Antonio R. RUBIO PLO
Historiador y analista de Relaciones
Internacionales
Arvo.net
03.09.2006
“All men dream: but not equally.
Those who dream by night in the
dusty recesses of their minds wake
in the day to find that it was
vanity: but the dreamers of the day
are dangerous men, for they may act
out their dream with open eyes, to
make it possible”
T.E. Lawrence, Seven Pillars of
Wisdom
“El guerrillero, que es general
de sí mismo, no debe morir en cada
batalla; está dispuesto a dar su
vida pero precisamente, la cualidad
positiva de esta guerra de
guerrillas es que cada uno de los
guerrilleros está dispuesto a morir,
no por defensa de un ideal sino por
convertirlo en realidad” Ernesto
Che Guevara, La guerra de
guerrillas
Sobre Plutarco y los
héroes
Desde el Renacimiento
hasta bien entrado el siglo XX, las
vidas de los hombres singulares
constituían el entramado de la
Historia. Plutarco y sus Vidas
paralelas podían ser lectura
obligada para muchos de los que se
dedicaban a las armas y a la
política. Plutarco era la lectura
favorita de los que creían en el
Destino o más bien en la Fortuna,
aquéllos que con una fe más que
religiosa, confiaban en que tarde o
temprano, en un día señalado,
cambiaría su estrella y entrarían en
el gran libro de la Historia. Las
Vidas de Plutarco aparecían
ante sus ojos como una colección de
“vidas ejemplares”. Pero los
estudiosos del autor griego nos
recordarán que esto no es del todo
cierto y que tras una lectura atenta
de las Vidas, emergerán las
sombras y defectos de los grandes
hombres: sus errores, mentiras o
peligrosas insensateces. Quien busca
en Plutarco valores, hallará también
contravalores. Los héroes tienen a
menudo dos caras. Su existencia
suele ser una mezcla de géneros,
como buena parte de los films
del cine actual o como la propia
vida. En cualquier caso ningún
estudio serio y riguroso en los
campos de la política o de la
milicia, sobrevalorará a los
individuos singulares, ya fueran
éstos un Napoleón o un De Gaulle.
Tampoco habría que desmitificarlos
con una sistemática labor de derribo
que niegue la más mínima de sus
cualidades personales. Pero hoy
sería una labor inútil asesorar a un
gobernante con el relato de la
conspiración contra César. Puede que
ese mismo gobernante, por
imperativos oficiales o afición
personal, asista a una
representación del Julio César
de Shakespeare, basado en la
obra de Plutarco, mas no es probable
que se entregue a reflexiones
histórico-políticas. Pensará que su
legitimidad es muy distinta a la de
muchos personajes del pasado, aunque
hoy las conspiraciones, como todas
en las épocas, no se preocupan en
absoluto de las legitimidades. Con
todo, las conjuras políticas ya no
suelen ser tramas de puñales ni
arrebatan necesariamente vidas. En
definitiva, y pese a las citas
grandilocuentes que sirven de
cabeceras en capítulos de libros o
periódicos, la Historia es más
fuente de entretenimiento y de
reflexión que de enseñanzas
prácticas. Sin duda, los
acontecimientos del siglo XX han
influido en esto. A modo de ejemplo,
convendrá tener presente una lección
vivida en Francia tras la I Guerra
Mundial.
En aquella posguerra se
publicó Plutarque a menti, un
libro de Jean de Pierrefeu que
pronto supero la increíble cifra de
las 200 ediciones. Y es que la
guerra total, y en concreto el
infierno de las trincheras, había
sido la negación del mundo de los
héroes de Plutarco. Alcibíades,
Alejandro, Pirro, Fabio Máximo,
Pompeyo y César no habían tenido que
enfrentarse a los bombardeos, al
tableteo de las ametralladoras o a
los gases. Pierrefeu insistía en que
Plutarco era un engaño para los
hombres del siglo XX y nada le sacó
de su convencimiento, ni siquiera la
respuesta de otro libro,
Plutarque n’a pas menti,
redactado de forma anónima por un
general. Pierrefeu continuaría
exhibiendo en otras obras su
aversión por Plutarco. Su postura
era por decirlo un tanto
prerrevolucionaria y más bien
burguesa en la Francia de aquella
Tercera República aferrada a un
patriotismo de rasgos jacobinos. Era
la vuelta del pensamiento
antiheroico de Montesquieu, resumido
en una frase de su Diálogo de
Sila y Eúcrates: “ Para que un
hombre esté por encima de la
humanidad, los demás lo tienen que
pagar muy caro”.
La percepción de los héroes estaba
dejando de ser la misma que en
siglos anteriores. Poco a poco ese
“quiero ser como...”, el modelo de
“vida ejemplar” iría siendo
sustituido por el “quiero ser yo
mismo”.Hemos asistido así al
progresivo triunfo del rechazo de
modelos históricos tradicionales y a
la negativa a reconocer instancias
superiores a uno mismo. Pese a las
ideologías colectivistas, no se ha
impuesto en el siglo XX el fin de
las individualidades singulares
sino, por el contrario, la
multiplicación de éstas hasta el
infinito y paradójicamente la
aparición de modelos que no hacen
más que consagrar las más diversas
formas de la autoafirmación
personal. Vivimos ahora un tiempo
que podría calificarse de ahistórico,
aunque algunos hombres singulares
del pasado reciente se resisten a la
muerte de su memoria y se aferran a
la vida en libros, películas,
posters, camisetas, pegatinas o
páginas web. Hay individuos
que, más allá de su época y sus
circunstancias concretas, siguen
siendo atractivos para quienes
defienden rebeldías e
inconformismos. Tenemos, por
ejemplo, al coronel Thomas Edward
Lawrence, más conocido como
Lawrence de Arabia, y al líder
revolucionario Ernesto Che
Guevara. Son los prototipos
respectivos de héroes liberales,
presentes de continuo en el mundo
anglosajón, y de héroes socialistas
que conectan bastante con ciertas
mentalidades latinas. Conocemos
muchos detalles de sus vidas pero no
pocas de sus facetas siguen
envueltas en un llamativo misterio.
Fueron hombres que hicieron su
aportación a la estrategia militar
aunque fracasaron en el ámbito de
los proyectos políticos. Teóricos de
muchas páginas escritas y soñadores
de ojos abiertos, acaso no tenían
desarrollado ese sentido práctico
que ayuda a concretar todo ideal.
¿Qué paralelismos existen, sin
embargo, entre un héroe taciturno y
otro demasiado locuaz? Se diría que
ambos han buscado en la soledad y en
la escritura fuentes de inspiración.
Pero por lo que sabemos de ellos, su
condición de solitarios era
perfectamente compatible con ese
afán de reconocimiento social,
presente en tantos individuos de
renombre histórico y que fue
analizado por el pensador liberal
Isaiah Berlin. Más cualquier
estudio sobre estos personajes –
actualmente parecen más personajes
que individuos históricos concretos-
nunca podrá arrancar el velo de su
misterio, por muchos archivos que se
abran a los investigadores. Al igual
que los protagonistas de las
Vidas paralelas de Plutarco,
ambos siguen estando entre el mito y
la realidad.
Viajes en motocicleta
y en bicicleta
Jóvenes y deportistas.
Desde el período de entreguerras y
hasta hoy, éstas son dos esenciales
cualidades que debe tener el hombre
–y la mujer- de hoy para seguir
siendo moderno y supuestamente
inasequible al paso de los años.
Estas dos cualidades las encontramos
también en Lawrence y en el Che.
Sus apariencias son juveniles y sus
muertes violentas, consecuencia de
los riesgos que han asumido, ayudan
a perpetuar esa juventud. Ambos han
valorado siempre el ejercicio
físico. El inglés ama la velocidad y
encontrará la muerte en un accidente
de moto a 80 millas por hora, el
argentino cubano tiene un largo
historial de práctica de deportes:
fútbol, rugby, ciclismo, salto de
altura, tiro, pesca deportiva,
hípica, ajedrez...
El estudiante de medicina, Ernesto
Guevara de la Serna, es un ejemplo
de voluntarismo en lo deportivo.
Pese a padecer de asma desde muy
niño no duda en jugar partidos de
rugby aunque cada 15 ó 20 minutos
tenga que hacer uso de un inhalador.
La mayor hazaña deportiva del Che
es, sin embargo, su periplo por
Sudamérica entre 1951 y 1952. En
compañía de un amigo bioquímico,
Alberto Granado, recorre Chile,
Bolivia, Perú, Colombia y Venezuela.
La motocicleta, paradójicamente
llamada La Poderosa II,
queda inutilizada al norte de Chile
y el viaje seguirá a pie, incluyendo
una barcaza para cruzar el Amazonas.
Un resultado material del viaje del
Che es Diario de
motocicleta, las notas escritas
de una experiencia de ocho meses y
en las que se siente profundamente
marcado por la situación social
vivida sobre el terreno. Ya no se
considera el mismo de antes y va a
evolucionar de aventurero a
revolucionario aunque su credo
político nunca apaga su sed de
aventura. Como todos los
revolucionarios del nuevo
continente, abraza un ferviente
panamericanismo y adopta un lenguaje
de barricada y violencia redentora.
De ahí que en los años inmediatos,
el Che vea con simpatía el
experimento revolucionario de Víctor
Paz Estensoro en Bolivia, resida en
la Guatemala de Jacobo Arbenz y se
implique con las armas contra el
régimen cubano de Batista desde las
alturas de Sierra Maestra.
Anteriormente a este viaje por
Sudamérica, y con tan sólo 19 años,
el Che había
recorrido 4000 km en bicicleta a
través de Argentina. Se va forjando
así un carácter en el que la
voluntad lo es todo, en el que “si
quieres, puedes”, se eleva a la
categoría de dogma. Si a esto
añadimos una cierta simpatía
personal, no incompatible con
brusquedades de carácter, y una
sensibilidad que sintoniza
fácilmente con quien se encuentra en
su camino, tendremos el prototipo de
un hombre con carisma, alguien al
que se ve con agrado, pues se le
identifica como “uno de los
nuestros”.
Presentan, en cambio,
otro cariz los recorridos en
bicicleta por Francia de Thomas
Edward Lawrence a lo largo de los
veranos de 1907, 1908 y 1910. Tiene
aproximadamente la misma edad del
Guevara del periplo sudamericano
pero hay una diferencia: el Che
busca encontrarse con la gente y
convivir con ella. Llega a esa
especie de sublimación de la
camaradería que supone la práctica
en común de un deporte. Guevara es
el aventurero que queda atrapado por
el entorno social y traza sueños
para redimirlo personalmente.
Lawrence, por el contrario, pasa de
puntillas por el presente. Mientras
sus compañeros de estudios en Oxford
juegan al rugby, él se interesa por
actividades arqueológicas en la zona
y en concreto, por el pasado
medieval. Sus recorridos son casi
siempre en solitario. Viaja desde el
canal de La Mancha hasta Carcasonne,
y para él el presente tiene a menudo
la odiosa forma de los perros que le
acosan en las carreteras o de los
hoteles de precios abusivos y pésimo
servicio. El inglés busca huellas
del pasado: los castillos de los
cruzados y su entorno de iglesias
románicas y góticas. Archiva todo en
su cámara fotográfica y si es
preciso, deja correr las horas para
atrapar la mejor de las panorámicas.
Aparentemente Lawrence busca
material para su tesis doctoral pero
no es menos cierto que en la
biblioteca de Oxford ha encontrado y
encontrará la más precisa y
abundante información. En realidad,
los castillos de los cruzados son un
pretexto para dejar volar sus ansias
de Mediterráneo y Oriente. Su
interés no es el de un anticuario
sino el de alguien que, dotado de
una aguda capacidad de observación
visual, busca en la arqueología una
fuente de nuevos hechos. Lawrence se
deja fascinar por las fortalezas
medievales, lo mismo si están en
ruinas que si han sido reconstruidas
por la imaginación romántica del
arquitecto Viollet Le Duc. Los
castillos franceses sólo son un paso
previo para el encuentro posterior
con los castillos de Siria y el
Líbano. El tour de Francia
de Lawrence tiene más de ejercicio
de introspección personal que de
investigación arqueológica. Es un
aliciente para futuras expectativas.
No es extraño que Lawrence se bañe
en el Mediterráneo con la idéntica
satisfacción de un descubridor que
avista nuevas tierras o que eche a
volar su imaginación en Aigües
Mortes, el lugar desde donde san
Luis, rey de Francia, embarcó para
sus dos cruzadas. Es significativo
que al regreso del principal de sus
viajes, en octubre de 1908 Lawrence
tome prestado de la biblioteca de
Oxford un libro de Charles.M.
Doughty, Travels in Arabia
Deserta, libro editado veinte
años atrás y prácticamente agotado.
Será por aquellos años una especie
de libro de cabecera y Lawrence
deseará conocer personalmente a su
autor, si bien Doughty no pasa de
ser un simple observador de gentes y
paisajes. Viaja desde Damasco hasta
Yeddah pero es un simple caminante
ilustrado. A diferencia de Lawrence,
carece de sueños y, en consecuencia,
de proyectos.
Dos aventureros regresan
un día a Inglaterra y Argentina
respectivamente. Han alimentado sus
sueños como nunca lo habían hecho
antes. Oxford y Buenos Aires les
resultan todavía más estrechos que
cuando salieron. Ni pueden ni
quieren ser los mismos de antes.
Apenas tendrán ocasión de ejercer
sus estudios de arqueología y
medicina. Dar el salto hacia otra
forma de vida es cuestión de tiempo.
La I Guerra Mundial y la revolución
cubana son el acicate definitivo.
Revueltas y
revoluciones
¿Cuáles son los
objetivos inmediatos de Lawrence y
el Che? Son de carácter
militar pero puestos al servicio de
fines políticos, aunque éstos no
tengan unos perfiles netamente
definidos: será la acción victoriosa
lo que contribuya a darles su forma
definitiva. Mas el problema de estos
dos hombres radica en que son unos
protagonistas que a veces olvidan
que no están solos, que en su propio
bando pueden surgir las
discrepancias que contribuyan a
malograr todos sus esfuerzos.
Lawrence pretende desencadenar una
revuelta de los árabes contra los
turcos, Guevara abandera una
revolución que va más allá de la
cubana y pretende difundirse por
toda Latinoamérica y el Tercer Mundo
en su conjunto. Su entusiasmo
recuerda al de Trotski en sus tesis
de “la revolución permanente”, tesis
siempre combatidas por quienes
prefieren consolidar las posiciones
conquistadas y temen los riesgos de
los frentes dispersos y la
multiplicidad de objetivos. Según
testimonios de Régis Debray, el
Che en Bolivia disponía , entre
otros libros, de Mi vida de
Trostki, un detalle más de que las
simpatías de Guevara se habían
radicalmente distanciado de lo que
llamaba “socialismo burocrático
autoritario”. Era comprensible,
sobre todo, desde que Jruschov había
decepcionado a los dirigentes
cubanos al retirar los misiles de
Cuba durante la crisis de 1962. El
Che cree en unos fines
políticos a largo plazo pero se
preocupa menos sobre si las
condiciones del terreno son
favorables. De hecho, piensan que lo
son o que llegarán serlo, en cuanto
se consolide un foco revolucionario
que, a su vez, ayudará a establecer
otros. En una revuelta, como la
impulsada por Lawrence, puede haber
componentes para la aventura, pero
primar en una revolución, aunque sea
inconscientemente, el factor de la
aventura puede comprometer el
resultado final, pese a que Marcuse,
otro heterodoxo de los años 60 y
admirador del Che, considera
que la revolución ha de contener un
poco de aventura. En la mente de
Guevara pesan los ejemplos
victoriosos de las acciones
guerrilleras en China, Indochina,
Argelia y la propia Cuba, pero no es
suficiente con calificar a los Andes
de “Sierra Maestra de Sudamérica” o
proclamar que “hay que crear uno,
dos, tres Vietnam”. El resultado es
un voluntarismo que imagina metas
por encima de sus posibilidades
reales. Guevara cree en la
revolución del Tercer Mundo y en una
revolución panamericana pero no
parece conocer a fondo las
especificidades de los escenarios
del Congo y Bolivia en los que se
desenvuelve entre 1965 y 1967.
Piensa en “cubanizar” el Congo pero
en su Diario de Africa se ve
obligado a reconocer que no ha
funcionado el método de mezclar a
unos combatientes organizados con
otros que no lo están. Llevar al
Congo militares cubanos negros sirve
quizás como recurso propagandístico
–los nietos de los esclavos vuelven
ahora a liberar Africa- pero esos
cubanos no son africanos pese al
color de su piel. Recordemos que
tampoco lo eran los antiguos
esclavos norteamericanos que
fundaron Liberia en 1847. En el
Congo no hay, en consecuencia, una
revolución sino otra revuelta más en
el territorio fronterizo entre
Ruanda y Burundi.
Lawrence sabe que la revuelta árabe
es un mero factor instrumental en la
geopolítica británica para Oriente
Medio pero concibe un reino de
Arabia que abarque desde las arenas
del sur de la península arábiga
hasta Damasco, eso sí bajo la
influencia británica, bajo la
atractiva forma de Dominio del
Imperio. Veremos incluso a Lawrence
tratando de asegurar el futuro en la
zona y para ello favorece, en el
marco de la conferencia de Versalles,
los contactos entre el sionista
Chaim Weizmann y Feisal, el
frustrado rey de Siria que terminará
por reinar en un Irak bajo mandato
británico. De entre los cuatro hijos
del Jerife de La Meca, Hussein, el
inglés ha elegido personalmente a
Feisal y ha alimentado sus
aspiraciones de reinar en Damasco,
convirtiéndose en una especie de
Kingsmaker, a semejanza de Lord
Warwick en la Guerra de las Dos
Rosas. Sin embargo, las promesas de
Lawrence chocarán con lo dispuesto
en el acuerdo secreto
franco-británico Sykes- Picot (1916)
que reserva para Francia la posesión
de Siria y el Líbano. Lawrence ha
valorado en exceso el hecho de que
Feisal pertenezca a la familia de
los hachemitas, descendientes
directos del Profeta y custodios de
los lugares santos del Islam, pero
no ha tenido en cuenta – seguramente
no tenía otra alternativa mejor que
desde hace siglos Arabia ha dejado
de ser el punto de gravedad, al
menos en lo político, del mundo
árabe y musulmán. Entre las tribus
del Hedjaz no cabe buscar una
conciencia de nación árabe. El
balbuciente nacionalismo árabe de
principios del siglo XX, muy
influenciado por los nacionalismos
europeos del XIX, se encuentra
asentado más al norte, en tierras
sirias. No es casualidad que en el
período de entreguerras apareciera
en Damasco, fundado por el cristiano
Michel Aflaq, el partido Baas,
un movimiento nacionalista árabe y
laico, que todavía hoy gobierna en
Siria y que estuvo en el poder en
Irak con Saddam Hussein. Acaso Gran
Bretaña habría tenido que apoyarse
en los nacionalistas árabes sirios
para combatir a los turcos si los
aliados hubieran desembarcado en
1915 en Alexandretta, confín de los
mundos árabe y turco, en vez de
hacerlo en Gallipoli con resultados
desastrosos. Los frustrados intentos
de penetración aliada en Mesopotamia
y el Sinaí aconsejaron la opción de
la revuelta en la península arábiga.
Pero Lawrence quiere ir más allá de
la revuelta: sus planes son toda una
revolución en el mapa del Oriente
Medio. Fracasan finalmente no sólo
por la política de entente
cordiale entre Londres y París;
fracasan quizás porque Gran Bretaña
no quiere crear un peligroso
precedente con la India, presa por
entonces de la agitación
independentista. Una amplia
autonomía de un Estado árabe dentro
del Imperio no podía convenir en
esos momentos a los intereses
británicos.
La astucia y la temeridad
. Thomas Edward Lawrence,
estudiante en Oxford y traductor de
La Odisea, es un buen
conocedor de la Antigüedad clásica.
No ignora los ejemplos históricos de
quienes tuvieron que recurrir a la
astucia y evitar la lucha en campo
abierto ante la inferioridad de
condiciones en la guerra como es el
caso de Quinto Fabio Máximo contra
Aníbal o Belisario contra los
ostrogodos. Ha leído además a
Clausewitz y comparte sin duda, sus
reflexiones sobre la astucia: “En
una situación de debilidad e
insignificancia, cuando la
prudencia, el buen juicio y la
capacidad ya no bastan, puede verse
en la astucia la única esperanza.
Cuando la situación es muy negra,
cuando todo se concentra en un único
intento desesperado, es cuando más
fácilmente se combina la astucia con
la osadía” (De la guerra,
libro III, cap. X). Gallipolli y las
trincheras europeas han demostrado
la inutilidad de ataques contra
posiciones bien consolidadas. Atacar
Medina, pese a su valiosa condición
de lugar sagrado islámico,
implicaría numerosas pérdidas para
los árabes. Es mejor hostigar
incesantemente a los turcos atacando
el ferrocarril del Hedjaz y perderse
de inmediato en el desierto. Es
preferible tomar Aqaba por tierra,
pues su artillería apunta al mar
Rojo. Además Aqaba abre a los árabes
de Feisal el camino de Palestina y
Siria, es decir de Damasco. Tampoco
importa que se pierdan en un
contraataque turco posiciones
duramente ganadas como Tafilet. Lo
esencial es que Feisal entre el
primero en Damasco. A Lawrence no le
falta ni astucia ni determinación
pero su proyecto político fracasa
porque es enteramente personal y no
se ajusta a las previsiones del
Foreign Office.
El Che conoce los
usos de la astucia pero su conducta
raya en la temeridad. El que haya
sido un excelente jugador de ajedrez
no le ha convertido al racionalismo.
Guevara define al guerrillero como
“un general de sí mismo”. Bien
podría suscribir la consigna de
Lazare Carnot, organizador de los
ejércitos de la Convención allá por
1794: “ Nada de maniobras ni de
artes militares, solamente fuego,
acero y patriotismo”. Se abrió así
el camino para una concepción de la
guerra basada en la aniquilación
total del enemigo, algo
radicalmente opuesto al espíritu
racionalista de los ejércitos
profesionales europeos del siglo
XVIII. Se percibe así un vínculo
entre las guerras de la República
francesa de 1792 y las guerras
revolucionarias del siglo XX. Su
escatología terrenal les da un
carácter de guerras santas y
sus impulsores terminan por creer
más en la santidad de la guerra que
en la santidad de los tratados. La
idea de “guerra justa” ha pasado
definitivamente al desván de la
moral judeocristiana. Tampoco es
extraño que Guevara minusvalore el
papel de los ejércitos regulares.
No parece haber leído a Clausewitz
aunque sí lo hicieran sus admirados
Marx, Engels y Lenin. Y es que el
estratega alemán pone en duda la fe
exagerada en las insurrecciones
populares y arremete contra el mito
forjado en las contiendas
napoleónicas de que la insurgencia
es una fuerza inagotable e
inquebrantable capaz de hacer frente
a cualquier ejército. Como militar
profesional, Clausewitz rechaza
todas esas soflamas patrióticas en
las que se proclama la
invencibilidad de los campesinos
alzados en armas (De la Guerra,
libro VI, cap. 26). Guevara, por el
contrario, inicia su aventura en
Bolivia a partir de una idealización
del campesinado. Considera al
guerrillero como “un revolucionario
agrario” y piensa que los deseos de
ser propietarios de tierras son los
mejores estímulos para las
insurrecciones campesinas en
cualquier parte del continente
americano. La fe ciega en una idea,
en una estrategia social y política
que pretende construir un “hombre
nuevo”, desemboca en errores
tácticos que llevan a la muerte del
líder revolucionario que, sin
embargo, confía hasta el último
momento en ganar batallas después de
muerto. El Che pasa así a
formar parte del panteón de los
héroes revolucionarios de América en
los siglos XIX y XX
¿Son paralelas las vidas de Lawrence
y el Che? Lo que les une no
son unas estrategias militares que
fueron forzadas por la necesidad.
Les une su condición de querer
singularizarse, su pasión por la
autenticidad y el autoconvencimiento
de que tenían una más completa
visión del futuro que la mayoría de
los que les rodeaban. También les
une ser conscientes de que eran un
mito en vida pero apenas hicieron
nada por salir de esa mitomanía. Se
encontraban a gusto en ella. Es
sabido que la mitomanía termina por
desplazar a los hombres del ámbito
de la historia al de la literatura.
Lawrence y el Che coinciden
en haber leído novelas de Joseph
Conrad. ¿Se identificarían con sus
héroes solitarios y atormentados
como Lord Jim, paradigma del
sacrificio de la propia vida que se
entremezcla con la autosatisfacción?
BIBIOGRAFIA RECOMENDADA
BROWN, M. & CAVE, J.: A Touch Of
Genius: The Life of T.E. Lawrence,
JM Dent 1988
KNIGHTLEY, P.; SIMPSON, C.: The
secret lives of Lawrence of Arabia,
McGraw-Hill, 1970
NUTTING, A.: Lawrence of Arabia:
the man and the motive, Hollis
&Carter, 1961
WILSON, J.: Lawrence of Arabia,
the Authorised Biografy,
N.Helari Ltd, 1989
ALMEYRA, G.; SANTARELLI, E.: Che
Guevara, México, La Jornada,
1997
CORMIER, J.: La vida del Che,
Buenos Aires, Sudamericana, 1997
GAMBINI H.: El Che Guevara,
Planeta, Buenos Aires, 1996
SANDISON, D. Che Guevara,
Ediciones B, Barcelona 1997