He
visto una persona investida de su
imponente dignidad, que ni mengua ni
crece por contraer matrimonio con
persona del mismo sexo. Dignidad que
no le confiere la Constitución; en
el mejor de los casos, se la
reconoce. El texto constitucional es
meramente declarativo, no
constitutivo.
He
explicado por extenso en otro lugar
mi punto de vista como profesor de
Derecho Civil sobre el pretendido
matrimonio homosexual, y no es
cuestión de cansar al lector
reiterando argumentos. Me limitaré a
hacer unas observaciones al filo de
la reciente votación en el Congreso
de los Diputados.
No
entiendo por qué el líder de la
oposición no se ha empleado a fondo
en esta cuestión. Imagino que porque
tiene cosas más importantes que
hacer, aunque lo dudo. Mucho me temo
que no haya querido quemarse en
cuestiones menores, olvidando que
las cuestiones menores no queman.
Tal vez se trate de que tanto él
como su partido en realidad no están
convencidos de casi nada y se han
limitado a votar testimonialmente.
En la reforma del divorcio se
abstuvieron. Es decir, se adscriben
sociológicamente al grupo de los que
"no saben, no contestan". Llegados a
este extremo, se imponen los puntos
suspensivos.
La
caída del muro de Berlín fue un
acontecimiento histórico del que
todavía no se han sacado todas las
consecuencias. El tiempo es quien
inexorablemente va actualizando la
enorme potencialidad del suceso. La
valoración de aquel hito es unánime.
Es decir, positiva, incluso
entusiasta. Pero no deja de ser
cierto que afecta de manera dispar a
los diversos planteamientos con los
que las personas encaran la vida y
esbozan su modelo de convivencia.
Mientras para unos el muro era
repugnante, para otros simplemente
iba contra los derechos humanos.
Para estos últimos, el alejamiento
de lo que significaba el muro supuso
un doloroso despegue que todos
comprendimos y facilitamos. No se
puede vivir de los libros aunque su
uso sea imprescindible. Los humanos
necesitamos referentes, ver nuestras
ideas institucionalizadas.
Necesitamos iconos. Y con el muro
algunos perdieron más que el muro.
Fueron derrotados culturalmente. Y
con la derrota iniciaron una penosa
y larga marcha con el zurrón de las
ideas prácticamente vacío.
Primero vino una fervorosa
conversión hacia la economía de
mercado, pero el mercado presenta el
grave inconveniente de su
incapacidad de dotar de identidad a
quien carece de ella, por lo que
hubo que seguir buscando. Es así
como la caída del muro llevó a los
desposeídos de identidad a hacer
suyas todas las causas y a acoger a
todos los desamparados que
encontraban por el camino. Esta
confusa situación les lleva a
descalificar, con el fervor de los
conversos, a los que no entienden lo
que nunca se ha entendido ni se
entenderá. Y, si bien en un primer
momento comprendimos su
desconcierto, hoy vemos con asombro
cómo nos llevan a pastar a prados
insospechados.
El
matrimonio homosexual se presenta
como un paso adelante en el disfrute
de los derechos. La intención es
buena, pero, como muchas buenas
intenciones, puede acabar en
despropósito. La homosexualidad no
requiere el matrimonio. Casarse es
lo último que un homosexual hubiese
pretendido hacer... hasta que se
convirtió en reivindicación. Una
estupidez reivindicada adquiere un
cierto empaque. Un amigo mío dice, y
tiene razón, que todos valemos más
como problema que como realidad.
Cuando la vida nos ningunea, podemos
realizarnos por la vía del despecho
que nos lleva incluso a "sentir
piedad por otros". Posibilidad ésta
que explica muchos desencuentros
sobrevenidos.
Llama
la atención que los mismos que
"aligeran el divorcio" para
erradicar la violencia doméstica
conduzcan a las parejas de
homosexuales y lesbianas a un
callejón sin más salida que la
judicial. ¡Por favor, no los casen!
Lo de menos es la desvinculación. Lo
grave es que ésta va acompañada de
todo otro conjunto de medidas nada
fáciles de digerir.
Supongamos que contraen matrimonio
un par de lesbianas y que una de
ellas se insemina artificialmente y
da a luz "dentro del matrimonio". Si
el matrimonio homosexual fuese
realmente un matrimonio deberia
entrar en juego la presunción de
paternidad, y el nacido sería hijo
de las dos. Pero el proyecto de ley
no prevee la modificación del art.
108 del Código civil, según el cual
la filiación "es matrimonial cuando
el padre y la madre estan casados
entre sí". Por lo tanto, a pesar del
matrimonio nos encontramos en una
situacion idéntica a la de una
pareja de hecho de lesbianas que,
una por inseminación artificial y la
otra por posterior adopción,
ostentan de forma conjunta la patria
potestad sobre el hijo. Si pasado el
tiempo la pareja se separa, habrá
que decidir sobre la guardia y
custodia de la criatura. En ese
momento la madre biológica
contemplará con asombro cómo su
"partner" le disputa la guardia, y
cuando el juez decida, esperemos,
concedérsela a la única madre,
tendrá al mismo tiempo que
establecer el régimen de visitas de
la otra parte. ¿Qué sentido tiene
ese régimen de visitas? ¿Qué tiene
que contarle a esa criatura una
antigua amistad de su madre que no
tuvo ni arte ni parte en su
concepción y que probablemente ha
adquirido la fijación de que la
madre es una mala persona? Ese día,
la madre lesbiana se dará cuenta de
lo que es el matrimonio homosexual.
Una madre lesbiana no debe compartir
la patria potestad con otra, ni por
adopción, aunque se trate de su
"mujer". Si en el matrimonio
heterosexual, siendo progenitores
los dos, esto es una tragedia, ¿por
qué hay que trasladarlo a los que no
lo son? La demagogia podría
fomentar, como se ve, la violencia
doméstica. ¿O es que el legislador
piensa que el matrimonio homosexual
va a ser más estable que el
heterosexual?
Pero
vayamos un poco más allá. El coro de
ángeles que sigue con embeleso la
tramitación de esta ley habla de
victoria sobre posiciones
numantino-religiosas, de tabúes,
etc. Bien, sigamos el dictado de la
Constitución y apliquemos el
principio de libre desarrollo de la
personalidad en ella contenido. Se
acabaron las trabas para contraer
matrimonio. Por ejemplo, permitamos
el matrimonio entre hermanos. Hace
ya algunos años, el Tribunal Supremo
(Sala de lo criminal), en sentencia
de 23 de marzo de 1944, condenó por
escándalo público a un hermano y una
hermana de doble vinculo que
incurrieron en incesto, con
descendencia, viviendo en casa de
sus padres. Este delito ha
desaparecido del Código penal porque
nuestra capacidad de asombro ha
disminuido tanto que prácticamente
no existe. ¿Qué puede decirnos a
nosotros, ciudadanos del siglo XXI,
que los antropólogos sitúen el
nacimiento de la cultura en la
prohibición del incesto? Contamos
con "el dato elocuente de que reglas
como el tabú del incesto y la
exogamia se hayan orientado a la
procura de beneficios en el
intercambio social y no a proteger
al matrimonio consanguíneo de una
amenaza biológica". Esto parece
derivarse de una atenta lectura de
Les structures elémentaires de
la parenté de Levi-Strauss.
Hace años fue noticia que "una
pareja de hermanos con hijos abrirá
el registro de uniones de hecho de
Cambre (provincia de La Coruña)".
Todos pudimos ver fotografías de la
pareja y de sus al menos dos hijos.
Rebosantes de felicidad y
agradecidos a Cambre, que por lo
visto es un lugar donde no se cortan
ni con una sierra.
Pues
bien, sigamos el ejemplo de Cambre,
pero lanzando la piedra un poco más
lejos. Nada de pareja de hecho:
matrimonio. ¡Abajo los tabúes y los
que los mantienen, que siempre son
personas movidas por oscuros
intereses! ¿Por qué admitir el
matrimonio entre personas del mismo
sexo e impedírselo a una fraternal
pareja heterosexual? Los componentes
de la pareja de Cambre se conocieron
y se enamoraron sin saber que eran
hermanos. Cuando se percataron de
ello salieron corriendo en
direcciones opuestas con un susto en
el cuerpo de cierta consideración.
Pero pasó el tiempo y cada uno
comprendió que su vida no tenía
sentido sin el otro.
Tal
vez podamos preguntarnos por qué nos
quedamos "como cortados" ante el
matrimonio entre hermanos. Tan es
así que entre hermanos no se admite
la simple unión de hecho, ni
heterosexual ni homosexual. Casos
como el de Cambre se deben a la
específica regulación administrativa
de su registro de parejas de hecho.
¿Qué peligro entraña la unión entre
hermanos? ¿Por qué la consanguinidad
es un obstáculo insalvable para el
matrimonio y la identidad de sexos
no? Para mí, la respuesta es clara:
el matrimonio heterosexual entre
hermanos va en serio, y con las
cosas de comer no se juega. El
matrimonio homosexual es un adorno
-en su acepción taurina- del
legislador. ¿Qué más da -podrían
pensar los políticos- que lo que ya
venían haciendo lo hagan con un
pijama matrimonial? ¿Por qué
matarles la ilusión?
Poniendo en juego, además, el
interés del menor o de los menores
potencialmente implicados en una
relación de este tipo. Los niños
también tienen derecho al libre
desarrollo de la personalidad.
Tienen derecho a nacer y a moverse
en un terreno que no es que sea el
mejor, simplemente es el común, el
neutral, aquel que la laicidad del
Estado demanda. Después, cuando sean
mayores, podrán elegir. ¿No les
suena a ustedes este último
argumento? ¿Por qué no aplicarlo
aquí cuando tenemos los tímpanos
estropeados de oírlo como algo
imprescindible en una sociedad
adulta? ¿Por qué imponerles a tan
temprana edad un modelo determinado?
Me objetarán: ¿es que no es un
modelo predeterminado el
heterosexual? Probablemente, pero
tiene a su favor las estadísticas, y
en un mundo en el que nada sabemos y
todo lo ignoramos, ¿qué cosa más
bella que acogernos a la neutralidad
de los números?
Por
último, el silencio de los corderos.
¡Qué masiva afiliación a lo
políticamente correcto! ¡Qué
ingratitud con esa heterosexualidad
gracias a la cual estamos aquí y
seguimos la Liga! Diríase que todos
somos "in vitro". Luego,
inevitablemente, tienen que aparecer
en escena D. Fernando Sebastián,
Rouco, López Trujillo o el mismísimo
Benedicto XVI. Como si fuese una
cuestión religiosa. Y no lo es.
Escupir sobre el matrimonio es
escupir sobre el matrimonio de
nuestros padres. Y eso es
competencia nuestra, o al menos lo
era hasta hace poco.