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Por Luis Olivera
Periodista
Las consecuencias que se pueden esperar
en los niños que sean adoptados por
homosexuales acaban de ser expuestas con
claridad: “Trastornos en la identidad
sexual, mayor incidencia de
comportamientos homosexuales al llegar a
la adolescencia –hasta siete veces más
que los niños que viven con sus padres
biológicos en familias intactas--, una
tendencia significativamente mayor a la
confusión y promiscuidad sexual,
trastornos de conducta, depresión,
comportamientos agresivos, ansiedad,
hiperactividad e insomnio”. Lo ha
publicado Aquilino Polaino,
catedrático de Psicopatología y director
del departamento de Psicología de la
Universidad San Pablo-CEU (Madrid).
En Baleares hay escasamente 65 parejas
del mismo sexo inscritas en el registro
de parejas de hecho. Frente a esa cifra
misérrima, tenemos centenares de miles
de matrimonios de uno con una. Y, desde
que existe este registro especial,
ninguna ha solicitado la adopción. Los
datos del Instituto Nacional de
Estadística (INE) dicen que en 2001
había censadas 10.400 parejas de gays y
lesbianas en España. Pero según el
Gobierno español, cuatro millones de
españoles se beneficiarán de la nueva
regulación que permite el ‘matrimonio’
de homosexuales. Luego, la propia prensa
nacional sólo pudo hablar de unos
escasos “centenares de homosexuales”
celebrando la nueva ley en el barrio
madrileño de Chueca. ¿Dónde estaban allí
los tan cacareados millones de
homosexuales? Llamar familia o
matrimonio a una pareja de homosexuales
puede ser un despropósito y una
confusión. Jugar con las palabras es
pervertir la realidad.
Hablar de que esta legislación, como ha
hecho un representante del colectivo
homosexual palmesano, “es una ley
justa que se adapta a la realidad
social”, implica algo más que miopía
mental. Pero eso, si fuera cierto,
significaría que el 10% de la población
hispana se encuadra en esa tendencia
social. Es la vuelta a la manipulación
perversa de las ‘grandes cifras’, que ya
se utilizó como arma arrojadiza para,
por ejemplo, aprobar la ley del aborto
en España: los célebres 300.000 anuales,
datos que desde entonces no se han visto
nunca, ni de lejos, en la realidad. Es
el “miente, miente, que algo queda”.
Lo recordaba satíricamente aquel libro
tan divertido del sociólogo americano
Ben Wattemberg: “Mentiras,
grandes mentiras y estadísticas”.
Toda la prensa europea está perpleja con
las iniciativas del PSOE desde que llegó
al gobierno. Incluso el prestigioso
diario suizo ‘Neue Zürcher Zeitung”,
liberal hasta la médula, editorializa
con frustración sobre las iniciativas
del ejecutivo de Zapatero: sus promesas
liberadoras revelan “desorientación”
en “impacientes y legalmente
desequilibradas leyes”, como la de
parejas homosexuales, “generosamente
ligada al derecho de adopción” de
unos niños sobre los que el Gobierno “no
ha tenido tiempo para pensar”.
Polaino-Llorente, este psiquiatra
español que ha puesto los puntos sobre
las íes, tiene muchos años de consulta
sobre sus espaldas y ha tratado a muchos
homosexuales. Sabe de lo que habla. Por
si eso no fuera suficiente, ha hecho una
revisión crítica y sistemática de la
mayoría de los trabajos ya publicados en
la literatura mundial especializada en
este campo tan concreto. Aúna
experiencia propia y ajena sobre la
realidad de las cosas. No sobre
suposiciones ni sobre censos
inexistentes, como nuestros
legisladores.
Desde esta atalaya profesional
privilegiada, Polaino expone
claramente que “hoy se sabe que los
conflictos y comportamientos violentos
son dos o tres veces más frecuentes en
las parejas homosexuales que en las
heterosexuales”; además, la duración
media del vínculo entre las personas
homosexuales no suele ser superior a
tres años y los cambios de compañero/a
son más frecuentes, “lo que aumenta
la inestabilidad afectiva de los (niños)
adoptados”. Hace pocos meses, Canadá
asistía al primer divorcio de una pareja
de homosexuales, que sólo hacía escasos
meses que había decidido unirse. En
tercer lugar, el niño que vive en un
ambiente así no aprende ni siente las
diferencias de género existentes entre
el hombre y la mujer. “Por el
contrario –agrega Polaino--,
aprende algo que es falso y
antinatural: que no hay diferencias de
género”.
El fin de la adopción es la protección
del menor desvalido; no busca satisfacer
a los adultos. De hecho, el viejo
principio jurídico sostiene que la
adopción debe imitar a la naturaleza.
Una naturaleza, la de la familia,
constituida por el padre y la madre
adoptantes, con unas relaciones
estables, de manera que sea posible el
crecimiento y desarrollo maduros (físico
y psíquico) de la persona adoptada. No
se puede utilizar a los niños como
conejillos de Indias. Zapatero y
su Gobierno han abierto un falso debate
que centra la cuestión en los derechos
de los homosexuales. Igual que en los
temas de la mujer porque, como ha dicho
el historiador César Vidal, “es
que ZP es un ignorante
enciclopédico. Lo digo porque apenas hay
algo en una enciclopedia que no ignore”.
Porque también olvidan que el séptimo
principio de la Declaración Universal
de los Derechos del Niño, estipula
que el interés superior del niño debe
ser el principio rector de quienes
tienen la responsabilidad de su
educación y orientación; o que el
Convenio de La Haya de 1993, que
regula la adopción internacional y que
tan claramente sostiene que la adopción
no es un derecho de los padres a tener
un hijo, sino un derecho de los niños a
tener unos padres. Y ambos han sido
suscritos por España y están en vigor.
No se trata de poner en juego la
aceptación o el rechazo de la
homosexualidad, sino el hecho de que se
quiere conculcar en los más desvalidos
lo que les es debido. “Aquello que
les pertenece, lo que les es propio: su
derecho a la salud psíquica y a una
identidad personal bien configurada, su
derecho a ser educados, convivir y
recibir el necesario afecto del padre y
de la madre”.
Y, como dice la economista libertaria
Jennifer R. Morse, “los niños que
no han recibido la necesaria ayuda de
los adultos para madurar, pueden muy
bien convertirse en el tipo de gente que
no pueda participar en una sociedad
libre y abierta”. Toda sociedad
tiene un cierto número de individuos
así. “Pero –añade esta
norteamericana, donde nos aventajan en
todo--, si abrazamos ideas sobre el
matrimonio y la familia que produzcan un
suficiente número de este tipo de
personas, una sociedad libre no será
capaz de absorberlas sin dañar sus
instituciones básicas”. Nos jugamos
la salud psíquica de los españoles del
futuro: «La sociedad de mañana va a
necesitar mucho policía, mucho psicólogo
y mucho psiquiatra», afirmaba
Vicente J. Sastre, sociólogo y
director del Instituto de Ciencias
Sociales de Valencia . Casi nada. Como
para hacer experimentos. “Los
experimentos, mejor con gaseosa”,
que decía Eugenio d’Ors. O, en
todo caso, con los hijos de nuestros
padres de la Patria.
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