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HISTORIA (Alejandro LLano)

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Solzhenitsyn en Pekín

Solzhenitsyn en Pekín

Alejandro Llano
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El Nobel ruso nunca buscó la aprobación de los poderosos.

    Los escasos ecos que ha tenido la muerte de Solzhenitsyn en los medios de comunicación confirman el significado histórico de su figura.

    El Premio Nobel ruso nunca buscó la aprobación de los poderosos. Por eso apenas le prestan atención y lo único que destacan es su crítica al estalinismo. Cuando todo el sistema soviético —el comunismo y el marxismo— fue objeto de su denuncia implacable. Ni Lenin queda exento de las acusaciones de totalitarismo y genocidio. A pesar de que el tímido y breve deshielo que se produjo con Kruschev permitió a Solzhenitsyn publicar su magnífica novela inicial, Un día en la vida de Iván Denisovich, los posteriores zares del régimen soviético continuaron haciéndole la vida imposible. Y hoy mismo, las Olimpiadas de Pekín ahogan con miles de tambores y nubes de fuegos artificiales las posibles resonancias que las críticas de Solzhenitsyn pudieran encontrar en el lamento de millones de seres humanos sometidos a una implacable dictadura.
   
   Seguimos donde estábamos. Ninguno de los intelectuales y políticos marxistas cuya arrogancia y cinismo hemos soportado durante décadas ha tenido la debilidad de hacer algo tan típicamente comunista: la autocrítica. Por no hablar de los socialistas, la mayoría se declaraban marxistas hasta hace poco. ¿Quién se atreve, hoy todavía, a repasar las cifras de millones de muertos en las sucesivas represiones masivas y a recordar el horror del Gulag? El pánico a la violenta crueldad de un régimen marxista lo tenemos en los Juegos. A los atletas españoles, el Comité Olímpico les ha intentado prohibir, contra todo derecho, que manifiesten sus opiniones políticas o éticas. La efigie de Mao, el mayor genocida de la Historia, preside instalaciones deportivas y decoraciones urbanas. Mientras, altos mandatarios de Occidente acuden, sumisos, a la inauguración de la gran fiesta de la injusticia. ¿Qué les habría parecido la  totalitaria ceremonia de inauguración a los disidentes encarcelados? No me figuro a nadie tan noble como Solzhenitsyn saludando con una banderita desde un palco a los atletas disfrazados de niños.

    Una de sus mejores novelas, Pabellón del cáncer, se puede leer como la alegoría de un régimen totalitario. Es un libro simbólico hasta el final. Al salir del hospital, el protagonista, que se cree curado de su tumor, siente en el estómago la punzada del dolor canceroso. Sigue enfermo. El gran escritor ruso sabe que no bastará que los efectos desaparezcan por un tiempo cuando la causa permanece. Solzhenitsyn es, ante todo, un cristiano consecuente que no tiene miedo ni a unos ni a otros. Por eso se le tilda de excéntrico y trasnochado, peor aún, de conservador. Pero no trataba de preservar un neocapitalismo tan materialista como el comunismo. Su discurso en Harvard, donde denunció el conformismo de Occidente, fue un escándalo para los neoconservadores americanos. Nada resulta más peligroso que decir siempre la verdad. Y no hay cosa más digna. En sus palabras de recepción del Premio Nobel, que no le permitieron recoger en su momento, Solzhenitsyn citaba este proverbio ruso: “Una palabra de verdad vale más que el mundo entero”. Tal es la clave de obras tan luminosas como El primer círculo o La casa de Matriona.

    Desde Émile Zola, se supone que una de las misiones del escritor es defender las causas perdidas y denunciar la injusticia. Pero el tecnosistema se las ha apañado bien para fagocitar a los disidentes y proporcionar a los intelectuales un poco de prestigio y algo de dinero a cambio de su silencio. Sólo está permitido criticar a los más débiles y a los que no pueden defenderse. Ésta es, en buena parte, la tragedia de la izquierda europea, de la que los supuestos progresistas españoles no son una excepción. De ahí que la derecha económica no tenga rebozo en subvencionar generosamente a la izquierda intelectual, sin preocuparse ni mucho ni poco por el deterioro ético que estas maniobras de ocultación llevan consigo.

    La única salida de una situación tan ambigua es la que el heroico ejemplo de Solzhenitsyn proclama: no tener miedo al blanco terror de la verdad.
______

Alejandro Llano es catedrático de Metafísica.

 


 

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Enviado por Alejandro LLano - 16/08/2008 ir arriba
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