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Por
JOSÉ ORLANDIS
en
HISTORIA DE LA IGLESIA.
Iniciación teológica.
Ediciones Rialp, 2001
QUINTA PARTE: LA IGLESIA
EN LA EDAD CONTEMPORÁNEA
Capítulo I
La era revolucionaria,
abierta en 1789,
conmovió los fundamentos
políticos y religiosos
de Europa. La Revolución
francesa, en sus
momentos álgidos, trató
de eliminar toda huella
cristiana de la vida
social. Dos papas fueron
prisioneros de los
gobiernos
revolucionarios.
Napoleón, restaurador de
la Iglesia en Francia,
asumió también la
herencia del
Galicanismo. La
Restauración pretendió
un retorno al Antiguo
Régimen. Muchos
católicos, impresionados
por la experiencia
sufrida, propugnaron una
nueva «alianza entre el
Trono y el Altar».
1. Durante el cuarto de
siglo comprendido entre
los años 1789 y 1815,
Francia estuvo en el
primer plano de la vida
delmundo. Ese período,
que corre desde la
reunión de los Estados
Generales hasta la caída
del Imperio napoleónico,
fue también
trascendental para los
destinos del
Cristianismo y la
Iglesia. Y Francia, que
había desempeñado un
papel preeminente en la
gestación de la
ideología
revolucionaria, una vez
estallada la Revolución
siguió siendo
protagonista de su
historia. Tratemos de
rehacer las líneas
fundamentales de la
época, desde el punto de
vista cristiano, que es
el que aquí interesa.
2. Es bien sabido
‑aunque suene a
paradoja‑ que la
Revolución francesa
comenzó con una solemne
procesión; la presidió
el rey Luis XVI, y los
representantes de los
tres estados, cirio en
mano, acompañaron
devotamente al Santísimo
Sacramento. Esto sucedía
el 4 de mayo de 1789,
al abrirse los
Estados Generales; pero,
a las pocas semanas, el
decorado había cambiado
radicalmente y el
proceso revolucionario
avanzaba incontenible,
tanto en el orden
político como en el
religioso. El 4 de
agosto, en una memorable
«sesión patriótica» de
la Asamblea Nacional, el
clero y la nobleza
renunciaron a sus
privilegios
tradicionales. El 10 de
octubre, a propuesta de
Talleyrand, entonces
obispo de Autun, la
Asamblea Constituyente
decretaba la
secularización de todos
los bienes
eclesiásticos. Estos
bienes acabaron pronto
en manos particulares y
constituyeron la base
económica de la nueva
burguesía francesa.
3. Desde 1790, el
proceso revolucionario
se radicalizó, adoptando
una actitud cada vez más
agresiva hacia la
Iglesia. El 13 de
febrero se decidió la
supresión de los votos
monásticos, y el 12 de
julio la Asamblea aprobó
la «Constitución civil
del clero», que
subvertía de raíz la
organización
eclesiástica. Surgía una
Iglesia galicana, al
margen de la autoridad
pontificia, de
estructura episcopalista
y presbiteriana, donde
los obispos y los
párrocos eran elegidos
por el pueblo y los
nombramientos
episcopales serían
solamente notificados a
Roma. La Asamblea exigió
a los sacerdotes
juramento de fidelidad a
la Constitución
política, dentro de la
cual estaba incluida la
mencionada «Constitución
civil». El papa Pío VI
prohibió el juramento y
excomulgó a los
sacerdotes que lo
prestaron (12‑1111791).
Un cisma se abrió así
entre curas
«juramentados» y curas
«no juramentados», que
se convirtieron
legalmente en individuos
suspectos. La Asamblea
Legislativa, que sucedió
a la Constituyente,
decretó el 27 de mayo de
1792 la deportación de
los sacerdotes «no
juramentados»; en
septiembre, la
Convención sustituyó a
la Asamblea Legislativa
y comenzaron las
matanzas de sacerdotes.
Abolida la Monarquía, se
proclamó la República y
Luis XVI fue ajusticiado
el 21 de enero de 1793.
4. Los años 1793‑1794
representaron la fase
más trágica del período
revolucionario. Bajo el
Terror, la persecución
anticatólica alcanzó su
punto álgido. Muchos
miles de víctimas
murieron en el patíbulo
y se intentó borrar de
la vida francesa toda
huella cristiana. Hasta
el calendario fue
sustituido por un
calendario
«republicano». La
entronización de la
«Diosa Razón» en la
catedral de Notre‑Dame
(10‑XI‑1793) y la
institución por
Robespierre del culto al
«Ser Supremo» fueron
otros tantos episodios
de la obra
descristianizadora, que
tuvo una de sus
expresiones en el furor
iconoclasta, que dejó
una huella ‑bien visible
todavía hoy‑ en tantas
viejas iglesias y
catedrales de Francia.
Los años siguientes
registraron alternativas
de distensión y renovada
persecución religiosa.
Ésta se recrudeció bajo
el Directorio jacobino
(1797‑1799), cuando los
franceses ocuparon Roma
y se proclamó la
República romana. El
papa Pío VI, anciano y
enfermo, fue deportado a
Siena, Florencia y,
finalmente, a Francia.
El 29 de agosto de 1799,
en la ciudadela de
Valence‑sur‑Rhóne,
falleció Pío VI a los
ochenta y un años de
edad. Algunos
revolucionarios
exaltados proclamaron a
los cuatro vientos que
había muerto el último
papa de la Iglesia.
5. El 9 de noviembre de
aquel mismo año, el
golpe de Estado del 18
Brumario elevó a
Napoleón Bonaparte a la
magistratura de primer
cónsul. Cuatro meses
después ‑el 14 de marzo
de 1800‑ el Cónclave
reunido en Venecia
elegía al cardenal
Chiaramonti como papa
Pío VII. Dos grandes
personalidades
irrumpirían así en el
escenario de la
historia, de la que
fueron principales
forjadores durante los
tres primeros lustros
del siglo XIX. Napoleón,
pragmático y realista,
era consciente del
arraigo de la fe
cristiana en el pueblo
francés, que no había
logrado destruir la
tormenta revolucionaria.
Pío VII, por su parte,
deseaba ardientemente la
normalización de la vida
de la Iglesia en
Francia. Un nuevo
Concordato sería el
instrumento adecuado
para regular las
relaciones entre el
Pontificado y la
República francesa, que
pronto se transformaría
en Imperio. El
Concordato se firmó el
17 de julio de 1801 y
una de sus consecuencias
fue la creación de un
nuevo episcopado, tras
la renuncia de los
obispos
«constitucionales» y
también de los
«legitimistas», que
habían emigrado al
extranjero. Por decisión
unilateral y sin
consultar a la Santa
Sede, Napoleón promulgó,
junto con el texto del
Concordato, los «Setenta
y siete Artículos
orgánicos», que recogían
el espíritu ‑yen
ocasiones la letra‑ de
los viejos «Artículos»
galicanos, impuestos por
Luis XIV en 1682.
6. El Concordato tuvo,
sin duda, consecuencias
favorables para la
Iglesia: permitió una
restauración de la vida
cristiana en Francia,
favorecida por la
renovación del
sentimiento religioso,
propia del primer
Romanticismo, reacción
apasionada contra el
seco racionalismo de la
Ilustración. «El genio
del Cristianismo», de
Chateaubriand (1802),
refleja fielmente un tal
estado de espíritu. El
Concordato hizo también
posible la apertura de
seminarios sostenidos
por el Estado y la
consiguiente formación
de un nuevo clero; el
criterio de Napoleón fue
en cambio muy
restrictivo con respecto
a las órdenes
religiosas. Hay que
advertir, por otra
parte, que durante la
época napoleónica tomó
cuerpo en Francia un
partido o un grupo de
opinión claramente
opuesto al Cristianismo
y a la Iglesia,
integrado por gentes de
diversa extracción:
propietarios de antiguos
bienes eclesiásticos,
funcionarios públicos,
militares profesionales,
intelectuales del
Instituto de Francia y
obreros del incipiente
proletariado urbano.
Estos sectores de
opinión de signo
anticristiano integraron
una poderosa fuerza que
se enfrentaría con la
Iglesia a lo largo de
todo el siglo XIX.
7. Llegó pronto la hora
en que Napoleón intentó
hacer de la Iglesia y
del propio Pontificado
instrumentos al servicio
de sus intereses
políticos, y entonces
tropezó con la serena,
pero resuelta,
resistencia del Papa. El
conflicto con Pío VII
surgió cuando el
emperador quiso que el
Papa se uniera al
bloqueo continental
contra Inglaterra;
decretado en noviembre
de 1806. Ante la
negativa del Pontífice,
Napoleón reaccionó con
violencia: los Estados
Pontificios fueron
anexionados y se de
claró a Roma segunda
capital del Imperio. Pío
VII, reducido a prisión,
fue deportado a Savona
(6‑VII‑1809) y, ante su
negativa a sancionar los
decretos de un
pseudoconcilio reunido
en París (1811),
Napoleón ordenó su
traslado a Francia,
donde se le asignó como
residencia el palacio de
Fontainebleau. En 1814,
Pío VII recuperó la
libertad, y el 7 de
junio de 1815 retornaba
definitivamente a Roma.
Once días más tarde ‑el
18 de junio‑ un nuevo
nombre se incorporaba a
la historia universal:
Waterloo.
8. La Restauración
pretendió el retorno de
Europa al Antiguo
Régimen y ‑si posible
fuera‑ borrar de su
historia el último
cuarto de siglo. El
Cristianismo y la
Iglesia habían sufrido
una prueba muy dura y
llevaban la marca de las
heridas causadas por
obra de la Revolución.
¿Podrá acaso sorprender
que esa Iglesia
considerara la
terminación del período
revolucionario como el
final de una pesadilla y
saludase como una
liberación la vuelta de
los «buenos viejos
tiempos»? La «alianza
del Trono y el Altar»,
fundada en la creencia
de que, apoyados el uno
en el otro, se aseguraba
su fortaleza, fue el
ideal en que soñaron
entonces muchos
católicos. Pero, por
suerte o por desgracia,
la Restauración iba a
ser efímera, y tras las
tentativas del año 1820
en España y Portugal,
Nápoles y Piamonte, a
partir de 1830, el
dinamismo de la
burguesía puso de nuevo
en marcha el proceso
revolucionario.
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CATOLICISMO Y
LIBERALISMO
Del mismo autor:
Balance del siglo XX y
acción de la Iglesia en
la Historia |