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EL MARXISMO: ORÍGENES, MÍSTICA Y HERENCIA ACTUAL

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 EL MARXISMO: ORÍGENES, MÍSTICA Y HERENCIA ACTUAL

 
Autor: Luis Alonso Somarriba
Fuente: Arvo.net, 01.05.2010
 
          El llamado socialismo científico o marxismo nació en el siglo XIX, a partir de las ideas de Marx y Engels, en pleno desarrollo de la Revolución industrial. Aquella Revolución, la misma que habría de iniciar una era de progreso material para la civilización, se fundó sobre uno de los capítulos más negros de la historia, el de las injusticias sufridas por una nueva clase social, el proletariado o clase obrera. Centenares de miles de hombres, mujeres y niños se vieron obligados para subsistir a trabajar y vivir en penosas condiciones: con sueldos de hambre, jornadas laborales agotadoras de 14 horas, expuestos a los accidentes y los despidos arbitrarios, sin seguros médicos, descanso o jubilación, hacinados en pequeños e insalubres apartamentos y amenazados siempre por la mortal tuberculosis.

Contra esta situación de auténtica explotación se alzaron dos voces, muy distintas en sus orígenes, naturaleza, ideas y objetivos: la Iglesia católica y el ya citado marxismo. La Iglesia fue desarrollando un cuerpo de doctrina, la Doctrina Social, cuyo documento más representativo fue la encíclica de León XIII, Rerum novarum (1891). La Doctrina Social de la Iglesia condenó, a la vez, los abusos del liberalismo económico y el marxismo, y fue también el origen de numerosas iniciativas personales y organizaciones que defendieron los derechos de la clase obrera y trabajaron por mejorar sus condiciones de vida. Pese a todo, el socialismo se impuso en los ambientes obreros desde finales del siglo XIX.

El marxismo nació con la publicación, en 1848, del Manifiesto comunista, obra de Karl Marx y Friedrich Engels. Más tarde, vendrían las internacionales obreras (1864 y 1889), los partidos y sindicatos socialistas y la ansiada Revolución: la Revolución Rusa, en octubre de 1917, dirigida por Lenin, que habría de instaurar el primer régimen comunista o de socialismo real, la Unión Soviética (1917-1991).

         El socialismo de Marx fue concebido como una filosofía materialista y atea, en la que la historia se interpretaba como un enfrentamiento entre clases opresoras y oprimidas. Para Marx, en su tiempo, la sociedad se presentaba dividida en dos clases antagónicas: la burguesía -los opresores- y el proletariado -los oprimidos-. El marxismo entendía que el pueblo trabajador debía tomar “conciencia de clase” y lanzarse al enfrentamiento contra la burguesía. Era pues necesaria “la lucha de clases” y la “Revolución”, es decir, la toma del poder político por la fuerza. Obtenido el poder, se instauraría la “Dictadura del Proletariado” que habría de imponer el fin de las clases y de la propiedad privada. Finalmente, la Dictadura del Proletariado, transformando la sociedad, llevaría a una sociedad perfecta, al Paraíso en la Tierra.

        El marxismo se definió como ateo y enemigo de la religión, declarando que “la religión era el opio del pueblo”. Sin embargo, en los temas planteados por esta ideología descubrimos ciertos inquietantes paralelismos con la fe cristiana. Tendríamos, por ejemplo, un Pecado Original consistente en el surgimiento de la propiedad privada, una Redención a través del sufrimiento del proletariado, la víctima que habrá de rescatar con su pasión a toda la Humanidad, o un Partido que se concibe a modo de Iglesia con un Comité Central que ejerce de sagrado magisterio (1). El sucesor de Lenin, Stalin, que había sido en su juventud seminarista, supo dotar al socialismo de una liturgia perfectamente representada en numerosos actos y manifestaciones del Partido Comunista, como los desfiles del 1 de mayo en la Plaza Roja de Moscú, que tanto recuerdan a las procesiones con iconos de la Iglesia ortodoxa rusa. Por no hablar del culto establecido en torno al cuerpo “incorrupto” de Lenin.

         Estamos pues ante una religión laica cuyo cielo no está en el otro mundo sino que es preciso buscarlo en la Tierra. La lucha por conseguir ese objetivo, el Paraíso en la Tierra, ha llenado de sentido la vida de muchos hombres a lo largo del siglo XX, inyectándoles un fervor y una fuerza solo comparable a la que se puede observar en los fieles de una auténtica religión, de una fanática religión. Benedicto XVI cuando era cardenal recordaba que el “bien absoluto” del marxismo, es decir, “la implantación de una justa sociedad socialista, viene a constituirse como norma moral que justifica cualquier cosa, incluso la violencia, la muerte y la mentira cuando sean necesarias”. De este modo podemos entender el espantoso genocidio al que fueron sometidos los países en los que se implantaron regímenes comunistas. El entonces cardenal Ratzinger concluía: “Este es uno de tantos aspectos por donde se comprueba cómo la humanidad, cuando se aparta de Dios, llega a las consecuencias más disparatadas. La razón del individuo puede dar en cada caso a sus acciones los más varios, imprevistos y peligrosos objetivos. Y lo que parecía ser liberación muestra en realidad el diabólico rostro de lo más contrario” (2). 

          Paralelamente al establecimiento de los totalitarismos de izquierda después de la II Guerra Mundial (Desde 1945, primero en Europa del Este y posteriormente en China y otras zonas del mundo), en diversos países, desde EEUU y Canadá hasta Europa occidental, pasando por Australia y Nueva Zelanda, la evolución política, económica y social fue desarrollando y consolidando un nuevo tipo de sociedad, cuya principal novedad histórica ha sido, no sólo conseguir un alto grado de riqueza, sino ante todo que esa riqueza esté bien repartida entre la mayor parte de la población. Lo que hace rico al primer mundo son sus clases medias, un sector que supone en torno al 80% de los ciudadanos. Los niveles de renta conseguidos por estas clases medias unido al establecimiento de diferentes sistemas de Seguridad Social han permitido unos niveles de vida generalizados impensables en 1900. Es el Estado del Bienestar, que ha sabido sobrevivir a todas las crisis económicas que se han sucedido desde 1973. Un buen ejemplo lo representa la España de los años 60, donde en poco más de una década se pasó de una sociedad rural y subdesarrollada a una sociedad urbana de clases medias, formadas tanto por aquellos que procedían de los antiguos grupos privilegiados como por los que ascendían desde los sectores hasta entonces más desfavorecidos (obreros y campesinos). En la España de finales de los 60 y principios de los 70 muchas familias comenzaron a disfrutar, por vez primera, de vivienda propia, vacaciones pagadas, electrodomésticos y automóvil, o enviaron -también por primera vez- a uno de los suyos a la Universidad.                 

         Si explico todos estos cambios, es para entender una parte de la herencia transmitida por el marxismo en los países ricos. Porque, aunque hace veinte años (1989) cayera el Muro de Berlín y poco después se desmoronaran la Unión Soviética y la mayor parte de los regímenes comunistas, mostrando el rotundo fracaso del socialismo real, la ideología marxista -que durante más de un siglo trabajó con esfuerzo- ha dejado, después de su caída, su poso, una pegajosa película contaminante adherida a distintos ámbitos sociales, de la cultura, la política y la religión.

         Quiero destacar una de esas envenenadas herencias del marxismo, la que podemos encontrar en la mentalidad dominante de ciertos ambientes sociales. Es el caso de muchas familias que, disfrutando hoy de unos niveles económicos propios de clase media, se saben descendientes de los antiguos sectores desfavorecidos de la sociedad.  Puede ser que sus ingresos provengan todavía del trabajo manual (la fábrica, el campo, etc.) o que, a través de la preparación académica, ejerzan una profesión de médico, abogado, docente, etc. Da igual, de algún modo estas familias han logrado transmitir a sus miembros, de generación en generación, la condición de “pobres”, de una manera muy parecida a la practicada por la aristocracia: se hereda la categoría de “pobre” como si fuera la sangre azul o un título de nobleza. Así pues, se puede ser “pobre”, o como también suele decirse “de familia obrera”, poseyendo, por ejemplo, una vivienda propia -o dos- con todos los electrodomésticos, un automóvil, viajando habitualmente con la familia a lugares de vacaciones, disfrutando de ropa de marca, etc., etc. Además, esa “humilde condición” es generalmente presentada con orgullo y aireada notoriamente con tono victimista siempre que se presenta la ocasión. Se trata de la impronta dejada por “la conciencia de clase”. 

         Parece como si aquel pasado, cada vez más lejano, de penuria y sufrimientos, hubiera convertido a los antepasados proletarios en santos mártires y a sus descendientes en una casta de venerables. No olvidemos que el marxismo exaltó a la clase trabajadora transformándola en una especie de “pueblo santo” o “raza elegida”. Si el nazismo proclamó a la raza germana como superior contraponiéndola a los judíos, el marxismo ensalzó al proletariado enfrentándole al enemigo burgués, “al enemigo de clase”.

         Esta mentalidad “obrera” se traduce actualmente en numerosos prejuicios y, sobre todo, en un fuerte clasismo. A menudo cuando pensamos en el clasismo solemos tirar del tópico de un rico mirando por encima del hombro a un pobre, pero olvidamos que ese afán por marcar el territorio y despreciar al otro puede también surgir entre los que se sienten socialmente inferiores y reaccionan contra el que creen está por encima. Es el resultado de “la lucha de clases” propuesta por Marx, y que aún hoy predispone a muchos individuos que, casi inconscientemente, dividen la sociedad en buenos -los pobres- y malos -burgueses, ricos, fachas-, obrando en consecuencia, es decir, rechazando, excluyendo, discriminando. Es curioso como estas actitudes de rechazo, que en muchas ocasiones derivan en serias injusticias, parecen ser compatibles con las viejas proclamas que giran entorno al ideal de la solidaridad. En definitiva, un enorme bagaje -un hervidero- de sentimientos negativos -odio, orgullo, complejos y rencores- atizados en el pasado por el fuego del marxismo y hoy mantenidos por los rescoldos de dicha ideología, que constituyen un muro invisible, un factor de división que dificulta, a veces gravemente, la cohesión social, la comunicación entre personas y grupos.

        El tema de la herencia del marxismo en el mundo actual es extenso. Para terminar, podemos indicar algunos de sus capítulos. Por ejemplo, el tan querido enfrentamiento de buenos contra malos, oprimidos contra opresores, lo encontramos en el movimiento indigenista difundido por Hispanoamérica y defendido, entre otros, por el boliviano Evo Morales, o en el feminismo y la ideología de género. Igualmente, lo detectamos en ámbitos educativos, donde el profesorado y los alumnos aventajados pueden ser vistos con recelo y sospecha pues son asimilados a las élites opresoras. Incluso, por parecidas razones, la cultura humanística tiende a ser arrinconada y el conocimiento se presenta para algunos casi como un pecado.

 Luis Alonso Somarriba
Santander, abril del 2010.

 

NOTAS: 

(1) WETTER, Gustav, S.J.; citado por GRAF HUYN, Hans: Seréis como dioses, EIUNSA, Barcelona, 1991, págs. 126-127.
(2) RATZINGER, Joseph: Informe sobre la fe, BAC Popular, Madrid, 2005, pág. 100.

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