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HOMBRE & MUJER (Tomás Melendo Granados)

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La unidad en el ser y en el amor

La unidad en el ser.
Del ser al amor
La unidad en el amor.


Estimo metafísicamente insostenible que un espíritu sea sexuado por sí mismo (la corrección necesaria: el alma humana es un espíritu imperfecto, que solo comienza a ser en el cuerpo al que anima)

Por Tomás Melendo Granados
Arvo Net, 4.8.2006

 

     Desde el punto de vista que deseo utilizar en este escrito, el amor conyugal es distinto de cualquier otro por encontrarse enriquecido por el don de la fecundidad biológico-personal.

 

Según comenta Carlo Caffarra, «la comunión interpersonal entre el varón y la mujer está adornada de una bendición particular: la bendición de la fecundidad. Esta comunión interpersonal, por lo tanto, es el lugar en el cual y desde el cual surgirán las otras personas humanas. La inherencia de la fecundidad en las entrañas de la donación interpersonal entre el varón y la mujer constituye uno de los puntos centrales del pensamiento cristiano sobre la sexualidad humana. Un punto que debe ser continuamente reexaminado filosófica y teológicamente»[1].

 

Un extremo, añado yo, que remite ineludiblemente a una correcta interpretación del hombre y de la conjunción de los principios que lo componen, por cuanto en la fecundidad biológica ha de intervenir —en su ensamblaje y continuidad— la totalidad de la persona humana: cuerpo y alma.

 

Por eso, para llevar a término el examen al que animaba Caffarra, las conocidas palabras de Platón que dan título a este escrito servirían, a lo más, de apoyatura polémica. Porque, en realidad, la «y» que ejerce de enlace entre el «engendrar en la belleza según el cuerpo y según el alma», posee para el maestro de Aristóteles una función más disyuntiva que conjuntiva. La prueba está en que, después de cincelar su definición del amor, el filósofo griego apenas si atiende al afán de engendrar en la belleza según el cuerpo, mientras que se entretiene con profusión en el anhelo de hacerlo según el alma, dejando claro que este segundo modo de generar —el del espíritu— constituye una actividad muy superior a la ejecutada según la carne[2].

 

Pero si el aserto platónico es verdadero en lo que afirma, no lo es en absoluto en lo que niega. Su dualismo le impidió entender la maravilla que significa el engendrar en la carne gracias al espíritu o, con otras palabras, el «dar lugar» a un espíritu, desde el propio espíritu, a través de la carne.

 

Platón no pudo entrever que la dignidad del cuerpo era, participadamente, idéntica a la del espíritu que lo anima; ni, en consecuencia, que su peculiar fecundidad —fecundidad personal, como enseguida veremos— podía contribuir sobremanera a la identificación y feracidad de los espíritus. ¿Por qué? Porque, para él, las almas eran dioses que, como castigo, se veían encadenados temporal y extrínsecamente al cuerpo que les servía de cárcel.

 

Con Aristóteles la cosa cambia; pero tampoco él resultó capaz de percibir del todo la sublime nobleza del cuerpo humano y la distancia infinitamente infinita que lo separaba de cualquier otra materia, animada o inanimada. Por consiguiente, tampoco el sucesor de Platón en la Escuela de Atenas pudo fundamentar la excelsa aportación del «amor corporal» a la unificación y fertilidad estrictamente personales; o, si se prefiere, tampoco supo descubrir la «inherencia de la fecundidad en las entrañas de la donación interpersonal entre el varón y la mujer».

 

En el fondo de esta debilidad casi congénita —menor en Aristóteles que en Platón— se encuentra un déficit metafísico. Una carencia que la teoría aristotélica de la unión substancial solo colma cuando se la entiende —con una inteligencia esclarecida por los principios de Tomás de Aquino— como unidad de toda-la-substancia-y-sus-accidentes en el ser.

 

En efecto, la clave ontológica para llegar a comprender la magnificencia casi inaudita del cuerpo humano y de cuanto lleva aparejado —como las relaciones conyugales—, es una aportación exclusiva del acto de ser descubierto por Tomás de Aquino. Doctrina que, en lo atinente a nuestro problema, se podría resumir con estas brevísimas palabras del Santo Doctor: «ipsa anima habet esse subsistens […], et corpus trahitur ad esse eius»: entre todas las formas substanciales que comunican con la materia, solo el alma humana posee un ser subsistente, y el cuerpo es elevado hasta el interior de semejante acto de ser[3].

 

Sabemos que todo ello exige de manera inequívoca la creación directa de cada alma humana por parte de Dios. Pero ahora me interesa resaltar que el hecho de que semejante alma posea un ser en propiedad, el hecho de que sea un espíritu —aunque imperfecto—, la sitúa abismalmente por encima de las restantes formas substanciales… que tienen el ser no en sí mismas sino, por decirlo de alguna manera, «en su conjunción» con la materia.

 

De ahí deriva el que cualquier realidad infrapersonal se encuentre intrínsecamente sometida a la acción empobrecedora de la materia: generación y corrupción, cambio constante, indigencia entitativa con tendencia a utilizar a los otros en su propio beneficio, sometimiento a la especie y al conjunto del cosmos, de los que no es sino una simple «fracción», etc.[4].

 

Por el contrario, en su calidad de persona, el hombre trasciende y supera esas condiciones depauperantes; pues, en cuanto no depende de manera intrínseca y radical de la materia, su alma es inmortal y constituye un cierto absoluto: vale por sí misma y no se halla ontológicamente subordinada a nada ni a nadie, con excepción del Absoluto… que es precisamente quien ha hecho de ella —de la persona humana toda— un «absoluto», la ha querido como un fin en sí, y la ha destinado a una felicidad imperecedera[5].

 

Hasta aquí podría tal vez (?) haber llegado Platón. Pero lo que de ningún modo habría sido capaz de descubrir —y de ahí los límites radicales de su planteamiento— es que todas estas excelencias del alma humana, y bastantes otras que cabría enumerar, se encuentran como «condensadas» en el acto de ser por y en el que Dios crea a cada una… y son comunicadas al cuerpo.

 

Pues el esse es el acto primordial, la energía primigenia en la que se contiene y de la que deriva toda la riqueza entitativa y operativa de cualquier realidad. En nuestro caso, por encontrarse recibido en una forma subsistente, constituye el acto capital en que se origina el entero esplendor ontológico del alma humana, con toda la sublimidad que le corresponde. Ahora bien, como nos acaba de decir Tomás de Aquino, el alma da a participar ese inefable acto de ser al cuerpo: el mismo ser, exactamente el mismo, que ella posee. Semejante acto de ser, por el hecho de comunicarse «posteriormente» a la materia, no solo no decae de su nivel ontológico, sino que en cierto modo lo ve reforzado, por cuanto el cuerpo viene a colmar las deficiencias, sobre todo operativas, que para el alma derivan de su ínfima situación —por debajo de los ángeles— en la escala de los espíritus.

 

Por eso afirma Tomás de Aquino que el cuerpo «trahitur» hasta el acto de ser del alma: que resulta sublimado y encumbrado, hasta verse introducido en idéntico grado de realidad, en la misma excelsitud ontológica, que corresponde al alma humana. Se entiende, entonces, que ese grandioso organismo, vivificado en último término por el mismo y dignísimo acto de ser del que participa «primero» el alma, repercuta con extraordinaria pujanza en la consolidación y en la feracidad de la unión espiritual de las personas: que el cuerpo colabore en el amor fecundo y unitivo, y en la felicidad, estrictamente espirituales.

 

Cosa que ni siquiera entrevió Platón, para quien el ensamblaje entre alma y cuerpo es extrínseco y antinatural; ni podría haber fundamentado Aristóteles, a causa del desconocimiento de la doctrinas del acto de ser y, aunque en menor medida, de la participación.

 

 

     · Ciertas perplejidades…

 

Según sostiene multitud de veces Tomás de Aquino, «el que el cuerpo se una al alma no va en detrimento de esta, sino que contribuye a la perfección de su naturaleza»[6].

 

Semejante afirmación, que leemos claramente expuesta en el siglo XIII, se vio oscurecida con el paso de los años… de manera consectaria al olvido del ser como acto o actus essendi. Por eso han despertado un gran entusiasmo las muchas aseveraciones de Juan Pablo II en la misma línea, y un cierto estupor las similares, pero de exposición más «escandalosa», de Benedicto XVI.

 

Recojo solo algunos textos, pues tengo a medio redactar todo un libro sobre este extremo concreto.

 

El status quaestionis, expuesto dentro de un estudio de la doctrina de Juan Pablo II sobre el cuerpo humano, se encuentra bastante bien reflejado en el siguiente párrafo: «Efectivamente, el cuerpo humano que individua mi ser [mejor: que es principio de individuación de mi ser], que conforma mi naturaleza, y me pone en relación con el mundo y con los demás, no puede ser un elemento negativo y simplemente material enfrentado a una conciencia espiritual pura y a una libertad desencarnada»[7].

 

Al que le sirve de complemento este otro, también necesitado de algún matiz: «El cuerpo es la misma persona masculina o femenina en su visibilidad: en los escritos de nuestro autor, el Papa Wojtyla, se afirma con nitidez que el “sexo” es constitutivo de la persona [humana], no simple atributo suyo; esto demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como “él” o “ella”. La persona se expresa mediante su cuerpo, el cuerpo es el lenguaje de la persona. Por eso los gestos y las palabras exteriores manifiestan a la persona, sus sentimientos y su querer. La expresión corporal son formas de expresar lo que uno es y tiene»[8].

 

El propio Juan Pablo II lo había dicho, entre otras, de esta manera: «La sexualidad es una riqueza de toda la persona —cuerpo, sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor»[9].

 

Y, con gracia y galanura femeninas, lo afirma Marta Brancatisano: «El instinto del hombre está “contaminado” por las facultades espirituales, y la llamada atracción física no surge solamente ante la belleza, sino más bien ante esa cierta forma de ser bello que una persona ve en la otra. “The way you sip your tea, the way you hold my hand, the way you wear your hat...” (“El modo como sorbes el té, el modo como coges mi mano, el modo como te pones el sombrero…”), así esbozaba Frank Sinatra el retrato ideal de la amada, demostrando que ser bello no depende solamente de las proporciones físicas sino también de la forma de hablar, de mirar, de la voz, de las manos, de la sonrisa y de muchas otras cosas que únicamente un ojo enamorado es capaz de captar»[10].

 

En la actualidad son ya pocos quienes se asombran ante la afirmación tajante de que la condición masculina o femenina constituye también un atributo de las dimensiones espirituales de la persona humana. Sin embargo, aunque estimo que sin motivo alguno, han causado cierto revuelo las explicaciones de Benedicto XVI que sacan las consecuencias de lo anterior, sobre todo en el sentido de que el alma humana solo alcanza su plenitud en unión con el cuerpo (y, por consiguiente, que también el amor entre los hombres pone en juego sus dimensiones corpóreas).

 

Tal vez los dos pasos más claros sean los que siguen:

 

·         «El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser solo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza»[11].

 

·     [Hoy en día] «la aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza»[12].

 

Sin duda, los análisis fenomenológicos de los últimos decenios han arrojado bastante luz sobre la corporeidad humana y la relevancia de la sexualidad en el conjunto de la persona masculina o femenina. Con todo, una explicación metafísica cabal puede —y tal vez deba— encuadrarse en los principios de Tomás de Aquino que nos están sirviendo de orientación, sin que con ello pretenda negar que el propio Santo Tomás se quedó muy corto en este extremo, e incluso realizó (incoherentes) aseveraciones, del todo rechazables.

 

       · … y algunos amagos de solución

 

         Apunto tan solo, por el momento.

 

·   Frente a lo que afirman algunos estudiosos, intentando llevar hasta sus últimas consecuencias la verdad hoy palpable del carácter sexuado de bastantes de las manifestaciones espirituales del sujeto humano, no es el alma el origen de la masculinidad o feminidad del hombre; ni, mucho menos, si no yerro, puede defenderse que es ella —en y por sí misma masculina o femenina— la que aporta la sexuación al entero compuesto.

 

·   Estimo metafísicamente insostenible que un espíritu sea sexuado por sí mismo (la corrección necesaria: el alma humana es un espíritu imperfecto, que solo comienza a ser en el cuerpo al que anima: la consideración del alma al margen del cuerpo, y viceversa, resulta siempre abstracta, sobre todo si se apunta de algún modo —de naturaleza o cronológico— a un «antes» de la instauración de la persona toda).

 

El origen metafísico de la sexualidad de la persona humana se encuentra en la materia que el alma informa… igual que está en la misma materia (en cuanto cuantificada… a causa de la forma) el principio de su individuación[13].

 

Lo que no quita que, en los dos casos, lo que resulta en fin de cuentas individual y masculino o femenino sea toda la persona y, si queremos hilar más fino, el acto personal de ser… que «pone» radicalmente (y no solo actualiza) al alma y, a través de ella, al cuerpo.

  

·                     Por su parte, el alma resulta individuada-y-sexuada al «adecuarse» a la materia a la que informa, que la contrae; y de esta suerte, individuada y sexuada, puede recibir en sí misma el acto de ser que, individuado y sexuado, a su vez participa al cuerpo… haciéndolo ser personal, individual… y sexuado. Todo ello, no hay que decirlo, simultáneamente (esta especie de paradoja de dos principios que actúan recíprocamente constituye, en mi opinión, la clave y la mayor causa de dificultad de los planteamientos metafísicos estrictos: parece que existe contradicción en ese «causarse mutuo» de los co-principios… porque no se adopta el punto de vista correcto y, a menudo, porque se exige una claridad y distinción que la realidad no nos ofrece).

·                      

·                     De modo que, en fin de cuentas, el fundamento real y actual (en su sentido más fuerte, y no el simple «principio» o «condición»[14]) de la individualidad y de la masculinidad o feminidad de cualquier persona humana es el propio acto de ser, acto de todos los actos y perfección de todas las perfecciones… en virtud del cual todo lo que es y realiza un varón es masculino y todo lo que es y realiza una mujer es femenino (con mayor o menor intensidad en la medida en que más o menos hondamente afecte al núcleo de la persona misma, emparentado o constituido por el ser).

·                      

·                     Tal como lo veo, el problema de la «sexuación» resulta análogo al de la individuación (análogo, que quiere decir no idéntico, sino a la par similar… ¡y radicalmente distinto!). Ya que, en cierto modo, la sexualidad constituye una prolongación o, mejor, una intensificación de la individualidad de los seres vivos.

·                      

Pienso que podría resumirse del siguiente modo. En la individuación rectamente entendida de las realidades corpóreas, el principio o condición es la materia. Pero tanto o más que ella interviene la forma, que hace surgir en el compuesto, como «primer accidente», la cantidad y, con ella, una individualidad que admite multitud de grados: desde el mínimo de lo inerte, con una casi nula organización interna y muy poca distinción del entorno, hasta la de los animales superiores, que constituyen auténticos organismos, en los que cada «parte» influye en las otras (indivisum in se) y que se diferencian de manera bastante nítida de los demás individuos de su especie y, más aún, de las restantes (ab aliis vero divisum)[15].

 

 En este sentido, cabe perfectamente concluir que la intensidad de la individualidad de cada ente corpóreo —inerte o vivo— deriva en fin de cuentas de la categoría de su propia forma. Y que semejante individualidad alcanza un nivel muy superior, casi un salto cualitativo —¡de ahí la analogía!—, en las realidades sexuadas.

 

Pues, aunque no estemos ante una ley matemática y sin excepciones, la presencia del sexo —¡en lo finito!— es claro índice de superioridad o categoría entitativa y, por ende, de individualidad.

 

De hecho solo encontramos reproducción asexual en formas poco desarrolladas de vida: bacterias, algas, hongos y algunos invertebrados.

 

 Por el contrario, el sexo trae consigo mayor individualidad; es decir, mayor interdependencia interna y una nueva y más rica relación con el mundo: pues para el animal sexuado, el mundo no es ya algo distinto pero homogéneo, en parte peligroso y en parte acogedor y comestible; sino también el lugar que contiene otros seres —los del sexo complementario, tomados en general, no este o aquel— especialmente relacionados con él.

 

Cuando se trata del hombre, el sexo se eleva hasta la categoría de sexualidad. Podría esto expresarse diciendo que el ser humano es el más sexual —por ejemplo, las mujeres no atraviesan momentos puntuales de celo, sino que son receptivas durante todo el ciclo reproductivo— y, ampliando la perspectiva, y puesto que todos estos caracteres se encuentran en cierto modo ligados, el más social, el más lleno de aspiraciones, el más abierto e inteligente…

 

Con otras palabras, que van a la raíz del asunto: cuando el alma es la de una realidad destinada al amor y, por tanto, a la fusión recíproca constitutiva de una nueva unidad, la individuación «pasa» necesariamente por una diversificación «previa» (orden de naturaleza), que hace a las personas corpóreas, en todos sus elementos, complementaria y eminentemente sexuadas: es decir, aptas para realizar la mutua unión amorosa, pero no ya con cualquier persona del sexo complementario, sino, en la medida en que la sexualidad madura, con una sola persona, elegida de por vida como término del propio amor[16].

 

Aquí, la categoría superior de la persona se manifiesta como máxima individuación… también de las dimensiones sexuadas y sexuales.

 

Como expone Cardona, «Esa peculiaridad del hombre en relación a cualquier otra naturaleza corpórea, hace de la persona, de cualquier hombre, algo muy superior a un simple individuo de una naturaleza común, donde la especie es superior al individuo, donde el individuo —por la fuerza irresistible de su instinto— está al servicio de la especie; y esta, al servicio de la ecología cósmica. Esta superioridad de la persona proviene justamente de que su ser le es dado directamente por Dios, y no es una parte del ser material del cosmos. De ahí se origina también la directa relación que le vincula a Dios. La relación a Dios en la criatura sigue a su efectiva creación. Así, la relación —de efecto a Causa— que cada individuo material dice a Dios es solo una parte de la relación que el universo material dice a Dios, en cuanto “todo” causado por Él. En cambio, la relación que la persona dice a Dios es una relación propia, que sigue a su creación directa y singular. Por eso la persona humana es intrínsecamente religiosa, tiene directa relación con Dios, por su propio acto de ser personal, como a su propio Origen y como a su propio Fin»[17].

 

·                          Con consecuencias

·                      

          Estimo que, en su voluntario esquematismo, cuanto acabo de exponer da razón de bastantes de los fenómenos que observamos en el varón y la mujer, así como de afirmaciones fundadas de los mejores entre los filósofos.

 

Por ejemplo, de nuevo con palabras de Prieto Solana, que «el simple hecho de dejar el cuerpo, para el cristianismo, no da la beatitud al alma, sino que es fuente de infelicidad, porque comporta la imperfección del ser humano»[18].

 

Pero también ahora con una corrección, que juzgo de gran interés, aunque no pueda sino apuntar.

 

·                     Realmente, cuando el término «ser» se toma en su sentido más propio, como acto de ser (actus essendi), este no resulta intrínsecamente afectado por la muerte del hombre, puesto que, como hemos visto, es el mismo ser el que da vida al alma y al cuerpo (y ese mismo ser sigue haciendo subsistir al alma separada).

·                      

·                     La que propiamente resulta mermada, y esto no es en absoluto indiferente para la persona como tal, es la esencia o naturaleza del individuo muerto: y, por estar incompleta la esencia, no puede hablarse de plenitud entitativa del sujeto; a su vez, esa misma esencia, en cuanto principio de operaciones o naturaleza, explica que el obrar de tal persona, al margen de una intervención extraordinaria de la gracia, no alcance su plenitud, que solo advendrá —en sentido estricto— con la resurrección del cuerpo… con la que también se incrementará la correspondiente felicidad.

·                      

Considero que estos apuntes, en los que el acto de ser constituye la clave última de toda la explicación, tornan aún más verdadera la siguiente aseveración de Prieto Solana: «Santo Tomás de Aquino […] logra integrar de modo extraordinario las categorías del pensamiento de Aristóteles en una visión antropológica fuertemente metafísica, que afirma la absoluta unidad del cuerpo/alma, en línea con el pensamiento bíblico cristiano. Encontramos en la doctrina tomista la primera visión equilibrada sobre el hombre…»[19].

 

Visión que, en lo que respecta a nuestro estudio, recogen estas palabras de Cardona: «La naturaleza humana incluye un componente material, corporal: el cuerpo. Eso nos introduce en el tiempo, en el devenir histórico: en parte, como los seres no espirituales. Y es aquí donde aparece propiamente la sexualidad. Pero esta sexualidad, que en los animales sin alma espiritual es simplemente medio escogido por Dios para la “reproducción” de la especie y su permanencia en el tiempo, en los hombres —compuestos de alma y cuerpo, de materia y de espíritu— adquiere una dimensión que trasciende el tiempo, una dimensión de eternidad. En el hombre, la “reproducción” es “procreación”: es decir, algo que se pone en favor de la creación: que es privilegio divino, dar el ser. De ahí que la diferencia “macho-hembra” animal quede transfigurada en diferencia “varón-mujer”: personas sexualmente diferenciadas, con vistas sobre todo a la creación de nuevas personas humanas, que es la finalidad primordial del matrimonio. Eso explica la diferencia, anatómica y fisiológica, que hay entre el varón y la mujer. Pero el componente espiritual de la persona humana eleva esa diferencia también a lo espiritual, originando determinadas cualidades anímicas distintas en el varón y en la mujer: distintas para ser complementarias. De este modo, resulta que, sobre la participación del ser divino personal que es ya la persona como tal, se añade ahora una participación diversificada en el varón y en la mujer, diversificada para complementarse; esencialmente para constituir familia: lugar donde, según el querer de Dios, ha de nacer el hombre y donde puede madurar como persona, desarrollarse, alcanzar su plenitud personal, educarse»[20].

 

     · Del ser al amor

 

          En mi opinión, y reconociendo sin problemas los déficits del Tomás de Aquino histórico, no cabe exagerar el alcance de esta revolucionaria concepción metafísica de la persona humana.

 

Enviado por Arvo Net - 04/09/2006 ir arriba
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