Por Cardenal Joseph Ratzinger
Todo lo que hacen los hombres puede ser anulado por otro. Todo lo que proviene de un gesto humano puede no agradar a otros. Todo lo que una mayoría decide puede ser abrogado por otra mayoría. Una Iglesia que descanse en las decisiones de una mayoría se convierte en una Iglesia puramente humana. Queda reducida al nivel de lo factible y lo plausible, de lo que es fruto de la propia acción y de las instituciones y opiniones propias. La opinión sustituye a la fe.
Efectivamente, en las fórmulas de fe acuñadas por uno mismo que yo conozco, el significado de la expresión creo no va nunca más allá del significado pensamos. La Iglesia hecha por sí misma tiene al final el sabor del «sí mismos» que a los otros «sí mismos» no agrada' nunca y pronto revela su pequeñez.
El peligro de dividir a la Iglesia en una disputa de partidos
Como los corintios, también nosotros corremos peligro de dividir a la Iglesia en una disputa de partidos, donde cada uno hace su idea del cristianismo. Y así, tener razón es más importante para nosotros que las justas razones de Dios respecto a nosotros, más importante que ser justos delante de Él. Nuestra idea propia nos encubre la palabra del Dios vivo, y la Iglesia desaparece detrás de los partidos que nacen de nuestro modo personal de entender. La semejanza entre la situación de los corintios y la nuestra no se puede pasar por alto.
Pero Pablo no quiere simplemente describir una situación, sino sacudir nuestra conciencia y volvernos nuevamente a la debida integridad y unidad de la existencia cristiana. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué hay de
verdaderamente falso en nuestro comportamiento?, ¿qué hemos de hacer para ser no el partido de Pablo, de Apolo o de Cefas o un partido de Cristo, sino Iglesia de jesucristo?
«Si no fuera por la Iglesia institucional...»
Tengo que reprochar la radical absurdidad que no raramente encuentro en expresiones de sacerdotes buenos y diligentes cuando comentan: «Sí, el cristianismo, cono lo presentamos, sería aceptado por la juventud, pero la Iglesia institucional nos hecha todo a perder». No quiero detenerme en la tonta expresión «Iglesia institucional»; el mayor peligro de esta absurdidad radica en la oposición que la misma expresión encierra. Que a un grupo de jóvenes le sea más simpático su sacerdote que el obispo es normal. Pero que acerca de, esta situación se construya la oposición de dos conceptos de Iglesia, esto ya no es normal. De hecho, si la adhesión al cristianismo no tiene irás en cuenta la totalidad de la Iglesia sino su imagen simpática representada por un sacerdote o un dirigente laico, en este caso la adhesión está construida sobre arena, sobre una distinción realizada por cuenta propia: es más importante la capacidad específica del animador que el poder en el cual está inserto.
La Iglesia no es una organización humanitaria
El Evangelio no ha perdido su contenido y tampoco Cristo se ha marchado. No existen estrategias para fabricar la esperanza: Cristo es la esperanza. Es necesario retornar a su presencia y desde ella empezar nuevamente. Lo que es central debe seguir siéndolo. La Iglesia ha equivocado el camino cuando se ha esforzado por mostrarse útil y buena como organización humanitaria, sin el testimonio de Cristo y de Dios. Está claro que el compromiso social de la Iglesia es de máxima importancia, como tarea que le fue encomendada por el Señor. Pero debe ser evidente que la Iglesia no es una mera organización de acción social, sino que su acción nace de una fuerza de amor más profunda que se comunica con toda sencillez y que la Iglesia existe no porque nosotros queramos estar en el candelero, sino porque «el amor de Cristo nos empuja».
No era esto lo que quería el Concilio
Resulta incontestable que los últimos veinte años [habla en 1986] han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del Papa Juan XXIII y, después, las de Pablo VI. Los cristianos son de nuevo minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la Antigüedad. Los Papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y ha sobrevenido una división tal que ‑en palabras de Pablo VI‑ se ha pasado de la autocrítica a la autodestrucción. Se esperaba un nuevo entusiasmo y se ha terminado con demasiada frecuencia en el hastío y en el desaliento. Esperábamos un salto hacia delante y nos hemos encontrado ante un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado en buena medida bajo el signo de un presunto «espíritu del Concilio», provocando de este modo su descrédito.