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¿Por qué no
se lo piensa dos veces,
señor presidente?
El autor, Pedro Juan
Viladridrich, pone frente a sus
contradicciones a Zapatero que hace prevalecer
la ideología sobre la naturaleza en el tema de
la institución matrimonial. ¿Será posible la
vuelta a la sensatez?
Análisis
ÉPOCA 7.10.2004
Permítame, señor presidente del Gobierno, hacerle algunas
reflexiones sobre el matrimonio civil y el contrato
homosexual. He estudiado con atención sus propósitos de
ampliar los espacios de libertad, ofrecer reparación y
soluciones legales a las injusticias sufridas por los
homosexuales, avanzar en la igualdad de todos los ciudadanos
evitando, entre otras, la discriminación por razón de sexo
y, de paso, profundizar en la laicidad del Estado.
Son objetivos excelentes. Ahora bien, ninguno de ellos -si
hemos de ser serios y debemos serlo- obliga, necesita, ni
siquiera tiene algo que ver con utilizar la institución del
matrimonio civil para definir los contratos de convivencia
entre homosexuales.
La inmensa mayoría de la ciencia jurídica y de las personas
informadas -sin entrar ahora en su libertad o comodidad para
manifestarse- saben que hay varias y fáciles soluciones en
Derecho para que los intereses legítimos surgidos en las
uniones entre homosexuales gocen de reconocimiento jurídico
y puedan ser urgidos, en caso de conflicto, ante los
tribunales de justicia. Por recordarle un ejemplo concreto,
las "parejas de hecho" pueden disfrutar de los derechos de
los cónyuges, en las más variadas ramas jurídicas, sin
necesidad alguna, ni ganas, de ser definidas como
matrimonio.
Lo de las "parejas de hecho" sería divertido, si no tuviera
un trasfondo inquietante. Doy por descontado, señor
presidente, que habrá notado como desde ciertas posiciones
ideológicas parece menospreciarse el matrimonio como "los
papeles", algo inútil y anacrónico, y por ello propugnan que
las parejas heterosexuales se unan de "hecho" pero no
contraigan esa institución ridícula que es el matrimonio
civil. Por el contrario, desde el mismo sector ideológico se
exige ese mismo y vilipendiado matrimonio civil para las
parejas homosexuales. ¿Cómo digerir tamaña contradicción?
Explicación hay y ahí está lo inquietante. Cuando prevalece
la ideología contra la naturaleza de las cosas, hay un
altísimo riesgo de arbitrariedad y dictadura. Para el
talante tiránico -se disfrace como se disfrace, incluso de
progresismo- la realidad y los derechos innatos y
fundamentales le son obstáculos, enemigos reaccionarios, que
hay que avasallar, aunque para eso haya que contradecirse
las veces que haga falta. Le hablo de tiranía ideológica y
arbitraria muy consciente de estas palabras. Y lo hago,
señor presidente, porque tengo esperanzas en que su talante
democrático y su seriedad política sean verdaderos.
En efecto, la supresión del principio heterosexual en la
institución del matrimonio civil y la definición como
matrimonio de los contratos homosexuales pervierte la
sustancia de ciertos derechos fundamentales, amparados en
nuestra Constitución, y contradice arbitrariamente la verdad
conyugal del matrimonio civil. Eso -y más en democracia- no
es legítimo hacerlo por imposición ideológica.
Con todo respeto deseo preguntarle si, realmente, sabe lo
que está haciendo. ¿Ha medido bien el número y la gravedad
de las consecuencias? ¿Está conscientemente dispuesto a
modificar la sustancia del derecho fundamental al matrimonio
-el universal ius connubii-- consagrado en el apartado 1 del
art. 32 de nuestra Constitución - sus titulares innatos y la
identidad de la institución- según la interpretación general
en la doctrina jurídica universal y española?
¿Lo hará hurtando el trámite de reforma constitucional, la
preceptiva intervención del pueblo soberano, saltándose los
límites que le permite el apartado 2 del citado precepto
constitucional?
¿Lo hará soslayando el compromiso de congruencia que nuestra
Constitución impone a nuestra legislación de rango inferior
de no conculcar la Declaración Universal de los Derechos
Humanos (art. 16), el Convenio de Roma para la protección de
los derechos humanos y de las libertades fundamentales (art.
12) y, entre otros convenios suscritos, el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 23,2) en
todos los cuales, como es realidad universal, el matrimonio
es la unión entre el hombre y la mujer?
¿Lo hará, en materia de tanta trascendencia social, sin
consenso suficiente, sin consulta a los estamentos
profesionales peritos en la materia, y sin mandato expreso
de los hombres y mujeres españoles que están unidos en
matrimonio? ¿Lo hace por complacer a una exigua minoría (el
0,1 del total de parejas, según dice el INE), que le ha dado
sus votos, y de la que teme su capacidad de alboroto
callejero y presión mediática? ¿El pago de esa minúscula
deuda electoral nos la va a vestir, consciente y
deliberadamente, de argumentos progresistas para encantar y
hacérsela tragar a la ciudadanía?
La cuestión no es ideológica, ni de izquierdas ni derechas,
ni siquiera de sexo. Es una cuestión de seso. Le añadiré,
con toda franqueza, que me aterra la hipótesis de que ignore
la devastación con la que está a punto de arrasar la
identidad y la función social de esta importantísima
institución laica, que es el matrimonio civil.
¿Sabe que, por paradójica carambola, está abriendo el camino
a la poligamia y, luego, a cualquier arbitraria pretensión
sobre nuevos e insólitos titulares del matrimonio civil?
¿Sabe que muchos homosexuales no participan de esa
ideología, ni quieren jugar a ser un matrimonio?
De golpe quizás le suene fuerte. La verdad es que se expone
a destruir la identidad y hasta el honor de ser matrimonio
-es decir, lo que son - a muchos padres y madres de familia
españoles que, por causa de sus libres convicciones, se
casaron ante el Estado -no ante la Iglesia Católica y otras
confesiones religiosas- para engendrar sus hijos y fundar su
propia familia.
¿Ha caído en cuenta que ese derecho a unirse en matrimonio
es soberanía innata de cada varón y mujer, por serlo, y no
un permiso, una concesión o un invento del Estado. ¿Supone
que estos esposos y esposas, en su fuero externo e interno,
pueden creer y valorar que su unión, sus hijos y familia son
exactamente lo mismo que lo que hay entre dos homosexuales?
¿Ha previsto qué caja de Pandora abre al favorecer semejante
desestructuración del parentesco de naturaleza y al minar
los fundamentos del tabú del incesto? ¿Ha imaginado la
posible proliferación de abusos y violencias en esos nuevos
espacios de intimidad doméstica, bajo cobertura legal, al
falsificarse la relación conyugal y los parentescos
naturales paterno-filiales?
Esta es la cuestión, señor presidente: que va a falsear la
verdad conyugal y familiar (el honor) del matrimonio civil.
Usted, señor presidente, es esposo y padre ejemplar. Vive lo
que le hablo. ¿Por qué no se libera de prejuicios
ideológicos y de algún tiránico carcelero, se lo piensa dos
veces, toma altura política y promueve una solución de
general consenso, sabia, realista y prudente?
Le será fácil informarse de que soy un veterano jurista y
canonista.
Si cierta seriedad no me lo estuviera impidiendo, dejaría
volar mi sospecha acerca de si usted, señor presidente, no
es uno de los mejores topos que ha tenido la Iglesia
Católica en los últimos tiempos. Me explico. No sé qué
capacidad de reacción tendrán su jerarquía y los católicos.
Pero con semejante harakiri del matrimonio civil, menuda
ocasión les brinda -si tienen lucidez y coraje- para hacer
brillar ante toda la sociedad el esplendor, la identidad,
las sólidas exigencias y responsabilidades, la verdad
conyugal, en suma, el honor del matrimonio canónico: aquella
comunión íntima de amor y de vida entre un hombre y una
mujer, que por sí mismos fundan, mediante su exclusivo
consentimiento manifestado ante Dios y ante los hombres. Si
yo fuera la Iglesia, le daría en secreto las gracias.
Pedro Juan Viladrich.
Presidente del Consejo Editorial de Época.
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Publicado en nuevo Arvo Net
21/04/2005 |
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