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JUEGO DE ESPÍAS (M. Zalba Erro)

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JUEGO DE ESPÍAS

No es un filme espectacular en las escenas de acción pero sí es lo suficientemente inteligente como para mantener a la audiencia interesada. La amistad es la que establece la pauta final. Plantea explícitamente la cuestión del mal menor.

Título: JUEGO DE ESPIAS (Spy game)
Gran Bretaña- EEUU 2001,
Director: Tony Scott;
Guión: Michael Frost Beckner, David Areta;
Fotografía: Dan Mindel;
Música: Harr Gregson-Williams;
Intérpretes: Robert Redford, Brad Pitt, Catherine McCormack; Stephen Dillane, Charlote Rampling.

El film se desarrolla en 1991 durante el último día de Nathan Muir (Robert Redford) como agente de la CIA antes de su jubilación al cabo de 30 años de servicio. Allí se entera que su protegido Tom Bishop (Brad Pitt) fue apresado por los chinos durante una misión secreta en una prisión china. Hallado culpable, se apronta a ser ejecutado. Muir, valiéndose de sus contactos ( nacionales y extranjeros) se embarca en una operación para salvarle la vida....

No es un filme espectacular en las escenas de acción pero sí es lo suficientemente inteligente como para mantener a la audiencia interesada. La amistad es la que establece la pauta final. El film puede ser visto también como una metáfora de la actual CIA; el ambiente demuestra cómo se mueven internamente, la competencia por el poder, los conflictos de intereses.

La película está muy bien narrada, logra ir del pasado al presente de una forma muy coherente. El dúo Redford-Pitt tiene una gran química en escena y sobra decir que sus actuaciones son impresionantes.

Juego de espías es una cinta recomendada para quienes gustan de los buenos argumentos, y por supuesto para las admiradoras de Brad Pitt.

"Brad y yo mantenemos una gran amistad desde que hicimos juntos El río fluye (A River Runs Through It) y esa camaradería y familiaridad que existe entre nosotros la hemos trasladado a los personajes con lo cual la película ha salido ganando" asegura Redford.


CUESTIONES MORALES QUE SE PLANTEAN

1) Explícitamente y con los mismos términos se plantea la cuestión de la licitud del "mal menor", a lo que se agarra Robert Redford.

2) En el toda la película está también prersente la tremenda problemática de la licitud del espionaje y la corrupción moral que suele conllevar.

3) Como lamentablemente es habitual, las relaciones sexuales extramatrimoniales aparecen revestidas de la naturalidad de lo normal. Sin embargo en este film se tiene la delicadeza de no visualizar escenas de sensualidad agresiva.

4) La común doctrina católica sobre "el mal menor" se trata a fondo en el siguiente artículo.


LA MORALIDAD DE LOS ACTOS EN EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

I LAS FUENTES DE LA MORALIDAD

1750 La moralidad de los actos humanos depende :

– del objeto elegido;

– del fin que se busca o la intención;

– de las circunstancias de la acción.

El objeto, la intención y las circunstancias forman las "fuentes" o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos.

1751 El objeto elegido es un bien hacia el cual tiende deliberadamente la voluntad. Es la materia de un acto humano. El objeto elegido especifica moralmente el acto del querer, según que la razón lo reconozca y lo juzgue conforme o no conforme al bien verdadero. Las reglas objetivas de la moralidad enuncian el orden racional del bien y del mal, atestiguado por la conciencia.

1752 Frente al objeto, la intención se sitúa del lado del sujeto que actúa. La intención, por estar ligada a la fuente voluntaria de la acción y determinarla por el fin, es un elemento esencial en la calificación moral de la acción. El fin es el término primero de la intención y designa el objetivo buscado en la acción. La intención es un movimiento de la voluntad hacia un fin; mira al término del obrar. Apunta al bien esperado de la acción emprendida. No se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo; puede orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo, un servicio que se hace a alguien tiene por fin ayudar al prójimo, pero puede estar inspirado al mismo tiempo por el amor de Dios como fin último de todas nuestras acciones. Una misma acción puede también estar inspirada por varias intenciones como hacer un servicio para obtener un favor o para satisfacer la vanidad.

1753 Una intención buena (por ejemplo: ayudar al prójimo) no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado (como la mentira y la maledicencia). El fin no justifica los medios. Así, no se puede justificar la condena de un inocente como un medio legítimo para salvar al pueblo. Por el contrario, una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna; cf Mt 6,2-4).

1754 Las circunstancias, comprendidas las consecuencias, son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte). Las circunstancias no pueden de suyo modificar la cualidad moral de los actos; no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala.


II LOS ACTOS BUENOS Y LOS ACTOS MALOS


1755 El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Un fin malo corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo bueno (como orar y ayunar "para ser visto por los hombres").

El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos -como la fornicación- que son siempre errados, porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

1756 Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.


RESUMEN

1757 El objeto, la intención y las circunstancias constituyen las tres "fuentes" de la moralidad de los actos humanos.

1758 El objeto elegido especifica moralmente el acto de la voluntad según que la razón lo reconozca y lo juzgue bueno o malo.

1759 "No se puede justificar una acción mala hecha con una intención buena" (S. Tomás de Aquino, dec. praec. 6). El fin no justifica los medios.

1760 El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias.

1761 Hay comportamientos concretos cuya elección es siempre errada porque comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral. No está permitido hacer un mala para obtener un bien.


"MAL MENOR" EN LA TEOLOGÍA MORAL

Es aquello que, siendo privación de un bien o de una perfección debida, se considera en caso concreto como algo estimable y aun digno de elogio, porque impide males mayores, perjuicios de mayor importancia. Aunque los males pueden ocurrir en el orden físico y en el orden moral, aquí se trata sólo del orden moral (o del físico en cuanto su ejecución o permisión tenga un significado ético) atendiendo a la pecaminosidad del m. m. Se consideran tres cuestiones principales:

Nunca es lícito realizar el mal menor moral. La razón es que el pecado (v.) nunca es moralmente lícito. En ese sentido es absolutamente falso el adagio: entre dos males hay que escoger el menor. Cuando se trata de males físicos, en la necesaria alternativa entre ellos, se escoge razonablemente el menor. Pero entre males morales la alternativa no existe. Un mal moral no se convierte en bien porque se lo escoja en sustitución de otro mayor, que se ofrecía para una elección alternativa. El adagio no tiene aquí aplicación jamás. Antes que realizar lo que es pecado, aunque sea pecado menor y venial, ha de arrostrar el hombre la misma muerte, porque así lo reclama su dependencia de la Suma Santidad divina y su respuesta a la vocación de santidad (v.) que se le pide.

[Caso distinto es el de quien se ve, por ejemplo, en la alternativa de votar en un Parlamento una ley permisiva del aborto de 3 meses o de ocho meses. Puede votar el mal menor, dejando claro que no quiere en modo alguno ninguna clase de aborto voluntario, sino que vota para evitar crímenes que se realizarían sin el voto al mal menor. En cambio, jamás sería lícito perpetrar un solo aborto para evitar otros, ciertos o eventuales]

Nunca hay necesidad de ejecutar actos pecaminosos que suponen la aplicación de un medio para un fin, porque siempre hay la posibilidad de inhibirse, de no consentir interiormente y de no actuar exteriormente, a no ser que otra persona recurra a una coacción física irresistible. Cuando de esa inhibición o resistencia se siga un mal físico, p. ej., cuando de no practicar un médico una embriotomía, se siga la muerte de la parturienta que probablemente se habría salvado si no se hubiese respetado el feto, el médico no es responsable de esa muerte de la madre; se trata de un mal físico menor que no se podía evitar sino ejecutando un mal esencialmente mayor: el mal moral de atentar contra los derechos inalienables de un inocente. La elección cabe entre dos males físicos, practicando positivamente el menor de los dos a fin de conjurar el mayor.

Puede suceder que se presente un conflicto de conciencia, teniendo que elegir forzosamente entre dos cosas que
parezcan igualmente ilícitas, o creyéndose equivocadamente en la necesidad de hacerlo. La perplejidad subjetiva en tal caso, por falta de formación suficiente para juzgar como es debido, no puede negarse. Pero en el orden objetivo, si ambas cosas son malas en sí mismas, aunque una peor que la otra, se deben evitar las dos ineludiblemente. Paulo VI afirma a propósito de la anticoncepción: "En verdad, si es lícito tolerar alguna vez el mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y, por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiera salvaguardar el bien individual, familiar o social" (Enc. Humanae vitae, 14).

Si la malicia les viene a entrambas acciones, o al menos a una de ellas, por haber sido legítimamente prohibidas con una ley positiva, habrá que examinar si desaparece la prohibición y la malicia por epiqueya (v.), o por imposibilidad moral de cumplimiento, o por excusa de la ley (v.), como podrá suceder en algún caso. Hay una escala de valores tanto en el orden moral como en el físico; y los menores ceden ante los mayores, cuando hay derecho a beneficiarse de algunos y no se pueden armonizar todos. Así el cuidado de la salud y la asistencia a la Misa dominical obligan al fiel cristiano; pero algunas veces la enfermedad excusa de asistir a Misa, mientras que otras el deber de participar en este acto de culto y santificación exigirá que no se cuide con excesivos miramientos una salud precaria.

¿Se puede permitir o tolerar el mal menor? Es clásico el texto de S. Tomás sobre el libelo de repudio de los judíos, en el que afirma que "se permitió el mal menor para impedir el mayor" (Summa contra Gentes, I. 3, c. 123). En general se debe tener presente que ni los individuos ni la sociedad están obligados a evitar, con una actitud positiva, todos los males morales que materialmente pudieran evitar. Dios mismo los permite constantemente, como observó León XIII (Enc. Libertas, 23).

Las personas privadas sólo están obligadas a actuar positivamente para evitar pecados ajenos, cuando por oficio, deber especial de caridad o de justicia, o por otro título particular, deben cuidar de las personas que van a pecar. Así sucede con los padres y educadores, respecto de los hijos y educandos.
La autoridad pública, obligada a promover el bien común en su labor legislativa y administrativa, ha de evitar los males dentro de las exigencias de ese bien común. Pero precisamente porque lo debe salvaguardar todo lo posible, tiene que tolerar muchos males de menor cuantía para no perjudicar intereses superiores del bien común, como son una razonable libertad de movimientos y la debida iniciativa de los ciudadanos, según explicó Pío XII en su discurso a los juristas católicos del 6 dic. 1953 (AAS 45, 1953, 794-802).

¿Es lícito aconsejar el mal menor? Se discute si es moralmente posible aconsejar el m. m. (pecado) a una persona ya decidida a ejecutar otro pecado mayor. Algunos responden simplemente que jamás es lícito aconsejar un m. m. para evitar otro mayor, no encontrando justificación a semejante sugerencia, por lo mismo que el fin no justifica los medios. Pero la respuesta no es tan sencilla, aunque se superen las distinciones formalísticas, entre aconsejar y representar o proponer. Más que las fórmulas se deben atender las realidades significadas con ellas. En sí es correcto decir que no se puede un m. m.; pero es necesario aclarar lo que se significa con esa frase.

Es en efecto lícito aconsejar la disminución del mal. Y puede suceder que aconsejar el m. m. sea eso precisamente cuando, no pudiendo impedir totalmente un mal, se aconseja la disminución de una parte del mismo, comportándose negativamente respecto de la otra y como tolerándola con el silencio; en este caso todos reconocen que se obra rectamente. P. ej., a quien tratara de vengarse de su enemigo quemándole la casa y matándole, se le podría proponer como venganza simplemente la de quemarle la casa. No se sugeriría nada pecaminoso que no hubiese aceptado previamente el malhechor; todo consistiría en hacer que su voluntad redujera la ya admitida malicia. El conjunto de circunstancias y la actitud del consejero indicarían suficientemente que no se aprueba la quema de la casa, sino que se intenta reducir el daño global.

Y precisamente tomando en cuenta esta realidad, juzgan algunos autores que se puede aconsejar un cambio aun cuando lo aconsejado no estuviera ya contenido en el mal más ampliamente planeado. Así, tratándose de bienes de fortuna, parece claro que se puede proponer un cambio de intención al que estaba dispuesto a violar la propiedad ajena. Conociendo o interpretando razonablemente las preferencias del dueño de aquellos bienes, se puede sugerir un cambio de proyecto damnificante, es decir, inducir a realizar otro daño menos perjudicial para aquél en el orden material.
Lo que decide la moralidad de ese consejo no es la forma de las palabras (es decir, el que se hable o no de m. m.), sino su verdadero significado, para lo cual hay que tener en cuenta todas las circunstancias. En el ejemplo aducido para que pueda ser moralmente lícito un consejo de ese tipo, se necesita que la acción sugerida estuviera incluida, al menos virtualmente, en el pecado que el damnificante estaba decidido a cometer. En suma, no se puede nunca aconsejar un pecado, aunque sea menos grave que otro; pero sí se puede intentar convencer a alguien de que deje de realizar una parte del mal que estaba decidido a cometer.

V. t.: COOPERACIÓN AL MAL; VOLUNTARIO, ACTO.

M. ZALBA ERRO ,
En GRAN ENCICLOPEDIA RIALP

 

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15/07/2005 ir arriba
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