por
Antonio
R. Rubio Plo
Profesor de
Relaciones
Internacionales,
Centro
Universitario
Villanueva
(Universidad
Complutense).
Joseph Roth,
aquel gran
escritor
centroeuropeo
reducido por
los tratados
de paz de la
I Guerra
Mundial a la
triste
condición de
apátrida,
siempre fue
consciente
de una
realidad,
que algunos
aun se
empeñan en
negar: la
cultura
europea es
mucho más
antigua que
las naciones
europeas.
Roth citaba,
entre los
diversos
hitos de esa
cultura, a
Grecia,
Roma,
Israel, la
Cristiandad
o al
Renacimiento,
pero
también, por
ejemplo, a
la poesía
eslava. Es
algo que
solemos
perder de
vista en
nuestra
todavía
persistente
concepción
“eurooccidental”
del Viejo
Continente.
Terminó el
secuestro de
Europa, que
denunciaba
Milan
Kundera hace
una veintena
de años,
cuando
Praga,
Budapest o
Varsovia
vivían
arrumbadas
por un
sistema
político y
social que
se había
instalado en
la isla de
la utopía.
Sin embargo,
el
continente
reunificado
se enfrenta
hoy a nuevas
incertidumbres,
que van más
allá del
presupuesto
y de los
fondos
comunitarios.
¿Qué será la
Europa del
siglo XXI?
¿La Europa
de los
ciudadanos
europeos y
de todas las
tradiciones
culturales
que la han
configurado,
o una
Europa,
instrumento
de unos
pocos
Estados, que
tiene sueños
de
“potencia” y
hace suyo el
concepto de
equilibrio
en un mundo
multipolar?
Esta última
Europa nos
habla
también de
valores de
paz,
democracia y
justicia,
pero se
expone, por
ejemplo, a
la
contradicción
de preferir
el
equilibrio
en las
relaciones
internacionales
a la defensa
a ultranza
de esos
mismos
valores,
acaso por el
temor a ser
tachada con
el infamante
reproche de
“eurocentrismo”.
Pero lo que
sería
patético que
Europa es
que quisiera
asumir a
estas
alturas el
papel de la
matrona
republicana
francesa,
esa
Marianne
bicentenaria
que tantas
imitaciones
ha tenido
fuera de
Francia, y
que aparece
en
La libertad
guiando al
pueblo
de Delacroix.
Habría, no
obstante,
una
diferencia:
esta nueva
imagen de
Marianne
no
conduciría a
burgueses y
obreros
parisinos de
1830 sino
que acaso
pretendería
atraer a
dirigentes
políticos de
Asia, África
o
Latinoamérica,
elegidos eso
sí limpia y
plebiscitariamente
en un
sistema de “democratura”.
En el
horizonte
del
imaginario
lienzo no se
vislumbraría
al enemigo,
pero, por
exclusión,
éste no
podría ser
otro que los
anglosajones,
resucitando
así, del
mismo modo
en que
monsieur
Jourdain
hablaba en
prosa sin
saberlo, la
centenaria
teoría
geopolítica
de Halford
J. Mackinder
en la que
las
potencias
continentales
se oponían a
las
marítimas
por el
dominio del
mundo. No
cabe duda de
que la
Europa del
“pensamiento
débil” se
sentiría muy
a gusto
formando
parte del
séquito de
la nueva e
imaginada
versión de
la obra de
Delacroix.
La Europa
“antieurocéntrica”
sería
terreno
abonado para
la
deconstrucción
predicada
por los
filósofos
posmodernos:
un apropiado
escenario
para esas
vacías y
efectistas
performances
que tanto
abundan en
la cultura y
en la
política. Se
nos
permitirá
dudar que
esa Europa
sea la de la
solidaridad,
entre otras
cosas porque
si se quiere
edificar una
Europa
solidaria,
la primera
de las
solidaridades
ha de ser
con los
propios
habitantes
de la casa
europea,
sobre todo
en el centro
y el este
del
continente.
Además esa
visión de
Europa
favorece una
fractura
continental,
pues son
muchos los
países que
no la
asumirían.
Quizás
alguien crea
que esto no
deja de ser
una burda
exageración,
mas lo
cierto es
que algunos
filósofos
europeos,
como Jacques
Derrida y
Jürgen
Habermas,
saludaron
las
manifestaciones
en Europa
contra la
guerra de
Irak como el
testimonio
del
“nacimiento
de una
nación”.
He aquí de
nuevo la
teoría de
los viejos
nacionalismos:
Europa se
construye
frente a
algo. Mas si
Europa
presume de
ser la cuna
de la razón,
¿por qué se
deja
arrastrar
por
sentimientos
crispados,
que no se
habían visto
en las
calles
europeas
desde la
época de la
guerra fría?
Se diría que
el rapto de
Europa, al
que se
refería hace
medio siglo
Luis Díez
del Corral,
sigue
vigente.
Rapto es,
entre otras
acepciones,
un sinónimo
de locura,
sobre todo
si el Viejo
Continente
considera
ajenas a sí
mismo, y
hasta
rivales, a
las diversas
Europas
ultramarinas.
El resultado
sólo puede
ser una
Europa
autárquica
en muchas
dimensiones
de la vida,
cada vez más
ensimismada,
y con el
peligro de
reducir cada
vez más su
papel en los
asuntos
mundiales,
aunque
teóricamente
aspire a lo
contrario
con esa
imagen
artificial
de
continente
ONG
que le dan
sus
patrocinadores.
Tendremos
que insistir
en que el
espacio –y
la idea- de
Europa no
puede
reducirse a
los límites
marcados por
las tierras
del antiguo
Imperio
carolingio,
al París del
siglo XIX y
quizás de
mediados del
siglo XX, o
al
laboratorio
social e
ideológico
de una
constelación
de filósofos
alemanes.
¿No es esa
Europa la
que subyace
en
Le réquin et
la mouette,
el más
reciente
ensayo de
Dominique de
Villepin?
En este tipo
de ensayos,
que abogan
por la
reconciliación
de los
contrarios,
nunca se
sabe
exactamente
dónde
empieza o
termina la
distinción
entre
Francia y
Europa. El
autor nos
habla de
paz,
justicia y
concordia,
sin embargo,
su discurso
poético y
político
adquiere
tintes de
mesianismo
al proclamar
su creencia
en “la
eternidad
del hombre
nacido una
tarde de
1789”.
Habría qué
preguntarse
por qué la
palabra
“destino”
aflora con
relativa
facilidad de
los escritos
de Villepin.
Destino
implica una
profesión de
fe, lo que
no deja de
ser una
paradoja
para el país
que vio
nacer a
Descartes.
El problema
es que esta
fe puede
llegar a
prescindir
de otras
Europas,
tanto en el
tiempo como
en el
espacio,
pues la
conciencia
cultural
europea es
mucho más
amplia y,
por
supuesto,
milenaria.
En ella se
inscribe la
tradición de
la poesía
eslava
señalada por
Joseph Roth.
Sin embargo,
hay quien
sigue
viendo, más
allá de la
Viena donde
Metternich
situaba el
final del
continente,
el
estereotipo
de una
sociedad
melancólica,
aletargada
por los
largos
inviernos y
el humo del
incienso y
de las velas
que rodea a
los iconos.
Serían
además
tierras
abonadas
para
nacionalismos
y
populismos,
para añejos
discursos
paneslavos
que no
añorarían a
Europa sino
más bien a
los
invasores
procedentes
de las
estepas
euroasiáticas.
En
consecuencia,
poco tendría
que aportar
esa Europa a
la otra
mitad del
continente.
Su papel
debería
reducirse al
silencio y
al
mimetismo.
Esa sería su
única forma
de ser “más
Europa”.
Pero de esta
manera, ¿no
se reduce la
idea de
Europa a una
“gran
ilusión”,
que sería
más bien una
gran
desilusión
para los
europeos
recién
llegados? Lo
único que
vincularía a
los países
europeos
serían los
intereses,
no
necesariamente
coincidentes,
¿dónde
quedan
entonces los
tan
cacareados
valores?
Según el
profesor
ucraniano
Yaroslav
Hrystak, la
discusión en
torno a los
valores
europeos se
transforma
muchas veces
en una
pantalla
para
disfrazar
los
intereses.
¿Cómo no
recordar una
anécdota de
Bismarck,
recogida por
el
historiador
británico E.
H. Carr?
Siendo
embajador en
París, el
futuro
canciller
alemán
recibió una
confidencia
del conde
Walewski,
ministro de
Asuntos
Exteriores
de Napoleón
III, en el
sentido de
que una
habilidad
del
diplomático
era
disimular
los
intereses de
su país con
el lenguaje
de la
justicia
universal.
Sin embargo,
Europa
renuncia a
ser ella
misma si
olvida su
conciencia
cultural. La
poesía, y
por
extensión la
cultura
eslava,
forma parte
de esa
conciencia,
y ninguna es
ajena, por
cierto, a
las raíces
culturales
que han
marcado la
génesis de
nuestra
Europa
occidental.
De ahí que
la lectura y
difusión de
escritores y
filósofos de
la otra
mitad de
Europa,
eslavos o
no, sea un
ejercicio
provechoso y
estimulante
para quienes
vivimos en
la parte
occidental.
En muchos
casos, será
una
invitación
para
encontrarse
con la
prudencia y
otros
exponentes
del sentido
común.
Quienes han
sido
castigados
por una
Historia
–con
mayúsculas-
que ha
intentado
borrar su
historia,
tienen mucho
que decir a
quienes
pretenden
asentarse en
el presente
autárquico
de nuestras
sociedades
posmodernas.
Quizás sus
palabras no
despierten
–ni tampoco
inquieten- a
tantas
personas que
sólo viven
por y para
el presente.
La reacción
natural de
algunos será
tacharles de
“profetas de
calamidades”,
pues las
sociedades
europeas,
cada vez más
privadas de
perspectiva,
no demandan
profetas
sino
dispensadores
urgentes de
las
mercancías
que precisan
en cada
momento,
pues repiten
de continuo,
con sus
palabras u
obras, una
interpretación
tosca de
aquel
epígrafe de
la autonomía
de la
voluntad que
tantos
universitarios
han
aprendido en
las páginas
del manual
correspondiente
de Derecho
civil. Si
estuvieran
complacidos
con algún
filósofo,
éste sería
el profesor
Pangloss, el
personaje de
Voltaire que
afirmaba que
todo irá
bien, que
vivimos en
el mejor de
los mundos
posibles.
Esto es
evidente,
pues tal y
como ha
señalado
Zaki Laïdi
en
Le sacré du
présent,
la
racionalidad
de las
acciones del
“hombre-presente”
no está
subordinada
a una
finalidad, o
si se quiere
a un
proyecto,
sino que los
fines están
dentro de
nosotros
mismos.
La Edad de
Oro no
pertenece al
pasado, ni
mucho menos
al futuro.
Se podría
decir de
ella, como
el reino de
Dios
anunciado en
el
evangelio,
que está en
medio de
nosotros.
Con todo, no
podemos
dejarnos
llevar por
el
pesimismo:
las
reflexiones
que se
exponen a
continuación,
extraídas de
autores
polacos,
pueden ser
siempre
pequeñas
semillas que
remuevan
inquietudes
en otros - e
incluso en
nosotros
mismos- y
los aparte
de la
urgencia, o
a lo peor
del vértigo,
para
invitarles a
recapacitar.
A veces se
puede tener
la sensación
de que las
voces
polacas son
semejantes a
Casandras, a
profetas que
pocos
quieren
escuchar.
Hace unos
meses, un
escritor
español de
pluma
barroca y
simpatías
arabescas,
se permitía
calificar a
Polonia, por
su actitud
ante el
proyecto de
Constitución
europea, de
“eterna
llorona de
la
Historia”.
Una visión
simplista
que presenta
a una
Polonia
egoísta,
ávida de
poder, y lo
que es peor,
sin un
sentido de
Europa.
Habría que
preguntar a
ciertos
“europeístas”:
¿qué clase
de Europa
defendéis?
El auténtico
europeísta
defendería
la Europa de
la
Declaración
Schuman,
apoyada
también por
Adenauer y
De Gasperi,
pues en ella
se hablaba
de “una
solidaridad
de hecho”;
defendería
la Europa de
Monnet en
las que los
países
medianos y
pequeños
juegan un
papel que
nunca
hubieran
desempeñado
con el
sistema de
equilibrio
que se
impuso tras
la paz de
Westfalia.
Wislawa
Szymborska,
Premio Nobel
de
Literatura
en 1996, ha
dedicado uno
de sus
famosos
poemas a
Casandra.
“Mi cabeza
está llena
de dudas”
dice la hija
del rey de
Troya.
Muchos
intelectuales
polacos
habrían
podido decir
lo mismo en
tantos
momentos de
la historia
europea.
Para ejercer
bien la
duda, hace
falta hacer
uso de la
razón. La
duda
razonable
nada tiene
que ver con
la
indecisión,
más propia
de la
inmadurez.
No significa
tampoco la
desconfianza,
ni el recelo
sistemático
hacia los
otros. Puede
significar
poner en
cuestión lo
que se da
generalmente
como válido
y excelente,
como
“verdad”
común
establecida.
Tiene mucho,
en
definitiva,
de búsqueda
de la
verdad, tan
arrinconada
por el
relativismo
de la
filosofía
pragmática o
por el de
las teorías
de Marx y
Nietzsche,
coincidentes
en el
objetivo de
la búsqueda
de poder.
Dudar
razonablemente
significa
ser crítico,
también con
uno mismo,
pues es
mucho más
fácil ser
hipercrítico,
ser el
espíritu que
siempre dice
“no” como en
el
Fausto
de Goethe.
La duda
razonable
puede salir
a la
superficie
en forma de
advertencia,
por no decir
de
“profecía”.
Mas no
olvidemos
que Casandra
es una
criatura de
la
fatalidad.
Sus palabras
pertenecen a
la corriente
impetuosa
del
determinismo
histórico,
en el que no
hay lugar
para la
libertad
humana, en
el que el
ser humano
no puede
escapar a su
inexorable
destino. No
hay marcha
atrás que
evite la
destrucción
de Troya,
como bien
supo
expresar el
dramaturgo
Jean
Giraudoux,
ya que los
troyanos
“han
insultado al
destino”.
Nada se
puede hacer
frente al
destino, si
acaso tratar
de engañarlo
por un
tiempo, como
hace Ulises.
Sin embargo,
no se puede
ejercer el
papel de
Casandra si
se lucha por
la libertad
y la
dignidad
humanas, tal
y como nos
demuestra la
historia de
Polonia.
Tienen más
de Casandra
los
relativistas
antes
citados,
pues creen
ante todo en
el destino,
en el
cumplimiento
inexorable
de sus
teorías que
en la
libertad
humana, por
mucho que
sus dogmas
afirmen que
han venido a
otorgar a
los hombres
la libertad.
Esos dogmas
relativistas
prohíben al
final
hacerse
preguntas,
en
definitiva,
ser
críticos, lo
que es una
paradoja
para quienes
lanzaron al
mundo sus
teorías
desde una
postura
crítica.
Wislawa
Szymborska
no es la
Casandra de
su poema
porque, tal
y como
señalaba en
su discurso
de
aceptación
del Premio
Nobel,
valora en
gran manera
dos
sencillas
palabras: “no
sé”.
Ambas
representan
un espíritu
inquieto y
no una
sumisión al
destino, una
búsqueda
constante,
en la que
nada se
puede dar
por
establecido.
Esto no es
relativismo,
pues los
relativistas
suelen
despreciar
el afán de
saber.
Szymborska
pone el
ejemplo de
los
“verdugos,
dictadores,
fanáticos y
demagogos
que luchan
por el poder
con ayuda de
un par de
consignas
gritadas en
tono muy
alto”.
La escritora
afirma que
ellos
también
saben, pero
lo que saben
una sola vez
les basta
para
siempre.
Saber más
únicamente
serviría
para
debilitar
sus
argumentos.
Este es un
ejemplo,
entre otros
muchos, del
buen sentido
de
Szymborska.
Hay que
apreciar su
defensa del
“no sé”,
porque nos
lleva a
hacernos
preguntas, a
expresar
nuestras
dudas
razonables,
a gritar al
“hombre-presente”
de nuestras
sociedades
europeas que
el tiempo
sigue
fluyendo
linealmente
y hay que
darle una
perspectiva,
una
finalidad, o
lo que es lo
mismo, un
proyecto.
Sin ser
Casandras,
Polonia ha
tenido sus
profetas
que, no por
casualidad,
han
cultivado la
poesía, como
Adam
Mickiewicz,
cuya prosa
está también
llena de
coloristas y
sugestivas
imágenes que
no pueden
ocultar la
fuerza de
las
convicciones
de este gran
romántico,
uno de los
más
destacados
escritores
eslavos. Hoy
cualquier
escéptico,
aunque no de
sus
pensamientos
sino de los
ajenos, de
nuestra
Europa
occidental,
miraría con
recelo a un
polaco que
nos habla de
la nación.
Pero hablar
de los
derechos de
la nación,
como hace
Mickiewicz,
no significa
ser un
nacionalista
xenófobo y
cultivador
de mitos
falsos.
Antes bien,
este autor
ha
desempeñado,
como otros
polacos, el
papel de
conciencia
de Europa,
una
conciencia
en la que
ética y
cultura van
unidas.
Mickiewicz
advertía a
las
potencias
europeas del
XIX, a
Francia y
Gran
Bretaña, que
no se
dejaran
infectar por
“la
adoración de
Baal, Moloc
y el
equilibrio”.
En nombre
del progreso
representado
por la
revolución
industrial,
se
realizaban
sacrificios
humanos, y
en nombre
del
equilibrio,
se
sacrificaba
a las
naciones
medianas y
pequeñas, y
algunas
vieron
desaparecer
su Estado,
como fue el
caso de
Polonia,
sometida a
tres
arbitrarios
repartos por
parte de
Austria,
Rusia y
Prusia
durante el
siglo XVIII.
Para el
principio
del
equilibrio,
la justicia
sólo
representaba
la mayor o
menor
asimetría en
un reparto
territorial.
Todavía hoy,
un político
polaco, el
presidente
Aleksander
Kwasniewski
nos previene
contra la
tentación de
volver a
políticas de
equilibrio
en Europa.
El término
“equilibrio”
no aparece
en los
discursos
oficiales de
algunos
mandatarios,
pero se
vislumbra en
las
divergencias
sobre el
poder de
decisión del
Consejo en
la
Constitución
Europea o en
la fractura
de las
relaciones
transatlánticas,
tras la
crisis de
Irak.
Kwasniewski
recordaba
recientemente
que la
política de
egoísmos
nacionales y
la búsqueda
de un
equilibrio
inestable
entre los
Estados más
fuertes
llevaron a
Europa al
desenlace
trágico de
1939.
El problema
de estas
percepciones
polacas es
que no las
escuchen
quienes
están
enfrascados
en la
dinámica de
los números,
por ejemplo,
en la
asignación
de los
fondos
comunitarios
para el
período
2007-2013.
Que cada
cual
desempeñe su
función, mas
la Unión
Europea no
sólo es de
interés para
los
economistas
o los
administradores,
ni siquiera
para
políticos
que persigan
fines
inmediatos y
coyunturales.
Interesa, y
mucho, a las
gentes de la
cultura, a
quienes
reflexionan
sobre qué ha
de ser
Europa, y,
forzoso es
reconocerlo,
a los
estudiosos
de la
Geopolítica,
pese a que
la
Declaración
Schuman nos
pudo a
llevar a
pensar que
esta especie
de analistas
se había
extinguido
en Europa
Occidental.
El
recientemente
desaparecido
Czeslaw
Milosz,
Premio Nobel
de
Literatura
en 1980, fue
calificado
de
“conciencia
moral de
Europa”,
sobre todo,
después de
la aparición
de
El
pensamiento
cautivo
(1953),
demoledora
exposición
sobre la
actitud de
los
intelectuales
que habían
renunciado a
su espíritu
crítico para
acogerse a
las
prebendas de
los
regímenes
estalinistas.
Tampoco era
una Casandra
porque en su
Abecedario
se calificó
a sí mismo
como amigo
de la razón.
Antes de la
guerra, era
muy fácil
echarle la
culpa al
sistema,
pensar que
el fin del
capitalismo
–o ahora
quizás el
fin del
comunismo-
nos situaría
en el mejor
de los
mundos. En
esa época, y
precisamente
por ser
“amigo de la
razón”,
Milosz
soñaba con
transformar
la realidad
polaca. Sin
embargo, el
comunismo,
hijo del
racionalista
Marx, se
reveló como
un peligroso
adversario
de la ra