Miércoles - 16.Abril.2014

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
La mirada de Ulises La mirada de Ulises
Cine de hoy Cine de hoy
Entretenidas Entretenidas
Ideas desde el patio de butaca Ideas desde el patio de butaca
Animaciones Animaciones
Clásicos inesquivables Clásicos
Films de rara belleza Films de rara belleza
Sección acción Sección acción
Históricas Históricas
La música en el cine La música en el cine
Libros sobre cine Libros sobre cine
Gente del cine Gente del cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

«FRANKENSTEIN, DE MARY SHELLEY (Vicente Huerta)

ver las estadisticas del contenido enviar a un amigo
Documento sin título

«FRANKENSTEIN, DE MARY SHELLEY», EL MODERNO PROMETEO

La riqueza de significados de Frankenstein o el moderno Prometeo ha dado lugar a múltiples interpretaciones y a que, siglo y medio después de que una joven de diecinueve años la escribiera, se siga llevando al cine.

Mary Shelley"s Frankenstein
Por Vicente Huerta



“Recordad que soy vuestra criatura. Debería ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha. Dondequiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluído. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido” .

La riqueza de significados de Frankenstein o el moderno Prometeo ha dado lugar a múltiples interpretaciones y a que, siglo y medio después de que una joven de diecinueve años la escribiera, se siga llevando al cine. Son muchos los temas que plantea esta obra, entre otros y por citar sólo algunos: la libertad y la responsabilidad, la relación entre criatura y creador, la formación de la personalidad en la relación con la apertura a otras personas, el mito de “el buen salvaje”, la creación y destrucción de nuestros propios monstruos, etc.


FRANKENSTEIN, DE MARY SHELLEY
Director: Kenneth Branagh.
(USA, 1994)
Intérpretes: Kenneth Branagh, Helena Bonham Carter, Robert DeNiro.


Francis Ford Coppola quiso poner en manos de Kenneth Branagh la resurrección de un personaje clásico del terror: Frankenstein. La obra se presentó afirmando con insistencia que se trata de la versión más fiel al texto original de Mary Shelley. La película, en efecto, conserva el tono romántico de la novela de Shelley, a la vez que resalta las ideas que pueden tener más vigencia: la soberbia del científico que pretende emular a Dios creando un ser humano, la manipulación de la vida y la aceptación de la muerte. En este último aspecto residen las principales variaciones aportadas por los guionistas Steph Lady y Frank Darabont: han potenciado la historia de amor, que Frankenstein trata de mantener más allá de la muerte con terribles consecuencias. Destacan además los problemas del monstruo, abocado a una vida de rechazo, pese a sus intentos de sociabilidad.

Branagh dirige muy bien a los actores -todos están magníficos, pero es obligado resaltar a Helena Bonham Carter- y da a la historia esa dimensión trágica propia de Shakespeare que afirma haber encontrado en Shelley. El diseño artístico es espléndido, y hay que reconocer el mérito de presentar a un monstruo original y de dar credibilidad -a veces con un realismo algo descarnado- a los experimentos. Sin embargo, le falta a la película un punto de emoción, pese a los insistentes subrayados de la hermosa partitura de Patrick Doyle. Muchos cinéfilos preferirán la inolvidable versión dirigida en 1931 por James Whale, pero para el público más joven puede resultar más atractiva esta última versión. En cualquier caso ninguno deberá sentirse eximido de leer la novela si quiere profundizar en el mito de “el moderno Prometeo”.


El Doctor Frankenstein

La novela en la que se basa esta historia, escrita por MARY W. SHELLEY y publicada en 1818, lleva por subtítulo “El moderno Prometeo”. Esto no sitúa en la intención de una obra que es producto del ambiente ilustrado que reina en ámbitos intelectuales a principios del siglo XIX. Tal como nos lo cuentan Ovidio en su Metamorfosis o Platón en su Protágoras , Prometeo, hijo del titán Japeto, robó para el ser humano el fuego de los dioses intentando reparar el olvido de Epimeteo en el reparto de los dones de los dioses a los seres. Fue así padre de y benefactor de un nuevo género, pero también merecedor de un tremendo castigo. Victor Frankenstein aparece como un “moderno Prometeo”: pretende crear una nueva raza de hombres que le tributará alabanza y gloria. La novela pone en boca suya estas palabras:

Una nueva especie me bendecirá como su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberán su existencia”. Como en el caso de Prometeo, la historia acaba trágicamente porque pronto se arrepentirá de su proeza, pero ya no tiene remedio porque la “criatura” se le escapa de las manos.

Resulta inevitable la comparación con el relato del Génesis. Es la vieja tentación del “seréis como dioses” (Gen 3, 5). El Dr Frankenstein, como Dios, crea un ser a su semejanza. El drama es que no es Dios, no posee la sabiduría de Dios, ni puede dominar las circunstancias, ni calcular los imprevistos, ni dar sentido a la vida de su “criatura” ni resolver finalmente las cosas con un juicio que restablezca el orden roto... es la viva y patética imagen de un dios desbordado por los acontecimientos, que maldice su propia obra. No puede decir de su engendro precisamente “y vio que era bueno”.


Contexto cultural

Esta historia resume bien el ambiente y las expectativas culturales que generó en Europa tanto la Ilustración como el enorme progreso de las ciencias durante los últimos siglos. Nos va a plantear un tema importante: la ambivalencia del progreso. Se trata de una época en la que se cruzan los legados de la ilustración y del liberalismo con el debate en torno a las consecuencias de la revolución y el temor ante los efectos del progreso tecnológico-científico. El desarrollo científico alumbrado por la razón humana había engendrado una fe en el progreso que terminará también en amargos desengaños. Ya en el siglo XIX se darán fenómenos como el “maquinismo” que cuestionarán las consecuencias de este aparente “progreso”, pero habrá que esperar hasta el siglo XX con sus dos guerras mundiales, para certificar el final trágico de este mito de la cultura moderna. Después de la bomba atómica muy pocos creerán que los avances técnicos conducirán “necesariamente” a la humanidad hacia un mundo mejor.

En la película parece clara la intención de mostrar los “límites de la ciencia”, en la secuencia inicial que muestra la muerte de Caroline dando a luz a su hijo William a pesar de los esfuerzos de su marido médico. Es la impotencia de la ciencia frente a la naturaleza, subrayada por el rayo que destruye un roble cercano a la casa. Pero esto no es un freno sino un desafío para el joven Victor Frankenstein que, apasionado por las posibilidades de la “ciencia moderna”, se lanza a la aventura de crear un ser “más inteligente y más fuerte” que los humanos, sin plantearse una cuestión tan importante como la de la responsabilidad moral que supone semejante experimento ¿Se trata de algo malo o inmoral? El argumento no lo deja claro en este momento. El tema está en que ha creado un ser libre y no será capaz de dar respuestas que sean capaces de dar sentido a esa vida. Dios creador da respuestas al hombre sobre el sentido de su vida mediante la Revelación. Vemos que el Dr. Victor Frankenstein ha creado una criatura condenada desde su nacimiento a un infierno, una criatura de repulsiva fealdad. Un creador que reniega de lo creado, que ni siquiera le da un nombre a la criatura, que desea que desaparezca, que no la reconoce: lo contrario a lo que debería ser un padre.

En el fondo el problema que se plantea es el que preocupa al hombre moderno que se enfrente a la propia libertad y a las responsabilidades que se derivan del ejercicio de la misma.


La identidad monstruosa

Es curioso que, con el paso del tiempo, el protagonismo de esta historia ha ido pasando de la persona del Doctor a la de la criatura, a quien todo el mundo identifica como Frankenstein. La criatura “engendrada” por el Dr. Frankenstein va a tener una mala entrada en el mundo de los hombres: pronto se le impondrá el calificativo de monstruo y como tal le tratarán, pese a ser una criatura con buenos sentimientos. ¿Porqué soy un monstruo? Es la pregunta implícita en el comienzo de la vida de esta criatura. Lo primero que nos planteamos es la dependencia de la criatura respecto de su creador, cuestión íntimamente relacionada con el problema de la identidad. Para conocer la propia identidad hay que empezar por conocer el origen . Lo primero para saber quién soy es saber de dónde vengo, quién es mi “padre”, porque es de importancia nuclear en la persona ser hijo. Son estas cuestiones ineludibles que, tanto la película como la novela, se nos van a plantear con una notable carga emotiva a través del encuentro con la familia De Lacey.

Para conocer la propia identidad necesitamos ser aceptados por los demás. Es significativo que en la película las primeras palabras que aprende la criatura son “amigo, familia, padre”. La primera dificultad con la que se va a encontrar la criatura es aprender a comunicarse con los demás. En principio no sabe hablar ni leer. Este aprendizaje desde cero es sustituido en la película por una especie de “reminiscencia” basada en restos de conocimiento almacenados en su cerebro. Esto es interesante de cara a reivindicar el carácter del cuerpo como algo “propio” de la persona. También deberá aprender a relacionarse con los demás, cosa que hace observando a una familia. En la novela la criatura se presenta como un ser naturalmente bondadoso –vemos aquí la influencia de Rousseau en la autora– que no entiende por qué es rechazado ¿es acaso su fealdad? En un hogar nadie se siente rechazado, justamente el hogar es un lugar donde se da la aceptación y el reconocimiento mutuos, un lugar donde se da la afirmación de cada individuo por ser objeto de un amor incondicional. El hogar es el lugar donde no sólo satisfacemos las necesidades básicas, sino que nos reconocemos como personas.

La criatura no pide demasiado, sólo ser acogido, encontrar un mundo habitable. Siente lo que toda criatura debe sentir: la necesidad de un hogar. Sin embargo comprobamos dolorosamente cómo, a causa de su aspecto monstruoso, es rechazado aquellos a quienes ha empezado a amar y a quienes necesita para ser “normal”. Junto con esto se dará el descubrimiento de la “anormalidad” de su origen, que no está precisamente en un acto de amor y que es causa de su fealdad y de su desgracia. Aumenta el impacto emocional el descubrir que la criatura es un ser enormemente inteligente y sensible, capaz de un gran amor y de un gran odio, es decir, un ser profundamente humano, incluso más humano que su mismo creador. Tan humano que le vemos capaz de un proceso de maduración haciendo frente a las circunstancias e incluso enfrentándose a su creador para pedirle explicaciones y ayuda.

Este ser monstruoso acaba conociendo mucho de sí mismo, su cuerpo, su origen, sus sentimientos, sus deseos, pero le falta precisamente aquello que puede hacerlo “normal”: el reconocimiento y la aceptación de los demás. Esto es fundamental en el proceso de conocimiento de la propia identidad, por eso son tan importantes las relaciones interpersonales, sean familiares o de amistad, en el juicio ajeno y en la comunicación con los demás nos reconocemos a nosotros mismos y nos hacemos un sitio en el mundo. En el caso de esta desgraciada criatura nos encontramos la soledad que Dios no quiso para el hombre (“no es bueno que el hombre esté solo” Gen 2,18) y reaccionará volviéndose contra su artífice.


El problema moral


Uno de los momentos más dramáticos (tanto en la novela como en la película) es la entrevista entre el Víctor y la criatura. Aquí la criatura formula la pregunta decisiva: ¿Quién soy yo? El doctor se inclina por la más decepcionante de las respuestas: “no lo sé”. Transcribimos a continuación fragmentos de ese diálogo que en la película tiene lugar en la cueva de hielo, donde la criatura pide explicaciones a la vez que reclama ayuda, planteando hondas cuestiones morales:


CRIATURA: Tú me diste estas emociones, pero no me dijiste cómo usarlas. Ahora dos personas han muerto por culpa nuestra ¿Por qué?
FRANKENSTEIN: Hay algo rondando en mi alma que no consigo comprender...
CRIATURA: Y ¿Qué hay de mi alma? ¿tengo alma? Toda esta última parte la olvidaste ¿Quiénes eran las personas de las que estoy compuesto? ¿Buenas personas o malas personas?
FRANKENSTEIN: ¡Materiales! nada más.
CRIATURA: ¡Te equivocas!

.....................
CRIATURA: ¿Alguna vez consideraste las consecuencias de tus actos? Tú me diste la vida... ¿Quién soy yo?
FRANKENSTEIN: ¿Tú? No lo se...
CRIATURA: ¿Y tú crees que yo soy malvado?
FRANKENSTEIN: ¿qué puedo hacer?
CRIATURA: Algo que me apetece... tener una amigo, un compañero, una hembra que se parezca a mí, así ella no me odiará como tú... Sólo se que por la simpatía de un solo ser vivo haría las paces con todo. Hay una amor dentro de mí tan intenso que tú ni siquiera lo imaginas. Y una rabia tan intensa que tú no la podrías creer. Si no puedo satisfacer el uno, daré rienda suelta a la otra. Tú debes ayudarme, por favor.



Vemos por un lado que la otra manera de conocer la identidad es valorar las propias obras según su bondad o maldad. La criatura pregunta angustiada a su creador si cree que es malvado. Es evidente que la obra tiene un marcado planteamiento moral, pretende hacernos reflexionar sobre el bien y el mal moral. Víctor y la criatura mantienen una relación que es a la vez de dependencia y de odio. Víctor considera una aberración su “obra” y quisiera hacerla desaparecer, pero no puede evitar su presencia. La criatura odia a su creador por haberlo condenado a la soledad, pero, a la vez, le necesita y la pide ayuda. ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Cuál es el origen de estos males? El doctor achaca los males a la “naturaleza deforme” de la criatura y la propia criatura lo achaca a su desgracia “soy malo porque soy desgraciado”:

“Estoy sólo, soy desdichado (...) Soy un malvado porque no soy infeliz ¿acaso no me desprecia y odia toda la humanidad? Tú, mi creador, quisieras destruirme (...) Dime ¿por qué debo tener yo para con el hombre más piedad de la que él tiene conmigo?”

Una vez más la criatura monstruosa da mayores muestras de lucidez, pide “por favor” una compañera y por primera vez parece darse una cierta sintonía afectiva entre creador y criatura: un sentimiento de compasión, y accede a la petición, aunque después se arrepentirá de ello. La relación entre ambos está cambiando en la medida en que se descubre esa dependencia mutua y acaba imponiéndose la extraordinaria fuerza de la criatura sobre la inteligencia (que no la autoridad) de Víctor. Al final ya no se sabe quién huye de quién, ni quién persigue a quién, porque en esta historia, como en nuestra vida hay lazos que no se pueden deshacer y responsabilidades que nos exigen respuestas más allá de lo que habíamos previsto. Al final uno siente compasión por esa criatura que es víctima de una de las peores injusticias: ser juzgado por las apariencias.
----------------------------------
©2002 Vicente Huerta
©2002 Edición Digital Arvo Net, en línea 2002

 

© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

15/07/2005 ir arriba
COMENTARIOS añadir comentario
Esta web no se hace responsable de los comentarios escritos por los usuarios. El usuario es responsable y titular de las opiniones vertidas. Si encuentra algún contenido erróneo u ofensivo, por favor, comuníquenoslo mediante el formulario de contacto para que podamos subsanarlo.
ir arriba

v02.13:0.35
GestionMax
Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós