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AMAR LA VIDA (WIT) (Gloria María Tomas y Garrido)

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AMAR LA VIDA (WIT)

Si el poeta Ramón Lull afirmaba que “El amor nace del recuerdo; vive de la inteligencia y muere por olvido”, en el caso de Vivian parece que queda trastocada la cita: el amor nace del recuerdo, le impide olvidar y pone a la inteligencia muy cerca del corazón.

DEL CINE A LA ANTROPOLOGÍA (*)

Por Gloria María Tomas y Garrido .
Profesora de bioética. UCAM

Película: Amar la vida (Wit)

-Director: Mike Nichols
-Intérpretes: Emma Thompson, Christopher Lloyd, Hielen Atkins
-Drama
-Gran Bretaña, EE.UU., 2001

Sinopsis

Vivian Bearing es una distinguida profesora universitaria, de Literatura inglesa, filósofa y experta en poesía del siglo XVIII. Tiene cuarenta y ocho años.

Se ha dedicado a las palabras, y particularmente al poeta John Donne. Está acostumbrada a aplicar argumentos racionales a la vida cotidiana.

Pero el mundo de las letras clásicas en el que ha vivido sumergida queda colapsado cuando las pruebas médicas, con tecnología ultramoderna, a las que debe ser sometida tras diagnosticarle un cáncer ovárico, cambiará el rumbo de su existencia.

La burbuja protectora por la que se ha visto protegida todo este tiempo se rompe repentinamente obligándole a experimentar un traumático despertar emocional más humano y profundo.

Si el poeta Ramón Lull afirmaba que “El amor nace del recuerdo; vive de la inteligencia y muere por olvido”, en el caso de Vivian parece que queda trastocada la cita: el amor nace del recuerdo, le impide olvidar y pone a la inteligencia muy cerca del corazón.

Reflexiones bioéticas

Estas reflexiones surgen por dos veredas dispares. La primera se refiere al contenido de la Ley 41/2002 (B.O.E. 15-11-2002); La Ley Básica Reguladora de la Autonomía del Paciente y Derechos y Obligaciones en Materia de Información y Documentación Clínica .
El segundo camino es el resultado de un foro con alumnos de Fisioterapia de la Universidad Católica de Murcia, con motivo de la proyección de esta película.

La ley 41/2002 plantea situaciones que se han ido incorporando en el mundo sanitario, y otras que exigen una clara jurisprudencia. De una manera sucinta, se pueden citar algunos de esos temas: el valor de la autonomía del paciente; la introducción –con los debidos matices- del concepto de usuario, el derecho del enfermo a ser informado; el consentimiento informado, los límites del derecho de información por el interés de la salud del paciente -con una amplia gama de posibilidades-, la protección de los derechos humanos, la protección de la dignidad humana, el máximo respeto a la libertad personal, la voluntad humanizadora de la acción sanitaria, la inclusión del espinoso tema del testamento vital o voluntades anticipadas, el acceso a la historia clínica, etc.

De todo ello, parece importante recordar, como han señalado insignes juristas, que el Derecho ordena según justicia, la convivencia de los hombres y de los pueblos, y garantiza contra los abusos y tiranías de quienes querrían vivir o gobernar a tenor de su propio arbitrio o de su fuerza prepotente. Pero ello no equivale a que, siguiendo la gran incidencia del positivismo contemporáneo, se considere como primer criterio de actuación o, incluso, como el válido por excelencia esta dimensión legislativa.

La película “Amar la vida”, tal como en sí misma está planteada, y tal como mis alumnos han sabido captar, muestra el gran desfase entre ciencia y conciencia, entre la biojurídica –captada con un sentido restrictivo y empequeñecedor- y la bioética. Pero a su vez, abre una puerta para descubrir el compromiso y el deseo del personal sanitario a actuar en beneficio del enfermo, no exclusiva y reductivamente para conocer mejor la enfermedad y poder afrontarla, sino de modo muy necesario para beneficiar a los enfermos a la larga y, a la corta, para conocer mejor su estado de ánimo, para saber respetar su situación, cuidar y amar al sufriente, tal como se proyecta la bioética personalista. Veamos estas ideas al hilo de la película.

Es una película clara, en parte sobrecogedora y atrevida que realiza una crítica explícita de la visión utilitarista y cientifista de la medicina en tantos lugares de Occidente. Sorprende que la satisfacción de los médicos es consecuencia de los resultados positivos obtenidos en su investigación, al margen del estado de la paciente. El trato no es humanitario ni asistencial. El consentimiento informado aparece como requisito establecido y rutinario. No hay respeto a la integridad física y sicológica de la paciente, ni mucho menos se protege su intimidad y su sensibilidad en el tratamiento clínico.

La película es un largo y magistral monólogo de una enferma moribunda, solitaria, en la habitación de la clínica, en donde hasta la televisión siempre aparece apagada. Vivian es una mujer externamente valiente, que parece inmutable, y que para superar anímicamente su situación, utiliza sus recursos, la cultura y la ironía, muchas veces, a modo de sentencias: “Es halagadora la atención que recibo... durante los primeros cinco minutos”. “Me leen como un libro. Antes enseñaba yo; ahora me enseñan a mí”. “Me siento aislada, no por el cáncer, sino por el tratamiento del cáncer”. “El dolor es lo que hace que aún me sienta con vida”. También se hace y hace preguntas que deja sin contestación, como cuando le insinúa a su alumno, que ahora es su joven y pretencioso médico investigador: “Sentirá pena cuando...?”

La revisión médica hacia ella, por parte del equipo médico, se realiza de modo inesperado, sin preparación, utilizando el más genuino argot profesional, totalmente ajeno a una persona muy enferma y sufriente. Sólo destaca una enfermera que es a la que la profesora comunicará su voluntad de no ser reanimada en caso de un paro cardíaco. Conforme va sintiendo que ella es tratada y observada como un objeto de investigación y no como una persona va sintiéndose insegura. Cuando ya la enfermedad está avanzada dirá en su constante y estremecedor monólogo “¿Qué me queda por vomitar?” (...) Mi vocabulario es cada vez menos poético (...) Si vomitara mi cerebro...; mis colegas se pelearían por mi puesto de trabajo”. “Siempre me preguntan mi nombre..., llevo ocho meses ingresada”. Su ironía es su coraza, sobre todo al ver que viene a ser “un animalillo de laboratorio”. Llega a decir “Soy un papel en blanco con muchas manchas negras” o “Pensaba que en esta vida con ser inteligente, todo estaba hecho y me he dado cuenta de que no ha servido para nada”.

En su evolución pasa de ser esa persona fuerte, intimidadora, segura, llena de autoconfianza a ser tan débil y frágil como un bebé. Siente la soledad, el desamparo, el dolor. Nunca ha buscado el trato social y ahora no lo tiene aunque añora -es la hora de la sencillez, y de la verdad- el trato humano, la compañía. Su enfermedad, que la conduce a pasos agigantados a una muerte segura e inminente, ya no es amortiguado por ningún poema. Necesita el cariño, y sólo lo encontrará en una de las enfermeras y en la única visita que recibe, la de una anciana, antigua profesora suya, que se abraza a ella, en parte como acunándola, y le susurra “es la hora de irse” Vivian, entonces, se duerme.
Su antigua profesora, la acoge como la niña que fue, y le vuelve a contar el cuento de cuando era pequeña: “Bandadas de ángeles te acompañarán en tu descanso...”.

El telón de fondo es el cumplimiento del verso pronunciado por Vivian, que sirve para los momentos fuertes y para los débiles, quizás porque es un verso para la persona: “Muerte, no te enorgullezcas,/ no te creas poderosa y temible,/ puesto que nada de eso eres,/ porque a todos aquellos a los que creíste abatir no murieron./ Triste muerte, ni a mí podrás abatir/ (...) Muerte, no te enorgullezcas.../ tras un breve sueño,/ despertaremos a la vida eterna./ Muerte, morirás./”

Víctor Frankl señalaba que, aunque el hombre ha sido capaz de crear la cámara de gas, también ese hombre ha sido capaz de entrar en ellas musitando una oración. No menos impresionante resulta el hecho paradigmático de la protagonista de “Amar la vida”, una mujer de mediana edad que se enfrenta, consciente y sola, a un brutal tratamiento experimental, sabiendo que, lo más probable es que, inexorablemente, va a morir, y lo haga recitando mentalmente una y otra vez los poemas del poeta en el que se especializó. Poemas que suavizan la grandeza y el sin sentido de la muerte.

De vez en cuando la película hace algún flash back, por ejemplo, cuando se recuerda, niña, leyendo, junto a su padre, y éste le enseña el significado de soporífico”. Vocablo que, con un cierto toque de humor, vuelve a emplear al final de su vida. Otro momento en esta línea es cuando viene a su memoria la conversación con un alumno, que le pedía retrasar el examen para asistir al funeral de su abuela. Ella se lo negó, incluso de modo implacable.

Película llena de realidad y de esfuerzo por amar algo tan preciado como la vida humana. Vuelve a reflejarse en la poesía de su poeta, haciéndolo como un juego de niños: “...donde quieras que te escondas, Dios te encontrará”. Todos somos poseedores del regalo de la vida, tal como le enseñó el cuento que leía junto a su padre de pequeña, pero sólo cuando aprendió a sufrir, cuando está preparada para “irse” es cuando lo entiende.

Amar la vida, supuesto básico para el desarrollo de la ley, pero sobre todo camino para tratar a la persona, y muy particularmente a la persona como lo que es: un tu. Es cierto que la libertad del hombre se nutre de reglas y de disciplina, pero no sólo de eso. Se comprende que Hermann Hesse formulara esas fuertes palabras: “Vivir significa estar sólo; nadie conoce al otro, todos estamos huérfanos”. La misma experiencia detectada por Albert Camus: “nos miramos y no nos vemos; estamos cerca los unos de los otros y no podemos aproximarnos”.

Reflexionar sobre esta película, y considerar el contenido de una importante ley en el ámbito sanitario puede conducir a un reto más necesario y más progresista de los que buscamos a simple vista. El reto de la consideración del otro, que me necesita y al que yo necesito. El reto de la consideración del otro al que respeto y amo, y que me puede respetar y amar.

Colaboración para Arvo Net.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

14/07/2005 ir arriba
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