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LIBRO XIII, VERSÍCULOS 2 Y 3 D (San Agustín)

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Libro XIII, versículos 2 y 3 del Génesis

LIBRO XIII, VERSÍCULOS 2 Y 3 DEL GÉNESIS
 

(Alegoría de la Iglesia)


CAPÍTULO 1

Invoca a Dios, que le previene con su gracia.

1. Os invoco, Dios mío, misericordia mía, que me criasteis, y cuando yo os tenía olvidado, no me olvidasteis. Os invoco para que vengáis a mi alma, a la cual pre-paráis para que os reciba con el deseo que le inspiráis. No desamparéis al que aho-ra os invoca, pues que antes que os invocara me prevenisteis y frecuentemente insististeis con muchas maneras de voces, para que de lejos os oyese y me convir-tiese y os llamase a Vos que me llamabais.

Porque Vos, Señor, borrasteis todos mis méritos malos para no dar su merecido a estas mis manos que os hicieron traición, y prevenisteis todos mis méritos buenos para galardonar a vuestras manos con que me hicisteis. Porque antes que yo fuese, erais Vos; ni era yo algo para que me otorgaseis el ser. Y, sin embargo, he aquí que soy por vuestra bondad, que previno todo esto: que me hicisteis y por qué me hicisteis. Porque Vos no tenéis necesidad de mí, ni yo soy tal bien de que Vos pudierais ser ayudado, Señor mío y Dios mío; ni puedo en tal manera serviros como para que no os fatiguéis en obrar, o para que no sufra mengua vuestro poder, faltándole mi obsequio, ni para daros culto como se cultiva la tierra, que si no os doy culto, quedaréis baldío, sino para serviros y daros culto, a fin de que me venga la felicidad de Vos, de quien me viene el ser capaz de ser feliz.



CAPITULO 2

Las criaturas reciben todo su bien de la bondad de Dios.

2. Pues es así que de la plenitud de vuestra bondad recibió el ser toda criatura a fin de que un bien que nada podía aprovecharnos, ni procediendo de Vos había de ser igual a Vos, sin embargo, ya que por Vos podía ser hecho, no faltase. Porque ¿qué os había merecido el cielo y la tierra que hicisteis en el principio? Digan qué os merecieron la naturaleza espiritual y la corporal que hicis-teis en vuestra Sabiduría, para que de ella estuviesen pendientes, aunque incoadas e informes, cada una según su género, espiritual o corporal, propendiendo al des-orden y a una remota desemejanza vuestra: la espiritual informe, más excelente que si fuese un cuerpo formado; y la corporal informe más excelente que si abso-lutamente nada fuese; y así informes habrían estado pendientes de vuestro Verbo, si por el mismo Verbo no hubieran sido reducidas a vuestra Unidad, y formadas y hechas por Vos, sumo Bien, todas ellas sobre manera buenas (Gen., 1, 31). ¿Qué mérito tenían delante de Vos para ser siquiera informes, las que ni aun eso serían sino por Vos?

3. ¿Qué mérito tuvo ante Vos la materia corporal para ser, al menos, invisible e incompuesta, cuando ni aun eso sería, sino porque Vos la hicisteis? Y, por tanto, pues no era, no podía merecer de Vos que la hicieseis. O ¿qué méritos tuvo ante Vos la incoación de la criatura espiritual [el ángel], ni aun siquiera para que flotase tenebrosa, semejante al abismo, desemejante a Vos, si por el mismo Verbo no hubiese sido convertida hacia el mismo por quien había sido hecha, e ilumina-da por Él, se trocase en luz, aunque no igual, pero, al menos, conforme a la forma, que es igual a Vos? Porque así como para un cuerpo no es lo mismo ser que ser hermoso –de otro modo, no podría ser deforme–, así también para un espíritu creado no es lo mismo vivir que sabiamente vivir; porque si así fuese, sería in-conmutable en sabiduría. Bueno es, sin embargo, para él estar unido a Vos (Ps., 72, 28) siempre, para que la luz que ha adquirido acercándose a Vos, no la pierda apartándose, y no vuelva a caer en la vida tenebrosa, semejante al abismo. Porque también nosotros, que en cuanto al alma, somos criatura espiri-tual, apartándonos de Vos, nuestra luz, en aquella vida fuimos algún tiempo tinieblas (Efes., 5, 8); y aún trabajamos envueltos en los residuos de nuestra oscuridad, hasta que seamos justicia vuestra en vuestro Unigénito, ya que antes fuimos juicios vuestros como un gran abismo (Ps., 35, 7).



CAPITULO 3

Iluminación de los ángeles.

4. Mas lo que en las primeras creaciones dijisteis (Gen., 1, 3): Sea la luz, y fue la luz, entiéndolo yo no incongruentemente efectuado en la criatura espiritual; porque era ya una cierta manera de vida, que Vos podíais iluminar. Mas así como no había merecido de Vos ser tal vida que pudiera ser iluminada, así tampoco, cuando ya era, mereció de Vos que la iluminaseis. Porque ni tampoco su informidad os habría agradado, si no se trocase en luz, no por esencia, sino contemplando la Luz que ilumina (Jn., 1, 9) y permaneciendo adherida a ella, para que lo que tiene de vida y de vida bienaventurada, no lo deba sino a vuestra gracia; convertida por una mudanza mejor hacia aquello que ni en mejor ni en peor puede mudarse: y eso sois solo Vos; porque solo Vos sencillamente sois para quien no es una cosa vivir y otra bienaventuradamente vivir, porque Vos sois vuestra bienaventuranza.



CAPITULO 4

Nada hizo Dios por indigencia.– El Espíritu de Dios.

5. ¿Qué os faltaría, pues, al Bien que Vos sois para Vos, aunque enteramente no existiesen, o hubiesen quedado informes esas criaturas que Vos hicisteis, no por indigencia, sino por plenitud de vuestra bondad, reduciéndolas y convir-tiéndolas a su forma, no como si por ellas se hubiera de completar vuestro gozo? Pues, como a perfecto que sois, os desagrada su imperfección, para que sean por Vos perfeccionadas y os agraden; mas no como a imperfecto, como si también Vos con su perfección hubierais de perfeccionaros.

Porque vuestro Espíritu bueno se cernía sobre las aguas (Gen., 1, 2); no era llevado por ellas como si en ellas reposase. Porque aquellos en quienes se dice que reposa vuestro Espíritu, Él los hace reposar en Sí. Pero vuestra volun-tad incorruptible e inconmutable, en sí misma suficiente a sí misma, se cernía so-bre aquella vida que Vos habíais hecho; para la cual no es lo mismo vivir que bienaventuradamente vivir, porque también vive flotando en su oscuridad. Fáltale convertirse a Aquel por quien fue hecha, y más y más vivir cabe la fuente de la vida, y en la luz de Ella ver la luz (Ps., 35, 10), y ser perfeccionada, ilumina-da, beatificada.



CAPITULO 5

La Santísima Trinidad, bosquejada.

6. He aquí que en enigma aparece ante mí la Trinidad, que sois Vos, Dios mío. Porque Vos, Padre, en el principio de nuestra Sabiduría, que es vuestra Sabiduría nacida de Vos e igual y coeterna con Vos, esto es, en vuestro Hijo, hicisteis el cielo y la tierra. Y muchas cosas hemos dicho del cielo del cielo y de la tierra invisible e incompuesta, y del abismo tenebroso, en orden a los desfallecimientos vagarosos de la naturaleza espiritual in-forme, si no se hubiera convertido hacia Aquel por quien era una cierta manera de vida, y por iluminación llegara a ser vida hermosa y fuera cielo del cielo, de aquel cielo que entre agua y agua fue hecho después (Gen., 1, 6-8).

Y tenía ya al Padre en el nombre a Dios que hizo estas cosas; y al Hijo en el nombre del Principio en que las hizo; y creyendo como creo que mi Dios es Trinidad, buscaba en vuestras santas palabras, y he aquí que vuestro Espíritu se cernía sobre las aguas. He aquí la Trinidad, mi Dios, Padre, e Hijo y Espíritu Santo, Creador de toda criatura.



CAPITULO 6

Por qué sólo después de tantas cosas es nombrado el Espíritu Santo.

7. Pero ¿qué causa había, oh Luz de la verdad –a Vos acerco mi corazón para que no me enseñe cosas vanas; disipad sus tinieblas, y decidme, os ruego; por la cari-dad, que es mi madre, os lo ruego, decidme–, qué causa había para que, después de nombrado el cielo y la tierra invisible e incompuesta y las tinieblas sobre el abismo, entonces finalmente vuestra Escritura nombrase a vuestro Espíritu? ¿Acaso porque convenía de tal suerte insinuarle, que se dijera que se cernía sobre algo, y no podía eso decirse sin mencionar primero aquello sobre lo cual pudiera entenderse que vuestro Espíritu se cernía? Porque no se cernía sobre el Padre, ni sobre el Hijo; ni propiamente se pudiera decir que se cernía (superferri) si no se cernía sobre algo. Preciso era, pues, nom-brar antes aquello sobre que se cernía, y después Aquel que no convenía ser nombrado, sino diciendo que se cernía sobre algo.

Mas ¿por qué razón no convenía nombrarle de otra suerte, sino diciendo que se cernía sobre algo?



CAPITULO 7

Cómo nos eleva el Espíritu Santo.

8. Ya desde aquí, siga con el entendimiento quien pueda a vuestro Apóstol, que dice: Que vuestra caridad se ha derramado en nuestros corazones por el Espíri-tu Santo que se nos ha dado (Rom., 5, 5); y que, acerca de los dones espiritua-les, enseña y muestra el sobreeminente camino de la caridad (1 Cor., 12, 31); y que por nosotros dobla las rodillas delante de Vos, para que conozcamos la sobreeminente ciencia de la caridad de Cristo (Efes., 3, 14 y 19). He aquí por qué el Espíritu, sobreeminente desde el principio, se cernía sobre las aguas. ¿A quién lo diré? ¿Cómo hablaré del peso de la concupiscen-cia hacia el derrumbadero del abismo, y de la fuerza elevadora de la caridad por vuestro Espíritu, que se cernía sobre las aguas? ¿A quién lo diré? ¿Cómo lo diré? Pues no son lugares en que nos hundimos y de que surgimos. ¿Qué cosa más semejante, y qué cosa más desemejante? Son los afectos, son los amores, es la inmundicia de nuestro espíritu que corre hacia abajo por el amor de los afanes terrenos; y es vuestra santidad que nos eleva a lo alto por el amor de la seguridad, para que tengamos el corazón levantado hacia Vos, allí donde vuestro Espíritu se cierne sobre las aguas, y arribemos al sobreeminente descanso cuando nuestra alma haya pasado las aguas que no tienen sustancia (Ps., 123, 5).



CAPITULO 8

El alma no es feliz con menos que Dios.

9. Cayó el ángel, cayó el alma del hombre, y mostraron el abismo de toda criatura espiritual en el profundo tenebroso, si no hubierais dicho desde el principio: Hágase la luz, y se hubiese hecho la luz; y si no se hubiese adherido a Vos toda inteligencia obediente de vuestra ciudad celestial, y reposado en vuestro Es-píritu, que inconmutablemente se cierne sobre todo lo mudable. De otra suerte, aun el mismo cielo del cielo sería en sí abismo tenebroso; mas ahora es luz en el Señor (Efes., 5, 8).

Pues aun en la misma mísera inquietud de los espíritus caídos y que muestran sus tinieblas desnudas de la veste de vuestra luz, bastantemente manifestáis cuán grande hicisteis la criatura racional, a la cual no puede bastar para el descanso bienaventurado todo lo que es menos que Vos, y, por tanto, ni ella se basta a sí misma. Porque Vos, Señor Dios nuestro, habéis de iluminar nuestras tinieblas (Ps., 17, 2); de Vos provienen nuestras vestiduras, y con ellas nuestras tinieblas serán como el mediodía (Ps., 138, 12). ¡Daos a mí, Dios mío; resti-tuíos a mí! Ved que os amo, y si es poco, haced que os ame con más fuerza; por-que no puedo medirlo para saber cuánto me falta de amor, para tener lo que basta para que mi vida corra a vuestros abrazos, y de ellos no se separe hasta esconderse en lo escondido de vuestra faz (Ps., 30, 21). Esto sólo sé; que sin Vos me va mal, no sólo fuera de mí, sino aun dentro de mí mismo; y que toda abundancia que no es mi Dios, es indigencia.



CAPITULO 9

El Espíritu Santo es el lugar de nuestro descanso.

10. ¿Por ventura, el Padre o el Hijo no se cernían sobre las aguas? Si se entiende de lugar, a la manera de un cuerpo, tampoco se cernía el Espíritu Santo; mas si es por la eminencia de la inconmutable divinidad sobre todo lo mudable, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo se cernían sobre las aguas.

¿Por qué, pues, se dijo esto solamente de vuestro Espíritu? ¿Por qué de solo Él se menciona como el lugar donde estaba, lo que (para Él) no era lugar? Por-que de solo Él se dijo que es vuestro Don: en vuestro Don descansamos; allí go-zamos de Vos: nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos eleva allá, y vuestro Espíritu bueno (Ps., 142, 10) levanta nuestra bajeza de las puertas de la muerte (Ps., 9, 15). En vuestra buena voluntad tenemos paz.

El cuerpo con su peso tiende a su lugar; el peso no va solamente hacia abajo, sino a su lugar. El fuego tiende hacia arriba; la piedra, hacia abajo; por sus pesos se mueven y van a su lugar. El aceite derramado debajo del agua se levanta sobre el agua; el agua derramada encima del aceite se sumerge debajo del aceite: por sus pesos se mueven: van a su lugar.

Las cosas mal ordenadas están inquietas: pónense en orden y descansan.

Mi peso es mi amor: él me lleva doquiera que soy llevado. Vuestro Don nos en-ciende y nos lleva hacia arriba: nos enardecemos y subimos: ascendemos as-censiones en el corazón (Ps., 83, 6), y cantamos el Cántico de las Subidas. Con vuestro fuego nos enardecemos y caminamos; porque vamos arriba, a la paz de Jerusalén; porque me he gozado en esto que me han dicho: Iremos a la casa del Señor (Ps., 121, 6, 1). Allí nos colocará vuestra buena voluntad, de suerte que ninguna otra cosa queramos sino permanecer allí eternamente.



CAPITULO 10

Que el ángel, apenas criado, fue al punto iluminado.

11. Dichosa la criatura que no conoció otro estado; bien que otro estado fuera el suyo si por vuestro Don, que se cierne sobre todo lo mudable, apenas creada, sin ningún intervalo de tiempo, no hubiera sido levantada con aquel lla-mamiento en que dijisteis: Hágase la luz, y fuese hecha la luz. Porque en nosotros distingues por el tiempo el haber sido tinieblas y el ser troca-dos en luz (Efes., 5, 8); pero en la criatura angélica hemos dicho lo que hubie-ra sido, de no ser iluminada; y en este sentido hemos hablado, cual si primero hubiera sido inconstante y tenebrosa, a fin de que apareciese la causa que hizo fuese de otra manera; esto es, que convertida a la Luz indeficiente, ella misma fuese luz.

Entiéndalo el que pueda; y el que no pueda, pídalo a Vos. ¿Por qué ha de venir a molestarme, como si yo iluminara a algún hombre que viene a este mundo? (Jn., 1, 9).



CAPITULO 11

Imagen de la Trinidad en el hombre.

12. ¿Quién conoce la Trinidad omnipotente? ¿Y quién no habla de ella, si es que es Ella? Rara es el alma, cualquiera que habla de Ella, que sabe lo que dice. Y porfían y discuten: y nadie sin paz ve esta visión.

Quisiera que los hombres pensaran estas tres cosas en sí mismos. Muy distintas son estas tres cosas de aquella Trinidad; mas dígolo para que se ejerciten y prue-ben y sientan cuán distintas son:

Estas son las tres cosas que digo: ser, conocer, querer. Porque yo soy, y conozco, y quiero. Soy el que conoce y quiere; conozco que soy, que conozco y quiero, y quiero ser y conocer.

En estas tres cosas, pues, cuán inseparable sea la vida: una sola vida, una sola inteligencia y una sola esencia: y, finalmente, cuán inseparable la distinción, pues hay distinción, véalo quien pueda. Cada uno está en presencia de sí mismo: ponga atención a sí mismo y observe y díga-melo.

Pero después que en este punto hubiere hallado algo y lo dijere, no piense ya haber hallado aquel Ser que sobre todas estas cosas es inconmutable: que incon-mutablemente es, inconmutablemente conoce e inconmutablemen-te quiere.

Ahora bien: si porque estas tres cosas se hallan en Dios es por lo que hay en Él Trinidad, o bien, estas tres cosas se hallan en cada Persona, de suerte que todas tres sean de cada una, o si lo uno y lo otro se realiza en Dios por modo maravillo-so, con simplicidad y multiplicidad, en virtud de la grandeza ubérrima de su uni-dad, que tiene el infinito como límite de sí misma, y, por tanto, inconmutablemen-te el mismo es, y a sí mismo se conoce, y a sí mismo se basta, ¿quién lo pensará fácilmente?, ¿quién de alguna manera lo dirá?, ¿quién de cualquier modo temerariamente lo resolverá?



CAPITULO 12

Nuestra creación espiritual.

13. ¡Adelante en tu confesión, oh fe mía! Dile al Señor tu Dios: Santo, Santo, Santo, Señor Dios mío (Is., 6, 3): en vuestro nombre fuimos bautizados, Padre e Hijo y Espíritu Santo; en vuestro nombre bautizamos, Padre e Hijo y Espíritu Santo (Mt., 28, 19). Porque también entre nosotros hizo Dios en su Cristo el cielo y la tierra, los espirituales y los carnales de su Igle-sia (1 Cor., 3, 1). Y nuestra tierra, antes que recibiera la forma de la doctrina, era invisible e incompuesta, y estábamos envueltos en tinieblas de ignorancia, porque Vos en corrección de la culpa castigáis al hombre (Ps., 38, 12), y son vuestros juicios gran abismo (Ps., 37, 7).

Pero como vuestro Espíritu se cernía sobre el agua, no abandonó vuestra misericordia a nuestra miseria, y dijisteis: Hágase la luz (Gen., 1, 3). Haced penitencia, porque se acerca el reino de Dios (Mt., 3, 2). Haced penitencia: hágase la luz. Y como nuestra alma estaba dentro de nosotros conturbada, nos acordamos de Vos desde la tierra del Jordán y desde el Monte igual a Vos (Ps., 41, 7), pero pequeño por amor nuestro [Cristo]; y nos desagradaron nuestras tinieblas, y nos convertimos a Vos, y se hizo la luz. Y ved cómo fuimos un tiempo tinieblas, mas ahora luz en el Señor (Efes., 5, 8).



CAPITULO 13

Somos luz con la luz de la fe, no de la visión.

14. Y, sin embargo, todavía lo somos por fe, no por visión (2 Cor., 5, 7). Porque en esperanza somos salvos; mas la esperanza que se ve no es esperanza (Rom., 8, 24). Todavía el abismo llama al abismo, pero ya es con la voz de vuestras cataratas. Todavía aún aquel que dice: No puedo hablaros como a espirituales, sino como a carnales (1 Cor., 3, 1); aun él mismo no cree haberlo todavía alcanzado; mas olvidando lo que queda atrás, se lanza a lo que está por delante (Filip., 3, 13), y gime agobiado (2 Cor., 5, 4), y su alma tiene sed del Dios vivo, como el ciervo de la fuente de las aguas, y dice: ¿Cuándo vendré? (Ps., 41, 2, 3), deseando sobrevestirse de su morada celestial (2 Cor., 5, 2). Y da voces al abismo inferior, diciendo: No os configuréis a semejanza de este siglo, antes reformaos por la renovación de vuestra mente (Rom., 12, 2); y: No seáis niños en el juicio, sino párvulos en malicia, pero en el juicio, hombres maduros; y: ¡Oh insensatos Gálatas!, ¿quién os fascinó? Pero [clama] no ya con su voz, sino con la vuestra, que enviasteis vuestro Espíritu des-de las alturas (Sab., 9, 17) por Aquel que subió a lo alto, y abrió las catara-tas de sus dones, para que las avenidas del río alegrasen vuestra ciudad (Ps., 45, 5).

Por Él suspira el amigo del Esposo (Jn., 3, 29), teniendo ya en Él Las primicias del espíritu; pero gimiendo todavía dentro de sí, espe-rando la adopción, la redención de su cuerpo (Rom., 8, 23). Por Él suspira, porque es miembro de la esposa; y por Él cela, porque es amigo del Esposo; por Él cela, no por sí mismo; porque con la voz de vuestras cataratas, no con la suya propia, clama al otro abismo, por el cual cela, y teme no sea que, así co-ma la serpiente engañó a Eva, así también ellos, corrompidos sus sentidos, dege-neren de la castidad que hay en nuestro Esposo, vuestro Unigénito (2 Cor., 11, 3). Que es aquella luz de visión cuando le viéremos tal como es (1 Jn., 3, 2, y hubieren pasado las lágrimas que han venido a ser mi pan de día y de noche, mientras me dicen cada día: ¿Dónde está tu Dios?



CAPITULO 14

Esperanza de llegar a la luz de la gloria.

15. También yo digo: Dios mío, ¿dónde estáis? He aquí que donde Vos estáis res-piro un poquito en Vos, cuando derramo mi alma sobre mí con voz de alboro-zo y alabanza, sonido de quien celebra fiesta (Ps., 41, 6). Y todavía está triste porque torna a caer y se convierte en abismo o, mejor, siente que todavía es abis-mo. Dícele mi fe, que encendisteis Vos en la noche delante de mis pasos: ¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me conturbas? Espera en el Señor (Ps., 41, 6); antorcha para mis pies es su palabra (Ps., 118, 115). Espera y per-severa, hasta que pase la noche, madre de los malhechores: hasta que pase la ira del Señor (Isai., 26, 20), de la cual fuimos hijos (Efes., 2, 3) tam-bién nosotros, fuimos algún tiempo tinieblas (ibi., 5, 8), cuyos residuos arrastramos en el cuerpo, muerto por el pecado (Rom., 8, l0), hasta que refresque el día y huyan las sombras (Cant., 2, 17). Espera en el Señor: de mañana me presentaré y veré la salud de mi rostro (1. c.), que vivificará nuestros cuerpos mortales por el Espíritu que habita en nosotros (Rom., 8, 11); porque sobre nuestro interior tenebroso e inestable misericordiosamente se cernía. De Él en esta peregrinación hemos recibido prendas (2 Cor., 1, 22) para que seamos ya luz (Efes., 5, 8), mientras todavía en esperanza somos salvos (Rom., 8, 24) e hijos de la luz, e hijos del día, no hijos de la noche ni de las tinieblas (1 Tesal., 5, 5), como, sin embargo, hemos sido. Entre ellos y nosotros, en la actual incertidumbre del humano conocimiento, sólo Vos ponéis división, Vos, que probáis nuestros corazones (ib., 24) y llamáis a la luz día y a las tinieblas noche (Gen., 1, 5). Porque ¿quién es el que nos discierne, sino Vos? ¿Qué tenemos que no lo hayamos recibido de Vos (1 Cor., 4, 7), nosotros, vasos de honor, de la misma masa que otros han sido hechos vasos de ignominia? (Rom., 9, 21).



CAPITULO 15

Nuestro «firmamento» espiritual es la autoridad de la Escritura.

16. ¿O quién, sino Vos, Dios nuestro, nos hicisteis en vuestra divina Escritura el firmamento de autoridad sobre nosotros? Porque el cielo se plegará como un libro (Isai., 24, 4), y ahora como una piel se extiende sobre nosotros (Ps., 103, 2). Porque de más sublime autoridad es vuestra divina Escritura, ya después que arrostraron la muerte aquellos mortales por cuyo minis-terio nos la comunicasteis. Y Vos sabéis, Señor, Vos sabéis de qué manera vestis-teis de pieles a los hombres cuando el pecado los hizo mortales.

Por eso extendisteis como una piel el firmamento de vuestro Libro, vuestras inva-riablemente concordes palabras, que por ministerio de hombres mortales pusisteis sobre nosotros. Porque por la misma muerte de ellos, el firmamento de autoridad de vuestros oráculos, pronunciados por ellos, se extiende más sublime-mente sobre todo lo que está debajo; que mientras ellos vivían, no estaba tan su-blimemente extendido. Porque aún no habíais Vos extendido el cielo como una piel; aún no habíais difundido por todas partes la fama de su muerte.

17. Haced que veamos, Señor, los cielos, obra de vuestras manos (Ps., 8. 4); disipad de nuestra vista la nube con que los tenéis encubiertos. Allí está vuestro testimonio, que presta sabiduría a los pequeñuelos (Ps., 18, 8). Sacad, Señor, perfecta alabanza de la boca de los infantes y lactantes (Ps., 8, 3). Porque no conocemos otros libros que así destruyan la soberbia; que así destruyan al enemigo y al defensor que, defendiendo sus pecados, resiste a reconciliarse con Vos. No conozco, Señor, otras palabras tan castas que así me persuadiesen la confesión de mis culpas, y doblegasen mi cerviz a vuestro yugo, y me invitasen a serviros gratuitamente. Que yo las entienda, Padre bueno: concédelo a mi sumisión, puesto que para los sometidos les habéis dado firmeza.

18. Otras aguas hay sobre este firmamento (Gen., 1, 7) inmortales, creo yo, y apartadas de la corrupción terrena. Alaben vuestro nombre, que os alaben los sobrecelestiales pueblos de vuestros ángeles, los cuales no han menester alzar sus ojos a este firmamento y leyendo conocer vuestra palabra; porque ven siempre vuestra faz (Mt., 18, 10), y en ella leen, sin ayuda de sílabas sucesivas, lo que de ellos quiere vuestra eterna voluntad. Leen, eligen y aman. Siempre leen, y lo que leen nunca pasa: porque eligiéndola y amándola, leen la misma inconmutabi-lidad de vuestro consejo. No se cierra su códice ni se arrolla su libro, porque Vos mismo sois para ellos libro; y lo sois eternamente, porque los habéis colocado sobre este firmamento que afirmasteis sobre la flaqueza de estos pueblos inferio-res, para que alzasen los ojos y conociesen vuestra misericordia, que con palabras temporales os anuncian a Vos que hicisteis los tiempos. Porque en el Cie-lo, Señor, está vuestra misericordia, y vuestra verdad se encumbra hasta las nubes (Ps., 35, 6). Pasan las nubes, pero el cielo permanece. Pasan de esta vida a la otra vida los predicadores de vuestra palabra, pero vuestra Escritura hasta el fin del mundo se extiende sobre los pueblos. Mas también el cielo y la tierra pasarán, pero vuestras palabras no pasarán (Mt., 24, 35). Porque también el cielo se plegará como una piel (Isai., 24, 4), y el heno, sobre el cual se extendía, con su esplendor pasará, pero vuestra palabra permanece eternamente (Isai., 40, 6-8). Ella se nos muestra ahora en el enigma de las nubes y por el espejo del cielo, no como es (1 Cor., 13, 12), porque tampoco nosotros, aunque seamos amados de vuestro Hijo, se ha manifestado aún lo que seremos (1 Jn., 3, 2). Él nos atisbó por las celosías de su carne (Cant., 2, 9), y nos acarició y nos abrasó; y corremos tras sus perfumes (Cant., 1, 3). Mas cuando apareciese, seremos se-mejantes a Él, porque le veremos como es (1 Jn., 3, 2); según es, Se-ñor, la capacidad de nuestra visión, que todavía no tenemos.



CAPITULO 16

Sólo Dios se comprende a Sí mismo.

19. Porque tal como absolutamente sois Vos, sólo Vos lo conocéis, que inconmu-tablemente sois e inconmutablemente conocéis e inconmutablemente queréis; y vuestra esencia inconmutablemente conoce y quiere; y vuestro conocimiento in-conmutablemente es y quiere; y vuestra voluntad inconmutablemente es y conoce. Y no parece ser justo delante de Vos que a la manera como a sí misma se conoce la Luz inconmutable, así sea conocida por el iluminado entendimiento conmuta-ble. Y por esto mi alma está como tierra sin agua delante de Vos (Ps., 142, 6). Porque así como de sí misma no puede iluminarse, así tampoco de sí misma puede saciarse. Porque así está en Vos la fuente de la vida, como en vuestra Luz veremos la Luz (Ps., 35, 10).



CAPITULO 17

Qué se entiende místicamente por los mares y qué por la tierra seca.

20. ¿Quién congregó las aguas amargas, que son los mundanos, en una sociedad? Porque uno mismo es el fin de ellos: la felicidad terrena y temporal, por la cual hacen todas las cosas, aunque fluctúen en innumerable variedad de cuida-dos. ¿Quién, Señor, sino Vos, que dijisteis que se congregasen todas las aguas en un solo lugar y apareciese la tierra seca (Gen., 1, 9) sedienta de Vos? Porque vuestro es también el mar, y Vos lo hicisteis, y vuestras manos formaron la tierra seca (Ps., 94, 51). Que no la amargura de las voluntades, sino la reunión de los aguas recibe el nombre de mar. Porque Vos refrenáis también las malas concupiscencias de las almas, y les fijáis límites hasta donde podrán avanzar las aguas, de modo que sus olas se rompan sobre sí mismas, y así hacéis el mar, según la ordenación de vuestro imperio sobre todas las cosas.

21. Pero las almas sedientas de Vos y comparecientes delante de Vos, separadas por otro fin de la sociedad del mar, Vos las regáis con una secreta y dulce fuente, para que también la tierra dé su fruto (Ps., 84, 13); y da su fruto, y man-dándolo Vos, Señor Dios de ella, germina nuestra alma obras de misericordia, según su género, amando al prójimo en el remedio de las necesidades ma-teriales, y teniendo en sí mismo la semilla según su semejanza (Gen., 1, 11 y 12), porque por el sentimiento de nuestra flaqueza nos compadecemos para re-mediar a los indigentes, socorriéndoles de la manera que nosotros querríamos ser socorridos si de igual modo lo necesitásemos; y esto no solamente en cosas fáci-les, que son como la hierba con su semilla, sino también con la protección de un socorro fuerte y robusto, que es como un árbol fructífero, esto es, benéfico para arrebatar de la mano del poderoso al que padece injusticia, ofreciéndole sombra de protección con el roble poderoso del justo juicio.



CAPITULO 18

Místicos luminares en el firmamento.

22. Así, Señor, así, os ruego, nazca –como Vos lo hacéis, como Vos dais la alegría y la fuerza– nazca de la tierra la verdad, y mire desde el cielo la justicia (Ps., 84, 12), y háganse luminares en el firmamento (Gen., 1, 14). Par-tamos al hambriento nuestro pan, y al necesitado que carece de techo introduzcá-mosle en nuestra casa; vistamos al desnudo y no despreciemos a los compañe-ros de nuestro linaje (Isai., 58, 7). Y nacidos en nuestra tierra estos frutos, ved que es bueno (Gen., 1, 12); y rompa temprana nuestra luz (Isai, 58, 8), y tras esta inferior cosecha de acción, exhibiendo para delicias de la contemplación la superior palabra de vida, aparezcamos como lumi-nares en el mundo (Filip., 2, 16 y 15), fijos en el firmamento de vues-tra Escritura. Porque allí discutís con nosotros para que hagamos división entre las cosas inteligibles y las sensibles, como entre el día y la noche (Gen., 1, 14), o entre las almas, entregadas unas a las cosas inteligibles y otras a las sensibles; de suerte que ya no solamente Vos en lo recóndito de vuestro dis-cernimiento, como antes de ser hecho el firmamento, hagáis división entre la luz y las tinieblas (Gen., 1, 4), sino también vuestros espirituales, colocados en el mismo firmamento y distintos en méritos, manifestada ya por el orbe vuestra gracia, luzcan sobre la tierra, y hagan división entre el día y la noche y señalen los tiempos (Gen., 1, 14). Porque lo viejo pasó; ved, se ha hecho nue-vo (2 Cor., 5, 17); y porque más cerca está nuestra salud que cuan-do abrazamos la fe (Rom., 13, 11); y porque la noche está avanzada y el día se avecina (ib., 12); y porque Vos coronáis con vuestras bendiciones el año (Ps., 64, 12), enviando trabajadores a vuestra mies, en cuya siem-bra otros trabajaron (Jn., 4, 38), y enviándolos también para otra siembra, cuya siega es al fin del mundo. Así cumplís sus votos al deseoso, y bendecís los años del justo. Mas Vos sois siempre el mismo, y en vuestros años, que no fenecen (Ps., 101, 28), preparáis el granero para los años que transcurren.

23. Porque con eterno consejo derramáis a sus propios tiempos bienes celestiales sobre la tierra. Porque a uno le es dado por el Espíritu lenguaje de sabidu-ría (1 Cor., 12, 8), como a luminar mayor (Gen., 1, 16), por razón de aquellos que se deleitan en la luz de la verdad perspicua, como al principio del día (ib.,); mas a otro, lenguaje de ciencia, según el mismo Espíritu (1 Cor., 12, 8), como a luminar menor (Gen., 1, 16); a otro, fe; a otro, don de curaciones; a otro, operaciones de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, variedades de lenguas (1 Cor., 12, 9-10); y todo esto como estrellas (Gen., 1, 10). Porque todas estas cosas obra un mismo y solo Espíritu, repartiendo sus propios dones a cada uno según quiere (1 Cor., 12, 11), en manifestación suya para común utilidad (ib., 7). Mas el lenguaje de la ciencia, en la cual se contienen todos los sacramentos, que varían con los tiempos como la luna, y las demás clases de dones que, como estrellas, quedan mencionados, cuanto distan de aquella claridad de la sabiduría, de que goza el mencionado día, tanto están al comienzo de la noche (Gen., 1, 16). Porque son necesarios a aquellos a quienes aquel pruden-tísimo siervo vuestro no pudo hablar como a espirituales, sino como a carna-les (1 Cor., 3, 1); aquel que habla sabidurías entre los perfectos (ib., 2, 6). Mas el hombre animal, como pequeñuelo en Cristo y que se alimenta de leche, hasta que se robustezca para tomar manjar sóli-do, y fortalezca la vista para mirar al sol, no tenga por abandonada a las tinie-blas su noche, sino conténtese con la luz de la luna y de las estrellas.

Esto es lo que sapientísimamente disputáis con nosotros, Dios nuestro, en vuestro Libro, vuestro firmamento, a fin de que lo discernamos todo en contem-plación maravillosa, aunque todavía por las señales, y por los tiempos, y por los días, y por los años (Gen., 1, 14).



CAPITULO 19

Disposiciones para que aparezcan los luminares. Los Apóstoles.

24. Pero antes lavaos, purifícaos, apartad la maldad de vuestras almas y de la vista de mis ojos (Isai., 1, 16), a fin de que aparezca la tierra seca (Gen., 1, 9); aprended a obrar el bien, haced justicia al huérfano, defended a la viuda (Isai., 1, 17), para que la tierra germine hierba de pasto y árboles frutales (Gen., 1, 11); y venid, discutamos, dice el Señor (Isai., 1, 18), para que se hagan luminares en el firmamento del cielo, que luzcan sobre la tierra (Gen., 1, 14, 15).

Preguntaba aquel rico al Maestro bueno qué haría para alcanzar la vida eter-na. Dícele el Maestro bueno –que el rico pensaba era hombre y nada más, pero que es bueno porque es Dios–, dícele que, si quiere llegar a la vida, guarde los mandamientos, aparte de sí la amargura de la malicia y de la iniquidad, no mate, no fornique, no hurte, no diga falso testimonio; para que aparezca la tierra seca y germine, honre a la madre y al padre y el amor al prójimo (Mt., 19, 16-18).

Todo esto, dijo, lo he hecho.

¿De dónde, pues, tantas espinas, si es tierra fructífera? Ve, arranca los salvajes zarzales de la avaricia; vende lo que posees y llénate de frutos dándolo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos, y sigue al Señor, si quieres ser per-fecto (ib., 21), asociado a aquellos entre los cuales habla sabiduría (1 Cor., 2, 6) aquel que sabe qué ha de distribuir al día y qué a la noche, para que también lo sepas tú, para que también para ti aparezcan luminares en el firmamento del cielo (Gen., 1, 14); y eso no sucederá si no estuviere allí tu corazón; y eso tampoco sucederá si no estuviere allí tu tesoro (Mt., 6, 21), como lo oíste del Maestro bueno.

Pero se entristeció (Lc., 18, 28) la tierra estéril, y las espinas ahoga-ron la palabra (Mt., 13, 7).

25. Mas vosotros, linaje escogido (1 Pedr., 2, 9), lo débil del mun-do (1 Cor., 1, 27), que todo lo dejasteis por seguir al Señor (Lc., 18, 28), id en pos de Él y confundid lo fuerte (1 Cor., 1, 27); id en pos de Él, pies hermosos (Rom., 10, 15), y lucid en el fir-mamento, para que los cielos narren su gloria (Ps., 18, 2), haciendo división entre la luz de los perfectos –mas no todavía como la de los ángeles– y las tinieblas de los pequeñuelos, aunque no abandonados; resplandeced sobre la tierra (Gen., 1, 14-15); y el día, candente de sol, anuncie al día la palabra de sabiduría; y la noche, luciente de luna, anuncie a la noche la palabra de ciencia (Ps., 18, 3). La luna y las estrellas lucen por la noche; mas la noche no las oscurece, porque ellas la ilumi-nan cuanto ella es capaz.

Ved aquí cómo al decir Dios: Háganse luminares en el firmamento del cielo (Gen., 1, 4), se hizo súbitamente desde el cielo un estruendo como si pasa-se un viento impetuoso; y aparecieron lenguas divididas como de fuego, que se posó sobre cada uno de ellos (Act., 2, 2-3), e hiciéronse en el firmamento del cielo luminares que tenían palabra de vida. ¡Discurrid por doquier, fuegos santos, fuegos hermosos; porque vosotros sois la luz del mundo, y no estáis deba-jo del celemín (Mt., 5, 14-15). Aquel a quien os juntasteis ha sido exal-tado (Jn., 12, 32), y os exaltará a vosotros. Discurrid y daos a conocer a todas las gentes.



CAPITULO 20

Mística producción de las aguas.

26. Conciba también el mar y dé a luz obras vuestras, y las aguas produzcan reptiles de almas vivientes (Gen., 1, 20). Porque separando lo precioso de lo vil, os habéis hecho boca de Dios (Jer., 15, 19), por la cual dijese Él: Produzcan las aguas –no el alma viviente, que la tierra producirá (Gen., 1, 24), sino– reptiles de alma viviente y volátiles que vuelen sobre la tierra. Porque es así que vuestros sacramentos, oh Dios, por obra de vuestros santos [Apóstoles] se deslizaron como reptiles en medio de las olas de las tentaciones del siglo, para imbuir a las gentes en vuestro nombre con vuestro bautismo. Y con esto se obraron grandiosidades maravillosas, como grandes cetáceos, y las voces de vuestros mensajeros, aleteando sobre la tierra junto al firmamento de vuestro Libro, que tenían delante como autoridad bajo el cual volasen a donde quiera que fuesen. Porque no son lenguajes ni palabras cuya voz no se entienda, cuando a toda la tierra llegó su sonido, y hasta los confines del orbe de la tierra sus palabras (Ps., 18, 4), porque Vos, Señor, bendiciéndolas, las multiplicasteis.

27. ¿Acaso miento, o confundo y mezclo y no distingo el lúcido conocimiento de estas cosas en el firmamento del cielo, y las obras corporales en el proce-loso mar y bajo el firmamento del cielo? Porque aquellas cosas cuyo co-nocimiento es firme y acabado, sin que reciba aumento en las generaciones, como son las lumbreras de la sabiduría y de la ciencia; estas mismas cosas tienen opera-ciones corporales muchas y variadas; y procediendo las unas de las otras, se mul-tiplican por vuestra bendición, oh Dios, que habéis consolado el fastidio de los sentidos mortales, de suerte que una cosa única en el conocimiento del alma, sea por los movimientos del cuerpo de muchas maneras figurada y expresada. Las aguas produjeron estas cosas, pero por vuestra palabra; las necesidades de los pueblos produjeron estos efectos, pero por vuestro Evangelio: porque las echa-ron de sí las mismas aguas, cuya amarga languidez fue causa de que con vuestra palabra tuviesen efecto.

28. Hermosas son todas las cosas, como hechas por Vos; mas he aquí que Vos, que todas las hicisteis, sois inenarrablemente más hermoso. Si de Vos no se apar-tara Adán con su caída, no se difundiera de su vientre el salitre del mar, esto es, el linaje humano, profundamente curioso, tempestuosamente hinchado e inestable-mente movedizo; y así no fuera menester que vuestros ministros obrasen corporal y sensiblemente en las muchas aguas místicas acciones y palabras –que así se me representan ahora los reptiles y volátiles–, con las cuales acciones y palabras im-buidos e iniciados los hombres sometidos a los sacramentos corporales, no avan-zarían más allá, si el alma no se esforzase a otro grado de vida espiritual, y si des-pués de la palabra de iniciación no pusiese los ojos en la consumación (Heb., 6, 1).



CAPITULO 21

Mística producción de la tierra.

29. Y por eso, en vuestra palabra, no la profundidad del mar, sino la tierra separa-da de la amargura de las aguas, produce, no reptiles de almas vivientes y volá-tiles, sino el alma viviente. Porque ya no tiene necesidad del bautismo, que es necesario para los gentiles, como la tenía cuando estaba cubierta por las aguas; puesto que no de otra suerte se entra en el reino de los Cielos, desde que Vos instituisteis que se entre de esta manera (Jn., 35). Ni busca grandiosas maravillas de donde nazca su fe, pues no es de aquellos que si no ven señales y prodigios no creen (Jn., 4, 48); porque es ya tierra fiel, separada de las aguas del mar, amargas por la infidelidad; y las lenguas como señal, no para los fieles, sino para los infieles (1 Cor., 14, 22).

Esta tierra que Vos fundasteis sobre las aguas (Ps., 135, 6) tampoco tiene necesidad de este género de volátiles que las aguas, por vuestra palabra, produje-ron. Arrojad sobre ella vuestra palabra por medio de vuestros mensajeros –puesto que sus obras narramos, pero sois Vos el que en ellos obráis– para que ellos pro-duzcan el alma viviente. La tierra es quien la produce pero la tierra es la causa de que vuestros mensajeros produzcan estos efectos en ella; como el mar fue la causa de que ellos produjesen los reptiles de alma viviente y los volátiles bajo el firmamento del Cielo; de quienes la tierra ya no necesita, por más que coma el Pez extraído del profundo, en aquella mesa que preparasteis delante de los creyentes (Ps., 22, 5); pues para esto fue extraído del profundo, para que alimente a la tierra [a la Iglesia].

También las aves son hijas del mar (Gen., 1, 20); pero, no obstante, se multiplican sobre la tierra. Porque la infidelidad de los hombres fue la causa de las primeras voces evangelizadoras; pero con ellas también son cada día exhortados los fieles, y de muchas maneras bendecidos.

Mas el alma viviente toma su origen de la tierra; porque no aprovecha sino a los que ya son fieles contenerse del amor de este siglo, a fin de que viva para Vos el alma de ellos, que estaba muerta viviendo en delicias (1 Tim., 5, 6), en delicias mortíferas, Señor, porque las delicias vitales del corazón puro sois Vos.

30. Obren ya, pues, en la tierra vuestros ministros, no como en las aguas de la infidelidad, predicando y hablando por medio de milagros y sa-cramentos y de místicas palabras, con que atraen la atención de la ignorancia, ma-dre de la admiración, por el temor de los prodigios misteriosos –porque tal es la entrada a la fe para los hijos de Adán, olvidados de Vos, mientras se esconden de vuestro rostro (Gen., 3, 8) y se tornan abismo–, sino obren también como en la tierra seca, separada de las profundidades del abismo; y sean dechado para los fieles (1 Tes., 1, 7), viviendo delante de ellos y excitándolos a la imitación. Porque de este modo,

02/06/2005 ir arriba
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