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A PROPÓSITO DE SOLAS Y COSAS QUE IMPORTAN (Gloria María Tomás y Garrido)

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A PROPÓSITO DE SOLAS Y COSAS QUE IMPORTAN

Gloria María Tomás y Garrido

SOLAS

Director: Benito Zambrano

Intérpretes: María Galiana, Ana Fernández, Carlos Álvarez-Novoa

Española, 1999



Resumen del argumento

María reside pobremente en Sevilla, en un piso nada hogareño; trabaja como asistenta, y echa en cara a su desabrido padre, no haber recibido una preparación mejor para tener otro nivel; mantiene una relación sentimental con un camionero, que no la aprecia ni como mujer ni como madre del futuro hijo que han engendrado, y que le lleva a plantearse abortar.

Su madre, Rosa, acude a la ciudad porque en ella han ingresado a su marido, y va a cuidarlo. María acoge malamente a su madre y, el resto de la película es la plasmación lineal y profunda de cómo una mujer iletrada pero virtuosa, especialmente prudente, sencilla y oportuna, sabe ayudar a su hija.

Esta opera prima de Zambrano, no sólo se ha llevado merecidos premios sino que logra mostrar con hondura una de las realidades más difíciles de recrear en el cine: ese heroísmo de lo cotidiano de tanta gente aparentemente vulgar, casi con más defectos que virtudes, donde se asientan los cimientos éticos de la sociedad. María Galiana dice en una de las múltiples entrevistas a las que se ha visto acosada: "Benito Zambrano ha hecho una película en la que lo más importantes es el amor. Mi personaje sigue al pie de la letra las bienaventuranzas". En efecto, la película de un rotundo dramatismo visual –muy al estilo del nuevo cine europeo- va dando pinceladas y trazos de autenticidad en el que el amor de una esposa, de una madre, de una vecina, de una paciente –son los distintos prismas de Rosa- superar la sordidez de tantas desgracias auténticas y suaviza tanta soledad del corazón.


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COSAS QUE IMPORTAN

Director: Carl Franklin

Intérpretes: Meryl Streep, Renée Zellweger, Willian Hurt

USA, 1998



Resumen del argumento

El sólido guión se basa en el best seller de Anne Quindlen, premio Pulitzer. La narradora Ellen Gulden- es una joven y agresiva periodista de Nueva York-, cuya vida da un vuelco cuando a su madre, a la que cree en general estúpida y provinciana, le diagnostican un cáncer terminal, y su padre le pide que sea ella quien la cuide; Ellen no está dispuesta a renunciar a esa prometedora carrera, en la que la ambición, el perfeccionismo, y el propio estrés marcan un ritmo trepidante .

Se restañan con su vuelta al hogar las heridas abiertas con respecto a su madre, pero aparecen una nuevas, más profundas, más dolorosas, en relación con su padre, al que admiraba como prestigioso profesor universitario, y en el que descubre unos aspectos oscuros, que le harán pasar del desencanto a la comprensión cuando sabe que su madre los encubre con el auténtico amor de esposa fiel.

Es una pena que el desenlace final opte por la eutanasia, haciendo caer los resortes éticos de la película, y dando una incoherencia final a una magnífica película en la que Meryl Streep, pone en bandeja su duodécima candidatura al Oscar.

La incapacidad del marido para afrontar la realidad, la capacidad de la madre para suavizarla, y el descubrimiento de la madurez en la hija nos acercan a una película que critica las apariencias, y en la que vence, de una vez por todas –con la excepción mencionada del final- el amor humano.


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Siendo dos películas diferentes en su localización –la una provinciana, y la otra cosmopolita-, en ambas, destaca con luz propia el amor de benevolencia que arregla lo imprevisto, y que deja un reguero nítido de esperanza entre los vaivenes de vidas reales.

Una madre potente hace resplandecer en una hija desarraigada el valor de la vida; una madre enferma, con un mundo interior muy rico despiertan en una hija absorbida por el éxito profesional, el amor a cada ser humano con sus indigencias y sus grandezas.

He elegido estas películas porque justamente, en el año dos mil, se cumple el quinto aniversario de la publicación de un documento emblemático del actual Pontífice: la Evangelium vitae. Son muchos los Congresos, a nivel mundial, que, en torno a este evento se están realizando; en el momento de su publicación, pude colaborar en uno de especial interés y repercusión que tuvo lugar en Valencia. De aquella colaboración, en la que traté sobre el amor de benevolencia a través de la Evangelium vitae, he extraído algunos aspectos, que se exponen a continuación; pienso que, en tantas ocasiones, la soluciones optias de los dilemas bioéticos, pueden y deberían ir acompañados y protegidos por este clima de benevoelncia en lo ordinario.

a) La vida humana es un bien

La lectura sencilla y profunda de la E.V. nos muestra como el cabal entendimiento de la vida humana sobrepasa nuestra razón y nuestras razones; es misterio rompedor de límites, como lo es el amor, se mire, por donde se mire, y como el dolor allá donde se sienta. La vida que Dios da al hombre es germen de una existencia que supera los mismos límites del tiempo, es tensión hacia una plenitud de vida (1).

Este misterio de lo humano y de la humanidad de la persona ha sido oscurecido, confundido y pervertido por no pocas ideologías. Mas no destruido definitivamente; tal es la riqueza humana; en ella se instala el nuevo despertar a la reflexión ética (2).

Siendo la verdad -en expresión de Juan Pablo II- uno de los nombres más bellos que Dios se ha dado a Sí mismo y que sólo puede aprehenderse y comunicarse con la cabeza inclinada, debo subrayar que, ante esta Carta suya, la rendición del entendimiento se ve fortalecida en la alegría de la esperanza. Plagiando al último premio Nobel de la Literatura, Seamus Heaney, digo como él que canta el corazón intensamente su mensaje (3), en el que el Papa no ignora las opciones delictuosas que, fruto de una idea perversa de libertad, están presentes en nuestra sociedad (4).

El valor de la vida humana está sufriendo una especie de "eclipse", "nuestras tinieblas son las luces del diablo", explicitará C.S. Lewis (6); pero ese mal no cuenta ni como lo fundamental ni como lo definitivo (7). El griterío de voces en off que ahora enturbian y pervierten las costumbres, no pueden lograr que el hombre deje de ser hombre, ni que Dios deje de ser Dios; la conciencia señala el valor sagrado e intangible de la vida humana (8).

La riqueza de Dios se ha excedido haciendo de cada persona una novedad radical, queriéndola por sí misma, dotándola de una vocación a la libertad con la que forja su singularidad, y su alteridad, por la que es causa de sí -recordando a Aristóteles-; más aún, con la que está predestinada a ser no sólo imago Dei, sino un eterno interlocutor personal suyo; Dios ha hecho del hombre el término personalísimo de su amorosa y paternal providencia (9), al que puede llegar con sus prerrogativas específicas: la capacidad para conocer la verdad y la libertad (10).

La historia, la experiencia y la fe nos muestran que posee la persona una libertad herida; su excedencia de ser y sus posibilidades de infinito, están atravesados de indigencia; la persona lleva en sí su autodestrucción; incluso puede optar por la eliminación de los otros, por convertirse en enemigo de sus semejantes (11). Desgraciadamente, como afirmó Camús, es la única criatura que puede rechaza ser lo que es (12).

b) ética y dignidad humana

Estas afirmaciones arquetípicas para la vida humana y de la vida humana, educidas del texto del Pontífice, nos llevan a no tener miedo de ser testigos de la dignidad de toda persona (13), a apreciarla incondicionalmente.

Como afirma el filósofo Millán Puelles, la ética filosófica, que no considera la ayuda de la fe sobrenatural, tiene también como punto de partida y cantera de sus conocimientos la experiencia moral propia del hombre; las únicas condiciones de posibilidad atribuibles a la conducta moral son las humanas; es decir, nuestra propia naturaleza, la que todos poseemos justamente en tanto que hombres.

Las inclinaciones, tendencias y disposiciones naturales son determinaciones de cada cual en virtud de su ser específico; de tal modo que necesariamente ha de ser antinatural cuando el obrar sea disconforme con la naturaleza; ese obrar en conformidad con lo que se es ya un cierto bien.

Los deberes del hombre, en cuanto hombre, para lograr ese bien, son deberes de un ser que no es racional únicamente, aunque tampoco es sólo animal; nuestros deberes tienen ambos presupuestos (14).

La E.V. aprecia y se basa en este imperativo moral de la ley natural, mas lo supera con la denominada civilización de1 amor; "Vivid como hijos de la luz (Eph 5,8) ... es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida; urgencia relacionada con la situación histórica que atravesamos, pero que tiene su raíz en la misma misión evangelizadora ... el evangelio, está destinado a impregnar todas las culturas y animarlas desde dentro para que expresen la verdad plena sobre el hombre y sobre la vida" (15).

Tiene la persona su último y primer fundamento en el Ser Absoluto, en Dios (16). Es lo sacrum, aunque no siempre sea reconocido como tal (17), es la impronta de lo imborrable en la conciencia; sacralidad que dota a la existencia de un sentido global; órbita en la que se encuentra el bien, y el mal, la verdad, la belleza; es la órbita en la que está Dios; la persona, desde la honestidad racional y natural, se reconoce a sí misma como ser ético (18).

La ética, como ciencia de los fines y de los medios que a ellos conducen, puede desde esta perspectiva establecer diversos tipos e intensidades de compromisos en relación de los hombres entre sí y con el mundo; esa reciprocidad nos convierte, paradójicamente, en deudores y acreedores mutuos.

En la E.V.el clima de estas relaciones supera la equidad; hay que cobijar con los derechos y con el amor incluso a quienes los han violentado o desconocen (19). Ahí se inicia la proporcionalidad entre felicidad y amor de benevolencia; se ha de contar con algo más que con la pura y simple afirmación de la libertad humana in abstracto; se tiene que comprometer y reconocer la realidad de nuestra propia conciencia, la experiencia de nuestra libertad en estos actos que no puede pasar por alto la decisiva importancia de las virtudes morales (20).

Se trata de contar con todo lo que el hombre es y está llamado a ser: ni disconforme con su peculiar naturaleza, ni ajeno al don de la gracia divina, que no lo desnaturaliza, sino que lo sobrenaturaliza.

Nos lo recuerda el Papa: " ... es esencial que el hombre reconozca la evidencia original de su condición de criatura que recibe de Dios el ser y la vida como don y tarea" (21).

c) el amor de benevolencia

El descubrimiento de la propia e irrenunciable realidad conduce a la primacía del orden moral sobre todos los demás; las acciones se juzgan como un todo, y no como consecución de fines particulares (22), cuyos objetivos, libremente elegidos, son en cierta medida, relativos.

Frente a los fines particulares el fin propio del hombre no está ni simplemente puesto ni inventado, sino que se halla de antemano en nosotros como aquella suprema aspiración constitutiva del hombre que tradicionalmente se ha traducido como felicidad (23).

El modelo de perfecta felicidad que cada uno lleva dentro de sí no se puede realizar, ni sustancial ni adecuada mente, bajo condiciones empíricas. Una realidad satisfecha reconciliaría al hombre con su finitud. La experiencia inmediata es siempre un "estar buscando", un continuo "estar anticipándose". Cuando deja de ser esto, deja absolutamente de ser. Existencialmente el hombre se dirige hacia un camino infinito bajo condiciones de finitud: en la vida humana indefectiblemente aparece el dolor, la insatisfacción.

Ante esta experiencia moral el cristiano conoce como nadie que la discrepancia entre el sueño de la felicidad y la posibilidad de realizarlo es de naturaleza antropológica el "ni el ojo vio ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado a los que le aman"- (Cor, 1,2,9) no es una utopía (24): por el amor de Dios y el amor al prójimo, se encuentra con una gracia que ningún hombre se puede otorgar a sí mismo: que otros hombres, que el mismo Dios, lo quieren promover en lo que en sí mismo es. Que él puede promover a los otros a que sean lo que pueden ser.

Dirigirse a lo que es conveniente para el otro, es decir, lo que satisface su propia trascendencia volitiva, es amor de benevolencia; para Aristóteles es la amistad; amar a los demás por mor de sí mismos. El otro es importante para mí por lo que en sí mismo es, no por lo que sea para mí.

El precepto de "amar a vuestros enemigos", paradigma de la profundidad del amor cristiano, no es una extraña locura; manda lo real: no renunciar a percibir la realidad del otro como identidad, ni siquiera cuando mi relación con él sea de enemistad y de lucha. Algo muy distinto al rigorismo de la ética kantiana.

En la E. V. (25), afirmará el Papa que nadie puede renunciar al derecho a defenderse por amar poco la vida o a sí mismo, sino sólo movido por un amor heroico, que profundiza y transforma el amor por uno mismo, según el espíritu de las bienaventuranzas evangélicas, en la radicalidad oblativa cuyo ejemplo sublime es el Señor.

La auténtica aceptación del hombre no es revocable: no se puede separar de la fidelidad. Esta afirmación se realiza libremente y se identifica con benevolencia. Quien ama a una persona no permite forma alguna de abstinencia ontológica; todo lo contrario, implica una afirmación de lo que es imago Dei(26). Sobre esa facultad se asienta todo posible deber. Deber gustoso, luz amable de la experiencia cristiana; la benevolencia es para el propio benevolente un regalo; la vida deviene concreta, se llena de fuerza, como fantasía creadora y querer resuelto (27).

El paradigma de acción benevolente se da siempre que se acude en socorro de la vida humana necesitada de ayuda; esa disposición de proteger y salvar a la vida amenazada. Esta menesterosidad de la vida no está condicionada únicamente por circunstancias externas, sino también por la propia insuficiencia.

En la E. V. (28) se explícita al considerar los extremos del sujeto constitutivamente débil -el moribundo, el que ha de nacer- que radicalmente depende de los demás y que sólo sabe comunicarse mediante el lenguaje mudo de una profunda simbiosis de afectos.

Pero no es sólo en los extremos, no es sólo en lo externo donde existe la menesterosidad; toda persona para ser lo que verdaderamente es, para alcanzarlo, está necesitada de ayuda. El cristiano la tiene; de su experiencia de haber sido ayudado aprende también a ayudarse a sí mismo, siendo forjador de su propia vida, sin anonimato, y luz para los demás.

Afirmará Juan Pablo II (29) como el camino del amor y de la verdadera piedad, al que nos obliga nuestra común condición humana, y que la fe ilumina, entiende de la aspiración a la compañía, de solidaridad de apoyo en la prueba de todo sufriente y muy particularmente en la muerte.

d) la mujer llamada a dar vida a la humanidad y humanidad a la vida

Este subtítulo es del Papa; en la Encíclica Evangelium vitae escrita en un año dedicado universalmente a la mujer, no olvida el Pontífice la misión específica que ella tiene en la defensa de cada vida humana; señala explícitamente la necesidad de hacer llegar el Evangelio de la vida al corazón de cada hombre y de cada mujer e introducirlo en lo más recóndito de la sociedad (30); hace un canto al heroísmo cotidiano al que pertenece el testimonio silencioso pero a la vez fecundo y elocuente de todas las madres valientes que se dedican sin reservas su familia, con su amor invencible (31), con su intrépida confianza en Dios y en su amor; encuentra soluciones para las mujeres que, habiendo " abortado, pueden llegar a ser artífices de un nuevo modo de mirar la vida... muy particularmente (32) el Papa hace un llamamiento en la promoción de un nuevo feminismo, que afecta e ilumina toda relación interpersonal.

En la conclusión de la Encíclica muestra una vez más a María, como arquetipo del género humano y prototipo de la mujer que, como la Iglesia de la que es figura, es madre de todos los que renacen a la vida (33).

A través de María "no habrá muerte"(PC 21, 4) pues toda su existencia está marcada por la certeza de que Dios está a su lado y le acompaña con su providencia benévola.

La mujer, con el modelo de María y de la Iglesia, con estas y tantas otras enseñanzas del Papa, incidirá en ser la forjadora y artífice de la reconciliación de los hombres con la vida (34), recuperando el corazón de nuestra sociedad; con su amor benevolente, con su cordura; es muy importante lo que la mujer puede decir, pero más lo que puede regalar: el celaje emergente de su feminidad que arguye la dignidad y el amor en los que hemos sido constituidas, a los que hemos sido llamados.





BIBLIOGRAFIA

ENCICLICA EVANGELIUM VITAE, documentos mc, la edición

Marzo 1995; pág. 60

(2) sic. n2 (l); pág. 47

(3) EL MUNDO, 7-X-95, pág. 3

(4) sic. nº (1) págs. 30 y 31

sic. nº (1), pág. 23

C.S. LEWIS. EL DIABLO PROPONE UN BRINDIS, Rialp, 1993;pág. 25

CRUZANDO EL UMBRAL DE LA ESPERANZA, Plaza y Janés, 1994;págs. 42

(8) sic. nº (l); pág. 23

(9) sic. nº (l); pág. 102

(10) sic. nº (l); pág. 60

sic. nº (l); pág. 17

A. MILLAN PUELLES. LA LIBRE AFIRMACION DE NUESTRO SER.Rialp, 1994; pág. 194

(13) sic. nº (7); pág. 34

(14) sic. nº (12); pág. 191

(15) sic. ng (12); pág. 156

(16) sic. nº (12) págs. 182 y ss.

(17) sic. nº (7); pág. 55

(18) sic. nº (7); pág. 55

(19) J.A. MARINA, 6-I-95

(20) sic. nº (12); pág. 557

(21) sic. nº (l); pág. 158

(22) R. SPAEMANN. FELICIDAD Y BENEVOLENCIA. Rialp, 1991; pág.37

(23) sic. nº (22); pág. 107

(24) sic. nº (l); pág. 146

(25) sic. nº (l); pág. 92

(26) sic. nº (22); pág. 161

(27) sic. nº (22); pág. 162

(28) sic. nº (l); pág. 33

(29) sic. nº (l); pág. 113

(30) sic. nº (l); pág. 134

(31) sic. n2 (l); pág. 142

(32) sic. nº (1) pág. 162

(33) sic. nº (l); pág. 169

sic. nº (l); pág. 163

Pantalla 90 n.111, marzo, 99

Pantalla 90 n.112, abril, 99

M.Cristiano, marzo, 2000 pág.13

Aceprensa 34/99

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Enviado por Arvo.net - 14/07/2005 ir arriba
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