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ESPAÑA VERTEBRADA, TRES GENERACIONES (Rafael Llano)

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ESPAÑA VERTEBRADA, TRES GENERACIONES EN DOS PELÍCULAS

Rafael Llano comenta los presupuestos sociológicos que comparten dos recientes películas españolas, ampliamente reconocidas en festivales internacionales: Solas, Premio del Público a la mejor película, Premio Especial del Jurado Ecuménico y Mención Especial CICAE, en el Festival de Cine de Berlín de 1999; y Flores de otro mundo, ganadora del Premio de la Semana de la Crítica en el Festival de Cine de Cannes de 1999 y de los Premios del Público, mejor guión y mejor interpretación femenina en el Festival de Cine de Archacon (Francia).

Tengo un amigo al que aqueja una disfunción no tan grave como engorrosa. El fisioterapeuta que le trata diagnosticó una contracción de ligamentos entre las vértebras «ele no sé cuántos» y «ele no sé cuántos más uno», un punto neurálgico de nuestro cuerpo donde confluyen los movimientos de la espalda, la cadera y las extremidades inferiores, como en el Triángulo de las Bermudas las corrientes oceánicas o en la estación de Alsasua los trenes de Barcelona, Bilbao y Galicia. La gente -según generalización de este diplomado, que pronto leerá la tesis en una universidad gala- o tiene bien fuerte este punto, del que dependen las funciones todas del organismo, o anda encogido o no anda, lo que precisamente sucede con este amigo mío.
Vertebrada o invertebrada: ésa era la cuestión de España según el pensador español más leído de comienzos de siglo. Entonces Ortega deseó que unas élites intelectuales vertebraran los movimientos de la masa popular (¿carne y huesos del organismo social?) con la vida de las clases altas o distinguidas (pulmones y corazón). Si la propuesta orteguiana resultó original en su día, no lo voy a discutir aquí; ahora sólo quiero señalar cómo dos películas españolas de 1999 parece que han querido refutar estas tesis sociológicas.

Dos obras en las que arrolla mucha del agua que ha llovido desde comienzos de siglo en nuestra tierra. Solas, ópera prima de Benito Zambrano (Sevilla, 1965), y Flores de otro mundo, segundo largometraje de Icíar Bollaín (Madrid, 1967), son como dos afluentes de aquellos que a fuerza de repetición tenían que prender en nuestros cerebros infantiles.

Bollaín y Zambrano pertenecen a la más joven generación del cine español. No han hecho la guerra, ni la han ganado ni la han perdido; tampoco han protagonizado la Transición. Se han encontrado con la democracia servida; y de ella han comido a mantel puesto, como toda nuestra generación. Sin embargo los dos realizadores han hecho una suerte de generalización histórica o sociológica, un agudo análisis de las relaciones entre las generaciones españolas de la segunda mitad de este siglo, que merece algunos comentarios.

Come, anda, respira, ama: vive serena, pausada pero dignamente, en primer lugar, la generación adulta. Son los que participaron en la guerra y sobrevivieron al franquismo y se vieron adelantados por la Transición que no sólo fue política, sino sobre todo de estilo y hábitos de vida. Ellos son los pulpos en el garaje del mundo globalizado, los abuelos desconectados de la red. A esta generación pertenece la protagonista de Solas, una mujer de Sevilla plenamente identificada con sus roles de esposa y madre al viejo estilo, interpretada magníficamente por María Galiana; y también un asturiano viudo (Carlos Álvarez-Novoa), vecino de la hija de la protagonista sevillana. Entre los personajes de Flores de otro mundo, pertenece a esta generación la madre (Amparo Valle) de un paleto vecino de Santa Eulalia, llamado Damián (Luis Tosar). Son ellos los hijos de la España invertebrada, España de ricos y de pobres, la doble España. Son aquellos que han aguantado el peso del día y del calor durante las severas tareas del siglo; ellos también los que van calculando por dónde arrimarse a tablas.

No es casual que en ambas películas los personajes de esta generación pertenezcan al medio rural. Su España y ellos eran pueblerinos en el sentido más noble que cabe dar a esta palabra. Eran los que aterrizaban en las ciudades con su bien cosido y remendado traje de pana, aquéllos cuyas alpargatas, entrados los sesenta, fueron transformadas por el milagroso Desarrollo en achaparrados Seiscientos.

La segunda generación que figura tanto en Solas como en Flores son los hijos de esta generación mayor, las mujeres y los hombres de la Transición y del régimen y de los hábitos democráticos. Como la noche del día, dista su modo de vida del que caracteriza a sus padres. Aquí nos las habemos ya con españoles urbanos, emancipados, cultivados, descreídos. El caso más señalado lo retrata la película de Zambrano: la hija de la voluminosa protagonista, llamada María (Ana Fernández), incapaz de vivir sometida al arbitrio patriarcal de su padre, cambia su casa en el pueblo por una vida de adolescente independiente en Sevilla.

A mitad de camino entre lo rural y lo urbano están los protagonistas de Flores de otro mundo. Ellos son habitantes de un pueblo, sí, pero hasta él llega el aire de la ciudad, lo trae el autobús, los automóviles; las ondas hercianas transportan imágenes de amores insólitos en el medio rural.

Además, el arco generacional es más amplio en Flores que en Solas. En el guión de Bollaín-Llamazares hay muchachas y muchachos quinceañeros, jóvenes veinteañeras, madres en sus treinta o cuarenta, responsables, aunque todavía con cuerda; hay paletos de cuarenta, paletos de cincuenta que viven, sí, en el pueblo cabeza de comarca y a él pertenecen en cuerpo y alma, pero que entienden y se manejan con los elementos urbanos como no lo hace la generación de sus padres, rural profunda, inexorablemente extraña a la ciudad.

En la película de Bollaín figuran unos personajes que superan la vieja dicotomía entre lo rural y lo urbano, lo cateto y lo cultivado; son elementos extraterrestres, de un mundo allende España; son la niña cubana llamada «Milady» (Marilín Torres), y la mujer dominicana, Patricia (Lissete Mejía), dos flores exóticas que dan título a la película. Esta nota era relevante sociológicamente, porque para referirse a nuestra sociedad actual no bastaba un discurso sobre la España rural y la España urbana, sin referirse a esa España que nunca ha sido España, la que veremos qué llega a ser, la España de la inmigración tratada ya por Erice, Armendáriz o recientemente por Cotelo, entre otros.

Esa España que será, la que devendrá blanca o negra o morena, la España de la tercera generación, nietos de la guerra e hijos de la democracia, la vemos representada en ambos filmes por los niños. En Solas y en Flores son sólo protagonistas pasivos, son los que sólo miran, aquéllos cuyas vidas dependen siempre de otros y hacia los que confluyen todos los anhelos más vivos de las personas mayores.

Pues bien: la fisiología de la última España, la red espiritual que une a esas tres generaciones, el completo juego de fuentes y corrientes subterráneas de vida que corre entre ancianos, jóvenes y niños, depende en nuestro país de un punto neurálgico, de una estación de Alsasua, de un Triángulo de las Bermudas presente por igual en las películas de Zambrano y Bollaín. El elemento vertebrador de España, la trabazón sobre la que se ha tejido la historia de este siglo en este país, no han sido, naturalmente, los militares metidos a caudillos, ni tampoco las élites intelectuales y profesorales a las que se refería Ortega; Solas y Flores demuestran que otra ha sido la clave de la Transición, la correa de transmisión, la columna vertebral. Quiero hablar de las mujeres.

Recordemos cómo son las españolas protagonistas de ambos filmes. Dándole la vuelta a aquel título de Bigas Luna tan castizo (Jamón-jamón), podríamos empezar por hablar de mujeres que, en ambas películas, se encuentran «casadas-solas». No «solas» como Carmen Alborch, ni «casadas-casadas» como Rocío Jurado, sino precisamente «casadas pero solas», «casadas y solas» o acaso más sencillamente: «casadas: solas». El uso común del castellano supone que quien está «casado» se encuentra «acompañado», «no solo», pues un marido o una mujer son, sobre el papel del Diccionario de la Real Academia, compañero o compañera de vida. Pero no sucede así con las mujeres que nos presentan Zambrano y Bollaín-Llamazares.

Tanto la protagonista de Solas como la de Flores están casadas y, sin embargo, las dos, según la lógica dramática que activa ambos relatos, viven solas. Es significativa a este respecto la homonimia entre el título del primer largometraje de Bollaín: Hola, ¿estás sola? (1997), con el primero de Benito Zambrano, quien ya no pregunta eso a la joven generación, sino que afirma: Solas, marcando de un solo trazo el territorio emocional de su discurso. La lluvia amarilla, si queréis, se ha convertido ya en un fenómeno de masas, urbano.

La madura madre de María, en Solas, ha compartido su vida con un hombre tosco, agrio, celoso, probablemente un burdo egoísta, ciego ante el hecho de que alguien haya gastado su vida junto a él. La película nos lo presenta como un rudo campesino ingresado en un hospital de Sevilla. Su mujer le atiende cada día de un modo que, en la lógica de finales de los noventa, nos resulta hasta servil. Todo los actos de esta mujer, sus reacciones, sus gestos son pensados y realizados con el fin de acompañar grata, cálida, cariñosamente a su marido, en lo que pueden ser los últimos días de éste. Ella intenta que él no esté solo, incluso cuando la compañía está prohibida por los facultativos: su marido en la UVI; tras las ventanas de la sala, erguida sobre sus gordas piernas con varices, está esta mujer de piel tostada por «la calor» de la campiña sevillana.

¿Y él, cómo responde? Con grosería y celos de un hombre testarudo, poco inteligente. Estar casado para esta protagonista significa, por tanto, no ser libre, vivir sometida a la voluntad de quien se considera (no entendemos con qué fundamento) superior y con derecho a ser obedecido. Él, como sus padres, como sus abuelos, como las piedras.

No sólo casada, sino dos veces casada está también la dominicana Patricia, en Flores. Y por esa razón va a vivir ella dos veces sola. Su primer marido -un dominicano con quien tuvo dos hijos, los pequeños que están ahora a cargo de Patricia- es un tragaldabas. En su doble aparición en la historia de Bollaín-Llamazares sólo sabe pedir dinero a cambio del préstamo que en su día hizo a Patricia para que ésta llegara a España. Patricia intenta huir de él, pero su destino no logra «descasarse» de este hombre: el nuevo camino que se abre tras cuatro años de trabajo ilegal en nuestro país, se tuerce cuando su primer marido aparece dispuesto a realizar un vergonzoso chantaje.

Porque Patricia se ha casado con un alcarreño, Damián, al que ha ocultado su primer enlace. A ella no le movía tanto el amor por este campesino (un buen hombre, pero harto limitado) como el deseo de asegurar el futuro de sus hijos. En este su segundo marido encuentra afecto y respeto, a los que Patricia sabe corresponder, y también cariño para sus hijos. Los dos no viven un cuento de hadas, sino un camino cotidiano cada vez más transitable. Pero la vida anterior de Patricia cuelga como un garrote sobre su destino; cuando parece que finalmente se afianza su nueva vida, vuelve a encontrarse sola.

Los protagonistas de la «segunda generación», aquellos a los que hemos asignado formación y hábitos urbanos, pueden ser caracterizados como los «solteros-solos». Difieren de sus padres en cuanto al estado civil: no están casados, no se han comprometido establemente como sus progenitores; pero tienen en común con ellos que viven en soledad, que experimentan un tipo peculiar de aislamiento vital.

María, en Solas, se escapó del pueblo porque no aguantaba a su padre y ha vivido en Sevilla muchos años, luchando por ganarse la vida sin ayuda de nadie. Trabajó de asistenta, ahora friega por las noches los suelos de las oficinas de los ricos. El resultado de sus esfuerzos es magro. Vive en libertad, sí, no-casada con nadie, no-dependiente de nadie, pero no consigue sacar la cabeza de la limitación, de la cutrez, del ir tirando que paulatinamente la endurece. El humor que los clásicos llamaron «bilis negra» se ha ido acumulando en sus entrañas. Ella lo mitiga bebiendo. Tiene un novio, un camionero con quien hace el amor cuando éste deja el volante. Como la deja embarazada, y ella lleva una vida aperreada: ¿va a aceptar la nueva vida o va a abortarla? A su novio le pide María el matrimonio para salvarse. Pero éste lo rechaza: el camionero, que es un guerrero, distingue las amantes de las esposas. La decisión de dar vida habrá de tomarla María sola.

En la película de Bollaín aparecen otras dos solas. Una es Marirrosa, una enfermera de Bilbao, madre soltera de un joven adolescente, que prueba a tener relaciones estables con otro vecino de Santa Eulalia. La segunda es una viuda de la vieja guardia. Sin maridos, las dos tienen hijos con los que conviven. Pero la edad las hace rígidas, incapaces de abrirse fácilmente a nuevas relaciones, les cuesta admitir junto a sí nuevas compañías permanentes.

Pero ¿acaso no están también «solos» los solteros de Santa Eulalia, esos hombres que invitan cada año a una camionada de mujeres para hallar una que quiera acompañarles? Sí, pero ellos saben cuándo y de qué manera aliviar, endulzar su soledad. «Cuando estoy apurado, viajo a Madrid», dice uno que se ha ligado a una jovencita cubana, «Milady», a quien pretende impresionar con su riqueza de hortera. Otros hablan de los prostíbulos de la carretera de Zaragoza, donde hay de todo: guapas y feas, nativas y cubanitas, y siempre champaña, aunque sea de granel.

Así que Solas y Flores delimitan un estado social: la soledad, y nos cuentan cómo reaccionan las distintas generaciones ante este hecho. Y precisamente porque la respuesta de las mujeres ha sido distinta de esa clásica entre los varones, podemos hablar de la importancia social y cultural de su actitud y su comportamiento. Solteras o casadas, viudas o prometidas, madres o amigas, trabajadoras rurales o urbanas, algunas mujeres españolas han pronunciado con sus vidas una respuesta análoga, diversamente modulada, pero de parecido sabor e importancia: las madres, las novias, las amigas han visto en el amor una de las más altas fórmulas de afirmación de la propia dignidad y de la dignidad de los otros.

La madre protagonista de Solas ejerce esta profesión: la del cariño que busca el bien de los demás y se olvida del propio provecho; la de la ternura hecha de menudos, ordinarios, nunca humillantes para quien los hace ni para quien los recibe, sacrificios. La vida de esta mujer no ha sido otra cosa y se va a morir sin aprender oficio distinto. Ni siquiera entiende otra actitud: le parece natural atender a su marido, atender a su hija, atender al vecino viudo que reclaman, egoístamente o no, su ayuda. Sin embargo, eso es precisamente lo que su hija no logra entender: que haya vivido sometida a un individuo como su padre, tiránico y tosco, sacrificando su vida por él. Más que el hábitat y el estado social, es la aceptación de servidumbres, el afán de independencia, la capacidad de rebelarse lo que distancia a las generaciones.

Ambas películas plantean que hay cosas que pueden llegar a ser mas fuertes, más importantes que la propia independencia. La última parte de Solas modula una clara respuesta, al unir de un modo inesperado el destino de las dos generaciones, inicialmente separadas por la incomprensión. Ni sometimientos de esposa o de esposo, ni libertad de amante: las respectivas soledades de un hombre viejo y una joven mujer se encuentran después de haber sido ambas objeto del cariño simple, pero efectivo y constante, de una mujer inculta, gorda, sencilla. Ella desaparece de escena; pero su ejemplo, su cariño, su infatigable bondad sirven de vínculo entre las generaciones y salva el futuro. La vida de una sencilla mujer de pueblo ha sido fecunda: creó vida y sigue creándola una vez muerta.

Patricia, en Flores, es una mujer que conoce bien lo que ha de dar a cada uno. Distingue el amor por sus hijos -verdadero motor de su vida- del cariño con que trata a Damián; el respeto con el que intenta conquistar a la fría madre de éste y la amistad fiel y chispeante que dispensa a sus compatriotas dominicanas. En este caso, es el corazón de una joven exótica lo que acaba uniendo a las generaciones españolas y salvando la de otro modo comprometida vida de las comunidades rurales.

Es verdad que el destino nos encadena a todos con hilos harto sutiles. Lo que al principio no parecen sino circunstancias, personas, trabajos livianos, que uno podrá sacudirse con sólo desearlo, se transforman por la fuerza de la vida en hechos ineludibles, en responsabilidades, en cargas. Juventud y libertad, vida y servidumbre. ¿Tenían mucho dónde elegir las mujeres en los pueblos españoles de los años cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta? ¿Muchas más o menos choices que las de una dominicana con dos hijos, obligada a trabajar sin papeles en España? ¿Encuentra mucho dónde elegir una joven mujer de la limpieza cuyo novio se desentiende de su embarazo? ¿Puede aceptar un hombre de pueblo, condenado a la soledad pero orgulloso, que le engañe una mujer de pocas letras?

Destino, hado, buena o, casi siempre, mala suerte llamamos a todas esas circunstancias y personas que se alzan frente a nosotros y que, hagamos lo que hagamos, parecen impedirnos progresar en un camino, del que, por otra parte, no tenemos más señales que nuestras edulcoradas imaginaciones. ¿Qué hacer cuando se osifica el amargo destino? ¿Cómo tratar los dolores de muelas de nuestra alma? ¿Lamentamos estérilmente, como el perro escaldado de Bulgákov, aullando? ¿Decir: pues ahora os vais a enterar, porque yo seré infeliz, pero vosotros vais a sufrir mis gritos, mi histeria va a envenenar vuestra vida? A estas alturas de la película sería ingenuo intentar vender un Linimento Sloan para psiques politraumatizadas. La vertebración de un país, ahora ya lo sabemos, no depende de ninguna clase de sujetos privilegiados, educados y monos. Ni siquiera nuestros intelectuales, si es que alguno merece tal nombre, se atreven a servir café para todos. Las películas de Bollaín y Zambrano nos hablan de vías de salida innovadoras, creativas, sintéticas, como la vida. Sus películas señalan magníficamente el tipo de respuestas construidas por seres que no renunciaron al cariño; de mujeres que envejecieron pero que no se enfriaron; de españolas cuyos cuerpos encallecieron a la vez que sus caracteres embellecían, haciéndose más comprensivas: son las mujeres a las que nadie regaló, a las que nadie facilitó, a las que nadie logró impedir la cotidiana conquista de una humanidad plena. La futura vida española ha nacido de estas gordas, perfectas, buenas mujeres; de estas biografías que en pantalla podríamos ver como Raras, preciosas flores que germinaron por milagro en nuestro mundo.

En NUEVA REVISTA, Nº 65. OCTUBRE-NOVIEMBRE, 1999. PÁGINAS: 116-124.

 

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15/07/2005 ir arriba
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