| DEL CINE A LA ANTROPOLOGÍA
Gloria María Tomás y Garrido.
Profesora de Bioética de la UCAM
Murcia, X-2003
• EL PIANISTA
D: Roman Polanski
I: Adrien Brody, Emilia Fox, Thomas Kretschmann
N: Francia, Polonia, Alemania, Inglaterra
Estreno en España: Diciembre 2002
• LA NOVELA
“El pianista del gueto de Varsovia” relata la vida de Wladyslaw Szpilman. El libro se publicó por vez primera en 1999, y en español un año después, en Ediciones Turpial y Amaranto Editores. La traducción corresponde a Maria Teresa de los Ríos.
Szpilman había escrito sus memorias en 1946, pero fueron prohibidas por las autoridades comunistas. Este músico, nacido en 1911, estudió piano en Varsovia y Berlín, iniciando su carrera artística en los años treinta, como músico clásico, y se hizo popular en la radio estatal. Cuando las tropas alemanas invadieron Polonia en 1939, Szpilman contaba 27 años. Como los demás judíos, él y su familia fueron desalojados de su casa y recluidos en el gueto de Varsovia. Al comenzar la deportación masiva a los campos de concentración, Szpilman logra salvarse y sobrevivir dentro del gueto.
Desde el año 1945 a 1963 fue director musical de Radio Varsovia. En 1962 fundó el Quinteto de Varsovia, después prosiguió su carrera como compositor y concertista. Dio más de dos mil quinientos conciertos por el mundo. Murió cerca de los noventa años, en París, y llegó a conocer algunos pormenores de la película en la que se plasmaría su vida.
• LA PELÍCULA
La puesta en escena de esta autobiografía “El pianista” ha sido llevada a cabo Roman Polanski. En cuarenta años, es la primera película que realiza en su natal Polonia, que completa su filmografía con El cuchillo en el agua (1962), Repulsión (1965), Cul-de-sac (1966), El baile de los vampiros (1967), La semilla del diablo (1968), Macbeth (1971), ¿Qué? (1973), Chinatown (1974), El quimérico inquilino (1976), Tess (1979), Piratas (1986), Frenético (1988), Lunas de hiel (1992), La muerte y la doncella (1996) y La novena puerta (1999).
El diseñador de producción, encargado de reconstruir Varsovia, es Allan Starski, ganador del Oscar por La lista de Schindler. Está rodada en los estudios Babelsberg de Berlín y en el barrio Praga de Varsovia. El guión es de Ronald Harwood (Taking sides), autor de la obra de teatro The dresser. El director de fotografía es Pawel Edelman Hijos de un mismo Dios, Pan tadeusz), que fue galardonado en los Premios del Cine Europeo 2002 y la banda sonora está compuesta por Wojciech Kilar (Pan tadeusz, La novena puerta). Consiguió la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes 2002. Consiguió 3 Oscar, los correspondientes a mejor director, Actor (Adrien Brody) y guión adaptado. Fue candidata a los Premios del Cine Europeo 2002 a la mejor fotografía, director y película, y se presentó dentro de la sección Zabaltegi del Festival de Cine de San Sebastián 2002. Consiguió el Goya 2002 a la mejor película europea.
• EL DIRECTOR
Polanski es un director brillante, subversivo, oscurantista, atormentado, apátrida provocador... con un cierto halo de leyenda, con el que la tragedia se ha cebado, y que ha tenido la capacidad de plasmar ese retorcimiento mental en su estilizado celuloide.
Tras una larga andadura por América ha querido mirar hacia su patria para cumplir un viejo sueño: filmar el difícil periodo del gueto judío de Varsovia y evocar así su propia niñez, en medio del horror y del dolor, pero también de la esperanza.
La considera su película más personal, pues él sobrevivió al bombardeo de Varsovia, su madre y su hermana fueron encerradas en el campo de concentración de Auschwitz, y su padre en Matthausen. No quería, sin embargo, que tuviese carácter autobiográfico, por lo que el proyecto fue demorándose hasta que cayeron en sus manos las memorias de Wladyslaw Szpilman. Éste es el personaje real en el que se inspira el filme.
Polanski busca la objetividad en la historia, y muestra la dura realidad por la que su pueblo tuvo que pasar. Por eso, aparte de los recuerdos de Szpilman y de los de su propia infancia en Cracovia, consultó a historiadores y supervivientes del ghetto, y todo el equipo se imbuyó del espíritu que quería dar a la película viendo documentales de dicho período.
El resultado es un film clásico, que recupera aires europeos para mostrar la verdad de esos difíciles momentos. Lo hace sin caer en maniqueísmos ni sectarismos, mostrando un país “en el que había polacos buenos y malos, judíos perversos y justos, e incluso alemanes con corazón, entre los despiadados”. Es, pues, un homenaje a su pueblo, una mirada nostálgica y llena de humanidad, y un deseo de ir más allá de los avatares políticos para penetrar en unas vidas singulares, llenas de deseos de vivir en medio de un paisaje urbano en ruinas.
La cinta de Polanski, aunque objetivamente hablando es impecable, no suscita el interés que debería por lo manido del tema, y por mucho que “El Pianista” sea una de sus aproximaciones más artesanales, no arrastra al espectador consigo en su viaje fatal, sino que lo mantiene distante, como un observador pasivo. La película se aprovecha de una estética fría que mantiene al espectador en una posición más próxima a la reflexión serena que a la lágrima o a la cólera. Quizá por una necesidad ética de no transformar la realidad que él mismo vivió, no se permite veleidades ni mundos imaginarios, y opta por un film plano, narrado cronológica y orgánicamente, donde prima la historia que cuenta al cómo lo hace.
• EL ARGUMENTO
La historia comienza en 1939. Szpilman, de 27 años, es un pianista famoso por sus programas en la radio de Varsovia. La interpretación para la radio del Nocturno de Chopin con las bombas alemanas cayendo sobre Varsovia marca el inicio de una odisea por salvar la vida, en medio de sufrimientos, humillaciones y penurias. En efecto, sus transmisiones son interrumpidas abruptamente por la ocupación alemana de Polonia. En casa lo esperan sus padres, dos hermanas y un hermano, que piensan que la guerra terminará pronto porque Inglaterra y Francia han declarado la guerra a Alemania. En lugar de eso, el horror aumenta y todos los judíos son hacinados en el gueto de Varsovia, para ser enviados luego a campos de concentración. Szpilman escapa gracias a la ayuda de un guardia judío, salvándose así de una muerte casi segura. El resto de la película sigue los peligros a que se enfrenta y cómo una serie de personas lo ayudan de diferentes formas. Siempre al límite de la resistencia física y psíquica, pasa del ghetto a ver cómo su familia es deportada a los campos de concentración, mientras él se refugia de escondite en escondite, obligado a vivir en el corazón del ghetto de Varsovia, comparte el sufrimiento, la humillación y los esfuerzos. consigue escapar y se esconde en las ruinas de la capital, escondiéndose en apartamentos vacíos.
sobreviviendo de manera milagrosa gracias al apoyo de sus compatriotas de la resistencia... y de un oficial alemán que aún conserva algo de sensibilidad.
La primera mitad del filme es muy parecida a “La lista de Schindler”, aunque sin su rotunda precisión, mostrando abundantes descripciones gráficas de violencia y crueldad, pero sin el alcance artístico de la obra de Spielberg. Es una narración clásica y calculada, casi documental, sin el más mínimo rastro de calor humano, una auténtica jauría nazi y judía que camina por terrenos de extrema frialdad, con un ritmo a veces un poco desigual, aunque siempre dentro de una puesta en escena de alta precisión.
De hecho, aquí el interés se mantiene gracias a la calidad literaria del guión y a las excelentes interpretaciones de Adrien Brody y el resto del reparto, la dirección de fotografía, la música que toca el pianista y a la original del film, así como todo el departamento de arte son dignos de mención. Tras una primera hora de deslumbramiento visual, de riqueza de medios, de atmósfera conseguida, la narración cae en lo rutinario, en pasajes innecesariamente prolongados y no recupera el buen pulso hasta su desenlace. Adrien Brody, en su papel del pianista, mantiene en esta primera parte una expresión ausente y no comunica completamente el dolor, el temor, el hambre y la soledad que el compositor en peligro debió haber sentido.
y no comunica completamente el dolor, el temor, el hambre y la soledad que el compositor en peligro debió haber sentido.
La segunda parte es más lenta y transmite la larga espera del músico, que observa el levantamiento de la resistencia polaca y la destrucción de vecindarios enteros como represalia. es realmente en su segunda mitad cuando el film se salta sus limitaciones, para zambullirse en los complejos terrenos de la metáfora humana y de las apariciones casi milagrosas, en medio de un ambiente de duermevela en el que navegamos con su protagonista, donde la poesía y la belleza pueden surgir en cualquier rincón. Esa puesta en escena realista alcanza su punto culminante en los momentos de máxima soledad de Szpilman, cuando sin nadie con quien hablar y sin alimento que llevarse a la boca está prácticamente “emparedado” en el piso franco. Polanski logra filmar magistralmente la inexistencia del tiempo, Adrien Brody ya encarna a la perfección un sentimiento de hastío y miseria que raya con la locura.
La riqueza narrativa que posee Polanski dota de gran emotividad a los singulares encuentros de Szpilman, al paso que reflexiona sobre las grandezas y miserias en uno y otro bando. Esta apertura a la esperanza oxigena la dantesca violencia de la historia, recreada con dureza pero sin sordidez. Captura visuales descriptivos de la ocupación nazi, la vida en los guettos y ejemplos de crueldad de polacos, judíos y alemanes; por otro lado también cautiva presentando gestos humanitarios elocuentes, como el de un oficial nazi que lo ayuda durante un tiempo, lo que da al filme una nota final de esperanza.
Las notas de Chopin abren y cierran la película. En medio, los bombardeos y el salvajismo de las ejecuciones arbitrarias nos traen la ruindad de unos y la angustia de otros. Se alternan escenas llenas de dureza como la del anciano inválido que es lanzado por la ventana delante de sus familiares, con otras que rebosan emotividad; hay momentos llenos de lirismo donde aún queda un lugar para el amor, y otros en que la muerte se nos presenta sin tapujos. Especial fuerza dramática tiene la escena en que Szpilman sale del ghetto para entrar en un patio cubierto por cuerpos amontonados –escena que recuerda a "Lo que el viento se llevó"–, o cuando sale del piso en que se ha refugiado y se encuentra solo en una calle con todos los edificios en ruinas mientras que la cámara hace un travelling ascendente para coger perspectiva, metáfora de cómo la música se eleva entre la ruindad moral para aportar un poco de humanidad.
Es difícil imaginar una música más idónea que la de Chopin como telón de fondo para “El pianista”. No sólo por tratarse de un compositor polaco, sino porque tras la melancolía de su música, se esconde la amargura de una vida en el exilio. La música será el vehículo para transmitir la devastación. La banda sonora está tan alejada del efectismo como de la monotonía y es uno de los puntos fuertes de la película.¿Cómo retratar el horror cuando éste es al mismo tiempo tan incomprensible como humano? Desde dentro, responde Polanski con este film. Pocas veces se ha mostrado tan bien el holocausto judío como aquí, donde podemos seguir paso a paso cómo se fueron desmadrando las cosas, cómo de las pequeñas prohibiciones y de los primeros ataques a los derechos de un grupo de personas se pasó a aislarlos, encerrarlos, atacarlos y finalmente exterminarlos. Algunas de las escenas violentas mostradas en la película se encuentran entre las más brutales filmadas nunca sobre este tema, trasmitiendo a la perfección la fría locura que acompañó a este momento. Todo está aquí visto desde los ojos de un artista, un pianista que no da crédito (como el espectador) a lo que sucede a su alrededor, que no es capaz de asimilar el horror, que trata de esquivarlo, aunque finalmente caiga, primero irremediablemente en sus fauces, para después ser salvado por un ángel del tipo más inesperado. El film posee una capacidad para dar una visión global sobre esos hechos y ofrecer muchas ramificaciones de la trama sin apenas dispersarse en su hilo conductor, aunque lo paradigmático es el Adrien Brody, en su papel del pianista, mantiene una expresión ausente durante todo el filme y no comunica completamente el dolor, el temor, el hambre y la soledad que el compositor en peligro debió haber sentido.
• OTRAS PERSPECTIVAS
La película abre a cuestiones de la persona doliente; el enfrentamiento de pueblos, la destrucción de la familia y de la patria, la tragedia de la soledad para el que está llamado al diálogo y a la comunión. Es la angustia de la precariedad. Sin embargo, tanto por la veracidad del guión como la del autor, la película no conduce a la nostalgia de lo que podía no haber sido, sino que llama a la esperanza, porque la vida humana parece casi siempre incompleta y tal como apunta Marguerite Durás, el hombre descubre que la muerte viviente es su vida. Los mensajes en “El pianista” se transmiten con un ahondamiento en las relaciones entre el lenguaje de las imágenes, el lenguaje de los silencios y el de la música; por ello, introducen en nosotros una presencia más profunda de la tragedia de la guerra, de la soledad, de la ruptura de las relaciones humanas, de la pérdida del sentido de ciudadanía, de la muerte. Como decía G. Marcel, “Los muertos queridos viven en nosotros”, de ahí que se capte que, en todos esos errores no está lo definitivo. Magistral el plano en el que, en la absoluta soledad y miseria, Adrien mueve sus manos como si estuviera tocando el piano con la perfección y la finura del experto vocacional ¿es solo un recuerdo de lo que fue? Creo que algo de eso hay, pero sobre todo, es una esperanza de lo que volverá a será. Una vez más el cine nos ayuda a subrayar una experiencia universal: que nos faltan herramientas para expresar nuestras actitudes y situaciones anímicas más profundas. La interiorización personal, el saber y el hacer vital, la apropiación de lo otro, es una experiencia de los plurales acontecimientos que nos pasan cotidianamente y que no pueden decirse del todo. Ni el pasado, ni el presente, ni el futuro se viven sólo cronológicamente cuando hay interioridad –una carencia, desgraciadamente, frecuente-, y que esta película invita a retomarla. Aunque ya se ha citado, es descaradamente conmovedor el trato con el alemán. Entre ambos, se establece un clima de respeto. Respetar es siempre afirmar, valorar, favorecer, prestarse a un asentimiento, dejar campo libre interior. Es descubrir que la validez no está únicamente en el ámbito utilitarista, sino que hay una sensibilidad que despierta a la conciencia y contribuye a la verdad de las cosas y, particularmente, del hombre.
Falta a todas luces, en ese contexto, calidad de vida, pero no falta vida. Por eso, me parece adecuada esta película para la Bioética, que, de alguna manera, es una disciplina, una ética que trata de encontrar el modo de evitar que la vida humana se malogre., sobre todo en las situaciones límites. Es preciso abrirse, cada vez más al realismo ético y antropológico, algo tan atrevido como necesario, que supones sustituir el ¿quién es el hombre? Por el ¿quién soy yo? Pues conociéndome, conociéndonos, obedeceré, obedeceremos a la señalética ética que marca el camino.
Lo mismo que no podemos sustraernos a la existencia, no podemos sustraernos a la eticidad, que debe referirse muy particularmente a la vida humana en su condición personal, ir a lo mejor, tal como diría J. Marías, no sólo a lo bueno, ni al deber seco, ni a la perfección abstracta, sino a lo inacabablemente perfecto hasta el final de los días. Los sueños, las luchas, quedan entonces habitados no por fantasmas sino por la realidad personal que siempre, si le dejamos hueco, interpela a lo mejor. La autobiografía de Szpilman, no es sólo el sufrimiento, aunque de él obtiene saber transmitir experiencias en último término amargas o renovadas. El pianista, eligió lo segundo, que lo transmite con la música. Sirva como rescoldo a estos comentarios lo que decía el bueno de Cervantes por boca de Don Quijote: “Donde hay música no puede haber cosa mala”.
• BIBLIOGRAFÍA
CINESÍNTESIS, www.encuentra.com
MARTÍN, J.J. ACEPRENSA 12112/2002
MOELLER, CH. Literatura del siglo XX y Cristianismo, tomo VI. Ed. Gredos, Madrid,1995
ORTE, J. Pantalla ,núm. 0 Etapa III, I-03, 20-21
RODRÍGUEZ CHICO, J. zinema.com
SANCHO CARDIEL, M. zinema .com
SORIA, J.M., La Vanguardia, Barcelona, 23-VI-2000
VAZQUEZ, D. zinema.com
http://www.szpilman.net/spain.html
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