| (Alegoría de la Iglesia)
CAPÍTULO 1
Invoca a Dios, que le previene con su gracia.
1. Os invoco, Dios mío, misericordia mía, que me criasteis,
y cuando yo os tenía olvidado, no me olvidasteis. Os invoco
para que vengáis a mi alma, a la cual pre-paráis para que
os reciba con el deseo que le inspiráis. No desamparéis al
que aho-ra os invoca, pues que antes que os invocara me prevenisteis
y frecuentemente insististeis con muchas maneras de voces,
para que de lejos os oyese y me convir-tiese y os llamase
a Vos que me llamabais.
Porque Vos, Señor, borrasteis todos mis méritos malos para
no dar su merecido a estas mis manos que os hicieron traición,
y prevenisteis todos mis méritos buenos para galardonar a
vuestras manos con que me hicisteis. Porque antes que yo fuese,
erais Vos; ni era yo algo para que me otorgaseis el ser. Y,
sin embargo, he aquí que soy por vuestra bondad, que previno
todo esto: que me hicisteis y por qué me hicisteis. Porque
Vos no tenéis necesidad de mí, ni yo soy tal bien de que Vos
pudierais ser ayudado, Señor mío y Dios mío; ni puedo en tal
manera serviros como para que no os fatiguéis en obrar, o
para que no sufra mengua vuestro poder, faltándole mi obsequio,
ni para daros culto como se cultiva la tierra, que si no os
doy culto, quedaréis baldío, sino para serviros y daros culto,
a fin de que me venga la felicidad de Vos, de quien me viene
el ser capaz de ser feliz.
CAPITULO 2
Las criaturas reciben todo su bien de la bondad de Dios.
2. Pues es así que de la plenitud de vuestra bondad recibió
el ser toda criatura a fin de que un bien que nada podía aprovecharnos,
ni procediendo de Vos había de ser igual a Vos, sin embargo,
ya que por Vos podía ser hecho, no faltase. Porque ¿qué os
había merecido el cielo y la tierra que hicisteis
en el principio? Digan qué os merecieron la naturaleza
espiritual y la corporal que hicis-teis en vuestra Sabiduría,
para que de ella estuviesen pendientes, aunque incoadas e
informes, cada una según su género, espiritual o corporal,
propendiendo al des-orden y a una remota desemejanza vuestra:
la espiritual informe, más excelente que si fuese un cuerpo
formado; y la corporal informe más excelente que si abso-lutamente
nada fuese; y así informes habrían estado pendientes de vuestro
Verbo, si por el mismo Verbo no hubieran sido reducidas a
vuestra Unidad, y formadas y hechas por Vos, sumo Bien, todas
ellas sobre manera buenas (Gen., 1, 31). ¿Qué mérito tenían
delante de Vos para ser siquiera informes, las que ni aun
eso serían sino por Vos?
3. ¿Qué mérito tuvo ante Vos la materia corporal para ser,
al menos, invisible e incompuesta, cuando ni aun eso
sería, sino porque Vos la hicisteis? Y, por tanto, pues no
era, no podía merecer de Vos que la hicieseis. O ¿qué méritos
tuvo ante Vos la incoación de la criatura espiritual [el ángel],
ni aun siquiera para que flotase tenebrosa, semejante al abismo,
desemejante a Vos, si por el mismo Verbo no hubiese sido convertida
hacia el mismo por quien había sido hecha, e ilumina-da por
Él, se trocase en luz, aunque no igual, pero, al menos, conforme
a la forma, que es igual a Vos? Porque así como para un cuerpo
no es lo mismo ser que ser hermoso –de otro modo, no podría
ser deforme–, así también para un espíritu creado no es lo
mismo vivir que sabiamente vivir; porque si así fuese, sería
in-conmutable en sabiduría. Bueno es, sin embargo,
para él estar unido a Vos (Ps., 72, 28) siempre, para
que la luz que ha adquirido acercándose a Vos, no la pierda
apartándose, y no vuelva a caer en la vida tenebrosa, semejante
al abismo. Porque también nosotros, que en cuanto al alma,
somos criatura espiri-tual, apartándonos de Vos, nuestra luz,
en aquella vida fuimos algún tiempo tinieblas (Efes.,
5, 8); y aún trabajamos envueltos en los residuos de nuestra
oscuridad, hasta que seamos justicia vuestra en vuestro Unigénito,
ya que antes fuimos juicios vuestros como un gran abismo
(Ps., 35, 7).
CAPITULO 3
Iluminación de los ángeles.
4. Mas lo que en las primeras creaciones dijisteis (Gen.,
1, 3): Sea la luz, y fue la luz, entiéndolo yo no incongruentemente
efectuado en la criatura espiritual; porque era ya una cierta
manera de vida, que Vos podíais iluminar. Mas así como no
había merecido de Vos ser tal vida que pudiera ser iluminada,
así tampoco, cuando ya era, mereció de Vos que la iluminaseis.
Porque ni tampoco su informidad os habría agradado,
si no se trocase en luz, no por esencia, sino contemplando
la Luz que ilumina (Jn., 1, 9) y permaneciendo adherida
a ella, para que lo que tiene de vida y de vida bienaventurada,
no lo deba sino a vuestra gracia; convertida por una mudanza
mejor hacia aquello que ni en mejor ni en peor puede mudarse:
y eso sois solo Vos; porque solo Vos sencillamente sois para
quien no es una cosa vivir y otra bienaventuradamente vivir,
porque Vos sois vuestra bienaventuranza.
CAPITULO 4
Nada hizo Dios por indigencia.– El Espíritu de Dios.
5. ¿Qué os faltaría, pues, al Bien que Vos sois para Vos,
aunque enteramente no existiesen, o hubiesen quedado informes
esas criaturas que Vos hicisteis, no por indigencia, sino
por plenitud de vuestra bondad, reduciéndolas y convir-tiéndolas
a su forma, no como si por ellas se hubiera de completar vuestro
gozo? Pues, como a perfecto que sois, os desagrada su imperfección,
para que sean por Vos perfeccionadas y os agraden; mas no
como a imperfecto, como si también Vos con su perfección hubierais
de perfeccionaros.
Porque vuestro Espíritu bueno se cernía sobre las
aguas (Gen., 1, 2); no era llevado por ellas como si en
ellas reposase. Porque aquellos en quienes se dice que reposa
vuestro Espíritu, Él los hace reposar en Sí. Pero vuestra
volun-tad incorruptible e inconmutable, en sí misma suficiente
a sí misma, se cernía so-bre aquella vida que Vos habíais
hecho; para la cual no es lo mismo vivir que bienaventuradamente
vivir, porque también vive flotando en su oscuridad. Fáltale
convertirse a Aquel por quien fue hecha, y más y más vivir
cabe la fuente de la vida, y en la luz de Ella ver la luz
(Ps., 35, 10), y ser perfeccionada, ilumina-da, beatificada.
CAPITULO 5
La Santísima Trinidad, bosquejada.
6. He aquí que en enigma aparece ante mí la Trinidad, que
sois Vos, Dios mío. Porque Vos, Padre, en el principio
de nuestra Sabiduría, que es vuestra Sabiduría nacida de Vos
e igual y coeterna con Vos, esto es, en vuestro Hijo, hicisteis
el cielo y la tierra. Y muchas cosas hemos dicho del
cielo del cielo y de la tierra invisible e incompuesta,
y del abismo tenebroso, en orden a los desfallecimientos
vagarosos de la naturaleza espiritual in-forme, si no se hubiera
convertido hacia Aquel por quien era una cierta manera de
vida, y por iluminación llegara a ser vida hermosa y fuera
cielo del cielo, de aquel cielo que entre agua y agua
fue hecho después (Gen., 1, 6-8).
Y tenía ya al Padre en el nombre a Dios que hizo estas
cosas; y al Hijo en el nombre del Principio en que
las hizo; y creyendo como creo que mi Dios es Trinidad, buscaba
en vuestras santas palabras, y he aquí que vuestro Espíritu
se cernía sobre las aguas. He aquí la Trinidad, mi Dios,
Padre, e Hijo y Espíritu Santo, Creador de toda criatura.
CAPITULO 6
Por qué sólo después de tantas cosas es nombrado el Espíritu
Santo.
7. Pero ¿qué causa había, oh Luz de la verdad –a Vos acerco
mi corazón para que no me enseñe cosas vanas; disipad sus
tinieblas, y decidme, os ruego; por la cari-dad, que es mi
madre, os lo ruego, decidme–, qué causa había para que, después
de nombrado el cielo y la tierra invisible e incompuesta
y las tinieblas sobre el abismo, entonces finalmente
vuestra Escritura nombrase a vuestro Espíritu? ¿Acaso porque
convenía de tal suerte insinuarle, que se dijera que se
cernía sobre algo, y no podía eso decirse sin mencionar
primero aquello sobre lo cual pudiera entenderse que vuestro
Espíritu se cernía? Porque no se cernía sobre el Padre,
ni sobre el Hijo; ni propiamente se pudiera decir que se
cernía (superferri) si no se cernía sobre algo.
Preciso era, pues, nom-brar antes aquello sobre que se
cernía, y después Aquel que no convenía ser nombrado,
sino diciendo que se cernía sobre algo.
Mas ¿por qué razón no convenía nombrarle de otra suerte, sino
diciendo que se cernía sobre algo?
CAPITULO 7
Cómo nos eleva el Espíritu Santo.
8. Ya desde aquí, siga con el entendimiento quien pueda a
vuestro Apóstol, que dice: Que vuestra caridad se ha derramado
en nuestros corazones por el Espíri-tu Santo que se nos ha
dado (Rom., 5, 5); y que, acerca de los dones espiritua-les,
enseña y muestra el sobreeminente camino de la caridad
(1 Cor., 12, 31); y que por nosotros dobla las rodillas
delante de Vos, para que conozcamos la sobreeminente ciencia
de la caridad de Cristo (Efes., 3, 14 y 19). He aquí por
qué el Espíritu, sobreeminente desde el principio, se cernía
sobre las aguas. ¿A quién lo diré? ¿Cómo hablaré del peso
de la concupiscen-cia hacia el derrumbadero del abismo, y
de la fuerza elevadora de la caridad por vuestro Espíritu,
que se cernía sobre las aguas? ¿A quién lo diré? ¿Cómo
lo diré? Pues no son lugares en que nos hundimos y de que
surgimos. ¿Qué cosa más semejante, y qué cosa más desemejante?
Son los afectos, son los amores, es la inmundicia de nuestro
espíritu que corre hacia abajo por el amor de los afanes terrenos;
y es vuestra santidad que nos eleva a lo alto por el amor
de la seguridad, para que tengamos el corazón levantado hacia
Vos, allí donde vuestro Espíritu se cierne sobre las aguas,
y arribemos al sobreeminente descanso cuando nuestra alma
haya pasado las aguas que no tienen sustancia (Ps., 123,
5).
CAPITULO 8
El alma no es feliz con menos que Dios.
9. Cayó el ángel, cayó el alma del hombre, y mostraron el
abismo de toda criatura espiritual en el profundo tenebroso,
si no hubierais dicho desde el principio: Hágase la luz,
y se hubiese hecho la luz; y si no se hubiese adherido a Vos
toda inteligencia obediente de vuestra ciudad celestial, y
reposado en vuestro Es-píritu, que inconmutablemente se
cierne sobre todo lo mudable. De otra suerte, aun el mismo
cielo del cielo sería en sí abismo tenebroso; mas
ahora es luz en el Señor (Efes., 5, 8).
Pues aun en la misma mísera inquietud de los espíritus caídos
y que muestran sus tinieblas desnudas de la veste de vuestra
luz, bastantemente manifestáis cuán grande hicisteis la criatura
racional, a la cual no puede bastar para el descanso bienaventurado
todo lo que es menos que Vos, y, por tanto, ni ella se basta
a sí misma. Porque Vos, Señor Dios nuestro, habéis de iluminar
nuestras tinieblas (Ps., 17, 2); de Vos provienen nuestras
vestiduras, y con ellas nuestras tinieblas serán como el
mediodía (Ps., 138, 12). ¡Daos a mí, Dios mío; resti-tuíos
a mí! Ved que os amo, y si es poco, haced que os ame con más
fuerza; por-que no puedo medirlo para saber cuánto me falta
de amor, para tener lo que basta para que mi vida corra a
vuestros abrazos, y de ellos no se separe hasta esconderse
en lo escondido de vuestra faz (Ps., 30, 21). Esto sólo
sé; que sin Vos me va mal, no sólo fuera de mí, sino aun dentro
de mí mismo; y que toda abundancia que no es mi Dios, es indigencia.
CAPITULO 9
El Espíritu Santo es el lugar de nuestro descanso.
10. ¿Por ventura, el Padre o el Hijo no se cernían sobre
las aguas? Si se entiende de lugar, a la manera de un
cuerpo, tampoco se cernía el Espíritu Santo; mas si es por
la eminencia de la inconmutable divinidad sobre todo lo mudable,
el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo se cernían sobre
las aguas.
¿Por qué, pues, se dijo esto solamente de vuestro Espíritu?
¿Por qué de solo Él se menciona como el lugar donde estaba,
lo que (para Él) no era lugar? Por-que de solo Él se
dijo que es vuestro Don: en vuestro Don descansamos; allí
go-zamos de Vos: nuestro descanso es nuestro lugar. El amor
nos eleva allá, y vuestro Espíritu bueno (Ps., 142,
10) levanta nuestra bajeza de las puertas de la muerte
(Ps., 9, 15). En vuestra buena voluntad tenemos paz.
El cuerpo con su peso tiende a su lugar; el peso no va solamente
hacia abajo, sino a su lugar. El fuego tiende hacia arriba;
la piedra, hacia abajo; por sus pesos se mueven y van a su
lugar. El aceite derramado debajo del agua se levanta sobre
el agua; el agua derramada encima del aceite se sumerge debajo
del aceite: por sus pesos se mueven: van a su lugar.
Las cosas mal ordenadas están inquietas: pónense en orden
y descansan.
Mi peso es mi amor: él me lleva doquiera que soy llevado.
Vuestro Don nos en-ciende y nos lleva hacia arriba: nos enardecemos
y subimos: ascendemos as-censiones en el corazón (Ps.,
83, 6), y cantamos el Cántico de las Subidas. Con vuestro
fuego nos enardecemos y caminamos; porque vamos arriba, a
la paz de Jerusalén; porque me he gozado en esto que me
han dicho: Iremos a la casa del Señor (Ps., 121, 6, 1).
Allí nos colocará vuestra buena voluntad, de suerte que ninguna
otra cosa queramos sino permanecer allí eternamente.
CAPITULO 10
Que el ángel, apenas criado, fue al punto iluminado.
11. Dichosa la criatura que no conoció otro estado; bien que
otro estado fuera el suyo si por vuestro Don, que se
cierne sobre todo lo mudable, apenas creada, sin ningún intervalo
de tiempo, no hubiera sido levantada con aquel lla-mamiento
en que dijisteis: Hágase la luz, y fuese hecha la luz.
Porque en nosotros distingues por el tiempo el haber sido
tinieblas y el ser troca-dos en luz (Efes., 5,
8); pero en la criatura angélica hemos dicho lo que hubie-ra
sido, de no ser iluminada; y en este sentido hemos hablado,
cual si primero hubiera sido inconstante y tenebrosa, a fin
de que apareciese la causa que hizo fuese de otra manera;
esto es, que convertida a la Luz indeficiente, ella misma
fuese luz.
Entiéndalo el que pueda; y el que no pueda, pídalo a Vos.
¿Por qué ha de venir a molestarme, como si yo iluminara
a algún hombre que viene a este mundo? (Jn., 1, 9).
CAPITULO 11
Imagen de la Trinidad en el hombre.
12. ¿Quién conoce la Trinidad omnipotente? ¿Y quién no habla
de ella, si es que es Ella? Rara es el alma, cualquiera que
habla de Ella, que sabe lo que dice. Y porfían y discuten:
y nadie sin paz ve esta visión.
Quisiera que los hombres pensaran estas tres cosas en sí mismos.
Muy distintas son estas tres cosas de aquella Trinidad; mas
dígolo para que se ejerciten y prue-ben y sientan cuán distintas
son:
Estas son las tres cosas que digo: ser, conocer, querer.
Porque yo soy, y conozco, y quiero. Soy el que conoce
y quiere; conozco que soy, que conozco y quiero, y
quiero ser y conocer.
En estas tres cosas, pues, cuán inseparable sea la
vida: una sola vida, una sola inteligencia y
una sola esencia: y, finalmente, cuán inseparable la
distinción, pues hay distinción, véalo quien pueda.
Cada uno está en presencia de sí mismo: ponga atención a sí
mismo y observe y díga-melo.
Pero después que en este punto hubiere hallado algo y lo dijere,
no piense ya haber hallado aquel Ser que sobre todas estas
cosas es inconmutable: que incon-mutablemente es, inconmutablemente
conoce e inconmutablemen-te quiere.
Ahora bien: si porque estas tres cosas se hallan en Dios es
por lo que hay en Él Trinidad, o bien, estas tres cosas se
hallan en cada Persona, de suerte que todas tres sean de cada
una, o si lo uno y lo otro se realiza en Dios por modo maravillo-so,
con simplicidad y multiplicidad, en virtud de la grandeza
ubérrima de su uni-dad, que tiene el infinito como límite
de sí misma, y, por tanto, inconmutablemen-te el mismo es,
y a sí mismo se conoce, y a sí mismo se basta,
¿quién lo pensará fácilmente?, ¿quién de alguna manera lo
dirá?, ¿quién de cualquier modo temerariamente lo resolverá?
CAPITULO 12
Nuestra creación espiritual.
13. ¡Adelante en tu confesión, oh fe mía! Dile al Señor tu
Dios: Santo, Santo, Santo, Señor Dios mío (Is., 6,
3): en vuestro nombre fuimos bautizados, Padre e Hijo y Espíritu
Santo; en vuestro nombre bautizamos, Padre e Hijo y Espíritu
Santo (Mt., 28, 19). Porque también entre nosotros
hizo Dios en su Cristo el cielo y la tierra, los espirituales
y los carnales de su Igle-sia (1 Cor., 3, 1).
Y nuestra tierra, antes que recibiera la forma de la
doctrina, era invisible e incompuesta, y estábamos
envueltos en tinieblas de ignorancia, porque Vos en corrección
de la culpa castigáis al hombre (Ps., 38, 12), y son
vuestros juicios gran abismo (Ps., 37, 7).
Pero como vuestro Espíritu se cernía sobre el agua,
no abandonó vuestra misericordia a nuestra miseria, y dijisteis:
Hágase la luz (Gen., 1, 3). Haced penitencia, porque
se acerca el reino de Dios (Mt., 3, 2). Haced penitencia:
hágase la luz. Y como nuestra alma estaba dentro de
nosotros conturbada, nos acordamos de Vos desde la tierra
del Jordán y desde el Monte igual a Vos (Ps., 41,
7), pero pequeño por amor nuestro [Cristo]; y nos desagradaron
nuestras tinieblas, y nos convertimos a Vos, y se hizo
la luz. Y ved cómo fuimos un tiempo tinieblas, mas
ahora luz en el Señor (Efes., 5, 8).
CAPITULO 13
Somos luz con la luz de la fe, no de la visión.
14. Y, sin embargo, todavía lo somos por fe, no por visión
(2 Cor., 5, 7). Porque en esperanza somos salvos;
mas la esperanza que se ve no es esperanza (Rom., 8, 24).
Todavía el abismo llama al abismo, pero ya es con
la voz de vuestras cataratas. Todavía aún aquel que dice:
No puedo hablaros como a espirituales, sino como a carnales
(1 Cor., 3, 1); aun él mismo no cree haberlo todavía
alcanzado; mas olvidando lo que queda atrás, se lanza
a lo que está por delante (Filip., 3, 13), y gime agobiado
(2 Cor., 5, 4), y su alma tiene sed del Dios vivo,
como el ciervo de la fuente de las aguas, y dice: ¿Cuándo
vendré? (Ps., 41, 2, 3), deseando sobrevestirse de
su morada celestial (2 Cor., 5, 2). Y da voces
al abismo inferior, diciendo: No os configuréis a semejanza
de este siglo, antes reformaos por la renovación de
vuestra mente (Rom., 12, 2); y: No seáis niños en el
juicio, sino párvulos en malicia, pero en el juicio, hombres
maduros; y: ¡Oh insensatos Gálatas!, ¿quién os fascinó?
Pero [clama] no ya con su voz, sino con la vuestra, que enviasteis
vuestro Espíritu des-de las alturas (Sab., 9, 17) por
Aquel que subió a lo alto, y abrió las catara-tas de sus dones,
para que las avenidas del río alegrasen vuestra ciudad
(Ps., 45, 5).
Por Él suspira el amigo del Esposo (Jn., 3, 29), teniendo
ya en Él Las primicias del espíritu; pero gimiendo
todavía dentro de sí, espe-rando la adopción, la redención
de su cuerpo (Rom., 8, 23). Por Él suspira, porque es
miembro de la esposa; y por Él cela, porque es amigo del Esposo;
por Él cela, no por sí mismo; porque con la voz de vuestras
cataratas, no con la suya propia, clama al otro abismo,
por el cual cela, y teme no sea que, así co-ma la serpiente
engañó a Eva, así también ellos, corrompidos sus sentidos,
dege-neren de la castidad que hay en nuestro Esposo, vuestro
Unigénito (2 Cor., 11, 3). Que es aquella luz de
visión cuando le viéremos tal como es (1 Jn.,
3, 2, y hubieren pasado las lágrimas que han venido a ser
mi pan de día y de noche, mientras me dicen cada día: ¿Dónde
está tu Dios?
CAPITULO 14
Esperanza de llegar a la luz de la gloria.
15. También yo digo: Dios mío, ¿dónde estáis? He aquí que
donde Vos estáis res-piro un poquito en Vos, cuando derramo
mi alma sobre mí con voz de alboro-zo y alabanza, sonido de
quien celebra fiesta (Ps., 41, 6). Y todavía está triste
porque torna a caer y se convierte en abismo o, mejor, siente
que todavía es abis-mo. Dícele mi fe, que encendisteis Vos
en la noche delante de mis pasos: ¿Por qué estás triste,
alma mía, y por qué me conturbas? Espera en el Señor (Ps.,
41, 6); antorcha para mis pies es su palabra (Ps.,
118, 115). Espera y per-severa, hasta que pase la noche, madre
de los malhechores: hasta que pase la ira del Señor (Isai.,
26, 20), de la cual fuimos hijos (Efes., 2, 3) tam-bién
nosotros, fuimos algún tiempo tinieblas (ibi., 5, 8),
cuyos residuos arrastramos en el cuerpo, muerto por el
pecado (Rom., 8, l0), hasta que refresque el día y
huyan las sombras (Cant., 2, 17). Espera en el Señor:
de mañana me presentaré y veré la salud de mi rostro (1.
c.), que vivificará nuestros cuerpos mortales por el
Espíritu que habita en nosotros (Rom., 8, 11); porque
sobre nuestro interior tenebroso e inestable misericordiosamente
se cernía. De Él en esta peregrinación hemos recibido
prendas (2 Cor., 1, 22) para que seamos ya luz
(Efes., 5, 8), mientras todavía en esperanza somos
salvos (Rom., 8, 24) e hijos de la luz, e hijos del
día, no hijos de la noche ni de las tinieblas (1 Tesal.,
5, 5), como, sin embargo, hemos sido. Entre ellos y
nosotros, en la actual incertidumbre del humano conocimiento,
sólo Vos ponéis división, Vos, que probáis nuestros corazones
(ib., 24) y llamáis a la luz día y a las tinieblas
noche (Gen., 1, 5). Porque ¿quién es el que nos discierne,
sino Vos? ¿Qué tenemos que no lo hayamos recibido de
Vos (1 Cor., 4, 7), nosotros, vasos de honor, de
la misma masa que otros han sido hechos vasos de ignominia?
(Rom., 9, 21).
CAPITULO 15
Nuestro «firmamento» espiritual es la autoridad de la Escritura.
16. ¿O quién, sino Vos, Dios nuestro, nos hicisteis en vuestra
divina Escritura el firmamento de autoridad sobre nosotros?
Porque el cielo se plegará como un libro (Isai., 24,
4), y ahora como una piel se extiende sobre nosotros
(Ps., 103, 2). Porque de más sublime autoridad es vuestra
divina Escritura, ya después que arrostraron la muerte aquellos
mortales por cuyo minis-terio nos la comunicasteis. Y Vos
sabéis, Señor, Vos sabéis de qué manera vestis-teis de pieles
a los hombres cuando el pecado los hizo mortales.
Por eso extendisteis como una piel el firmamento de vuestro
Libro, vuestras inva-riablemente concordes palabras, que por
ministerio de hombres mortales pusisteis sobre nosotros. Porque
por la misma muerte de ellos, el firmamento de autoridad
de vuestros oráculos, pronunciados por ellos, se extiende
más sublime-mente sobre todo lo que está debajo; que mientras
ellos vivían, no estaba tan su-blimemente extendido. Porque
aún no habíais Vos extendido el cielo como una piel;
aún no habíais difundido por todas partes la fama de su muerte.
17. Haced que veamos, Señor, los cielos, obra de vuestras
manos (Ps., 8. 4); disipad de nuestra vista la nube con
que los tenéis encubiertos. Allí está vuestro testimonio,
que presta sabiduría a los pequeñuelos (Ps., 18, 8). Sacad,
Señor, perfecta alabanza de la boca de los infantes y lactantes
(Ps., 8, 3). Porque no conocemos otros libros que así
destruyan la soberbia; que así destruyan al enemigo y al
defensor que, defendiendo sus pecados, resiste a reconciliarse
con Vos. No conozco, Señor, otras palabras tan castas que
así me persuadiesen la confesión de mis culpas, y doblegasen
mi cerviz a vuestro yugo, y me invitasen a serviros gratuitamente.
Que yo las entienda, Padre bueno: concédelo a mi sumisión,
puesto que para los sometidos les habéis dado firmeza.
18. Otras aguas hay sobre este firmamento (Gen., 1,
7) inmortales, creo yo, y apartadas de la corrupción terrena.
Alaben vuestro nombre, que os alaben los sobrecelestiales
pueblos de vuestros ángeles, los cuales no han menester alzar
sus ojos a este firmamento y leyendo conocer vuestra palabra;
porque ven siempre vuestra faz (Mt., 18, 10), y en
ella leen, sin ayuda de sílabas sucesivas, lo que de ellos
quiere vuestra eterna voluntad. Leen, eligen y aman. Siempre
leen, y lo que leen nunca pasa: porque eligiéndola y amándola,
leen la misma inconmutabi-lidad de vuestro consejo. No se
cierra su códice ni se arrolla su libro, porque Vos mismo
sois para ellos libro; y lo sois eternamente, porque los habéis
colocado sobre este firmamento que afirmasteis sobre la flaqueza
de estos pueblos inferio-res, para que alzasen los ojos y
conociesen vuestra misericordia, que con palabras temporales
os anuncian a Vos que hicisteis los tiempos. Porque en
el Cie-lo, Señor, está vuestra misericordia, y vuestra
verdad se encumbra hasta las nubes (Ps., 35, 6). Pasan
las nubes, pero el cielo permanece. Pasan de esta vida a la
otra vida los predicadores de vuestra palabra, pero vuestra
Escritura hasta el fin del mundo se extiende sobre los pueblos.
Mas también el cielo y la tierra pasarán, pero vuestras
palabras no pasarán (Mt., 24, 35). Porque también el
cielo se plegará como una piel (Isai., 24, 4), y el heno,
sobre el cual se extendía, con su esplendor pasará,
pero vuestra palabra permanece eternamente (Isai.,
40, 6-8). Ella se nos muestra ahora en el enigma de las
nubes y por el espejo del cielo, no como es
(1 Cor., 13, 12), porque tampoco nosotros, aunque seamos
amados de vuestro Hijo, se ha manifestado aún lo que seremos
(1 Jn., 3, 2). Él nos atisbó por las celosías de
su carne (Cant., 2, 9), y nos acarició y nos abrasó; y
corremos tras sus perfumes (Cant., 1, 3). Mas cuando
apareciese, seremos se-mejantes a Él, porque le veremos como
es (1 Jn., 3, 2); según es, Se-ñor, la capacidad
de nuestra visión, que todavía no tenemos.
CAPITULO 16
Sólo Dios se comprende a Sí mismo.
19. Porque tal como absolutamente sois Vos, sólo Vos lo conocéis,
que inconmu-tablemente sois e inconmutablemente conocéis e
inconmutablemente queréis; y vuestra esencia inconmutablemente
conoce y quiere; y vuestro conocimiento in-conmutablemente
es y quiere; y vuestra voluntad inconmutablemente es y conoce.
Y no parece ser justo delante de Vos que a la manera como
a sí misma se conoce la Luz inconmutable, así sea conocida
por el iluminado entendimiento conmuta-ble. Y por esto mi
alma está como tierra sin agua delante de Vos (Ps., 142,
6). Porque así como de sí misma no puede iluminarse, así tampoco
de sí misma puede saciarse. Porque así está en Vos la fuente
de la vida, como en vuestra Luz veremos la Luz (Ps.,
35, 10).
CAPITULO 17
Qué se entiende místicamente por los mares y qué por la
tierra seca.
20. ¿Quién congregó las aguas amargas, que son los mundanos,
en una sociedad? Porque uno mismo es el fin de ellos: la felicidad
terrena y temporal, por la cual hacen todas las cosas, aunque
fluctúen en innumerable variedad de cuida-dos. ¿Quién, Señor,
sino Vos, que dijisteis que se congregasen todas las aguas
en un solo lugar y apareciese la tierra seca (Gen.,
1, 9) sedienta de Vos? Porque vuestro es también el mar,
y Vos lo hicisteis, y vuestras manos formaron la tierra seca
(Ps., 94, 51). Que no la amargura de las voluntades, sino
la reunión de los aguas recibe el nombre de mar. Porque
Vos refrenáis también las malas concupiscencias de las almas,
y les fijáis límites hasta donde podrán avanzar las aguas,
de modo que sus olas se rompan sobre sí mismas, y así hacéis
el mar, según la ordenación de vuestro imperio sobre todas
las cosas.
21. Pero las almas sedientas de Vos y comparecientes delante
de Vos, separadas por otro fin de la sociedad del mar, Vos
las regáis con una secreta y dulce fuente, para que también
la tierra dé su fruto (Ps., 84, 13); y da su fruto,
y man-dándolo Vos, Señor Dios de ella, germina nuestra alma
obras de misericordia, según su género, amando al prójimo
en el remedio de las necesidades ma-teriales, y teniendo
en sí mismo la semilla según su semejanza (Gen., 1, 11
y 12), porque por el sentimiento de nuestra flaqueza nos compadecemos
para re-mediar a los indigentes, socorriéndoles de la manera
que nosotros querríamos ser socorridos si de igual modo lo
necesitásemos; y esto no solamente en cosas fáci-les, que
son como la hierba con su semilla, sino también con la protección
de un socorro fuerte y robusto, que es como un árbol fructífero,
esto es, benéfico para arrebatar de la mano del poderoso al
que padece injusticia, ofreciéndole sombra de protección con
el roble poderoso del justo juicio.
CAPITULO 18
Místicos luminares en el firmamento.
22. Así, Señor, así, os ruego, nazca –como Vos lo hacéis,
como Vos dais la alegría y la fuerza– nazca de la tierra
la verdad, y mire desde el cielo la justicia (Ps., 84,
12), y háganse luminares en el firmamento (Gen., 1,
14). Par-tamos al hambriento nuestro pan, y al necesitado
que carece de techo introduzcá-mosle en nuestra casa; vistamos
al desnudo y no despreciemos a los compañe-ros de nuestro
linaje (Isai., 58, 7). Y nacidos en nuestra tierra estos
frutos, ved que es bueno (Gen., 1, 12); y rompa
temprana nuestra luz (Isai, 58, 8), y tras esta inferior
cosecha de acción, exhibiendo para delicias de la contemplación
la superior palabra de vida, aparezcamos como lumi-nares
en el mundo (Filip., 2, 16 y 15), fijos en el firmamento
de vues-tra Escritura. Porque allí discutís con nosotros para
que hagamos división entre las cosas inteligibles y
las sensibles, como entre el día y la noche (Gen.,
1, 14), o entre las almas, entregadas unas a las cosas inteligibles
y otras a las sensibles; de suerte que ya no solamente Vos
en lo recóndito de vuestro dis-cernimiento, como antes de
ser hecho el firmamento, hagáis división entre la luz y
las tinieblas (Gen., 1, 4), sino también vuestros espirituales,
colocados en el mismo firmamento y distintos en méritos, manifestada
ya por el orbe vuestra gracia, luzcan sobre la tierra,
y hagan división entre el día y la noche y señalen los tiempos
(Gen., 1, 14). Porque lo viejo pasó; ved, se ha hecho
nue-vo (2 Cor., 5, 17); y porque más cerca está
nuestra salud que cuan-do abrazamos la fe (Rom., 13, 11);
y porque la noche está avanzada y el día se avecina (ib.,
12); y porque Vos coronáis con vuestras bendiciones el
año (Ps., 64, 12), enviando trabajadores a vuestra
mies, en cuya siem-bra otros trabajaron (Jn., 4,
38), y enviándolos también para otra siembra, cuya siega es
al fin del mundo. Así cumplís sus votos al deseoso, y bendecís
los años del justo. Mas Vos sois siempre el mismo, y en
vuestros años, que no fenecen (Ps., 101, 28), preparáis
el granero para los años que transcurren.
23. Porque con eterno consejo derramáis a sus propios tiempos
bienes celestiales sobre la tierra. Porque a uno le es
dado por el Espíritu lenguaje de sabidu-ría (1 Cor., 12,
8), como a luminar mayor (Gen., 1, 16), por razón de
aquellos que se deleitan en la luz de la verdad perspicua,
como al principio del día (ib.,); mas a otro, lenguaje
de ciencia, según el mismo Espíritu (1 Cor., 12,
8), como a luminar menor (Gen., 1, 16); a otro,
fe; a otro, don de curaciones; a otro, operaciones de milagros;
a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro,
variedades de lenguas (1 Cor., 12, 9-10); y todo
esto como estrellas (Gen., 1, 10). Porque todas estas
cosas obra un mismo y solo Espíritu, repartiendo sus propios
dones a cada uno según quiere (1 Cor., 12, 11), en
manifestación suya para común utilidad (ib., 7). Mas el
lenguaje de la ciencia, en la cual se contienen todos los
sacramentos, que varían con los tiempos como la luna, y las
demás clases de dones que, como estrellas, quedan mencionados,
cuanto distan de aquella claridad de la sabiduría, de que
goza el mencionado día, tanto están al comienzo de la noche
(Gen., 1, 16). Porque son necesarios a aquellos a quienes
aquel pruden-tísimo siervo vuestro no pudo hablar como
a espirituales, sino como a carna-les (1 Cor.,
3, 1); aquel que habla sabidurías entre los perfectos (ib.,
2, 6). Mas el hombre animal, como pequeñuelo en Cristo
y que se alimenta de leche, hasta que se robustezca
para tomar manjar sóli-do, y fortalezca la vista para
mirar al sol, no tenga por abandonada a las tinie-blas su
noche, sino conténtese con la luz de la luna y de las estrellas.
Esto es lo que sapientísimamente disputáis con nosotros, Dios
nuestro, en vuestro Libro, vuestro firmamento, a fin
de que lo discernamos todo en contem-plación maravillosa,
aunque todavía por las señales, y por los tiempos, y por
los días, y por los años (Gen., 1, 14).
CAPITULO 19
Disposiciones para que aparezcan los luminares. Los Apóstoles.
24. Pero antes lavaos, purifícaos, apartad la maldad de
vuestras almas y de la vista de mis ojos (Isai., 1, 16),
a fin de que aparezca la tierra seca (Gen., 1, 9);
aprended a obrar el bien, haced justicia al huérfano, defended
a la viuda (Isai., 1, 17), para que la tierra germine
hierba de pasto y árboles frutales (Gen., 1, 11); y
venid, discutamos, dice el Señor (Isai., 1, 18), para
que se hagan luminares en el firmamento del cielo, que
luzcan sobre la tierra (Gen., 1, 14, 15).
Preguntaba aquel rico al Maestro bueno qué haría para alcanzar
la vida eter-na. Dícele el Maestro bueno –que el
rico pensaba era hombre y nada más, pero que es bueno
porque es Dios–, dícele que, si quiere llegar a la vida,
guarde los mandamientos, aparte de sí la amargura de la
malicia y de la iniquidad, no mate, no fornique, no hurte,
no diga falso testimonio; para que aparezca la tierra
seca y germine, honre a la madre y al padre y el amor al prójimo
(Mt., 19, 16-18).
Todo esto, dijo, lo he hecho.
¿De dónde, pues, tantas espinas, si es tierra fructífera?
Ve, arranca los salvajes zarzales de la avaricia; vende
lo que posees y llénate de frutos dándolo a los pobres,
y tendrás un tesoro en los Cielos, y sigue al Señor, si quieres
ser per-fecto (ib., 21), asociado a aquellos entre
los cuales habla sabiduría (1 Cor., 2, 6) aquel
que sabe qué ha de distribuir al día y qué a la noche, para
que también lo sepas tú, para que también para ti aparezcan
luminares en el firmamento del cielo (Gen., 1, 14); y
eso no sucederá si no estuviere allí tu corazón; y
eso tampoco sucederá si no estuviere allí tu tesoro (Mt.,
6, 21), como lo oíste del Maestro bueno.
Pero se entristeció (Lc., 18, 28) la tierra estéril,
y las espinas ahoga-ron la palabra (Mt., 13,
7).
25. Mas vosotros, linaje escogido (1 Pedr., 2, 9),
lo débil del mun-do (1 Cor., 1, 27), que todo
lo dejasteis por seguir al Señor (Lc., 18, 28), id en
pos de Él y confundid lo fuerte (1 Cor., 1,
27); id en pos de Él, pies hermosos (Rom., 10, 15),
y lucid en el fir-mamento, para que los cielos narren
su gloria (Ps., 18, 2), haciendo división entre la
luz de los perfectos –mas no todavía como la de los ángeles–
y las tinieblas de los pequeñuelos, aunque no abandonados;
resplandeced sobre la tierra (Gen., 1, 14-15); y el
día, candente de sol, anuncie al día la palabra
de sabiduría; y la noche, luciente de luna, anuncie
a la noche la palabra de ciencia (Ps., 18, 3). La luna
y las estrellas lucen por la noche; mas la noche no las oscurece,
porque ellas la ilumi-nan cuanto ella es capaz.
Ved aquí cómo al decir Dios: Háganse luminares en el firmamento
del cielo (Gen., 1, 4), se hizo súbitamente desde el
cielo un estruendo como si pasa-se un viento impetuoso; y
aparecieron lenguas divididas como de fuego, que se posó sobre
cada uno de ellos (Act., 2, 2-3), e hiciéronse en el firmamento
del cielo luminares que tenían palabra de vida. ¡Discurrid
por doquier, fuegos santos, fuegos hermosos; porque vosotros
sois la luz del mundo, y no estáis deba-jo del celemín
(Mt., 5, 14-15). Aquel a quien os juntasteis ha
sido exal-tado (Jn., 12, 32), y os exaltará a vosotros.
Discurrid y daos a conocer a todas las gentes.
CAPITULO 20
Mística producción de las aguas.
26. Conciba también el mar y dé a luz obras vuestras, y
las aguas produzcan reptiles de almas vivientes (Gen.,
1, 20). Porque separando lo precioso de lo vil, os habéis
hecho boca de Dios (Jer., 15, 19), por la cual dijese
Él: Produzcan las aguas –no el alma viviente, que la
tierra producirá (Gen., 1, 24), sino– reptiles de
alma viviente y volátiles que vuelen sobre la tierra.
Porque es así que vuestros sacramentos, oh Dios, por obra
de vuestros santos [Apóstoles] se deslizaron como reptiles
en medio de las olas de las tentaciones del siglo, para imbuir
a las gentes en vuestro nombre con vuestro bautismo. Y con
esto se obraron grandiosidades maravillosas, como grandes
cetáceos, y las voces de vuestros mensajeros, aleteando sobre
la tierra junto al firmamento de vuestro Libro, que tenían
delante como autoridad bajo el cual volasen a donde quiera
que fuesen. Porque no son lenguajes ni palabras cuya voz
no se entienda, cuando a toda la tierra llegó su sonido,
y hasta los confines del orbe de la tierra sus palabras (Ps.,
18, 4), porque Vos, Señor, bendiciéndolas, las multiplicasteis.
27. ¿Acaso miento, o confundo y mezclo y no distingo el lúcido
conocimiento de estas cosas en el firmamento del cielo,
y las obras corporales en el proce-loso mar y bajo el firmamento
del cielo? Porque aquellas cosas cuyo co-nocimiento es
firme y acabado, sin que reciba aumento en las generaciones,
como son las lumbreras de la sabiduría y de la ciencia; estas
mismas cosas tienen opera-ciones corporales muchas y variadas;
y procediendo las unas de las otras, se mul-tiplican por vuestra
bendición, oh Dios, que habéis consolado el fastidio de los
sentidos mortales, de suerte que una cosa única en el conocimiento
del alma, sea por los movimientos del cuerpo de muchas maneras
figurada y expresada. Las aguas produjeron estas cosas,
pero por vuestra palabra; las necesidades de los pueblos produjeron
estos efectos, pero por vuestro Evangelio: porque las echa-ron
de sí las mismas aguas, cuya amarga languidez fue causa de
que con vuestra palabra tuviesen efecto.
28. Hermosas son todas las cosas, como hechas por Vos; mas
he aquí que Vos, que todas las hicisteis, sois inenarrablemente
más hermoso. Si de Vos no se apar-tara Adán con su caída,
no se difundiera de su vientre el salitre del mar, esto es,
el linaje humano, profundamente curioso, tempestuosamente
hinchado e inestable-mente movedizo; y así no fuera menester
que vuestros ministros obrasen corporal y sensiblemente en
las muchas aguas místicas acciones y palabras –que así se
me representan ahora los reptiles y volátiles–, con las cuales
acciones y palabras im-buidos e iniciados los hombres sometidos
a los sacramentos corporales, no avan-zarían más allá, si
el alma no se esforzase a otro grado de vida espiritual, y
si des-pués de la palabra de iniciación no pusiese los
ojos en la consumación (Heb., 6, 1).
CAPITULO 21
Mística producción de la tierra.
29. Y por eso, en vuestra palabra, no la profundidad del mar,
sino la tierra separa-da de la amargura de las aguas, produce,
no reptiles de almas vivientes y volá-tiles, sino el
alma viviente. Porque ya no tiene necesidad del bautismo,
que es necesario para los gentiles, como la tenía cuando estaba
cubierta por las aguas; puesto que no de otra suerte se entra
en el reino de los Cielos, desde que Vos instituisteis que
se entre de esta manera (Jn., 35). Ni busca grandiosas
maravillas de donde nazca su fe, pues no es de aquellos
que si no ven señales y prodigios no creen (Jn., 4,
48); porque es ya tierra fiel, separada de las aguas del mar,
amargas por la infidelidad; y las lenguas como señal, no
para los fieles, sino para los infieles (1 Cor.,
14, 22).
Esta tierra que Vos fundasteis sobre las aguas (Ps.,
135, 6) tampoco tiene necesidad de este género de volátiles
que las aguas, por vuestra palabra, produje-ron. Arrojad sobre
ella vuestra palabra por medio de vuestros mensajeros –puesto
que sus obras narramos, pero sois Vos el que en ellos obráis–
para que ellos pro-duzcan el alma viviente. La tierra
es quien la produce pero la tierra es la causa de que vuestros
mensajeros produzcan estos efectos en ella; como el mar fue
la causa de que ellos produjesen los reptiles de alma viviente
y los volátiles bajo el firmamento del Cielo; de quienes
la tierra ya no necesita, por más que coma el Pez extraído
del profundo, en aquella mesa que preparasteis delante
de los creyentes (Ps., 22, 5); pues para esto fue
extraído del profundo, para que alimente a la tierra [a la
Iglesia].
También las aves son hijas del mar (Gen., 1, 20); pero,
no obstante, se multiplican sobre la tierra. Porque la infidelidad
de los hombres fue la causa de las primeras voces evangelizadoras;
pero con ellas también son cada día exhortados los fieles,
y de muchas maneras bendecidos.
Mas el alma viviente toma su origen de la tierra; porque
no aprovecha sino a los que ya son fieles contenerse del amor
de este siglo, a fin de que viva para Vos el alma de ellos,
que estaba muerta viviendo en delicias (1 Tim.,
5, 6), en delicias mortíferas, Señor, porque las delicias
vitales del corazón puro sois Vos.
30. Obren ya, pues, en la tierra vuestros ministros,
no como en las aguas de la infidelidad, predicando
y hablando por medio de milagros y sa-cramentos y de místicas
palabras, con que atraen la atención de la ignorancia, ma-dre
de la admiración, por el temor de los prodigios misteriosos
–porque tal es la entrada a la fe para los hijos de Adán,
olvidados de Vos, mientras se esconden de vuestro rostro
(Gen., 3, 8) y se tornan abismo–, sino obren también como
en la tierra seca, separada de las profundidades del abismo;
y sean dechado para los fieles (1 Tes., 1, 7),
viviendo delante de ellos y excitándolos a la imitación. Porque
de este modo,
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