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UNA MENTE MARAVILLOSA (Gloria Mª Tomás y Garrido)

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UNA MENTE MARAVILLOSA

Una película que difunde la fidelidad, virtud escasa. Cuatro Oscars, bien merecidos: mejor película, mejor dirección, mejor actriz de reparto y mejor guión adaptado.

APUNTES CINEMATOGRÁFICOS CON PERSPECTIVA BIOÉTICA

Gloria María Tomás y Garrido
Profesora de Bioética de la Universidad Católica de Murcia

UNA MENTE MARAVILLOSA

DIRECTOR: Ron Howard
GUIONISTA: Akiva Goldsman, sobre la novela de Sylvia Nasar
INTÉRPRETES: Russell Crowe, Jennifer Connelly, Paul Bettany, Judd Hirsch, Ed Harris, Christopher Plumer
DRAMA, USA, 2001

RESUMEN DEL ARGUMENTO Y ALGUNOS COMENTARIOS

El profesor de la Universidad de Princenton, que en 1994 recibió el Premio Nobel de Economía, John Forbes Nash Jr. es uno de los personajes más interesantes del mundo científico del siglo XX.

El director Ron Howard, con un importante bagaje de filmes desde 1977, se ha atrevido a llevar al cine la novela biográfica de Sylvia Nasar (Mondadori, Barcelona, 2001), basada en hechos reales. El guionista, Akiva Goldsman, que afirma haberse tomado ciertas libertades, logra un guión sólido, ofreciéndonos un filme de acción, con una falsa trama de intriga de espías –generada por la esquizofrenia del protagonista- y una historia de amor edificantes.

Se consigue en la película la ambientación de un periodo y de unos personajes muy interesantes que revolucionaron la ciencia moderna por lo que ocurrió en Princenton, donde se creó el Instituto de Estudios Avanzados en 1933, una especie de “hotel intelectual” cuyos miembros fueron reclutados por pensar y crear ciencia puntera. Allí no había laboratorios, ni ordenadores, ni máquinas, ni saber experimental. Sólo papel, tiza, pizarra. Ciencia teórica en estado puro. Reclutaron los mejores cerebros del mundo. Prácticamente todas las grandes figuras de la matemática, la física y de otros campos de la “hard science”, la ciencia dura del siglo XXI, han pasado por Princenton. De allí salieron catorce premios Nobel: Niels Bhor, Einstein, Dirac, Pauli, Rsabi, Gella Man, Openheeimer, Nash...; desde la bomba atómica a la teoría astrofísica de las supercuerdas, todo se gestó allí. Era gente genial, rara, extravagante, fuera de lo común y algunos muy maniáticos y esquizoides, imbuidos de la ambición por el saber total, por la búsqueda del santo grial de la ciencia, la teoría unitaria del universo, siempre al alcance de la mano, y siempre inalcanzable (Carles Egea)

La película Una mente maravillosa comienza en 1947, cuando Nash (Rusell Crowe) ingresa en la universidad.

Muestra su carácter excéntrico, genial, solitario y agresivo, además de alguna que otra rareza, como su obsesión por encontrar "una idea completamente original" y sus escasas habilidades sociales. La aplicación de la teoría de juegos de Von Neuman a extensos campos del saber , con su famosa fórmula ‘equilibrio de Nash' le vale la graduación con honores y un puesto de profesor en el prestigioso centro de investigación MIT. Durante la Guerra Fría trabajará también para el Ministerio de Defensa, como descifrador de mensajes soviéticos.

Inteligencia clarividente, llegó a discutirle a Einstein su teoría de la relatividad, mientras él formulaba las de los juegos y otras revolucionarias.

En 1953, Nash está en la cumbre: tiene prestigio como profesor, se enamora y se casa con una de sus alumnas, Alicia (Jennifer Connelly), que ha sido cautivada por su genial personalidad. Pero entonces se hacen evidentes los síntomas de padecer esquizofrenia., penosa enfermedad dominada por el miedo, concretado un tiempo en el comunismo rusos y sus extraños personajes, secuela sin duda, de la época en la que trabajó para los Servicios Secretos.

La esquizofrenia es el modelo de la locura (Breuler, 1911). Etimológicamente viene de esquizo –dividida- y mente. El esquizofrénico es un sujeto con una parte de la mente que delira y otra parte que aún razona de momento. Con los avances de la siquiatría se ha afinado en este concepto. Según el psiquiatra Carles Egea, el hecho, en apariencia sorprendente, de la curación de Nash se debe a que, con rigor, no es una esquizofrenia lo que padeció, sino un trastorno por ideas delirantes persistentes, un desarrollo paranoide con alucinaciones visuales dominantes y que tiene mejor pronóstico que una esquizofrenia procesual con síntomas negativos, es decir, sin alucinaciones, pero con un curso maligno y deterioro global de la personalidad hasta acabar en la demencia.

Con la atención médica, que en su caso fue el tratamiento con choques insulínicos (cura de Sakel), la fuerza de su intelecto y una voluntad férrea, conquistó la enfermedad y regresó para recibir el premio Nobel. Pero, como se muestra en la película es la ayuda de su mujer, con su paciencia y su dedicación heroica, la que lograron la recuperación. El director presenta las escenas vívidamente, eliminando lo sensiblero. Sin exageraciones va presentando el deterioro gradual de la personalidad de Nash, la crisis de su matrimonio y finalmente el regreso a una relación y a una vida estable.
Con un reparto en el que todos brillan con luz propia. la película nos sugiere un acercamiento al problema de la enfermedad mental y la comprensión de la posición de las personas humanas que son víctimas de ella.
Se nos recuerda lo que significa el auténtico amor para siempre, con la promesa matrimonial de amor y respeto, en la salud y en la enfermedad, en la tristeza y en la alegría, en la pobreza y en la riqueza, todos los días de la vida.
Una mente maravillosa pasará a la historia como un instrumento para la comprensión y para el acercamiento a un tema que continua siendo evitado en nuestro medio, por temor o por desconocimiento.

No se trata, claro está de un riguroso estudio patográfico del personaje, pero la estructuración y dinámica general del film están conseguidas, aunque la complejidad del personaje y del tema, nunca pueden dejar satisfechos. Quizás puede acusarse de artificio y trama reiterativa, o incluso que se podría haber sacado un mayor partido dramático a este sugerente argumento, pero es notable la humanidad que lo envuelve, la del inteligente protagonista.

Rusell Crowe, interpreta por segunda vez a un personaje real (la primera vez fue en “El Dilema”), y lo hace de modo admirable. Es un actor en pleno crecimiento que asombra con cada nueva interpretación, hasta el punto de que se le puede considerar el número uno de la nueva generación del cine americano.

La película difunde la fidelidad, una virtud que hace falta. Galardonada con cuatro Globos de Oro mejores película dramática, guión adaptado, actor (Russell Crowe) y actriz de reparto (Jennifer Connelly). En la gala de los Oscars se convirtió en la principal competidora de El señor de los Anillos y, como ella, obtuvo cuatro Oscars, bien merecidos: mejor película, mejor dirección, mejor actriz de reparto y mejor guión adaptado.

Y NOS APORTA:

Un tema importante es esta película es la actitud de su mujer, Alicia. Una enseñanza espléndida en su modo de tratar a Nash, como persona, como su marido, como el intelectual, como el enfermo. No hay sentimentalismo al que tan acostumbrado nos tiene el cine comercial. Hay otra cosa: amor personalizado, solidaridad, ayuda humana y realista.

Nos da una visión certera de la antropología de la compañía entre las personas, de trato adecuado, algo de lo que estamos tan necesitados, y en donde una dureza curiosa o una blandura torpe rebaja las cotas de felicidad y de autorrealización que podrían lograrse.

Una fundamentación sólida de esta actitud, nos la brinda el Profesor L. Franco, cuando relaciona Bioética y Solidaridad, en el capítulo que lleva ese título del Manual de Bioética editado por mí en la colección Ariel. Recogemos a continuación, alguna de esas ideas.

Lo determinante de la persona, desde un punto de vista ontológico, es la posesión de una naturaleza racional, no su ejercicio o manifestación. Con una alusión a la etimología de la palabra persona, que hace referencia a la máscara que usaban los actores griegos, nosotros accedemos al significado de la persona a través de las manifestaciones de la racionalidad, es cierto. Pero eso no significa que sean las manifestaciones mismas las que constituyen la personalidad. Ellas son la “máscara” a través de la cual resuena la persona, el “personaje”, el “substrato” (...) Un individuo no es persona porque se manifiesta como tal, sino al contrario, se manifiesta porque es persona.

Si el concepto de persona humana tiene un fundamento ontológico, también lo tiene el de dignidad. Las consideraciones siguientes, se apoyan en una concepción ontológica de la dignidad, de acuerdo con la fundamentación personalista de la Bioética. Según esta concepción, la dignidad humana se basa en lo que la persona es, con independencia de lo que una persona concreta tiene, para sí, o para los demás.

La persona es digna; la persona tiene muchos atributos. No se predican ambas cosas de la persona del mismo modo. Es fundamental captar la primacía del ser sobre el tener. Los atributos, por importantes que sean, son algo en cierto modo accidental. Se tienen en virtud de lo que se es, pero la primacía del ser hace que se puedan perder parcialmente, sin que eso menoscabe el ser ontológico. La dignidad radica en el plano ontológico y los derechos humanos, por ejemplo, son algo que se atribuye a la persona en el plano del tener. De aquí puede sacarse una conclusión de enorme importancia práctica. Por importantes que sean los derechos humanos, puede renunciarse o verse privado de su ejercicio sin que se pierda ni un ápice de la dignidad humana. Una persona privada de libertad injustamente no ha perdido por ello la dignidad y puede estar en un plano moral infinitamente más alto que el de quienes la encarcelan. O, en el otro extremo, la sociedad puede privar a un delincuente de la libertad, sea para evitar un daño a los inocentes, sea porque se espera que esa pena contribuya a su reinserción. Pero lo que nunca puede hacer la sociedad es atentar contra la dignidad del delincuente, puesto que por muchos que fueran sus crímenes, no ha dejado de ser persona y, por tanto, no ha dejado de ser digno.

Sirvan estas bases para colocar en el sitio que le corresponde a los afectos. No puede negarse de ningún modo la importancia de la afectividad, de los sentimientos en el comportamiento humano. El hombre no es una máquina pensante, ni es una voluntad desencarnada. Es capaz de pensar y de querer, pero está dotado de corporeidad y eso implica que muchas veces el raciocinio empieza por una captación sensorial. Nuestro contacto con el mundo exterior requiere la existencia de un estímulo sensorial. Muchas veces también la voluntad se mueve inicialmente por un sentimiento afectivo y la afectividad acompaña y sigue al acto de la voluntad. Si pensamos en el amor como una de las realidades más específicamente humanas, veremos que en su génesis casi siempre, por no decir siempre, hay un componente sensible

Es evidente que el amor no puede confundirse con la afectividad. O, dicho de otro modo, el amor no puede basarse exclusivamente en la sensibilidad. Al querer, como movimiento específico de la voluntad, se llega muchas veces a través de la sensibilidad, pero el querer trasciende a la sensibilidad. De la misma manera ocurre muchas veces que del querer surge la afectividad, pero tampoco hay que confundir entonces el querer con los afectos.

En el terreno de la Ética es fundamental tener clara la situación de la sensibilidad en relación con las demás capacidades humanas. Normalmente, su colocación en un plano superior al que le corresponde suele dar lugar a comportamientos equivocados. O, dicho de otro modo, cuando se otorga a los afectos, a los sentimientos, una categoría normativa o directriz de la conducta, se puede caer en aberraciones éticas.

Es cierto que la cercanía afectiva a una persona genera un legítimo sentimiento de simpatía que lleva a compartir sus ilusiones, sus alegrías y sus sufrimientos. Pero hay que advertir que esa cercanía afectiva, de la que deriva el movimiento de simpatía, no radica en un plano ontológico, es decir, no se basa en lo que esa persona es. El que yo sienta más o menos simpatía por una persona puede condicionar mi actitud ante ella y, como consecuencia, puede afectar a su vez los sentimientos de esa persona, de modo que se encuentre más o menos a gusto. Pero, evidentemente, no altera de ningún modo lo que esa persona es, no modifica su dignidad. El hombre lejano, desconocido, es tan digno como el próximo. Podemos apreciar más al cercano, al conocido, pero, sus derechos —que derivan de su dignidad— se encuentran en el mismo plano que los del otro.

El valor de una persona en sí, no depende del valor que esa persona tenga para mí. El ser humano no es un ser aislado, vive en relación con otros. Y esta dimensión relacional no es algo accidental o yuxtapuesto. Esa apertura al otro se traduce necesariamente en un sentido de solidaridad, que se ha de desarrollar no sólo en el plano de los sentimientos, sino también en el ontológico.

Puede ser conveniente partir de la definición de solidaridad como adhesión a la causa o a la empresa de otro. Y si, como se ha adelantado, la solidaridad radica en el plano ontológico, el objeto de esta definición, el otro, debe abarcar a todo el género humano. Una fundamentación basada en los sentimientos puede conducir a otros de primera categoría y otros de segunda, con las consecuencias nefastas que luego se comentarán.

Hay, pues, casos en que se puede excluir a alguien del ámbito de nuestra solidaridad porque no se le conoce y casos en que se le excluye porque le conocemos tanto, que nos damos demasiada cuenta de sus limitaciones. En ambas situaciones, el motivo de exclusión está relacionado con la apropiación indebida del carácter final del hombre. El hombre ocupa un puesto singular con respecto a las demás criaturas, de modo que se puede decir que no está ontológicamente subordinado a ninguna de ellas. En consecuencia el hombre no puede tomarse nunca como algo con valor de medio para alcanzar otra meta; el que el hombre sea un fin en sí mismo, no significa que sea un fin para sí.

Pero para encauzar debidamente la reflexión ética eso no basta; es preciso tomar conciencia de que el otro es alguien, no algo. El principio de la solidaridad con todas sus consecuencias, obliga a considerar al otro no sólo como un ser personal, sino también como un fin en sí mismo. Evidentemente, se trata de una cuestión delicada, pero se precisa la máxima honradez para descubrir con sinceridad en la propia conducta si de alguna manera hacemos del otro un fin para mí.

Todos estamos obligados a conseguir la mejor preparación a nuestro alcance para resolver los problemas concretos que se nos puedan presentar. Esa preparación tiene dos vertientes. Por un lado, lo que podríamos llamar preparación teórica y a su vez, es preciso esforzarse por llevar a la práctica los principios generales para acertar en su aplicación a casos concretos. Se puede objetar que raras veces se van a presentar, en la vida ordinaria, problemas éticos de envergadura cuya solución sirva para poner en práctica la teoría aprendida. Ejercitarse en vivir de modo solidario, siempre es posible. Nadie está tan aislado que no tenga un otro que pueda ser destinatario de su solidaridad. Descubrir al otro en el compañero, en la persona que nos presta un servicio con su trabajo, en el que sabemos pasa por una situación difícil, etc. sirve de adecuado entrenamiento para cuando se haga preciso conjugar ese binomio solidaridad-bioética.

La solidaridad de que se viene hablando implica descubrir que ser solidario con el más débil, aunque suponga un esfuerzo, es el único modo de llegar a ser enteramente humanos.

En este sentido, quizá la mejor conclusión para este capítulo se pueda formular al hilo de unas palabras de Jan Vanier: «Estar junto al otro es más que hacer algo por él». Aunque fue profesor de Filosofía en la Universidad de Toronto, esas palabras no proceden de un frío razonamiento. Jan Vanier, canadiense, fue oficial de la marina de guerra y luego profesor de Filosofía. Pero en 1955 dejó todas sus actividades para fundar El Arca, un hogar para disminuidos psíquicos. Poco a poco, como consecuencia de la incansable labor de Vanier, surgieron numerosas comunidades en las que conviven disminuidos y no disminuidos. Como resultado de su experiencia, escribía en 1990: «Viviendo con estos hombres y mujeres más o menos desfigurados, quería ofrecerles la posibilidad de tener una existencia humana. Poco a poco descubrí, sin embargo, que eran ellos los que me proporcionaban a mí un rostro humano. Ellos me hicieron descubrir mi condición de hombre». No se nos pide a todos dejar nuestras actividades ordinarias para dedicarnos a tiempo completo a una labor de solidaridad. Pero todos podemos descubrir que hay otros a nuestro alrededor, estar junto a ellos y aprender así a ser auténticamente humanos”.

Estas orientaciones del profesor Franco nos recuerdan que todos somos continuamente aprendices del auténtico amor. Y, como Lévinas podemos buscar un humanismo que no se basa en el hombre, sino en el otro hombre, porque el ser humano no se encuentra a sí mismo penetrando en el interior de su conciencia, sino abriéndose a la exterioridad, que no consiste en un mundo abstracto, ni en una idea metafísica, sino en la presencia directa, inmediata y concreta de los otros hombres. La experiencia ética consiste en reconocer el carácter inviolable de la presencia de otros seres humanos, el reconocimiento de la alteridad.

Por eso, la actitud de Alicia en la película Una mente maravillosa, podríamos afirmar que es una buena ocasión para mostrarnos el rostro humano del cine, o rostros humanos, en el sentido profundo del término humanidad, en el cine, como en tantas buenas ocasiones hemos podido comprobar. Y que nos sirve de modelo de modo analógico. Pensemos en otra película reciente, «La viuda de Saint Pierre» (1999). En ellas se dicen frases tan estupendas como: «No podemos hacernos nada, porque nos amamos». En otro momento, y al preguntar Madame a su marido: «-¿Qué mirada es ésa?» La respuesta es: «La mirada de un hombre que ama a su mujer y que puede leer todo en sus ojos». En otras ocasiones se oirá algo e los más grande que puede escucharse, tanto en el cine como en la realidad: -«¡Te quiero como eres!»

Recordemos por ejemplo a Capra – Sucedió una noche, El secreto de vivir, Vive como quieras, Juan Nadie... –todas sus películas están repletas de humanidad.

O a John Ford, heredero directo de Griffiyth, el director que no necesitaba artificios ni grandes movimientos de cámara, ni siquiera actores de una relevancia especial. Ford era capaz de hacer creíble cualquier historia. Su poética se basaba en el conocimiento de los comportamientos humanos. En la secuencia de «Las uvas de la ira» previa la marcha de Tom Joad, éste habla con su madre. No hay gestos. El rostro inquieto y embrujado está encerrado en un plano corto y fijo. Ma Joad escucha emocionada. Es la última vez que va a estar con su hijo. Los ojos de Tom no se apartan de los de su madre que le acaba de preguntar por el camino que va a seguir: “Estaré aquí, en la oscuridad, estaré en todas partes. Adonde mires; donde haya una lucha, para que la gente hambrienta pueda comer, allí estaré. Donde haya un policía golpeando a un muchacho, allí estaré. Estaré en el modo en que los niños ríen cuando tienen hambre y saben que la cena está lista, y cuando la gente come lo que ha cultivado y vive en las casas que ha construido; allí también estaré...” Nadie fue capaz de llenar una pantalla con tanta verdad y con tanta emoción.

Por último, citemos a Billy Wilder, el magnífico director recientemente fallecido, durante más de medio siglo ha estado dando alegrías al aficionado al cine, en expresión de J. Marías. También nos recuerda este escritor como la vida profesional de Wilder es n curso completo de buen cine. Le ha sido fiel durante toda esa larga vida: ha cruzado todas las modas y tendencias de medio siglo largo, sin dejarse tentar ni desviar por nada que no fuera su vocación, lo que llevaba dentro, lo que partía de él.

En definitiva, las relaciones afectivas auténticas, ordenadas, perfeccionan al ser humano. Uno de los honestos objetivos de la bioética personalista, que tan plástica y pedagógicamente se plasman en el cine.

BIBLIOGRAFÍA

-Camús, M. John Ford , en Saber/leer, nº 154, IV-2002, 6-7

-Collar, J. Rusell Crowe, La metamorfosis. Nuestro Tiempo,, nº573, marzo 2002, 92-93

-Fernández Aguado, J. La empresa en el cine . CIE DOSSAT, 2001, 204

Franco, L. Manual de Bioética. Ariel, 2001, 83-95

-Martín, J. en Mundo Cristiano, nº 488, III-02, pág.72

-Pantalla 90, año XIII, nº 147, marzo, 2002, pág. 7

- ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed. Regis, Anagrama, 1992

 

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15/07/2005 ir arriba
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