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LAWRENCE DE ARABIA Y EL CHE GUEVARA: ¿DOS VIDAS PARALELAS?

LAWRENCE DE ARABIA Y EL CHE GUEVARA:

¿DOS VIDAS PARALELAS?

 

A Lawrence no le falta ni astucia ni determinación pero su proyecto político fracasa porque es enteramente personal y no se ajusta a las previsiones del Foreign Office. El Che conoce los usos de la astucia pero su conducta raya en la temeridad.

Antonio R. RUBIO PLO
Historiador y analista de Relaciones Internacionales
Arvo
.net 03.09.2006

 

 

            “All men dream: but not equally. Those who dream by night in the dusty recesses of their minds wake in the day to find that it was vanity: but the dreamers of the day  are dangerous men, for they may act out their dream with open eyes, to make it possible”  T.E. Lawrence, Seven Pillars of Wisdom

 

            El guerrillero, que es general de sí mismo, no debe morir en cada batalla; está dispuesto a dar su vida pero precisamente, la cualidad positiva de esta guerra de guerrillas es que cada uno de los guerrilleros está dispuesto a morir, no por defensa de un ideal sino por convertirlo en realidad” Ernesto Che Guevara, La guerra de guerrillas

 

            Sobre Plutarco y los héroes

 

            Desde el Renacimiento hasta bien entrado el siglo XX, las vidas de los hombres singulares constituían el entramado de la Historia. Plutarco y sus Vidas paralelas podían ser lectura obligada para muchos de los que se dedicaban a las armas y a la política. Plutarco era la lectura favorita de los que creían en el Destino o más bien en la Fortuna, aquéllos que con una fe más que religiosa, confiaban en que tarde o temprano, en un día señalado, cambiaría su estrella y entrarían en el gran libro de la Historia. Las Vidas  de Plutarco aparecían ante sus ojos como una colección de “vidas ejemplares”. Pero los estudiosos del autor griego nos recordarán que esto no es del todo cierto y que tras una lectura atenta de las Vidas, emergerán las sombras y defectos de los grandes hombres: sus errores, mentiras o peligrosas insensateces. Quien busca en Plutarco valores, hallará también contravalores. Los héroes tienen a menudo dos caras. Su existencia suele ser una mezcla de géneros, como buena parte de los films del cine actual o como la propia vida. En cualquier caso ningún estudio serio y riguroso en los campos de la política o de la milicia, sobrevalorará a los individuos singulares, ya fueran éstos un Napoleón o un De Gaulle. Tampoco habría que desmitificarlos con una sistemática labor de derribo que niegue la más mínima de sus cualidades personales. Pero hoy sería una labor inútil asesorar a un gobernante con el relato de la conspiración contra César. Puede que ese mismo gobernante, por imperativos oficiales o afición personal, asista a una representación del Julio César de Shakespeare, basado en la obra de Plutarco, mas no es probable que se entregue a reflexiones histórico-políticas. Pensará que su legitimidad es muy distinta a la de muchos personajes del pasado, aunque hoy las conspiraciones, como todas en las épocas, no se preocupan en absoluto de las legitimidades. Con todo, las conjuras políticas ya no suelen ser tramas de puñales ni arrebatan necesariamente vidas. En definitiva, y pese a las citas grandilocuentes que sirven de cabeceras en capítulos de libros o periódicos, la Historia es más fuente de entretenimiento y de reflexión que de enseñanzas prácticas. Sin duda, los acontecimientos del siglo XX han influido en esto. A modo de ejemplo, convendrá tener presente una lección vivida en Francia tras la I Guerra Mundial.

 

            En aquella posguerra se publicó Plutarque a menti, un libro de Jean de Pierrefeu que pronto supero la increíble cifra de las 200 ediciones. Y es que la guerra total, y en concreto el infierno de las trincheras, había sido la negación del mundo de los héroes de Plutarco. Alcibíades, Alejandro, Pirro, Fabio Máximo, Pompeyo y César no habían tenido que enfrentarse a los bombardeos, al tableteo de las ametralladoras o a los gases. Pierrefeu insistía en que Plutarco era un engaño para los hombres del siglo XX y nada le sacó de su convencimiento, ni siquiera la respuesta de otro libro, Plutarque n’a pas menti, redactado de forma anónima por un general. Pierrefeu continuaría exhibiendo en otras obras su aversión por Plutarco. Su postura era por decirlo un tanto prerrevolucionaria y más bien burguesa en la Francia de aquella Tercera República aferrada a un patriotismo de rasgos jacobinos. Era la vuelta del pensamiento antiheroico de Montesquieu, resumido en una frase de su Diálogo de Sila y Eúcrates: “ Para que un hombre esté por encima de la humanidad, los demás lo tienen que pagar muy caro”.

 

La percepción de los héroes estaba dejando de ser la misma que en siglos anteriores. Poco a poco ese “quiero ser como...”, el modelo de “vida ejemplar” iría siendo sustituido por el “quiero ser yo mismo”.Hemos asistido así al progresivo triunfo del rechazo de modelos históricos tradicionales y a la negativa a reconocer instancias superiores a uno mismo. Pese a las ideologías colectivistas, no se ha impuesto  en el siglo XX el fin de las individualidades singulares sino, por el contrario, la multiplicación de éstas hasta el infinito y paradójicamente la aparición de modelos que no hacen más que consagrar las más diversas formas de la autoafirmación personal. Vivimos ahora un tiempo que podría calificarse de ahistórico, aunque algunos hombres singulares del pasado reciente se resisten a la muerte de su memoria y se aferran a la vida en libros, películas, posters, camisetas, pegatinas o páginas web. Hay individuos que, más allá de su época y sus circunstancias concretas, siguen siendo atractivos para quienes defienden rebeldías e inconformismos. Tenemos, por ejemplo, al coronel Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, y al líder revolucionario Ernesto Che Guevara. Son los prototipos respectivos de héroes liberales, presentes de continuo en el mundo anglosajón, y de héroes socialistas que conectan bastante con ciertas mentalidades latinas. Conocemos muchos detalles de sus vidas pero no pocas de sus facetas siguen envueltas en un llamativo misterio. Fueron hombres que hicieron su aportación a la estrategia militar aunque fracasaron en el ámbito de los proyectos políticos. Teóricos de muchas páginas escritas y soñadores de ojos abiertos, acaso no tenían desarrollado  ese sentido práctico que ayuda a concretar todo ideal. ¿Qué paralelismos existen, sin embargo, entre un héroe taciturno y otro demasiado locuaz? Se diría que ambos han buscado en la soledad y en la escritura fuentes de inspiración. Pero por lo que sabemos de ellos, su condición de solitarios era perfectamente compatible con ese afán de reconocimiento social, presente en tantos individuos de renombre histórico y que fue analizado por  el pensador liberal Isaiah Berlin.  Más cualquier estudio sobre estos personajes – actualmente parecen más personajes que individuos históricos concretos- nunca podrá arrancar el velo de su  misterio, por muchos archivos que se abran a los investigadores. Al igual que los protagonistas de las Vidas paralelas de Plutarco, ambos siguen estando entre el mito y la realidad.

 

            Viajes en motocicleta y en bicicleta

 

            Jóvenes y deportistas. Desde el período de entreguerras y hasta hoy, éstas son dos esenciales cualidades que debe tener el hombre –y la mujer- de hoy para seguir siendo moderno y supuestamente inasequible al paso de los años. Estas dos cualidades las encontramos también en Lawrence y en el Che. Sus apariencias son juveniles y sus muertes violentas, consecuencia de los riesgos que han asumido, ayudan a perpetuar esa juventud. Ambos han valorado siempre el ejercicio físico. El inglés ama la velocidad y encontrará la muerte en un accidente de moto a 80 millas por hora, el argentino cubano tiene un largo historial de práctica de deportes: fútbol, rugby, ciclismo, salto de altura, tiro, pesca deportiva, hípica, ajedrez...

 

El estudiante de medicina, Ernesto Guevara  de la Serna, es un ejemplo de voluntarismo en lo deportivo. Pese a padecer de asma desde muy niño no duda en jugar partidos de rugby aunque cada 15 ó 20 minutos tenga que hacer uso de un inhalador. La mayor hazaña deportiva del Che es, sin embargo, su periplo por Sudamérica entre 1951 y 1952. En compañía de un amigo bioquímico, Alberto Granado, recorre Chile, Bolivia, Perú, Colombia y Venezuela. La motocicleta, paradójicamente llamada La Poderosa II,  queda inutilizada al norte de Chile y el viaje seguirá a pie, incluyendo una barcaza para cruzar el Amazonas. Un resultado material del viaje del Che es Diario de motocicleta, las notas escritas de una experiencia de ocho meses y en las que se siente profundamente marcado por la situación social vivida sobre el terreno. Ya no se considera el mismo de antes y va a evolucionar de aventurero a revolucionario aunque su credo político nunca apaga su sed de aventura. Como todos los revolucionarios del nuevo continente,  abraza un ferviente panamericanismo y adopta un lenguaje de barricada y violencia redentora. De ahí que en los años inmediatos, el Che vea con simpatía el experimento revolucionario de Víctor Paz Estensoro en Bolivia, resida en la Guatemala de Jacobo Arbenz y se implique con las armas contra el régimen cubano de Batista desde las alturas de Sierra Maestra. Anteriormente a este viaje por Sudamérica, y con tan sólo 19 años,  el Che había recorrido 4000 km en bicicleta a través de Argentina. Se va forjando así un carácter en el que la voluntad lo es todo, en el que “si quieres, puedes”, se eleva a la categoría de dogma. Si a esto añadimos una cierta simpatía personal, no incompatible con brusquedades de carácter,  y una sensibilidad que sintoniza fácilmente con quien se encuentra en su camino, tendremos el prototipo de un hombre con carisma, alguien al que se ve con agrado, pues se le identifica como “uno de los nuestros”.

 

            Presentan, en cambio, otro cariz los recorridos en bicicleta por Francia de Thomas Edward Lawrence a lo largo de los veranos de 1907, 1908 y 1910. Tiene aproximadamente la misma edad del Guevara del periplo sudamericano pero hay una diferencia: el Che busca encontrarse con la gente y convivir con ella. Llega a esa especie de sublimación de la camaradería que supone la práctica en común de un deporte. Guevara es el aventurero que queda atrapado por el entorno social y traza sueños para redimirlo personalmente. Lawrence, por el contrario, pasa de puntillas por el presente. Mientras sus compañeros de estudios en Oxford juegan al rugby, él se interesa por actividades arqueológicas en la zona y en concreto, por el pasado medieval. Sus recorridos son casi siempre en solitario. Viaja desde el canal de La Mancha hasta Carcasonne, y para él el presente tiene a menudo la odiosa forma de los perros que le acosan en las carreteras o de los hoteles de precios abusivos y pésimo servicio. El inglés busca huellas del pasado: los castillos de los cruzados y su entorno de iglesias románicas y góticas. Archiva todo en su cámara fotográfica y si es preciso, deja correr las horas para atrapar la mejor de las panorámicas. Aparentemente Lawrence busca material para su tesis doctoral pero no es menos cierto que en la biblioteca de Oxford ha encontrado y encontrará la más precisa y abundante información. En realidad, los castillos de los cruzados son un pretexto para dejar volar sus ansias de Mediterráneo y Oriente. Su interés no es el de un anticuario sino el de alguien que, dotado de una aguda capacidad de observación visual, busca en la arqueología una fuente de nuevos hechos. Lawrence se deja fascinar por las fortalezas medievales, lo mismo si están en ruinas que si han sido reconstruidas por la imaginación romántica del arquitecto Viollet Le Duc. Los castillos franceses sólo son un paso previo para el encuentro posterior con los castillos de Siria y el Líbano. El tour  de Francia de Lawrence tiene más de ejercicio de introspección personal que de investigación arqueológica. Es un aliciente para futuras expectativas. No es extraño que Lawrence se bañe en el Mediterráneo con la idéntica satisfacción de un descubridor que avista nuevas tierras o que eche a volar su imaginación en Aigües Mortes, el lugar desde donde san Luis, rey de Francia, embarcó para sus dos cruzadas. Es significativo que al regreso del principal de sus viajes, en octubre de 1908 Lawrence tome prestado de la biblioteca de Oxford un libro de Charles.M. Doughty, Travels in Arabia Deserta, libro editado veinte años atrás y prácticamente agotado. Será por aquellos años una especie de libro de cabecera y Lawrence deseará conocer personalmente a su autor, si bien Doughty no pasa de ser un simple observador de gentes y paisajes. Viaja desde Damasco hasta Yeddah pero es un  simple caminante ilustrado. A diferencia de Lawrence, carece de sueños y, en consecuencia, de proyectos.

 

 

            Dos aventureros regresan un día a Inglaterra y Argentina respectivamente. Han alimentado sus sueños como nunca lo habían hecho antes. Oxford y Buenos Aires les resultan todavía más estrechos que cuando salieron. Ni pueden ni quieren ser los mismos de antes. Apenas tendrán ocasión de ejercer sus estudios de arqueología  y medicina. Dar el salto hacia otra forma de vida es cuestión de tiempo. La I Guerra Mundial y la revolución cubana son el acicate definitivo.

 

            Revueltas y revoluciones

           

            ¿Cuáles son los objetivos inmediatos de Lawrence y el Che? Son de carácter militar pero puestos al servicio de fines políticos, aunque éstos no tengan unos perfiles netamente definidos: será la acción victoriosa lo que contribuya a darles su forma definitiva. Mas el problema de estos dos hombres radica en que son unos protagonistas que a veces olvidan que no están solos, que en su propio bando pueden surgir las discrepancias que contribuyan a malograr todos sus esfuerzos. Lawrence pretende desencadenar una revuelta de los árabes contra los turcos, Guevara abandera una revolución que va más allá de la cubana y pretende difundirse por toda Latinoamérica y el Tercer Mundo en su conjunto. Su entusiasmo recuerda al de Trotski en sus tesis de “la revolución permanente”, tesis siempre combatidas por quienes prefieren consolidar las posiciones conquistadas y temen los riesgos de los frentes dispersos y la multiplicidad de objetivos. Según testimonios de Régis Debray, el Che en Bolivia disponía , entre otros libros, de Mi vida  de Trostki, un detalle más de que las simpatías  de Guevara  se habían radicalmente distanciado de lo que llamaba “socialismo burocrático autoritario”. Era comprensible, sobre todo, desde que Jruschov había decepcionado a los dirigentes cubanos al retirar los misiles de Cuba durante la crisis de 1962. El Che cree en unos fines políticos a largo plazo pero se preocupa menos sobre si las condiciones del terreno son favorables. De hecho, piensan que lo son o que llegarán serlo, en cuanto se consolide un foco revolucionario que, a su vez, ayudará a establecer otros. En una revuelta, como la impulsada por Lawrence, puede haber componentes para la aventura, pero primar en una revolución, aunque sea inconscientemente, el factor de la aventura puede comprometer el resultado final, pese a que Marcuse, otro heterodoxo de los años 60 y admirador del Che, considera que la revolución ha de contener un poco de aventura. En la mente de Guevara pesan los ejemplos victoriosos de las acciones guerrilleras en China, Indochina, Argelia y la propia Cuba, pero no es suficiente con calificar a los Andes de “Sierra Maestra de Sudamérica” o proclamar que “hay que crear uno, dos, tres Vietnam”. El resultado es un voluntarismo que imagina metas por encima de sus posibilidades reales. Guevara cree en la revolución del Tercer Mundo y en una revolución panamericana pero no parece conocer a fondo las especificidades de los escenarios del Congo y Bolivia en los que se desenvuelve entre 1965 y 1967. Piensa en “cubanizar” el Congo pero en su Diario de Africa se ve obligado a reconocer que no ha funcionado el método de mezclar a unos combatientes organizados con otros que no lo están. Llevar al Congo militares cubanos negros sirve quizás como recurso propagandístico –los nietos de los esclavos vuelven ahora a liberar Africa- pero esos cubanos no son africanos pese al color de su piel. Recordemos que tampoco lo eran los antiguos esclavos norteamericanos que fundaron Liberia en 1847. En el Congo no hay, en consecuencia, una revolución sino otra revuelta más en el territorio fronterizo entre Ruanda y Burundi.

 

Lawrence sabe que la revuelta árabe es un mero factor instrumental en la geopolítica británica para Oriente Medio pero concibe un reino de Arabia que abarque desde las arenas del sur de la península arábiga hasta Damasco, eso sí bajo la influencia británica, bajo la atractiva forma de Dominio del Imperio. Veremos incluso a Lawrence tratando de asegurar el futuro en la zona y para ello favorece, en el marco de la conferencia de Versalles, los contactos entre el sionista Chaim Weizmann y Feisal, el frustrado rey de Siria que terminará por reinar en un Irak bajo mandato británico. De entre los cuatro hijos del Jerife de La Meca, Hussein, el inglés ha elegido personalmente a Feisal y ha alimentado sus aspiraciones de reinar en Damasco, convirtiéndose en una especie de Kingsmaker, a semejanza de Lord Warwick en la Guerra de las Dos Rosas. Sin embargo, las promesas de Lawrence chocarán con lo dispuesto en el acuerdo secreto franco-británico Sykes- Picot (1916) que reserva para Francia la posesión de Siria y el Líbano. Lawrence ha valorado en exceso el hecho de que Feisal pertenezca a la familia de los hachemitas, descendientes directos del Profeta y custodios de los lugares santos del Islam, pero no ha tenido en cuenta – seguramente no tenía otra alternativa mejor  que desde hace siglos Arabia ha dejado de ser el punto de gravedad, al menos en lo político, del mundo árabe y musulmán. Entre las tribus del Hedjaz no cabe buscar una conciencia de nación árabe. El balbuciente nacionalismo árabe de principios del siglo XX, muy influenciado por los nacionalismos europeos del XIX, se encuentra asentado más al norte, en tierras sirias. No es casualidad que en el período de entreguerras apareciera en Damasco, fundado por el cristiano Michel Aflaq, el partido Baas, un movimiento nacionalista árabe y  laico, que todavía hoy gobierna en Siria y que estuvo en el poder en Irak con Saddam Hussein. Acaso Gran Bretaña habría tenido que apoyarse en los nacionalistas árabes sirios para combatir a los turcos si los aliados hubieran desembarcado en 1915 en Alexandretta, confín de los mundos árabe y turco, en vez de hacerlo en Gallipoli con resultados desastrosos. Los frustrados intentos de penetración aliada en Mesopotamia y el Sinaí aconsejaron la opción de la revuelta en la península arábiga. Pero Lawrence quiere ir más allá de la revuelta: sus planes son toda una revolución en el mapa del Oriente Medio. Fracasan finalmente no sólo por la política de entente cordiale entre Londres y París; fracasan quizás porque Gran Bretaña no quiere crear un peligroso precedente con la India, presa por entonces de la agitación independentista. Una amplia autonomía de un Estado árabe dentro del Imperio no podía convenir en esos momentos a los intereses británicos. 

 

La astucia y la temeridad

 

.           Thomas Edward Lawrence, estudiante en Oxford y traductor de La Odisea, es un buen conocedor de la Antigüedad clásica. No ignora los ejemplos históricos de quienes tuvieron que recurrir a la astucia y evitar la lucha en campo abierto ante la inferioridad de condiciones en la guerra como es el caso de Quinto Fabio Máximo contra Aníbal o Belisario contra los ostrogodos. Ha leído además a Clausewitz y comparte sin duda, sus reflexiones sobre la astucia: “En una situación de debilidad e insignificancia, cuando la prudencia, el buen juicio y la capacidad ya no bastan, puede verse en la astucia la única esperanza. Cuando la situación es muy negra, cuando todo se concentra en un único intento desesperado, es cuando más fácilmente se combina la astucia con la osadía” (De la guerra, libro III, cap. X). Gallipolli y las trincheras europeas han demostrado la inutilidad de ataques contra posiciones bien consolidadas. Atacar Medina, pese a su valiosa condición de lugar sagrado islámico, implicaría numerosas pérdidas para los árabes. Es mejor hostigar incesantemente a los turcos atacando el ferrocarril del Hedjaz y perderse de inmediato en el desierto. Es preferible tomar Aqaba por tierra, pues su artillería apunta al mar Rojo. Además Aqaba abre a los árabes de Feisal el camino de Palestina y Siria, es decir de Damasco. Tampoco importa que se pierdan en un contraataque turco posiciones duramente ganadas como Tafilet. Lo esencial es que Feisal entre el primero en Damasco. A Lawrence no le falta ni astucia ni determinación pero su proyecto político fracasa porque es enteramente personal y no se ajusta a las previsiones del Foreign Office.

 

            El Che conoce los usos de la astucia pero su conducta raya en la temeridad. El que haya sido un excelente jugador de ajedrez no le ha convertido al racionalismo. Guevara define al guerrillero como “un general de sí mismo”. Bien podría suscribir la consigna de Lazare Carnot, organizador de los ejércitos de la Convención allá por 1794: “ Nada de maniobras ni de artes militares, solamente fuego, acero y patriotismo”. Se abrió así el camino para una concepción de la guerra basada en la aniquilación total del enemigo,  algo radicalmente opuesto al espíritu racionalista de los ejércitos profesionales europeos del siglo XVIII. Se percibe así un vínculo entre las guerras de la República francesa de 1792 y las guerras revolucionarias del siglo XX. Su escatología terrenal les da un carácter de guerras santas  y sus impulsores terminan por creer más en la santidad de la guerra que en la santidad de los tratados. La idea de “guerra justa” ha pasado definitivamente al desván de la moral judeocristiana. Tampoco es extraño que Guevara minusvalore el papel de los ejércitos regulares.  No parece haber leído a Clausewitz aunque sí lo hicieran sus admirados Marx, Engels y Lenin. Y es que el estratega alemán pone en duda la fe exagerada en las insurrecciones populares y arremete contra el mito forjado en las contiendas napoleónicas de que la insurgencia es una fuerza inagotable e inquebrantable capaz de hacer frente a cualquier ejército. Como militar profesional, Clausewitz rechaza todas esas soflamas patrióticas en las que se proclama la invencibilidad de los campesinos alzados en armas (De la Guerra, libro VI, cap. 26). Guevara, por el contrario, inicia su aventura en Bolivia a partir de una idealización del campesinado. Considera al guerrillero como “un revolucionario agrario” y piensa que los deseos de ser propietarios de tierras son los mejores estímulos para las insurrecciones campesinas en cualquier parte del continente americano. La fe ciega en una idea, en una estrategia social y política que pretende construir un “hombre nuevo”, desemboca en errores tácticos que llevan a la muerte del líder revolucionario que, sin embargo, confía hasta el último momento en ganar batallas después de muerto. El Che pasa así a formar parte del panteón de los héroes revolucionarios de América en los siglos XIX y XX

 

¿Son paralelas las vidas de Lawrence y el Che? Lo que les une no son unas estrategias militares que fueron forzadas por la necesidad. Les une su condición de querer singularizarse, su pasión por la autenticidad y el autoconvencimiento de que tenían una más completa visión del futuro que la mayoría de los que les rodeaban. También les une ser conscientes de que eran un mito en vida pero apenas hicieron nada por salir de esa mitomanía. Se encontraban a gusto en ella. Es sabido que la mitomanía termina por desplazar a los hombres del ámbito de la historia al de la literatura. Lawrence y el Che coinciden en haber leído novelas de Joseph Conrad. ¿Se identificarían con sus héroes solitarios y atormentados como Lord Jim, paradigma del sacrificio de la propia vida que se entremezcla con la autosatisfacción?

 

BIBIOGRAFIA RECOMENDADA

 

BROWN, M. & CAVE, J.: A Touch Of Genius: The Life of T.E. Lawrence, JM Dent 1988

KNIGHTLEY, P.; SIMPSON, C.: The secret lives of Lawrence of Arabia, McGraw-Hill, 1970

NUTTING, A.: Lawrence of Arabia: the man and the motive, Hollis &Carter, 1961

WILSON, J.: Lawrence of Arabia, the Authorised Biografy, N.Helari Ltd, 1989

 

ALMEYRA, G.; SANTARELLI, E.: Che Guevara, México, La Jornada, 1997

CORMIER, J.: La vida del Che, Buenos Aires, Sudamericana, 1997

GAMBINI H.: El Che Guevara, Planeta, Buenos Aires, 1996

SANDISON, D. Che Guevara, Ediciones B, Barcelona 1997

 

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