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AMADEUS (Director: Milos Forman)

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AMADEUS

Amadeus, personalidad fragmentada; Salieri, personalidad desquiciada. Por Antonio Orozco. - Puntos fuertes y puntos débiles del más importante film del director Milos Forman

Título original: Amadeus.
Director: Milos Forman.

Productor: Saul Zaentz.
Nacionalidad: EE UU, 1984.
Intérpretes: F. Murray Abraham, Tom Hulce, Elizabeth Berridge, Simon Callow, Roy Dotrice.
Guión: Peter Shaffer, según su propia obra.
Fotografía: Miroslav Ondricek.
Música: Wolfgang Amadeus Mozart.
Título original: Amadeus.

Sinopsis:

Antonio Salieri es el músico más destacado de la corte del Emperador José II de Austria. Entregado completamente a la música, de muy joven promete a Dios "su castidad, trabajo y profunda humildad" a cambio de la cumbre de la composición musical, "la fama en todo el mundo", la "inmortalidad"... Durante algún tiempo cree que su voto ha sido escuchado pero, la llegada a la corte de un joven llamado Wolfgang Amadeus Mozart, le relega a un segundo plano y pone en evidencia su insuperable mediocridad. Irritado por la pérdida de protagonismo, se declara enemigo de Dios, quema un crucifijo y va a hacer todo lo posible para arruinar la carrera del joven músico. Mientras tanto, Mozart sorprende a todos con sus excepcionales dotes musicales y sus caprichosas excentricidades.

Lujosa superproducción que ahora se proyecta en versión íntegra. En la página de AGEA (Asociación de grupos de estudios de actualidad,

ttp://www.geaweb.org/04/C0058.htm) se dice:

Se vuelve a estrenar Amadeus, probablemente la mejor obra de Milos Forman, en todo caso la más galardonada de este director. La cinta no ha envejecido nada. Es una reconstrucción de época y sólo podría resentir el paso del tiempo si hubiera defectos de filmación, interpretaciones exageradas o un estilo de fotografía arcaico. La película no adolece de ninguno de estos vicios y se podría creer que es una producción de este milenio.

El montaje actual llega a las tres horas. En este caso no es un defecto, ni un capricho y, por una vez, la nueva versión no estropea en nada las anteriores: Warner es consciente de que quien se interese por volver a ver esta joya sabe lo que va a presenciar y puede permitirse el lujo de entregar la versión completa, una película de tres horas, es decir que contiene veinte minutos más de buenas imágenes musicales que la versión primera.

Se han alargado las grandes escenas operísticas: don Giovanni, La flauta encantada y la composición del Réquiem. A pesar de su larga duración la película pasa rápidamente, apenas se da uno cuenta de la trama cuando ya termina.

Sigue siendo lamentable el brevísimo desnudo de la señora Mozart [ausente en la primera edición], aunque lo haga por ayudar a su marido, pero apenas empaña la brillantez de esta magnífica película.

«Amadeus» no parece que sea adecuada para verse con los pequeños, que poco o nada entenderían. En cambio, con los mayores, podrán comentarse aspectos interesantes de la película –de buena ejecución- en relación con la verdadera biografía del genial músico y algunos elementos superfluos, chabacanos o contrarios a la historia.

PUNTOS DÉBILES DE LA PELÍCULA

a) De todo el reparto, la única persona que parece «de carne y hueso» es Antonio Salieri (la interpretación colosal de F. Murray Abraham mereció el Oscar al mejor actor), Sin embargo es un personaje de mera "historia-ficción". El Antonio Salieri de Amadeus no es ni remotamente parecido al real. No fue él quien encargó el Requiem, sino el conde Walsegg, que envió a un emisario ante Mozart, y pretendía hacerse pasar por el verdadero autor.

b) El intérprete de Mozart irrita a los expertos, por varios detalles, como el de su estúpida risa (que lo es aún más en el doblaje), no documentada históricamente.

c) En el momento de morir, Mozart tenía dos hijos, y no uno solo. La realidad histórica se ha descrito así: Hacia 1789 sintió los primeros síntomas del mal que lo llevó a la tumba. Poco antes de terminar "La flauta mágica", ya estando enfermo, un desconocido vestido de gris se presentó a encargarle una Misa de Réquiem: "No me puedo desprender de la imagen del desconocido, decía Mozart; lo veo por todas partes y me ruega impaciente que realice el trabajo". Se dedicó a esta composición. El 4 de diciembre de 1791 les pidió a los amigos que rodeaban su lecho que lo ayudaran a cantar la "Lacrimosa", de la incompleta obra, pero a la mitad de su ejecución se interrumpió en sollozos; más tarde dio a su discípulo Süsmayer indicaciones para terminarla. "Esa noche, (escriben David y Federico Ewen), su esposa Constanza, su hermana Sofía, y el discípulo Süsmayer se arrodillaron junto al lecho... Se llamó a un sacerdote para que le administraran la extremaunción. A medianoche, Mozart se despidió de su familia. Luego se volvió hacia la pared. Cuando lo tocaron comprobaron que había muerto". Murió a la una de la mañana del día 5 de diciembre de 1791. Su entierro se efectuó el día 6: una furiosa tempestad dispersó el cortejo fúnebre. Varios años más tarde se levantó un monumento en el lugar que se supone descansan los restos del inmortal maestro.

Es decir, la historia de los últimos días de Mozart que nos cuentan en «Amadeus» tiene muy poco que ver con la realidad, sobre todo por la fantasiosa presencia del envidioso Salieri.

d) A veces los instrumentos que suenan no se corresponden con lo que se ve en pantalla

e) todo lo que en la realidad se supone dicho en alemán, en la película se escucha en inglés, incluyendo los números musicales del "Rapto" o de la "Flauta Mágica". En cambio, en las óperas en italiano se respeta el idioma original.

f) de la película se puede decir lo mismo que afirma Mozart ante el emperador: "Yo soy vulgar, pero os aseguro que mi música no lo es".

CUESTIONES DE FONDO QUE SE PLANTEAN

Amadeus, personalidad fragmentada; Salieri, personalidad desquiciada

Por Antonio Orozco

1. El caso Salieri

Salieri desafia a Dios y le odia, porque, como quedó dicho, de pequeño le rezó frenéticamente con el fin de llegar a ser el más grande compositor, el número uno, el inmortal. «A cambio», Salieri le ofrece a Dios, su castidad, su trabajo ... ¡y su «profunda humildad»!.

Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces. El Salieri de la película carece precisamente de la humildad. La soberbia se le manifiesta en su forma más dramáticamente estéril: la envidia y, en consecuencia, el odio. Odia hasta el paroxismo a quien no puede dejar de reconocer como el más grande: Wolfgang Amadeus Mozart. Desde que lo percibe con meridiana claridad, Mozart será su enemigo mortal, y como le parece ser una encarnación de la voz de Dios, odia también a Dios con todas sus fuerzas.

Cuando la ambición se desorbita, la desesperación es inminente. El anillo del Señor de Mordor (Tolkien) es la parábola de la fuerza progresivamente encadenante y sofocante del ansia irrefrenada de poder. La criatura humana tiene esta posibilidad de dispararse a la desesperación, porque ciertamente, la criatura inteligente es esencialmente limitada, pero operativamente ilimitada. Nunca podemos alcanzar el infinito en acto, pero lo columbramos en el horizonte de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad y a él tendemos por naturaleza. Es una manifestación de que somos criaturas a imagen y semejanza de Dios. De ahí que –con palabras de Cervantes- «están nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar si no es en su centro, que es Dios, para quien fueron criadas». Cuando la tentación satánica se apodera del espíritu, entonces el hombre desea ser Dios y, como es natural, desespera de sí mismo. La mediocridad se torna insoportable.

La solución está precisamente en reconocer la verdad (la humildad, según la genial expresión de santa Teresa, es «andar en verdad»): no somos dioses. Pero, en Dios, hallamos todo el bien y toda la belleza que nosotros no podemos crear. Si uno se empeña en ser lo que no es, se abisma en la angustia. Si aceptamos libremente nuestro ser como lo que es, un don, entonces podemos disfrutar no sólo de nuestras pequeñas «creaciones», sino también de la Belleza del Creador, que se nos da; y también de sus obras. Pero la Belleza infinita no es un derecho sino un regalo; no es objeto de cambio. Es preciso acercarse a ella humildemente –con la verdad sobre el propio ser y la verdad sobre el ser de la Belleza-. Sólo así podrá alcanzarse «algún día». No precisamente en la existencia de este mundo, en este tiempo. Como dijo en cierta ocasión Juan Pablo II, «toda existencia humana es un proyecto inacabado». No dijo «frustrado», sino «inacabado».

Necesariamente ha de es así. Si en este mundo lográramos culminar nuestra existencia, nuestro fin y nuestro destino sería inmanente a este mundo caduco. Esto sería la tragedia, porque indicaría que no hay otro (mundo), que estamos abocados a la desaparición, a la nada.

Dios nos hace el inmenso favor de no permitir que nuestras ambiciones se colmen aquí abajo. El triunfo total sería el gran castigo. Por muchas razones. Quizá la primera sería esta: Cuando el triunfo se alcanza, en breve deja de interesar, porque se concibe otro mayor. ¿Cabría disfrutar por mucho tiempo de un triunfo sin más futuro que el alcanzado?

Está muy bien, es muy sabio y misericordioso permitir al hombre unas cuantas frustraciones en la vida y, si puede ser, mejor aún, unas cuantas frustraciones al mes. Sólo así descubrimos un destino trascendente y podemos establecer nuestra esperanza más allá de estas coordenadas de espacio y tiempo. Como escribe Hölderling, "las olas del corazón no estallarían en tan bellas espumas ni se convertirían en espíritu, si no chocaran con el destino, esa vieja roca muda".

Antonio Salieri quería el Cielo ya, aquí, en la tierra; un cielo, por lo demás, equivocado, como si la felicidad se hallara en la autoperfección o autosuficiencia; y no es esto. Si hemos de buscar la propia perfección ("Sed perfectos como mi Padre celestial es perfecto") no es porque la felicidad se encuentre en la relativa perfección alcanzable en este mundo --la cual entraña dominio y libertad, desprendimiento de sí--, sino porque es condición «sine qua non» para andar en verdad y hallar la Verdad, y poder darse a ella, a la Bondad y a la Belleza, en lo que sí se encuentra la infinitud. La felicidad no consiste tanto en recibir como en dar y darse. Pero nadie da lo que no tiene, y si uno no se "tiene" a sí mismo, porque no es dueño de sí, tampoco puede darse, en una palabra, no puede amar.

La ambición de alcanzar un mucho de belleza, de arte, de habilidad, de sabiduría... es no sólo legítima sino necesaria. Lo descabellado es la pretensión de alcanzar todo esto de un modo pleno, en el tiempo. La felicidad en el tiempo sólo es posible como incoación y en tensión --que puede resultar más o menos dolorosa-- a la eternidad. Requiere trascender deliberadamente lo temporal y mantener la tensión activa de la esperanza.

El camino no es de rosas. El camino, el medio para alcanzar la plenitud final, es lo que Salieri, en un arrebato de odio, echa al fuego: el crucifijo. La respuesta de Dios a la pregunta por la imperfección –límites, dolor, sufrimiento, enfermedad, muerte- de la felicidad terrena, se encuentra precisamente en la cruz de Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre. Si la cruz no es indigna de Dios tampoco es indigna del hombre. Dios la ha escogido y establecido como potencia salvífica.

Si Salieri hubiese meditado los Evangelios, hubiera comprendido que la plenitud de la persona humana no depende del número o calidad de los talentos recibidos, sino de cómo se negocia con ellos. Al final, todos reciben el mismo premio: la participación en la alegría misma de Dios Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo, la plenitud de la filiación divina en Cristo Jesús.

Por lo demás, aquí en la tierra, nuestras mayores alegrías ¿acaso no proceden de cosechas ajenas? También es natural, por la misma índole relacional de la persona, creada no para reconcentrarse en sí misma, sino para abrirse, trascenderse, destinarse y donarse en el amor, único bien que puede satisfacer en verdad las ansias del corazón. El endiosamiento del soberbio es mal amigo y peor consejero. El gozo de la criatura no está en ser Dios, sino en «disfrutar de Dios», de su paternidad, de su fraternidad y de los inefables e insospechados dones de su Espíritu. Algunos los podemos admirar, con gratitud, en nosotros mismos; y otros, en los demás; y todos, en modo infinito, en el mismo Dios Uno y Trino, que un día será «todo en todos».

2. El caso Amadeus

De la combinación, en una misma persona, de la exquisitez artística que posee Mozart en grado extraordinario, con alguna lamentable zafiedad (ciertamente Mozart no fue un dechado de virtudes), no ha de maravillar. Estamos cansados de oir a premios Nobel de medicina, de literatura o de lo que sea, decir unas sandeces colosales sobre temas ajenos a su ciencia o arte. No es de maravillar. La persona sólo consigue la armonía de las virtudes humanas - una personalidad bien compuesta y equilibrada- si las cultiva, una a una, si se esfuerza en ser señor de sí mismo en todos los terrenos; lo cual no es imposible, si uno se empeña. En la realidad hay muchos casos semejantes al del Amadeus: un buen saber hacer en un campo determinado, la música, la literatura, la medicina, etc., unido a un lamentable mal gusto, ignorancia o «estupidez adquirida» en otras dimensiones del vivir. Si Amadeus no quiso conquistar el dominio de sí, por ejemplo, en lo tocante al uso del alcohol, del dinero y de la sensualidad, si sólo se empeñó en desarrollar su ingenio para la composición musical, era inevitable que su “pasión” se desquiciara y devorara todo lo demás o tantas cosas aún más grandes que la música. Lamentablemente, las grandes personalidades fragmentadas, son legión. Y no por determinismo alguno, sino por libre descuido del cultivo de todas esas virtudes que la tradición resume en cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, la virtudes cardinales que constituyen la consistencia y armonía, la seriedad y la alegría de una personalidad rica y equilibrada.

Xavier Güell, director de orquesta, escribe en El Mundo: "Vean la película, no se crean todo lo que les cuenta y escuchen la música de Mozart. Escúchenla desde sus primeras e increíbles obras, escritas a los siete años, hasta su último Réquiem. Recorrerán uno de los procesos creativos más fascinantes y poderosos, más profundos e intensos que existen, y tendrán una de las experiencias musicales y humanas más hermosas de su vida".

La herencia de Mozart a la Humanidad es ésta: 46 sinfonías, 20 misas, 178 sonatas para piano, 27 conciertos para piano, 6 para violín, 23 óperas, otras 60 composiciones orquestales y numerosas obras más, cuentan en ella.

 

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Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
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16/07/2005 ir arriba
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