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INTRODUCCIÓN AL LIBRO X (Santiago Fernández Burillo)

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Introducción al libro X

INTRODUCCIÓN AL LIBRO X
de las de las «Confesiones», de San Agustín

Por Santiago Fernández Burillo

Cognoscam te, cognitor meus, cognoscam, sicut et cognitus sum
«Que te conozca, Conocedor mío, que te conozca tal como soy conocido»
(San Agustín, Confesiones, libro X, cap. 1, § 1)


El propósito de las Confesiones

El libro de las Confesiones, de San Agustín, puede describirse como una «purificación de la memoria», en él el santo alaba a Dios y pide perdón de sus errores; mas no sólo a Dios –y ante Dios, en el secreto del alma–, sino también con la pluma y ante todos los hermanos en la fe.

¿A qué se debe ese planteamiento? ¿Cómo entender que un hombre de su posición se ponga en manos de la opinión pública, mediante un libro expresamente escrito para «quedar mal»?
Los autores de «autobiografías» pretenden fijar la imagen que desean que se tenga de ellos, tras la muerte. Si revelan datos es porque sólo ellos los conocen y sólo eso permitirá a la posteridad juzgar sus actos. Pero Agustín no redacta esta insólita autobiografía siendo anciano, sino a sus 45 años, edad en la que se ha alcanzado la madurez, pero todavía hay proyectos y una parte importante de vida por delante. De hecho, lo principal de su obra filosófica y teológica, así como lo más importante de su labor de gobierno de la iglesia local africana, la realizó en los 31 años siguientes; murió en efecto cuando le faltaban unas semanas para cumplir 76 años de edad. Como «autobiografía», pues, las Confesiones deberían considerarse prematuras e incompletas. Además, falta allí el matiz de autodefensa o apología, propio de ese tipo de obras. Es evidente que Agustín no escribe para quedar bien, sino para quedar mal ante los hombres. ¿Por qué, pues, estas Confesiones?

Cuando Aurelio Agustín, converso a la fe, fue ordenado sacerdote y, en seguida, obispo auxiliar y sucesor de Valerio, en la sede de Hipona (año 395), permanecía en su recuerdo y en el del pueblo su pasado pagano y maniqueo, su altivez de brillante intelectual, su vida de concubinato. ¿Quién era él para gobernar al pueblo de Dios?

A esa pregunta responde el planteamiento del libro. Él era un pecador, atraído y limpiado por la Gracia. Si se podía poner como ejemplo, lo era de la acción de la Misericordia divina en la vida del hombre. La primera parte de la obra (libros I-IX) es una biografía de su vida interior, con el fin de sacar a la luz la grandeza de Dios, no los méritos propios. Sólo así se plantea –según Agustín– la cuestión sobre la verdad del hombre.

«¿Qué sois Vos para mí? Apiadaos de mí, para que yo hable. ¿Qué soy yo para Vos, que mandáis que os ame, y si no lo hago, os enojáis conmigo, y me amenazáis con ingentes miserias? ¿Acaso es pequeña miseria el no amaros? ¡Ay de mí! Decidme, por vuestras misericordias, Señor Dios mío, ¿que sois Vos para mí? Decid a mi alma: Yo soy tu salud (Ps., 34, 3)» (Libro I, 5, § 5).


Agustín escribió, pues, y dio al público (desde el año 397) los nueve primeros libros de sus Confesiones para relatar su vida y el estado de su alma, hasta el presente: desde su nacimiento en el seno del matrimonio de Mónica y el pagano Patricio, pasando por una juventud intelectualmente inquieta y moralmente desordenada, que culminó en su conversión (año 386) y el bautismo junto con su hijo natural Adeodato (387). La narración autobiográfica se cierra con la muerte de su madre Mónica (387) y una conmovedora oración por sus padres difuntos.

Ahí acaba lo que podríamos llamar la «Primera Parte» de las Confesiones, en el libro X se inicia una «Segunda Parte», cuyo planteamiento es de una sorprendente originalidad.

¡Que me conozca, que Te conozca!

Cuando redacta el libro X, las Confesiones ya circulan por Hipona y el África proconsular. Los lectores se han sentido conmovidos y edificados, la historia de su conversión les emociona y las razones que ese fino intelecto encontró para irse librando de los mitos paganos, de la secta maniquea y del escepticismo de los «académicos» les resultan instructivas y esclarecedoras; más aún, el joven obispo mostraba al final de aquella «Primera Parte» cómo una filosofía pagana, la platónica, le había servido para acercarse a las Escrituras y a la fe; había iniciado así una personal síntesis de fe y razón (de fe razonable y razonada) que no podía dejar de atraer a los más inquietos. De ahí la petición que de muchas partes le llegaba a Agustín: «Continúa tus confesiones y relátanos cómo eres y piensas ahora»:

«Quieren pues oír por confesión mía lo que soy acá dentro de mí, a donde ellos no pueden penetrar con la vista, ni con el oído, ni con el entendimiento. Y quieren oír, dispuestos a creerme –pero ¿acaso lograrán conocerme?–.» (cap. 3, § 4)


Parece que esa demanda dejaba desconcertado al autor. Por un lado, estaba aún en plena elaboración de su pensamiento, aunque ya había considerado los temas de sus obras teológicas principales; así por ejemplo, el tratado De Trinitate, lo empieza a redactar (seguramente) al mismo tiempo que el libro XIII de las Confesiones. Por otro lado, ¿cómo contestar a la pregunta por la verdad de su persona? La pregunta evocaba, en Agustín, honduras que excedían la intención de quienes la plantearon.

Tras su conversión, catorce años antes, se había retirado a la villa de «Casiciaco», en la región de Milán, junto con su madre y su hijo; allí compuso, entre otros, los diálogos De Beata Vita, sobre la felicidad, y sus Soliloquia. En los Soliloquios, Agustín oraba antes de investigar, con estas palabras: Deus semper idem, noverim me, noverim te, «¡Oh Dios, siempre idéntico, que me conozca, que te conozca!»; conversaba luego con su propia razón, proponiendo qué deseaba conocer por encima de todo: Deum et animam scire cupio, dice, «Deseo conocer a Dios y mi alma». Más allí sólo razonaba que el hombre tiene un alma inmortal. Ahora se trataba de plantearse una cuestión completamente singular, personal: «¿Quién soy yo?»
No se trata de peculiaridades subjetivas o psicológicas, sino de la verdad de mi ser; y la verdad del hombre no se puede separar de la verdad sobre Dios, se trata de la verdad de la existencia, no de un objeto de especulación. El hombre en su singularidad ha sido hecho por Dios y para Dios: fecisti nos ad Te..., dice en Confesiones, (cap. 1 § 1),«nos hiciste para Ti». Luego el juicio último sobre el alma no está en ella misma, sino en Quien la hizo: «¿Qué soy yo para Vos?... ¿Qué sois Vos para mí...?»:

Vos, Señor, sois el que me juzgáis. Porque aunque ningún hombre sabe lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre, que está en él (1 Cor., 2, 11), todavía hay algo del hombre que no lo sabe ni el mismo espíritu del hombre que está en él. Mas Vos, Señor, sabéis todas sus cosas porque Vos le hicisteis» (X, 5, § 7).


La meditación central del libro X, recae sobre la verdad personal y la felicidad; la verdad del hombre la conoce Dios adecuadamente; nosotros no nos conocemos del todo. Ahora, para buscar a Dios se debe pasar por la «memoria», puesto que no lo tenemos presente como los bienaventurados, ni lo ignoramos del todo, ya que anhelamos la bienaventuranza:

«Confesaré, pues, lo que sé de mí, y confesaré también lo que no sé de mí. Porque lo que sé de mí, lo sé porque Vos me ilumináis; y lo que no sé de mí, no lo sabré hasta tanto que mis tinieblas sean como mediodía (Is., 58, 10), a la luz de vuestro rostro» (X, 5, § 7).


En la filosofía de Agustín, la razón humana alcanza la existencia de Dios cuando del mundo exterior, mudable y caduco, se recoge en su interior –la verdad mora en el interior–, y de lo interior se eleva a lo superior. Este doble proceso: a) de lo exterior a lo interior, y b) de lo interior a lo superior, viene exigido por la naturaleza de la verdad, ya que ésta es «lo que siempre es», mientras que en el mundo todo es cambiante y transitorio, las cosas materiales nec omnino sunt, nec omnino non sunt, «ni del todo son, ni del todo no son»; ahora, también en su mente halla el hombre la ignorancia y la duda, luego debe subir por encima de sí mismo, hasta la Verdad inmutable, si quiere encontrar de dónde toma la «regla», la medida o criterio, por medio del que juzga que algunas cosas «son» y otras «no son», es decir, participan más o menos de la Verdad que «siempre es» (Cf. De Vera Religiones, 39, 72; y Confesiones, VII, cap. 18). La noción platónica de «participación» es la clave de esta línea argumental; y el «interior» del hombre es la vía de acceso a la Verdad plena, al Creador.

Los «temas» del libro X

Además de este peculiar «personalismo» agustiniano, el lector sigue la meditación de san Agustín pasando, sin brusquedad alguna, de la antropología a la teoría del conocimiento, de ésta a la metafísica y la existencia de Dios; luego, al tema de la felicidad, a la ascética y la mística. No hay nada de artificioso en ese tránsito: la seca clasificación de las ciencias aquí no empacha ni detiene a la razón. Brevemente, se pueden presentar así los temas del libro X:
a) Propósito. La verdad del hombre.
b) La «memoria», y el olvido; la iluminación.
c) La felicidad.
d) Estado de su alma, examen de conciencia.
e) Conclusión. Cristo, no las inteligencias separadas [demonios] es nuestro Mediador con Dios Padre.

La «memoria»

En el libro X de las Confesiones se halla una de sus mejores exposiciones del tema agustiniano de la «memoria». Es un pasaje rico en contenido explícito e implícito. Primero, se comprueba que la memoria contiene todos los conocimientos, y los contiene «objetivados», esto es, desprovistos de las condiciones de singularidad con que existen en el mundo y en el tiempo. Contiene también las ciencias, y los principios de la ciencia metafísica (existencia, esencia, cualidades o naturaleza); contiene incluso los afectos, y el olvido. Pero en la memoria no «está» Dios. Es pequeña para eso, a pesar de su infinita amplitud. Ni siquiera «yo mismo» estoy en la memoria, aunque la memoria es, en cierto modo, mi alma misma. Ahora, si Dios no está en la memoria, nunca lo reconoceré si lo hallo. Mas lo estoy buscando, ¿no significa eso que, de alguna manera, tengo una noticia de Él, una «memoria de Dios»?
Parece que el recorrido lleva de la «memoria psicológica» a una noción de la memoria «transpsicológica» o «metafísica», es la que él llama «memoria de lo presente». Hallamos, pues, a Dios en la memoria, donde estuvo siempre presente orientando la búsqueda de la verdad y del bien.
En la memoria está oculta, como bajo cierto olvido, la verdad y la verdad acerca de Dios. Es ahí donde opera esa «iluminación» natural con la que el mismo Dios capacita a la razón humana para el conocimiento de la verdad y de Él mismo. Algunos autores (Cf. Juan Pegueroles, San Agustín. Un platonismo cristiano, Barcelona, 1985; cap. 9, pág. 183 y ss.) creen que la explicación de San Agustín del tránsito del conocimiento sensible al conocimiento intelectual, la «iluminación» (que hace en su filosofía las veces del «intelecto agente» aristotélico), no es una operación divina distinta de la «memoria» que, como imagen del Creador, contiene en sí las huellas innatas de los principios primeros, entre los que está el mismo Ser infinito y eterno.

La felicidad

Al mismo tiempo, la «verdad» constituye el centro de interés de todo el discurso. Se trata, hemos apuntado, de una verdad existencial. La verdad es, para Agustín, beatificante: la verdad y el bien coinciden; y la experiencia viva de ambas es la felicidad, aquello que todo ser humano anhela de modo natural e irreprimible. Dios es avistado, desde el hondón de la memoria, como el Bien y la Felicidad del alma: «Beata quippe vita est gaudium de veritate» (cap. 23, § 33). La vida feliz consiste en el gozo de la verdad, dice.
En suma, la verdad para Agustín no es sólo convicción personal; es sobre todo y además comunicación: amor que une a la Verdad eterna. Ahí exclama con dolor el santo: ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé! (cap. 27).

La ascética

Pero en Agustín la metafísica, la teología y la vida interior (ascética y mística) no van separadas. El texto no es una limpia cadena de silogismos, como los de Tomás de Aquino, sino una continuada confesión personal. Su discurso es metafísico –versa sobre el ser, la verdad, el bien, la belleza, el conocimiento, la memoria, etc.–, pero al mismo tiempo es religioso y ascético:

«Os amo, Señor; tengo de ello conciencia no dudosa, sino cierta. Heristeis mi corazón con vuestra palabra y os amé» (cap. 6). «¿Qué es, pues, lo que amo cuando amo a mi Dios? ¿Quién es Aquel que está sobre lo más alto de mi alma? Por mi misma alma subiré a Él». (cap. 7)


Y ¿cómo unirme cada vez más a mi Dios? Da quod iubes, et iuve quod vis! «¡Dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras!». El texto del libro X desemboca, con toda naturalidad, en un detenido examen de conciencia. Es el examen de conciencia de un santo; téngalo presente el lector. Un examen de conciencia conmovedor, redactado para que lo lean todos los hermanos en la fe: ¿qué mayor anonadamiento, por parte del intelectual brillante, del famoso orador y hombre público de antaño, del obispo? La humildad de Agustín casi nos confunde:

«Toda mi esperanza no estriba sino en vuestra grandísima misericordia. ¡Dadme lo que mandáis, y mandad lo que queráis!» (cap. 29).


El Mediador

El libro se cierra con una breve discusión sobre el papel mediador de la inteligencia entre el hombre y Dios. Dicho en pocas palabras, no son las inteligencias separadas [demonios, ángeles] quienes nos pueden unir con Dios Padre, como pretendió el neoplatonismo y volverán a proponer algunos filósofos musulmanes y judíos medievales (Avempace, Avicena, Averroes, Maimónides, etc.), sino solamente Cristo, Quien, como Verbo y como hombre, participa de ambas naturalezas.
Agustín esboza aquí la solución de una de las cuestiones frecuentes en la teología clásica: «¿Por qué se encarnó el Verbo?» Una de las razones de la Encarnación es esta: sólo el Verbo de Dios hecho hombre hace posible la relación directa entre el hombre y Dios. La solución nos parece sencilla y obvia ahora, pero entonces fue novedosa; la civilización pagana, en la que Agustín se había educado, estuvo desorientada con referencia a «lo divino». Los pensadores y escritores paganos suelen ser muy religiosos, pero avistan la divinidad como algo lejano, casi siempre hostil o cruel. Aristóteles había formulado un juicio tan duro como definitivo: Dios es infinito en poder y perfección, el hombre finito; luego «Dios no puede ser el amigo del hombre». El amor de amistad –de benevolencia–, que para el sabio pagano representaba la forma más alta del bien, no podía darse entre el hombre y Dios. No había «mediación» posible. Plotino y la escuela neoplatónica trataron de colmar ese vacío metafísico entre el alma humana y Dios, para ello postularon la mediación de las «inteligencias», esto es, de seres intermedios. La solución era acorde con el politeísmo y servía para hacer frente a la pujante cultura cristiana, que se iba amoldando a la forma de pensar de los filósofos clásicos. Esa solución pagana, además, contaminó al pensamiento cristiano originando sectas heréticas que, en definitiva, retornaban al naturalismo pagano: la gnosis, el maniqueísmo y las diversas herejías cristológicas (sobre «quién» es Cristo) tomaron sus bases de esta «solución» doctrinal. La respuesta de San Agustín es doblemente interesante: reconduce lo mejor de la inteligencia pagana a la verdad de la fe, por un lado, y asienta la base de la respuesta católica a las desviaciones cristológicas: una sola Persona con las dos naturalezas, la humana y la divina. Pero eso no ha sido una exigencia de la «natura», sino la más alta expresión de la Gracia.

Nuestra edición

Conscientes de la existencia de una edición española de los nueve primeros libros de las Confesiones, en la red, y como quiera que el trabajo con textos del santo de Hipona ya nos había parecido valioso y efectivo hace tiempo, en el trabajo docente con los más jóvenes, nos hemos animado a completar esa edición. La presencia en la red de la página oficial de San Agustín (www.augustinus.it) ha sido un estímulo para ello.
El texto español del libro X de las Confesiones, que editamos aquí corresponde a la traducción del P. Valentín M. Sánchez Ruiz, S. J.
Esta versión española parece idónea para ser leída con gusto por los hablantes de ambos continentes, su elegante español equidista del hablado hoy en Europa y América. No obstante, el texto ha sido revisado: se han eliminado algunas erratas y se han introducido diversas modificaciones, teniendo a la vista el original latino, con el fin de lograr mayor claridad en algunos pasajes oscuros.

Nuestra intención incluye la edición de los libros XI, XII y XIII, hasta completar la «Segunda Parte» de las Confesiones. Aunque la unidad de la obra de San Agustín es indiscutible, cada uno de estos «libros» pueden ser leídos, al menos así nos lo parece, como otros tantos pequeños «tratados» monográficos. De este modo, para concluir, conviene notar que, si el libro X versa sobre la «memoria» de Dios, los tres siguientes, son comentarios al libro primero del Génesis, exponen la Creación y culminan en Dios Creador, según el siguiente plan:
Libro XI. El tiempo y la eternidad.
Libro XII. Creación. Mundo visible y mundo invisible (criaturas espirituales)
Libro XIII. Dios Uno y Trino.



Santiago Fernández Burillo
28 de agosto de 2002, Fiesta de San Agustín.

 

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

02/06/2005 ir arriba
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