Por
Jorge
Peña
Vial
Universidad
de los
Andes
Santiago
– Chile
El
Mercurio
Arvo
Net,
13/07/2005
Saraband,
la
última
película
de Igmar
Bergman,
es su
regalo
de
despedida,
en
cierto
modo su
testamento.
Todo en
ella es
Bergman
en
estado
puro:
sus
actores
preferidos,
sus
conflictos
emotivos
lacerantes,
sus
historias
marcadas
por
fracasos
matrimoniales,
las
huellas
indelebles
que deja
un padre
frío y
cruel,
los
amores
posesivos
y las
dependencias
afectivas,
en fin,
las
variadas
y
múltiples
heridas
que no
logran
cicatrizar
del
todo,
que
persisten,
y
agazapadas
en el
pasado,
siguen
infectando
el
presente
y las
relaciones
con los
demás.
Encontramos
de nuevo
sus
grandes
temas
con su
característica
concentración
y
violencia
emotiva,
que no
dan
tregua
al
espectador,
y que
son
peculiares
a su
estilo
cinematográfico.
Hay dos
notas
distintivas
y
propias
en su
última
película.
En
primer
lugar,
la
omnipresencia
de un
personaje
ausente
del que
sólo se
nos
muestra
su
fotografía,
Anna,
quien
con su
amor
solícito
y su
actitud
benevolente,
supo
establecer
puentes
y
mantener
unidos
esas
vidas
desgarradas
y
acosadas
por el
fracaso
y el sin
sentido.
Fallecida
ella, el
mundo
familiar
ha
estallado
por los
aires y
los
miembros
de la
familia
(el
abuelo,
el padre
y la
nieta)
parecen
astros
desorbitados
destinados
a chocar
y
herirse
mutuamente.
La otra
nota
diferente
es su
visión
retrospectiva.
El
tiempo
lo ha
invadido
todo con
su
pálido
manto de
tristeza,
tanto
para
Bergman
como
para sus
personajes.
Se
enjuician
las
trayectorias
vitales
y se
hace
balance
de la
mismas.
El
divorcio,
los
conflictos
filiales
y
afectivos
persisten.
Nada
ocurre
en vano,
las
huellas
y
heridas
de la
vida
permanecen.
Basta un
suave
roce en
la
delgada
costra
con que
el
tiempo
las
cubre
para que
vuelvan
a
sangrar.
Es que
los
acontecimientos
que han
configurado
nuestra
existencia
perduran
con el
paso de
los
años, no
podemos
hacer
magia
con
ellos, e
inevitablemente,
lo
queramos
o no,
han
forjado
nuestra
biografía
y
sellado
nuestra
personalidad.
Johannes
no puede
liberarse
de una
acuciante
angustia
que lo
acosa a
medianoche,
expresión
somática
elocuente
de que
lo que
acontece
en una
vida no
sucede
en vano
e
impunemente.
No se
puede
borrar
el
pasado,
sobre
todo
cuando
está
rígida y
fríamente
adherido
a una
vida en
cuyo
horizonte
se
excluye
el
perdón.
Tanto el
inicio
de la
película
como el
final
nos
muestran
a
Marianne
evocando
hechos
de su
pasado
que han
quedado
registradas
en
múltiples
fotografías
que
rememora
con
nostalgia
dolorida.
Esas
múltiples
fotos
recogen
vívidos
momentos
que el
film se
encargará
en
desplegar.
Mientras
uno mira
el
"canto
del
cisne"
de
Bergman,
interpretado
por Liv
Ullmann
y Erland
Josephson,
quienes
encarnan
los
papeles
de los
ex
esposos
Johan y
Marianne
30 años
después
de "Escenas
de la
Vida
Conyugal"
(1973),
uno
siente
el paso
del
tiempo
que los
oprime.
Estos
agobiados
personajes
que
hurgan
en su
pasado
se
hallan
aún
poseídos
por sus
persistentes
demonios
interiores.
Sus
actores
favoritos
y ya
mayores
manejan
a la
perfección
el
estilo
de
Bergman.
Sus
actuaciones
son
radiografías
espirituales.
Como
suele
acontecer
en sus
películas,
son las
mujeres
las
únicas
capaces
de amar
y
perdonar,
mientras
que los
hombres
permanecen
rígidos
y
blindados
en sus
odios y
rencores.
Nos
muestra
angustiosas
confrontaciones
verbales
en las
cuales
los
personajes
frotan
sal en
las
heridas
abiertas
del
pasado.
La
visión
de
Bergman
es
despiadada,
pero
verdadera
y
profundamente
humana.
Un mundo
sin
Dios,
sin
esperanza,
y para
paladares
fuertes
capaces
de
afrontar
la
desnuda
verdad.
Es el
gran
legado
que
Bergman,
a sus 86
años,
nos ha
querido
dejar.