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CONFERENCIA
DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER
SOBRE LA ECLESIOLOGÍA DE LA "LUMEN GENTIUM"
PRONUNCIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
SOBRE LA APLICACIÓN DEL CONCILIO VATICANO II,
ORGANIZADO POR EL COMITÉ
PARA EL GRAN JUBILEO DEL AÑO 2000
En el tiempo de la preparación del concilio
Vaticano II y también durante el Concilio mismo,
el cardenal Frings me relató a menudo un
episodio sencillo, que evidentemente le había
impresionado profundamente. El Papa Juan XXIII
no había fijado ningún tema concreto para el
Concilio, pero había invitado a los obispos del
mundo entero a proponer sus prioridades, de
forma que de las experiencias vivas de la
Iglesia universal brotara la temática de la que
se debía ocupar el Concilio.
También en la Conferencia episcopal alemana se
discutió cuáles temas convenía proponer para la
reunión de los obispos. No sólo en Alemania,
sino prácticamente en toda la Iglesia católica,
se opinaba que el tema debía ser la Iglesia: el
concilio Vaticano I, interrumpido antes de
concluir a causa de la guerra franco-alemana, no
había podido realizar totalmente su síntesis
eclesiológica; sólo había dejado un capítulo de
eclesiología aislado. Tomar el hilo de entonces,
tratando así de llegar a una visión global de la
Iglesia, parecía ser la tarea urgente del
inminente concilio Vaticano II.
A eso llevaba también el clima cultural de la
época: el fin de la segunda guerra mundial había
implicado una profunda revisión teológica. La
teología liberal, con una orientación totalmente
individualista, se había eclipsado por sí misma,
y se había suscitado una nueva sensibilidad con
respecto a la Iglesia. No sólo Romano Guardini
hablaba de un despertar de la Iglesia en las
almas. También el obispo evangélico Otto
Dibelius acuñaba la fórmula del siglo de la
Iglesia, y Karl Barth daba a su dogmática,
fundada en las tradiciones reformadas, el título
programático de "Kirchliche Dogmatik" (Dogmática
eclesial): como decía, la dogmática presupone la
Iglesia, sin la Iglesia no existe.
Así, entre los miembros de la Conferencia
episcopal alemana reinaba la opinión común de
que el tema debía ser la Iglesia. El anciano
obispo Buchberger, de Ratisbona, que, por haber
ideado el Lexicon für Theologie und Kirche en
diez volúmenes -hoy ya va por la tercera
edición-, se había granjeado estima y fama mucho
más allá de su diócesis, pidió la palabra -así
me lo contó el arzobispo de Colonia- y dijo:
"Queridos hermanos, en el Concilio ante todo
debéis hablar de Dios. Este es el tema más
importante". Los obispos quedaron impresionados
por la profundidad de esas palabras. Como es
natural, no podían limitarse a proponer
sencillamente el tema de Dios. Pero, al menos en
el cardenal Frings, quedó una inquietud
interior, y se preguntaba continuamente cómo
podíamos cumplir ese imperativo.
Este episodio me volvió a la mente cuando leí el
texto de la conferencia con la que Johann
Baptist Metz se despidió, en 1993, de su cátedra
de Münster. Quisiera citar de ese importante
discurso al menos algunas frases significativas.
Dice Metz: "La crisis que ha afectado al
cristianismo europeo no es principalmente, o al
menos exclusivamente, una crisis eclesial... La
crisis es más profunda: en efecto, no sólo tiene
sus raíces en la situación de la Iglesia misma;
ha llegado a ser una crisis de Dios". "De forma
esquemática se podría decir: religión sí, Dios
no; pero este "no", a su vez, no se ha de
entender en el sentido categórico de los grandes
ateísmos. No existen ya grandes ateísmos. En
realidad, el ateísmo actual ya puede volver a
hablar de Dios, de forma serena o tranquila, sin
entenderlo verdaderamente...". "También la
Iglesia tiene una concepción de la inmunización
contra las crisis de Dios. Ya no habla hoy -como
sucedió, por ejemplo, todavía en el concilio
Vaticano I- de Dios, sino sólo -como, por
ejemplo, en el último Concilio- del Dios
anunciado por medio de la Iglesia. La crisis de
Dios se cifra eclesiológicamente".
Estas palabras, en labios del creador de la
teología política, deben llamar nuestra
atención. Nos recuerdan, en primer lugar, con
razón, que el concilio Vaticano II no fue sólo
un concilio eclesiológico, sino ante todo y
sobre todo, habló de Dios -y no solamente dentro
de la cristiandad, sino también dirigiéndose al
mundo-, del Dios que es Dios de todos, que salva
a todos y es accesible a todos. ¿Es verdad que
el Vaticano II, como parece decir Metz, sólo
recogió la mitad de la herencia del anterior
concilio? Es evidente que una relación dedicada
a la eclesiología del Concilio debe plantearse
esa pregunta.
Quisiera anticipar inmediatamente mi tesis de
fondo: el Vaticano II quiso claramente insertar
y subordinar el discurso sobre la Iglesia al
discurso sobre Dios; quiso proponer una
eclesiología en sentido propiamente teo-lógico,
pero la acogida del Concilio hasta ahora ha
omitido esta característica determinante,
privilegiando algunas afirmaciones
eclesiológicas; se ha fijado en algunas palabras
aisladas, llamativas, y así no ha captado todas
las grandes perspectivas de los padres
conciliares.
Algo análogo se puede decir a propósito del
primer texto que elaboró el Vaticano II: la
constitución Sacrosanctum Concilium sobre la
sagrada liturgia. Al inicio, el hecho de que
fuera la primera se debió a motivos prácticos.
Pero, retrospectivamente, se debe decir que, en
la arquitectura del Concilio, tiene un sentido
preciso: lo primero es la adoración. Y, por
tanto, Dios. Este inicio corresponde a las
palabras de la Regla benedictina: "Operi Dei
nihil praeponatur".
La constitución sobre la Iglesia -Lumen gentium-,
que fue el segundo texto conciliar, debería
considerarse vinculada interiormente a la
anterior. La Iglesia se deja guiar por la
oración, por la misión de glorificar a Dios. La
eclesiología, por su naturaleza, guarda relación
con la liturgia. Y, por tanto, también es lógico
que la tercera constitución -Dei Verbum- hable
de la palabra de Dios, que convoca a la Iglesia
y la renueva en todo tiempo. La cuarta
constitución -Gaudium et spes- muestra cómo se
realiza la glorificación de Dios en la vida
activa, cómo se lleva al mundo la luz recibida
de Dios, pues sólo así se convierte plenamente
en glorificación de Dios.
Ciertamente, en la historia del posconcilio la
constitución sobre la liturgia no fue
comprendida a partir de este fundamental primado
de la adoración, sino más bien como un libro de
recetas sobre lo que podemos hacer con la
liturgia. Mientras tanto, los creadores de la
liturgia, ocupados como están de modo cada vez
más apremiante en reflexionar sobre cómo pueden
hacer que la liturgia sea cada vez más
atractiva, comunicativa, de forma que la gente
participe cada vez más activamente, no han
tenido en cuenta que, en realidad, la liturgia
se "hace" para Dios y no para nosotros mismos.
Sin embargo, cuanto más la hacemos para nosotros
mismos, tanto menos atractiva resulta, porque
todos perciben claramente que se ha perdido lo
esencial.
Ahora bien, por lo que atañe a la eclesiología
de la Lumen gentium, han quedado ante todo en la
conciencia de la gente algunas palabras clave:
la idea de pueblo de Dios, la colegialidad de
los obispos como revalorización del ministerio
episcopal frente al primado del Papa, la
revalorización de las Iglesias locales frente a
la Iglesia universal, la apertura ecuménica del
concepto de Iglesia y la apertura a las demás
religiones; y, por último, la cuestión del
estado específico de la Iglesia católica, que se
expresa en la fórmula según la cual la Iglesia
una, santa, católica y apostólica, de la que
habla el Credo, "subsistit in Ecclesia catholica".
Ahora dejo esta famosa fórmula sin traducir
porque, como era de prever, se le han dado las
interpretaciones más contradictorias: desde la
idea de que expresa la singularidad de la
Iglesia católica unida al Papa, hasta la idea de
que expresa una equiparación con todas las demás
Iglesias cristianas y de que la Iglesia católica
ha abandonado su pretensión de especificidad.
En una primera fase de la acogida del Concilio,
junto con el tema de la colegialidad, domina el
concepto de pueblo de Dios, que, entendido muy
pronto totalmente a partir del uso lingüístico
político general de la palabra pueblo, en el
ámbito de la teología de la liberación, se
comprendió, con el uso de la palabra marxista de
pueblo, como contraposición a las clases
dominantes y, en general, aún más ampliamente,
en el sentido de la soberanía del pueblo, que
ahora, por fin, se debería aplicar también a la
Iglesia.
Eso, a su vez, suscitó amplios debates sobre las
estructuras, en los cuales se interpretó, según
las diversas situaciones, al estilo occidental,
como "democratización", o en el sentido de las
"democracias populares" orientales.
Poco a poco estos "fuegos artificiales de
palabras" (N. Lohfink) en torno al concepto de
pueblo de Dios se han ido apagando, por una
parte, y principalmente, porque estos juegos de
poder se han vaciado de sí mismos y debían ceder
el lugar al trabajo ordinario en los consejos
parroquiales; pero, por otra, también porque un
sólido trabajo teológico ha mostrado de modo
incontrovertible que eran insostenibles esas
politizaciones de un concepto procedente de un
ámbito totalmente diverso.
Como resultado de análisis exegéticos esmerados,
el exégeta de Bochum Werner Berg, por ejemplo,
afirma: «A pesar del escaso número de pasajes
que contienen la expresión pueblo de Dios -desde
este punto de vista pueblo de Dios es un
concepto bíblico más bien raro- se puede
destacar algo que tienen en común: la expresión
pueblo de Dios manifiesta el parentesco con
Dios, la relación con Dios, el vínculo entre
Dios y lo que se designa como pueblo de Dios;
por tanto, una dirección vertical. La expresión
se presta menos a describir la estructura
jerárquica de esta comunidad, sobre todo si el
pueblo de Dios es descrito como interlocutor de
los ministros... A partir de su significado
bíblico, la expresión no se presta tampoco a un
grito de protesta contra los ministros:
"nosotros somos el pueblo de Dios"».
El profesor de teología fundamental de Paderborn
Josef Meyer zu Schlochtern concluye la reseña
sobre la discusión en torno al concepto de
pueblo de Dios observando que la constitución
del Vaticano II sobre la Iglesia termina el
capítulo correspondiente "designando la
estructura trinitaria como fundamento de la
última determinación de la Iglesia". Así, la
discusión vuelve al punto esencial: la Iglesia
no existe para sí misma, sino que debería ser el
instrumento de Dios para reunir a los hombres en
torno a sí, para preparar el momento en que
"Dios será todo en todos" (1 Co 15, 28).
Precisamente se había abandonado el concepto de
Dios en los "fuegos artificiales" en torno a
esta expresión y así había quedado privado de su
significado.
En efecto, una Iglesia que exista sólo para sí
misma es superflua. Y la gente lo nota
enseguida. La crisis de la Iglesia, tal como se
refleja en el concepto de pueblo de Dios, es
"crisis de Dios"; deriva del abandono de lo
esencial. Lo único que queda es una lucha por el
poder. Y esa lucha ya se produce en muchas
partes del mundo; para ella no hace falta la
Iglesia.
Ciertamente, se puede decir que más o menos a
partir del Sínodo extraordinario de 1985, que
debía tratar de hacer una especie de balance de
veinte años de posconcilio, se está difundiendo
una nueva tentativa, que consiste en resumir el
conjunto de la eclesiología conciliar en el
concepto básico: "eclesiología de comunión".
Me alegró esta nueva forma de centrar la
eclesiología y, en la medida de mis
posibilidades, también traté de prepararla. Por
lo demás, ante todo es preciso reconocer que la
palabra comunión no ocupa en el Concilio un
lugar central. A pesar de ello, si se entiende
correctamente, puede servir de síntesis para los
elementos esenciales del concepto cristiano de
la eclesiología conciliar.
Todos los elementos esenciales del concepto
cristiano de comunión se encuentran reunidos en
el famoso pasaje de la primera carta de san
Juan, que se puede considerar el criterio de
referencia para cualquier interpretación
cristiana correcta de la comunión: "Lo que hemos
visto y oído, os lo anunciamos a vosotros, a fin
de que viváis también en comunión con nosotros.
Y esta comunión nuestra es con el Padre y con su
Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que
nuestro gozo sea perfecto" (1 Jn 1, 3).
Lo primero que se puede destacar de ese texto es
el punto de partida de la comunión: el encuentro
con el Hijo de Dios, Jesucristo, llega a los
hombres a través del anuncio de la Iglesia. Así
nace la comunión de los hombres entre sí, la
cual, a su vez, se funda en la comunión con el
Dios uno y trino.
A la comunión con Dios se accede a través de la
realización de la comunión de Dios con el
hombre, que es Cristo en persona; el encuentro
con Cristo crea comunión con él mismo y, por
tanto, con el Padre en el Espíritu Santo, y, a
partir de ahí, une a los hombres entre sí. Todo
esto tiene como finalidad el gozo perfecto: la
Iglesia entraña una dinámica escatológica.
En la expresión "gozo perfecto" se percibe la
referencia a los discursos de despedida de Jesús
y, por consiguiente, al misterio pascual y a la
vuelta del Señor en las apariciones pascuales,
que tiende a su vuelta plena en el nuevo mundo:
"Vosotros os entristeceréis, pero vuestra
tristeza se convertirá en gozo. (...) De nuevo
os veré, y se alegrará vuestro corazón (...).
Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea
perfecto" (Jn 16, 20. 22. 24). Si se compara la
última frase citada con Lc 11,13 -la invitación
a la oración en san Lucas- aparece claro que
"gozo" y "Espíritu Santo" son equivalentes y
que, en 1 Jn 1,3, detrás de la palabra gozo se
oculta el Espíritu Santo, sin mencionarlo
expresamente.
Así pues, a partir de este marco bíblico, la
palabra comunión tiene un carácter teológico,
cristológico, histórico-salvífico y
eclesiológico. Por consiguiente, encierra
también la dimensión sacramental, que en san
Pablo aparece de forma plenamente explícita: "El
cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la
comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que
partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de
Cristo? Porque el pan es uno, aun siendo muchos,
somos un solo cuerpo, pues todos participamos de
ese único pan..." (1 Co 10, 16-17).
La eclesiología de comunión es, en su aspecto
más íntimo, una eclesiología eucarística. Se
sitúa muy cerca de la eclesiología eucarística,
que teólogos ortodoxos han desarrollado de modo
convincente en nuestro siglo. En ella, la
eclesiología se hace más concreta y, a pesar de
ello, sigue siendo totalmente espiritual,
trascendente y escatológica.
En la Eucaristía, Cristo, presente en el pan y
en el vino, y dándose siempre de forma nueva,
edifica la Iglesia como su cuerpo, y por medio
de su cuerpo resucitado nos une al Dios uno y
trino y entre nosotros. La Eucaristía se celebra
en los diversos lugares y, a pesar de ello, al
mismo tiempo es siempre universal, porque existe
un solo Cristo y un solo cuerpo de Cristo. La
Eucaristía incluye el servicio sacerdotal de la
"representación de Cristo" y, por tanto, la red
del servicio, la síntesis de unidad y
multiplicidad, que se manifiesta ya en la
palabra comunión. Así, se puede decir, sin lugar
a dudas, que este concepto entraña una síntesis
eclesiológica, que une el discurso de la Iglesia
al discurso de Dios y a la vida que procede de
Dios y que se vive con Dios; una síntesis que
recoge todas las intenciones esenciales de la
eclesiología del Vaticano II y las relaciona
entre sí de modo correcto.
Por todos estos motivos, me alegré y expresé mi
gratitud cuando el Sínodo de 1985 puso en el
centro de la reflexión el concepto de comunión.
Sin embargo, los años sucesivos mostraron que
ninguna palabra está exenta de malentendidos, ni
siquiera la mejor o la más profunda. A medida
que la palabra comunión se fue convirtiendo en
un eslogan fácil, se fue opacando y
desnaturalizando. Como sucedió con el concepto
de pueblo de Dios, también con respecto a
comunión se realizó una progresiva
horizontalización, el abandono del concepto de
Dios. La eclesiología de comunión comenzó a
reducirse a la temática de la relación entre la
Iglesia particular y la Iglesia universal, que a
su vez se centró cada vez más en el problema de
la división de competencias entre la una y la
otra.
Naturalmente, se difundió de nuevo el motivo del
"igualitarismo", según el cual en la comunión
sólo podría haber plena igualdad. Así se llegó
de nuevo exactamente a la discusión de los
discípulos sobre quién era el más grande, y
resulta evidente que esta discusión en ninguna
generación tiende a desaparecer. San Marcos lo
relata con mayor relieve (cf. Mc 9, 33-37). De
camino hacia Jerusalén, Jesús había anunciado
por tercera vez a sus discípulos su próxima
pasión. Al llegar a Cafarnaúm, les preguntó de
qué habían discutido entre sí a lo largo del
camino. "Pero ellos callaban", porque habían
discutido sobre quién de ellos era el más
grande, es decir, una especie de discusión sobre
el primado.
¿No sucede hoy eso mismo? Mientras el Señor va
hacia su pasión; mientras la Iglesia, y en ella
él mismo, sufre, nosotros nos dedicamos a
discutir sobre nuestro tema preferido, sobre
nuestros derechos de precedencia. Y si Cristo
viniera a nosotros y nos preguntara de qué
estábamos hablando, sin duda nos sonrojaríamos y
callaríamos.
Esto no quiere decir que en la Iglesia no se
deba discutir también sobre el recto
ordenamiento y sobre la asignación de las
responsabilidades. Desde luego, habrá
desequilibrios, que deben corregirse.
Naturalmente, se puede dar un centralismo romano
excesivo, que como tal se debe señalar y
purificar. Pero esas cuestiones no pueden
distraer del auténtico cometido de la Iglesia:
la Iglesia no debe hablar principalmente de sí
misma, sino de Dios; y sólo para que esto suceda
de modo puro, hay también reproches
intraeclesiales, que deben tener como guía la
correlación del discurso sobre Dios y sobre el
servicio común. En conclusión, no por casualidad
en la tradición evangélica se repiten en varios
contextos las palabras de Jesús, según las
cuales los últimos serán los primeros y los
primeros serán los últimos, como en un espejo,
que afecta siempre a todos.
Frente a la reducción que se verificó con
respecto al concepto de comunión después de
1985, la Congregación para la doctrina de la fe
creyó conveniente preparar la "Carta a los
obispos de la Iglesia católica sobre algunos
aspectos de la Iglesia considerada como
comunión" (Communionis notio), que se publicó
con fecha 28 de mayo de 1992. Dado que en la
actualidad muchos teólogos, para cuidar de su
celebridad, sienten el deber de dar una
valoración negativa a los documentos de la
Congregación para la doctrina de la fe, sobre
ese texto llovieron las críticas, y fue poco lo
que se salvó de ellas. Se criticó sobre todo la
frase según la cual la Iglesia universal es una
realidad ontológica y temporalmente previa a
cada concreta Iglesia particular.
Esto en el texto se hallaba fundado brevemente
con la referencia al hecho de que según los
santos Padres la Iglesia una y única precede la
creación y da a luz a las Iglesias particulares
(cf. Communionis notio, 9). Los santos Padres
prosiguen así una teología rabínica que había
concebido como preexistentes la Torah (Ley) e
Israel: la creación habría sido concebida para
que en ella existiera un espacio para la
voluntad de Dios, pero esta voluntad necesitaba
un pueblo que viviera para la voluntad de Dios y
constituyera la luz del mundo. Dado que los
Padres estaban convencidos de la identidad
última entre la Iglesia e Israel, no podían ver
en la Iglesia algo casual, surgido a última
hora, sino que reconocían en esta reunión de los
pueblos bajo la voluntad de Dios la teleología
interior de la creación.
A partir de la cristología, la imagen se
ensancha y se profundiza: la historia
-nuevamente en relación con el Antiguo
Testamento- se explica como historia de amor
entre Dios y el hombre. Dios encuentra y se
prepara la esposa del Hijo, la única esposa, que
es la única Iglesia. A partir de las palabras
del Génesis, según las cuales el hombre y la
mujer serán "una sola carne" (Gn 2, 24), la
imagen de la esposa se fundió con la idea de la
Iglesia como cuerpo de Cristo, metáfora que a su
vez deriva de la liturgia eucarística. El único
cuerpo de Cristo es preparado; Cristo y la
Iglesia serán "una sola carne", un cuerpo, y así
"Dios será todo en todos". Esta prioridad
ontológica de la Iglesia universal, de la única
Iglesia y del único cuerpo, de la única Esposa,
con respecto a las realizaciones empíricas
concretas en cada una de las Iglesias
particulares, me parece tan evidente, que me
resulta difícil comprender las objeciones
planteadas.
En realidad, sólo me parecen posibles si no se
quiere y ya no se logra ver la gran Iglesia
ideada por Dios -tal vez por desesperación, a
causa de su insuficiencia terrena-; hoy se la
considera como fruto de la fantasía teológica y,
por tanto, sólo queda la imagen empírica de las
Iglesias en su relación recíproca y con sus
conflictos. Pero esto significa que se elimina a
la Iglesia como tema teológico. Si sólo se puede
ver a la Iglesia en las organizaciones humanas,
entonces en realidad únicamente queda
desolación. En ese caso no se abandona solamente
la eclesiología de los santos Padres, sino
también la del Nuevo Testamento y la concepción
de Israel en el Antiguo Testamento. Por lo
demás, en el Nuevo Testamento no es necesario
esperar hasta las cartas deutero-paulinas y al
Apocalipsis para encontrar la prioridad
ontológica, reafirmada por la Congregación para
la doctrina de la fe, de la Iglesia universal
con respecto a las Iglesias particulares. En el
corazón de las grandes cartas paulinas, en la
carta a los Gálatas, el Apóstol nos habla de la
Jerusalén celestial y no como una grandeza
escatológica, sino como una realidad que nos
precede: "Esta Jerusalén es nuestra madre" (Ga
4, 26). Al respecto, H. Schlier destaca que para
san Pablo, como para la tradición judaica en la
que se inspira, la Jerusalén celestial es el
nuevo eón. Pero para el Apóstol este nuevo eón
ya está presente "en la Iglesia cristiana. Esta
es para él la Jerusalén celestial en sus hijos".
Aunque la prioridad ontológica de la única
Iglesia no se puede negar seriamente, no cabe
duda de que la cuestión relativa a la prioridad
temporal es más difícil. La carta de la
Congregación para la doctrina de la fe remite
aquí a la imagen lucana del nacimiento de la
Iglesia en Pentecostés por obra del Espíritu
Santo. Ahora no quiero discutir la cuestión de
la historicidad de este relato. Lo que cuenta es
la afirmación teológica, que interesa a san
Lucas. La Congregación para la doctrina de la fe
llama la atención sobre el hecho de que la
Iglesia tiene su inicio en la comunidad de los
ciento veinte, reunida en torno a María, sobre
todo en la renovada comunidad de los Doce, que
no son miembros de una Iglesia local, sino que
son los Apóstoles, los que llevarán el Evangelio
hasta los confines de la tierra.
Para esclarecer aún más la cuestión, se puede
añadir que ellos, en su número de doce, son al
mismo tiempo el antiguo y el nuevo Israel, el
único Israel de Dios, que ahora -como desde el
inicio se hallaba contenido fundamentalmente en
el concepto de pueblo de Dios- se extiende a
todas las naciones y funda en todos los pueblos
el único pueblo de Dios. Esta referencia se ve
reforzada por otros dos elementos: la Iglesia en
este momento de su nacimiento habla ya en todas
las lenguas. Los Padres de la Iglesia, con
razón, interpretaron este relato del milagro de
las lenguas como una anticipación de la "Catholica"
-la Iglesia desde el primer instante está
orientada "kat"holon"-, abarca todo el universo.
A eso corresponde el hecho de que san Lucas
describe al grupo de los oyentes como peregrinos
procedentes de toda la tierra, sobre la base de
una tabla de doce pueblos; así quería mostrar
que el auditorio simbolizaba la totalidad de los
pueblos. San Lucas enriqueció esa tabla
helenística de los pueblos con un decimotercer
nombre: los romanos; de esta forma, sin duda,
quería subrayar aún más la idea del Orbis. No
expresa exactamente el sentido del texto de la
Congregación para la doctrina de la fe Walter
Kasper cuando, al respecto, dice que la
comunidad originaria de Jerusalén fue de hecho
Iglesia universal e Iglesia particular al mismo
tiempo; prosigue: "Ciertamente, esto constituye
una elaboración lucana, pues, desde el punto de
vista histórico, probablemente ya desde el
inicio existían más comunidades: además de la
comunidad de Jerusalén, probablemente existía
también la comunidad de Galilea".
Aquí no se trata de la cuestión, para nosotros
en definitiva irresoluble, de saber exactamente
cuándo y dónde surgieron por primera vez las
comunidades cristianas, sino del inicio interior
de la Iglesia en el tiempo, que san Lucas quiere
describir y que, más allá de toda indicación
empírica, nos lleva a la fuerza del Espíritu
Santo. Pero, sobre todo, no se hace justicia al
relato lucano si se dice que la "comunidad
originaria de Jerusalén" era al mismo tiempo
Iglesia universal e Iglesia local. La primera
realidad en el relato de san Lucas no es una
comunidad jerosolimitana originaria; la primera
realidad es que, en los Doce, el antiguo Israel,
que es único, se convierte en el nuevo y que
ahora este único Israel de Dios, por medio del
milagro de las lenguas, aun antes de ser la
representación de una Iglesia local
jerosolimitana, se muestra como una unidad que
abarca todos los tiempos y todos los lugares.
En los peregrinos presentes, que provienen de
todos los pueblos, esa Iglesia abraza
inmediatamente también a todos los pueblos del
mundo. Tal vez no es necesario atribuir
demasiado valor a la cuestión de la precedencia
temporal de la Iglesia universal, que san Lucas
en su relato propone claramente. Pero sigue
siendo importante que la Iglesia, en los Doce,
es engendrada por el único Espíritu, desde el
primer instante, para todos los pueblos y, por
consiguiente, también desde el primer momento
está orientada a expresarse en todas las
culturas y precisamente así destinada a ser el
único pueblo de Dios: no una comunidad local que
crece lentamente, sino la levadura, siempre
orientada al conjunto; por tanto, encierra en sí
una universalidad desde el primer instante.
La resistencia contra las afirmaciones de la
precedencia de la Iglesia universal con respecto
a las Iglesias particulares es teológicamente
difícil de comprender o, incluso,
incomprensible. Sólo resulta comprensible a
partir de una sospecha, que sintéticamente se ha
formulado así: "Totalmente problemática resulta
la fórmula, si la única Iglesia universal se
identifica tácitamente con la Iglesia romana, de
facto con el Papa y la Curia. Si esto sucede,
entonces la carta de la Congregación para la
doctrina de la fe no se puede entender como una
contribución al esclarecimiento de la
eclesiología de comunión; se debe comprender
como su abandono y como el intento de una
restauración del centralismo romano".
En ese texto la identificación de la Iglesia
universal con el Papa y la Curia se introduce
primero como hipótesis, como peligro, pero luego
parece atribuirse de hecho a la carta de la
Congregación para la doctrina de la fe, a la que
así se presenta como restauración teológica y,
por tanto, como alejamiento del concilio
Vaticano II.
Este salto de interpretación sorprende, pero
constituye sin duda una sospecha muy difundida.
Es una expresión concreta de una acusación que
se escucha en muchas partes, y que manifiesta
también una creciente incapacidad de
representarse algo concreto bajo la Iglesia
universal, bajo la Iglesia una, santa y
católica. Como único elemento configurante
quedan el Papa y la Curia, y si se les da una
clasificación demasiado alta desde el punto de
vista teológico, es comprensible que se vean
como una amenaza.
Así, después de lo que sólo aparentemente ha
sido un excursus, nos encontramos concretamente
frente a la cuestión de la interpretación del
Concilio. La pregunta que nos planteamos ahora
es la siguiente: ¿Qué idea de Iglesia universal
tiene propiamente el Concilio? No se puede
decir, con verdad, que la carta de la
Congregación para la doctrina de la fe
"identifica tácitamente la Iglesia universal con
la Iglesia romana, de facto con el Papa y la
Curia". Esta tentación surge cuando
anteriormente se identifica la Iglesia local de
Jerusalén con la Iglesia universal, es decir,
cuando se reduce el concepto de Iglesia a las
comunidades que aparecen empíricamente y se
pierde de vista su profundidad teológica.
Conviene volver, con estos interrogantes, al
texto mismo del Concilio. Inmediatamente la
primera frase de la constitución sobre la
Iglesia aclara que el Concilio no considera a la
Iglesia como una realidad cerrada en sí misma,
sino que la ve a partir de Cristo: "Cristo es la
luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto
Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea
vehementemente iluminar a todos los hombres con
la luz de Cristo, que resplandece sobre el
rostro de la Iglesia" (Lumen gentium, 1). En el
fondo se aprecia ahí la imagen presente en la
teología de los santos Padres, que ve en la
Iglesia la luna, la cual no tiene de por sí luz
propia, sino que refleja la luz del sol, Cristo.
Así la eclesiología aparece como dependiente de
la cristología, vinculada a ella. Pero, dado que
nadie puede hablar correctamente de Cristo, del
Hijo, sin hablar al mismo tiempo del Padre; y
dado que no se puede hablar correctamente del
Padre y del Hijo sin ponerse a la escucha del
Espíritu Santo, la visión cristológica de la
Iglesia se ensancha necesariamente hasta
convertirse en una eclesiología trinitaria (cf.
ib., 2-4).
El discurso sobre la Iglesia es un discurso
sobre Dios, y sólo así es correcto. En esta
apertura trinitaria, que ofrece la clave para
una correcta lectura de todo el texto,
aprendemos, a partir de las realizaciones
históricas concretas, y en todas ellas, lo que
es la Iglesia una, santa, lo que significa
"Iglesia universal". Esto se esclarece aún más
cuando sucesivamente se muestra el dinamismo
interior de la Iglesia hacia el reino de Dios.
La Iglesia, precisamente porque se ha de
comprender teo-lógicamente, se trasciende a sí
misma: es la reunión para el reino de Dios, la
irrupción en él.
Luego se presentan brevemente las diversas
imágenes de la Iglesia, todas las cuales
representan a la única Iglesia: esposa, casa de
Dios, familia de Dios, templo de Dios, la ciudad
santa, nuestra madre, la Jerusalén celestial, la
grey de Dios, etc. Al final, eso se concreta
ulteriormente. Recibimos una respuesta muy
práctica a la pregunta: ¿qué es esta única
Iglesia universal, la cual precede ontológica y
temporalmente a las Iglesias locales? ¿Dónde
está? ¿Dónde podemos verla actuar?
La constitución responde hablándonos de los
sacramentos. En primer lugar está el bautismo:
es un acontecimiento trinitario, es decir,
totalmente teológico, mucho más que una
socialización vinculada a la Iglesia local,
como, por desgracia, a menudo se dice hoy,
desnaturalizando el concepto. El bautismo no
deriva de la comunidad concreta; nos abre la
puerta a la única Iglesia; es la presencia de la
única Iglesia, y sólo puede brotar a partir de
ella, de la Jerusalén celestial, de la nueva
madre. Al respecto, el conocido ecumenista
Vinzenz Pfnür ha dicho recientemente: el
bautismo es ser insertados "en el único cuerpo
de Cristo, abierto para nosotros en la cruz (cf.
Ef 2, 16), en el que... son bautizados por medio
del único Espíritu (cf. 1 Co 12, 13), lo cual es
esencialmente mucho más que el anuncio bautismal
común en muchos lugares: hemos acogido en
nuestra comunidad...". En el bautismo llegamos a
ser miembros de este único cuerpo, "lo cual no
debe confundirse con la pertenencia a una
Iglesia local. De él forma parte la única esposa
y el único episcopado..., en el cual, como dice
san Cipriano, sólo se participa en la comunión
de los obispos".
En el bautismo la Iglesia universal precede
continuamente a la Iglesia local y la
constituye. Basándose en esto, la carta de la
Congregación para la doctrina de la fe sobre la
comunión puede decir que en la Iglesia no hay
extranjeros: cada uno en cualquier parte está en
su casa, y no es huésped. Siempre se trata de la
única Iglesia, la única y la misma. Quien es
bautizado en Berlín, está en su casa en la
Iglesia en Roma o en Nueva York o en Kinshasa o
en Bangalore o en cualquier otro lugar, del
mismo modo que en la Iglesia donde fue
bautizado. No debe registrarse de nuevo, pues la
Iglesia es única. El bautismo viene de ella y da
a luz en ella. Quien habla del bautismo, de por
sí habla también de la palabra de Dios, que para
la Iglesia entera es sólo una, y continuamente
la precede en todos los lugares, la convoca y la
edifica. Esta palabra está por encima de la
Iglesia y, a pesar de ello, está en ella, ha
sido encomendada a ella como sujeto vivo. Para
estar presente de modo eficaz en la historia, la
palabra de Dios necesita este sujeto, pero este
sujeto, a su vez, no subsiste sin la fuerza
vivificante de la palabra, que ante todo la hace
sujeto.
Cuando hablamos de la palabra de Dios, nos
referimos también al Credo, que está en el
centro del evento bautismal; es la modalidad con
la que la Iglesia acoge la palabra y la hace
propia, siendo de algún modo palabra y, al mismo
tiempo, respuesta. También aquí está presente la
Iglesia universal, la única Iglesia, de modo muy
concreto y perceptible.
El texto conciliar pasa del bautismo a la
Eucaristía, en la que Cristo da su cuerpo y nos
convierte así en su cuerpo. Este cuerpo es
único; así, nuevamente la Eucaristía, para toda
Iglesia local, es el lugar de la inserción en el
único Cristo, el llegar a ser uno con todos los
que participan en la comunión universal, que une
el cielo y la tierra, a los vivos y a los
muertos, el pasado, el presente y el futuro, y
abre a la eternidad.
La Eucaristía no nace de la Iglesia local y no
termina en ella. Manifiesta continuamente que
Cristo entra en nosotros desde fuera a través de
nuestras puertas cerradas. Viene continuamente a
nosotros desde fuera, desde el único y total
cuerpo de Cristo, y nos introduce en él. Este
"extra nos" del sacramento se revela también en
el ministerio del obispo y del presbítero: la
Eucaristía necesita del sacramento del servicio
sacerdotal precisamente porque la comunidad no
puede darse a sí misma la Eucaristía; debe
recibirla del Señor a través de la mediación de
la única Iglesia.
La sucesión apostólica, que constituye el
ministerio sacerdotal, implica tanto el aspecto
sincrónico como el diacrónico del concepto de
Iglesia: pertenecer al conjunto de la historia
de la fe desde los Apóstoles y estar en comunión
con todos los que se dejan reunir por el Señor
en su cuerpo. La constitución Lumen gentium
sobre la Iglesia trató de forma destacada del
ministerio episcopal en el tercer capítulo y
aclaró su significado a partir del concepto
fundamental del colegio. Este concepto, que sólo
aparece de forma marginal en la tradición, sirve
para ilustrar la unidad interior del ministerio
episcopal. No se es obispo como individuo, sino
a través de la pertenencia a un cuerpo, a un
colegio, el cual a su vez representa la
continuidad histórica del colegio de los
Apóstoles. En este sentido, el ministerio
episcopal deriva de la única Iglesia e introduce
en ella. Precisamente aquí se puede comprobar
que no existe teológicamente ninguna
contraposición entre Iglesia local e Iglesia
universal. El obispo representa en la Iglesia
local a la única Iglesia, y edifica la única
Iglesia mientras edifica la Iglesia local y
aprovecha sus dones particulares para la
utilidad de todo el cuerpo.
El ministerio del Sucesor de Pedro es un caso
particular del ministerio episcopal y está
vinculado de modo especial a la responsabilidad
de la unidad de la Iglesia entera. Pero este
ministerio de Pedro y su responsabilidad ni
siquiera podrían existir si no existiera ante
todo la Iglesia universal. En efecto, se movería
en el vacío y constituiría una pretensión
absurda. Sin duda hubo que ir redescubriendo
continuamente, incluso con grandes esfuerzos y
sufrimientos, la correlación correcta de
episcopado y primado. Pero esta búsqueda sólo se
plantea de modo correcto cuando se considera a
partir del primado de la misión específica de la
Iglesia, y orientada y subordinada a él en todo
tiempo; es decir, la tarea de llevar a Dios a
los hombres, y a los hombres a Dios. El objetivo
de la Iglesia es el Evangelio, y en ella todo
debe girar en torno a él.
En este momento quisiera interrumpir el análisis
del concepto de comunión y tomar posición, al
menos brevemente, con respecto al aspecto más
discutido de la Lumen gentium: el significado de
la ya mencionada frase, en el número 8 de dicha
constitución, según la cual la única Iglesia de
Cristo, que en el Símbolo profesamos única,
santa, católica y apostólica, "subsiste" en la
Iglesia católica, gobernada por el sucesor de
Pedro y por los obispos en comunión con él. La
Congregación para la doctrina de la fe, en 1985,
se vio obligada a tomar posición con respecto a
ese texto, muy discutido, con ocasión de un
libro de Leonardo Boff, en el que el autor
sostenía la tesis de que la única Iglesia de
Cristo, al igual que subsiste en la Iglesia
católica romana, de la misma forma subsiste
también en otras Iglesias cristianas. Es
superfluo decir que el pronunciamiento de la
Congregación para la doctrina de la fe fue
objeto de fuertes críticas y luego relegado al
olvido.
En el intento de analizar cuál es la situación
actual de la aplicación de la eclesiología
conciliar, la cuestión de la interpretación del
"subsistit" es inevitable, y al respecto se debe
tener presente el único pronunciamiento oficial
del Magisterio después del Concilio sobre este
palabra, es decir, la citada Notificación.
Quince años más tarde, aparece con mucha mayor
claridad que entonces que no se trataba
meramente de un autor teológico concreto, sino
de una visión de Iglesia que circula, con
diversas variantes, y que sigue vigente en la
actualidad.
La clarificación de 1985 presentó con amplitud
el contexto de la tesis de Boff, a la que hemos
aludido. No es necesario profundizar más esos
detalles, porque lo que nos interesa es algo más
fundamental. La tesis, cuyo representante
entonces era Boff, se podría caracterizar como
relativismo eclesiológico. Encuentra su
justificación en la teoría según la cual el
"Jesús histórico" de por sí no habría pensado en
una Iglesia y, por tanto, mucho menos la habría
fundado. La Iglesia, como realidad histórica,
sólo habría surgido después de la Resurrección,
en el proceso de pérdida de tensión
escatológica, a causa de las inevitables
necesidades sociológicas de la
institucionalización, y al inicio ni siquiera
habría existido una Iglesia universal
"católica", sino sólo diversas Iglesias locales,
con diversas teologías, diversos ministerios,
etc.
Por tanto, ninguna Iglesia institucional podría
afirmar que es la única Iglesia de Jesucristo,
querida por Dios mismo; todas las formas
institucionales habrían surgido de necesidades
sociológicas, y en consecuencia, como tales,
todas serían construcciones que se pueden o,
incluso, se deben cambiar radicalmente según las
nuevas circunstancias. En su calificación
teológica se diferenciarían de modo muy
secundario. Así pues, se podría decir que en
todas, o por lo menos en muchas, subsistiría la
"única Iglesia de Cristo".
A propósito de esa hipótesis, surge naturalmente
la pregunta: ¿con qué derecho, en esa visión, se
puede hablar simplemente de una única Iglesia de
Cristo?
La tradición católica, por el contrario, ha
elegido otro punto de partida: confía en los
evangelistas, cree en ellos. Entonces resulta
evidente que Jesús, el cual anunció el reino de
Dios, para su realización reunió en torno a sí
algunos discípulos; no sólo les dio su palabra
como nueva interpretación del Antiguo
Testamento, sino también, en el sacramento de la
última Cena, les hizo el don de un nuevo centro
unificante, por medio del cual todos los que se
profesan cristianos, de un modo totalmente
nuevo, llegan a ser uno con él, hasta el punto
de que san Pablo pudo designar esa comunión como
formar un solo cuerpo con Cristo, como la unidad
de un solo cuerpo en el Espíritu. Entonces
resulta evidente que la promesa del Espíritu
Santo no era un anuncio vago, sino que indicaba
la realidad de Pentecostés; es decir, la Iglesia
no fue pensada y hecha por hombres, sino que fue
creada por medio del Espíritu; es y sigue siendo
criatura del Espíritu Santo.
Entonces, la institución y el Espíritu están en
la Iglesia en una relación muy diversa de la que
las mencionadas corrientes de pensamiento
quisieran sugerirnos. Entonces la institución no
es simplemente una estructura, que se puede
cambiar o derribar a placer, que no tendría nada
que ver con la realidad de la fe como tal. En
consecuencia, esta forma de corporeidad
pertenece a la Iglesia misma. La Iglesia de
Cristo no está oculta de modo inaferrable detrás
de las múltiples configuraciones humanas, sino
que existe realmente, como Iglesia verdadera,
que se manifiesta en la profesión de fe, en los
sacramentos y en la sucesión apostólica.
Por consiguiente, el Vaticano II, con la fórmula
del "subsistit", de acuerdo con la tradición
católica, quería decir exactamente lo contrario
de lo que dice el "relativismo eclesiológico":
la Iglesia de Jesucristo existe realmente. Él
mismo la quiso, y el Espíritu Santo la crea
continuamente desde Pentecostés, a pesar de
todos los límites humanos, y la sostiene en su
identidad esencial. La institución no es una
exterioridad inevitable, pero teológicamente
irrelevante o incluso perjudicial, sino que, en
su núcleo esencial, pertenece a la realidad
concreta de la Encarnación. El Señor mantiene su
palabra: "Las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella".
Al llegar a este punto, resulta necesario
analizar un poco más a fondo el sentido de la
palabra "subsistit". Con esta expresión el
Concilio se aparta de la fórmula de Pío XII que,
en su encíclica Mystici corporis Christi, había
dicho: la Iglesia católica "es" ("est") el único
cuerpo de Cristo. En la diferencia entre
"subsistit" y "est" subyace todo el problema
ecuménico. La palabra "subsistit" deriva de la
filosofía antigua, desarrollada ulteriormente en
la escolástica. A ella corresponde la palabra
griega "hypóstasis", que en la cristología
desempeña un papel fundamental para describir la
unión de las naturalezas divina y humana en la
persona de Cristo. "Subsistere" es un caso
especial de "esse". Es el ser en la forma de un
sujeto "a se stante". Aquí se trata precisamente
de esto. El Concilio quiere decir que la Iglesia
de Jesucristo, como sujeto concreto en este
mundo, puede encontrarse en la Iglesia católica.
Eso sólo puede suceder una vez, y la concepción
según la cual el "subsistit" se debería
multiplicar no corresponde a lo que pretendía
decir. Con la palabra "subsistit" el Concilio
quería expresar la singularidad y la no
multiplicabilidad de la Iglesia católica: existe
la Iglesia como sujeto en la realidad histórica.
Sin embargo, la diferencia entre "subsistit" y
"est" encierra el drama de la división eclesial.
Aunque la Iglesia sólo sea una y subsista en un
único sujeto, también fuera de este sujeto
existen realidades eclesiales, verdaderas
Iglesias locales y diversas comunidades
eclesiales. Dado que el pecado es una
contradicción, en definitiva esta diferencia
entre "subsistit" y "est" no puede resolverse
plenamente desde el punto de vista lógico. En la
paradoja de la diferencia entre singularidad y
realidad concreta de la Iglesia, por una parte,
y existencia de una realidad eclesial fuera del
único sujeto, por otra, se refleja lo
contradictorio que es el pecado humano, lo
contradictoria que es la división. Esa división
es algo totalmente diferente de la dialéctica
relativista, antes descrita, en la que la
división de los cristianos pierde su aspecto
doloroso y en realidad no es una fractura, sino
sólo el manifestarse de las múltiples
variaciones de un único tema, en el que todas
las variaciones, de alguna manera, tienen razón
y de algún modo no la tienen. En realidad no
existe una necesidad intrínseca para la búsqueda
de la unidad, porque de todos modos, en verdad,
la única Iglesia está en todas partes y a la vez
en ninguna. Por tanto, en realidad, el
cristianismo sólo existiría en la correlación
dialéctica de variaciones opuestas. El
ecumenismo consistiría en que todos, de algún
modo, se reconocen recíprocamente, porque todos
serían sólo fragmentos de la realidad cristiana.
El ecumenismo sería, por consiguiente,
resignarse a una dialéctica relativista, dado
que el Jesús histórico pertenece al pasado y, de
cualquier modo, la verdad sigue estando
escondida.
La visión del Concilio es muy diversa: el hecho
de que en la Iglesia católica esté presente el
"subsistit" del único sujeto Iglesia no es
mérito de los católicos, sino sólo obra de Dios,
que él hace perdurar a pesar del continuo
demérito de los sujetos humanos. Estos no pueden
gloriarse de ello, sino sólo admirar la
fidelidad de Dios, avergonzándose de sus pecados
y al mismo tiempo llenos de gratitud. Pero el
efecto de sus pecados se puede ver: todo el
mundo contempla el espectáculo de las
comunidades cristianas divididas y enfrentadas,
que reivindican recíprocamente sus pretensiones
de verdad y así aparentemente hacen inútil la
oración que Cristo elevó en la víspera de su
pasión. Mientras la división, como realidad
histórica, es perceptible a todos, la
subsistencia de la única Iglesia en la figura
concreta de la Iglesia católica sólo se puede
percibir como tal por la fe.
El concilio Vaticano II advirtió esta paradoja
y, precisamente por eso, declaró que el
ecumenismo es un deber, como búsqueda de la
verdadera unidad, y la encomendó a la Iglesia
del futuro.
Llego a la conclusión. Quien quiere comprender
la orientación de la eclesiología conciliar, no
puede olvidar los capítulos 4-7 de la
constitución Lumen gentium, en los que se habla
de los laicos, de la vocación universal a la
santidad, de los religiosos y de la orientación
escatológica de la Iglesia. En esos capítulos se
vuelve a destacar una vez más el objetivo
intrínseco de la Iglesia, lo que es más esencial
a su existencia: se trata de la santidad, de
cumplir la voluntad de Dios, de que en el mundo
exista espacio para Dios, de que pueda Dios
habitar en él y así el mundo se convierta en su
"reino". La santidad es algo más que una
cualidad moral. Es el habitar de Dios con los
hombres, de los hombres con Dios, la "tienda" de
Dios entre nosotros y en medio de nosotros (cf.
Jn 1, 14). Se trata del nuevo nacimiento, no de
carne ni de sangre, sino de Dios (cf. Jn 1, 13).
La orientación a la santidad es lo mismo que la
orientación escatológica, y de hecho ahora esa
orientación a la santidad, a partir del mensaje
de Jesús, es fundamental para la Iglesia. La
Iglesia existe para convertirse en morada de
Dios en el mundo, siendo así "santa": por ser
más santos se debería competir en la Iglesia, y
no sobre mayores o menores derechos de
precedencia, ni sobre quién debe ocupar los
primeros lugares. Y todo esto, una vez más, se
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