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QUÉ Y QUIÉN ES EL PAPA (Antonio Orozco Delclós)

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QUÉ Y QUIÉN ES EL PAPA

Antonio Orozco
         Arvo.net, 26.06.2011

 «… El Pontífice Romano tiene en virtud de su cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda Iglesia potestad plena, suprema y universal sobre la Iglesia, que puede siempre ejercer libremente. En cambio, el orden de los Obispos, que sucede en el magisterio y en el régimen pastoral al Colegio Apostólico, y en quien perdura continuamente el cuerpo apostólico, junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la universal Iglesia, potestad que no puede ejercitarse sino con el consentimiento del Romano Pontífice. El Señor puso tan sólo a Simón como roca y portador de las llaves de la Iglesia (Mt. 16,18-19), y le constituyó Pastor de toda su grey (cf. Jn. 21,15ss); pero el oficio que dio a Pedro de atar y desatar, consta que lo dio también al Colegio de los Apóstoles unido con su Cabeza (Mt. 18,18; 28,16-20). Este Colegio expresa la variedad y universalidad del Pueblo de Dios en cuanto está compuesto de muchos; y la unidad de la grey de Cristo, en cuanto está agrupado bajo una sola Cabeza» (Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 22

 Las palabras del Concilio Vaticano II que encabezan este artículo son claras e incluyen las principales referencias escriturísticas en las que se apoya. Aquí solo me referiré a cómo algunos santos han visto al Sucesor de Pedro, sea quien sea. Sin duda nos ayudan a ver y escuchar mejor al Romano Pontífice y entrar de algún modo en el dinamismo de la primera hora cuando, Pedro hablando, «el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Hch 10, 44). Las enseñanzas de sus sucesores dirigidas a todos los cristianos gozan siempre de la asistencia prudencial del Espíritu Santo y los oídos atentos se ven siempre enriquecidos con luces y mociones elevantes.

 San Agustín decía que al instituir el primado del Romano Pontífice, Jesucristo «quiso fortalecer de antemano nuestros oídos contra los que, según Él mismo advirtió, se habrían de levantar a lo largo de los tiempos, diciendo ved aquí a Cristo, miradlo allá (Mt. 24, 23). Y nos mandó que no les diésemos crédito. No tendríamos excusa alguna si no hiciéramos caso a la voz del Pastor, tan clara, tan abierta, tan palmaria, que ni el más miope o torpe de inteligencia puede decir: no he entendido" (De unitate Ecclesiae, II, 28).

 Continuamos con una santa doctora de la Iglesia, que vivió una de las épocas más conflictivas de la Historia de la Iglesia. La situación, hoy impensable, era la coexistencia de tres presuntos papas electos por diversos procedimientos. El pueblo cristiano no pensaba que pudiera haber tres. Las circunstancias eran tan confusas que no se sabía bien quién era el verdadero. El Cisma de Occidente fue una gran tribulación para la Cristiandad. Pero una cosa tenía muy clara Catalina de Siena: el Papa, fuera quien fuese, era el dispensador supremo de la Sangre de Cristo, al extremo de escribir de un modo tremendamente gráfico:"Aquél que se aleja del Papa o atenta contra él es un insensato, pues el Papa es quien tiene las llaves de la Sangre de Cristo crucificado. Por eso, aunque fuese un demonio encarnado, no debo levantarme contra él, sino humillarme siempre e implorar esa sangre de su misericordia; pues de otra suerte no podríamos tener ni participar el fruto de la Sangre [Redentora]"(Cfr Giorgio Papasogli, Catalina de Siena, reformadora de la Iglesia, Ed. BAC, Madrid 1980, p. 117). A la vez, la doctora de Siena no se mordía la lengua. Con toda piedad, ternura y fortaleza, manifestaba a su "dulce Cristo en la tierra" lo que consideraba deber del Pontífice. El papa siempre es «el sucesor de tu viejecillo Pedro», decía Catalina a su «Jesús dulce, Jesús amor». ¡Encantadoras licencias de los santos! El Príncipe de los Apóstoles sonreiría desde su ya eterna juventud, aunque anduviera frisando por aquel entonces -según las medidas del tiempo- los mil cuatrocientos años. Y rezaba Catalina a Cristo: «Quiero que tu vicario sea otro tú, porque necesita más luz que los otros, ya que debe alumbrar a los demás» (Obras, Ed. BAC, Madrid 1980, pp. 461-469).

 ¡Aunque fuera un demonio encarnado! Hasta ahí no llegará el Señor. Aunque Dios pueda escribir letra inglesa con la pata de una mesa, superar con una escoba Las Meninas de Velázquez y servirse de Satanás para el bien de los que le aman. Ahora bien, es de agradecer al Espíritu Santo que en estos tiempos de prueba para la Iglesia, haya querido poner al frente, como cabeza visible, un instrumento de primera; una singular potencia pensante, especulativa y práctica, capaz de pasearse como en casa propia por las honduras de las inteligencias más poderosas de esta época y penetrar en los entresijos más íntimos del corazón del hombre concreto, el de carne y hueso, que constituye su primordial interés. Un Papa sensible a los toques del Paráclito y capaz de sorprendentes síntesis que impulsan hacia progresos quizá insospechados en teología y filosofía cristianas. Benedicto XVI no es solo un hombre de hoy, es uno de los que «hacen el hoy». Benedicto XVI, como Juan Pablo II, no dice lo que la gente quiere oír, sino lo que necesita oír. Y esto es, a la postre, lo que agradece la gente abierta a la verdad.

 Con todo, la autoridad de Benedicto XVI no es la que se funda en el poder pensante de un genio alemán llamado Joseph Ratzinger, sino la que procede del carisma del Espíritu, que asiste siempre de modo singular al Sucesor de Pedro. Benedicto XVI, hoy personifica a Cristo, y Cristo es signo de contradicción. «Qué pesadas son estas llaves que vienen de las manos de Pedro a nuestras débiles manos!» exclamaba Pablo VI. «¡Qué pesadas de llevar y cuánto más de manejar!» (Pablo VI, Aloc., 18-VI-1965). Se entiende muy bien, en un mundo que tan a menudo prefiere las tinieblas a la luz. Es pues menester que todos ayudemos al Papa a llevar su cruz. «Rogad por mí, mis muy queridos en el Señor», suplicaba Juan Pablo II en la catedral de Brazzaville (Juan Pablo II, Hom., 5‑V‑1980). Benedicto XVI no cesa de hacer otro tanto desde el primer momento de su pontificado supremo. Sus primeras palabras a la multitud tras ser elegido fueron: «Queridos hermanos y hermanas, después del gran Papa Juan Pablo II, los cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de saber que el Señor sabe cómo hay que trabajar y actuar, incluso con instrumentos inadecuados. Y sobre todo confío mi persona a vuestras oraciones […] Gracias». ¿Cómo podríamos defraudarle?

 Cristo, María y el Papa eran los grandes amores de san Josemaría Escrivá de Balaguer, muy devoto, por cierto de la santa doctora de Siena. «Esta Iglesia católica es romana -decía san Josemaría - Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra, como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima» (Lealtad a la Iglesia, 1973, p. 33). Estas palabras del fundador del Opus Dei me traen al recuerdo su voz, cuando le oía decir, vacante la sede de Pedro en octubre de 1958, días antes de la fumata bianca, que rezáramos mucho por el Papa que había de venir, porque ya le queríamos con toda el alma, fuera quien fuese.

 El amor a lo esencial

 El amor del cristiano al Papa ha de estar inspirado por la fe y el amor teologales. La recepción entusiasta, exultante, incluso clamorosa y multitudinaria al Papa no es culto a la personalidad de un hombre excepcional sino, como se ha dicho con acierto, «el vehículo del amor a Cristo, el amor a lo esencial o la esencialidad del amor». Obras son amores. Lo primero es rezar. Todos podemos facilitar la colosal tarea del Papa con nuestra oración, en sus múltiples modalidades. La Santa Misa, de infinito valor. El Santo Rosario, arma poderosa contra las fuerzas del mal y vigoroso imán de la gracia divina. Ratos más o menos largos de petición ante el Sagrario. Horas de trabajo bien hecho, con sacrificio ofrecido por la persona e intenciones del Romano Pontífice. Sucesivas e incesantes conversiones que culminen en el sacramento de la reconciliación. Y un quehacer de suma importancia, difundir su magisterio. Conocerlo bien, estudiarlo a conciencia, cada uno según su capacidad, ponderarlo en el corazón, bebiendo en la misma fuente. No vaya a ser que conozcamos al Papa y su enseñanza a través de medios de contaminación social. Sabiendo entender la verdad que transmite e interpreta con autoridad apostólica. Ante el Romano Pontífice como tal, todos somos discípulos, incluidos los más eruditos teólogos. Es él quien tiene, recibidas del Logos en persona, las llaves de la Sangre redentora de Cristo y de la sabiduría cristiana.

 Donde está Pedro, ahí está la Iglesia, ahí está Dios, ahí está Cristo, ahí está el Espíritu Santo, ahí la piedra de toque de los carismas auténticos. Ahí se encuentra la roca, la paz, la serenidad, la alegría, el optimismo, la generosidad, la caridad, porque sus huellas marcan el camino de la verdad  hacia la Vida.

 La esencia del primado

 Finalmente, no estará de más recordar lo que el propio Benedicto XVI entiende como esencia del Primado del Papa. No se trata de un simple primado de honor. Tampoco –nos dice– de una soberanía absoluta. Son palabras precisas, medidas, de la Homilía que pronunció al tomar posesión de la Cátedra del Obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán: «El obispo de Roma se sienta en su cátedra para dar testimonio de Cristo. La cátedra es el símbolo de la «potestas docendi», esa potestad de enseñanza que constituye una parte esencial del mandato de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro y, después de él, a los Doce.» Sigue hablando el papa de la importancia de la Sagrada Escritura en la Iglesi cuya comprensión crece bajo la inspiración del Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido a los apóstoles». Magisterio y Sagrada Escritura se pertenecen mutuamente de manera indisoluble. Allí donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos es importante y precioso; el trabajo de los sabios nos es de notable ayuda para poder comprender el proceso vivo con el que creció la Escritura y comprender así su riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante; no es capaz de darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos vivir y por la que también podemos morir. Para ello se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles hasta el final de los tiempos.»

 ¿La potestad de enseñanaza es una amenaza a la libertad de conciencia?

 No ignora el papa que esta potestad de enseñanza da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la libertad de conciencia, si no es una presunción que se opone a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como ante todo oportunismo. Lo hizo el Papa Juan Pablo II, cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural. La libertad de matar no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce el ser humano a la esclavitud. En sus grandes decisiones, el Papa es consciente de estar ligado a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos, a las interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de la Iglesia. De este modo, su poder no está por encima, sino que está al servicio de la Palabra de Dios, y sobre él pesa la responsabilidad de hacer que esta Palabra siga haciéndose presente en su grandeza y resonando en su pureza, de manera que no se haga añicos con los continuos cambios de las modas.»

 Los católicos podemos estar tranquilos y gozosos. Nada de voluntarismos. Razón y fe. Fe y razón. En distinción y sinergia (Caritas in veritate, n. 5). ¿Se oyen palabras viejas? ¡Pues aguzad las orejas!, decía Machado. A la vez, atentos al crecimiento de la luz de la fe. Porque en ella, como enseña el papa Ratzinger en su gran Exhortación apostólica Verbum Domini, con frase de san Gregorio Magno, «las palabras divinas crecen con quien las lee» (n. 5). Crecer no es distorsionar la identidad sino ampliar horizontes. Atreverse a las honduras, anchuras y alturas del Logos, la Palabra hecha carne (Cfr. Ef 3, 17-18).


 

Enviado por Arvo - 29/06/2011 ir arriba
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