Título original: Anne of the Thousand Days
Nacionalidad: Reino Unido
Año de producción: 1969
Director: Charles Jarrott
Compositor: Delerue, Georges
Duración: 139"
No recomendada a menores de 18 años.
Argumento
La historia de amor y el trágico matrimonio de Enrique VIII y la joven Ana Bolena, que no consiguió darle un varón y acabó con su cabeza cortada.
Premios
Oscar (nominación): Richard Burton, Genevieve Bujold, Anthony Quayle
Globo de Oro (nominación)
Comentario de El Mundo
Esta cinta nos transporta al Londres de los decapitados según los caprichos del más despótico de los monarcas ingleses
Ana Bolena no era en modo alguno uno de esos personajes dormidos en el capítulo que les ha reservado la Historia. La mujer que acabara con el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, fue también la dama que desató la soberana pasión en la que tiene su origen la Iglesia anglicana.
Lascivia de un rey, para los papistas más tradicionales; justa ruptura con Roma, para los devotos del nuevo credo; sin entrar en consideraciones sobre tan delicados aspectos de un mismo asunto, esta película -un vehículo concebido a la mayor gloria de Richard Burton, su protagonista- nos transporta a un Londres poco frecuente en la pantalla: el de los decapitados según los caprichos del más despótico de los monarcas ingleses.
Nada más lógico, por lo tanto, que esa fuerza que tienen en el balance global del argumento las secuencias concernientes a los decapitados. Más concretamente, la de Ana Bolena -Genevieve Bujold, en el papel que la diera a conocer al gran público- pasó a engrosar los anales del cine de la crueldad de los años 60. Por lo demás, nos encontramos ante uno de los mejores ejemplos de producción histórica inglesa de aquellos años.
La presencia de Richard Burton, inevitable en los repartos con anhelos de prestigio de aquella época, es una constante fuente de inspiración del realizador, tan resuelto a lo largo de todo el metraje de la cinta -136 min.- como cabe esperar en uno de los grandes especialistas del género. Meticuloso y aplicado en su tarea, Charles Jarrod viene a mostrarnos la experiencia de una mujer desdichada e inocente que ni provocó ni fue dueña de su destino. / J. M.
***
LA HISTORIA
Enrique VIII, casado con Catalina de Aragón, anuncia en 1527 su deseo de divorciarse. Alude como motivo el que la reina no le hubiese dado un hijo varón (su única descendiente era María, quien sería María I de Inglaterra). La verdadera causa era que estaba enamorado de la bella y joven Ana Bolena. El emperador Carlos V, sobrino de la reina, se opone a la separación. Enrique designa a Thomas Wolsey para tramitar el divorcio en Roma. Después de dos años infructuosos, lo despide y convoca al Parlamento para iniciar las reformas que separan a la Iglesia inglesa del Vaticano. En 1532 legitiman la unión y Ana Bolena es coronada reina. El hijo varón nace, pero muerto. Las intrigas palaciegas llevan a Ana al cadalso. La siguen cuatro esposas.
LA PELÍCULA
Se centra en las relaciones sentimentales del rey con Ana Bolena y su obsesión por tener un hijo varón que le suceda en el trono. Enrique y Ana son ambos personalidades contradictorias. Enrique busca pretextos políticos para eliminar a sus amigos y a sus esposas. Ana no cederá al divorcio que el rey le solicita con tal de que su hija Isabel sea la futura reina de Inglaterra y llegará hasta el cadalso.
La película puede verse en familia con los hijos mayores, que ya estén en edad de comprender la historia, y con el fin de aproximarse a esos personajes cuya vida privada ha influido tanto -como sucede muchas veces- en la vida de los pueblos y las relaciones internacionales. Hay algunas escenas -breves- de índole sensual. Pueden salvarse con algún comentario -con gracia- sobre la marcha. Realmente se puede decir que Ana Bolena fue "una fresca", aunque luego parece que fue fiel a su "marido" (divorciado de Catalina de Aragón). Realmente ninguno de los personajes de la película manifiesta una conducta éticamente correcta (salvo Tomás Moro, que aparece un momento y en su ejecución).
Es interesante señalar que el origen de la separación de la iglesia de Inglaterra respecto a la de Roma, se encuentre en el talante cruel y sensual Enrique VIII. Los "papistas" no tienen necesidad de acudir a la "lascivia", como dice el artículo de El Mundo, para descalificar a Enrique VIII. Basta que se constituyera en jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra y autorizado, por encima del Papa, para decidir si su matrimonio con Catalina era o no nulo. Todavía hoy -quizá quede poco tiempo- la reina (o rey) de Inglaterra sigue siendo en el Jefe de la iglesia nacional. ¿A qué otro país del mundo se le ha permitido, sin crítica seria, o se le permite tal cosa? Incompresiblemente las cosas siguen igual que en los orígenes de anglicanismo, con Enrique VIII. Es una buena lección de Historia, que se complementa muy bien con la extraordinaria película Un hombre para la eternidad
|