el que intenta explicar el concepto de obediencia desde el concepto de libertad como responsabilidad, frente a una concepción inmadura de libertad como “liberación de algo”.

 

[12] El Concilio es claro en este punto: “La sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo místico de Cristo no han de considerarse como dos cosas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino” (Lumen Gentium, 8).
 

[13]  Los grandes documentos antitotalitarios de Pío XI tienen hoy más actualidad que nunca: Dinini Redemptoris (sobre el comunismo), Mit brenender Sorge (sobre el nazismo) y Non abbiamo bisogno (sobre el fascismo italiano). Sobre el primero, véase mi estudio Una mirada penetrante

Enviado por Arvo - 02/11/2006 ir arriba
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