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FAHRENHEIT 451 (Gloria Mª Tomás y Garrido)

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FAHRENHEIT 451

Permítanme recomendar una película algo añeja, Fahrenheit 451; no sé si recuerdan el argumento. Presenta la situación de una ciudad en la que los bomberos, por la evolución social y cultural, ya no se dedican a apagar fuegos, sino a provocarlos

Permítanme recomendar una película algo añeja, Fahrenheit 451; no sé si recuerdan el argumento. Presenta la situación de una ciudad en la que los bomberos, por la evolución social y cultural, ya no se dedican a apagar fuegos, sino a provocarlos; consiguen incendios con precisión técnica y con rapidez, pues lo que tienen que lograr es quemar libros, todos los que encuentren, que son muchos, gracias también a la existencia de delatores y de una organizada estructura de los altos dignatarios; en medio de esta curiosa paradoja el final es feliz; los libros serán destruidos, mas no la cultura; hay un resto de personas que deciden y consiguen aprenderse cada uno su libro; se hacen cultura viviente.
Con carácter analógico, y con cierta carga de triste ironía, en algunos aspectos de la asistencia sanitaria parece que estamos viviendo la misma película; las modificaciones son solamente circunstanciales: los bomberos podrían ser ahora los ginecólogos; pero el gravamen de esta segunda versión es que no estamos ante algo virtual, estamos ante profesionales de carne y hueso, a los que la coherencia de vida les supone un impedimento en su actuación profesional; y cuyas consecuencias, de libertad, de honor, de fama, dinero y de familia, quedan mermadas, a veces, hondamente.

Es verdad que la ley moral ordena los actos de cada persona a la felicidad, asegurando que cada uno, a través de su vida y de su obrar, se perfeccione; es decir, mire a la bondad de los propios actos; mientras que la ley civil regula las acciones de los individuos mirando al bien común, por lo que no se propone hacer buenos a los hombres, pero sí proteger su libertad de acción.
Ahora bien, como señala Rhonheimer, la libertad civil presenta dos vertientes: la seguridad mediante el Estado, y la seguridad frente al Estado; en este segundo aspecto, muchos ginecólogos están coaccionados en sus puestos de trabajo, pues las leyes permisivas, en contra de la defensa del nasciturus, les violenta a emplear sus conocimientos en prácticas ajenas a su genuina profesión; no sólo es normativo lo antinatural, sino que también en el quehacer diario, en las costumbres que se han introducido en nuestra sociedad, parece que el alto coto de la tolerancia sólo es para emplearla por algunos; muy bien lo mostraba Juan Manuel de Prada en su felizmente famoso artículo sobre el aborto: …más execrable que el crimen del aborto me resulta la anuencia sorda, la complicidad cetrina de una sociedad que lo acepta como un mal menor, o incluso como un remedio benéfico. Una sociedad capaz de convivir silenciosamente con su oprobio es una sociedad enferma; si, además, ese oprobio se erige en mercancía de chalaneo electoral, quizá debamos preguntarnos si esa sociedad no está demandando una autopsia urgente…

Dice el filósofo Spaemann: En el pasado, el aborto era un drama que se realizaba de modo clandestino. Hoy, es algo asequible, como la ligadura de trompas, el uso de la píldora del día siguiente, el diagnóstico prenatal indiscriminado, el , la manipulación de embriones y su destrucción...; son servicios ordinarios de los centros sanitarios, tantas veces financiados con el erario público o con seguros de enfermedad.

Aunque ni la autoridad estatal ni la ley son capaces de crear la sociedad, sin embargo sí están en condiciones de proteger —o destruir mediante una irresponsable pasividad y tolerancia— los presupuestos esenciales de la vida en la sociedad (Rhonheimer). Es preciso que sigan alzándose voces en defensa no sólo de la vida naciente, como el más elemental y fundamental derecho, sino también en defensa de los que quieren protegerla y salvarla. Hay que luchar por cortar el clima relativista, que, ya a la corta, resulta perverso.

Porque en esta sociedad multicultural, donde rezuman argumentos hedonistas, utilitaristas y sentimentales, estamos llamados a entendernos y respetarnos; a nivel del derecho, tolerar, aceptar en tantas ocasiones un mal no querido, no puede confundirse con pactar con medianías, ni con mediocridad; ni mucho menos perseguir al que opina de otra forma, como tantas veces está ocurriendo a estos médicos ginecólogos; el pluralismo ético contemporáneo, o se enfoca a intentos auténticos de acercamiento a la verdad moral, o ni siquiera merece el nombre ni de plural ni de ética.

Ya sé que la ética no se enseña: se vive. Mas tenemos que huir unos y otros de la falacia de los dilemas éticos, olvidando que el juicio ético más próximo a la acción es el juicio prudencial, y éste se mueve en un espectro amplio que no puede cubrirse solamente con la alternativa entre el blanco y el negro. Como ha señalado el doctor Barrios, en tanto que ética, una bioética realista, desde la que he tratado de escribir estas líneas, ha de articular la relatividad de la materia de las decisiones morales con el carácter categórico que, en razón de su forma, reviste siempre el significado del estar obligado a algo o, más bien, del estar obligado por alguien: la objeción de conciencia que se reclama es no sólo necesaria a nivel formal, sino tanto más a nivel antropológico. La ética es muy exigente, pero se trata de una exigencia grata, amable, que invita a una entrega que, en primer lugar, beneficia y plenifica a la persona de quien desempeña una tarea de servicio ¡Qué experiencia tan grata tienen los ginecólogos trayendo vidas al mundo!

Por eso me uno a la petición de estos profesionales para que, al menos, se disponga en nuestro país de una jurisprudencia clara sobre la objeción de conciencia de los ginecólogos, que les permita desengancharse del engranaje al que necesariamente se ven sometidos.

Gloria Mª Tomás y Garrido
Profesora de Bioética,
Universidad Católica de Murcia

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
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15/07/2005 ir arriba
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