Por Juan Manuel DE PRADA
En ABC, 17.05.2003
RECUERDO una conversación que mantuve hace tres años con unos amigos cinéfilos (y muy escépticos ante mi entusiasmo), entre los que se hallaban Eduardo Torres-Dulce, José Luis Garci y Oti Rodríguez Marchante. Les hablaba de una película que aún no se había estrenado en las pantallas españolas, titulada The Matrix, que me había dejado bastante pasmado. Cuando traté de exponerles su argumento, me tropecé con muy serias dificultades, pues la historia firmada por los hermanos Wachowsky adolecía de un confusionismo que lindaba con la empanada mental. The Matrix proponía, con una narración por momentos embarullada y por momentos bastante inane, la posibilidad de que el mundo que habitamos no sea más que un infinito espejismo virtual, un artificio confeccionado por poderosas computadoras que, conectadas a nuestros cerebros, nos transmiten la impresión de que realmente estamos viviendo, cuando sólo somos prisioneros de una quimera. Los protagonistas de la película eran un grupo de proscritos que habían logrado escabullirse de este embeleco colectivo y viajar desde la dimensión verdaderamente real a esta dimensión virtual donde la humanidad se había convertido en un rebaño dócil a las órdenes que les dictaba un terminal informático.
A mis amigos les sorprendió que una película que pecaba de embarullamiento e inanidad me hubiese subyugado tanto. Traté de explicarles entonces que su fascinación no nacía de sus virtudes narrativas, sino de su estilización visual, en la que se concitaban la exaltación esteticista de la violencia (con peleas y tiroteos filmados como si fuesen coreografías ralentizadas, siguiendo las enseñanzas de Sam Peckimpah y John Woo), la animación manga, el popurrí new age, la imaginería cyberpunk, el culto desenfrenado al universo online y cierto mesianismo apocalíptico y misticoide. En The Matrix me pareció descubrir el nacimiento de una nueva forma de cine, mucho menos preocupada de la mera narración -resultaba casi imposible resumir la trama sin detectar gruesas incoherencias- que en la formulación de imágenes epatantes. ¿No será -me pregunté- que el cine entendido a la manera clásica está feneciendo, o mutándose en otra expresión mucho menos implicada en la transmisión de historias (e ideas) y mucho más volcada hacia el exhibicionismo de hallazgos visuales? Con The Matrix, el cine volvía a ser, como en tiempos de Méliès y Lumière, un espectáculo de barraca de feria, una máquina de prestidigitaciones que nos deja suspensos y patidifusos.
Muchos entenderán que esta mutación del arte cinematográfico esconde una tendencia regresiva que acabará convirtiéndolo en un pasatiempo para generaciones huérfanas de neuronas que se dejarán embaucar por el puro despliegue de efectismos visuales. Para otros, The Matrix simbolizará la recuperación de un cine prístino, una actualización de aquellas linternas mágicas que provocaban el asombro y la incredulidad de nuestros bisabuelos. Lo que nadie podrá discutir es que The Matrix, como ocurriera veinte años atrás con Blade Runner, se ha convertido en un manantial de incesante inspiración iconográfica que proyecta su magisterio sobre las creaciones del diseño, la publicidad, el vestuario y la arquitectura. Vista The Matrix, las últimas entregas de la saga galáctica de George Lucas se nos antojan capítulos apolillados de Barrio Sésamo. La película de los hermanos Wachowsky, cuya secuela se acaba de presentar en Cannes, además de inaugurar un nuevo capítulo de la historia del cine, atrapa el desconcierto de una época tan asediada de espejismos tecnológicos como el sombrío futuro que se invoca en sus fotogramas.
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