Miércoles - 03.Septiembre.2014

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CRISTIANISMO Y PROGRESO (1/2) (Tirso de Andrés Argente)

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Cristianismo y progreso

 Por Tirso de Andrés Argente


ÍNDICE

1. La posibilidad teórica de la ciencia y cristianismo 
2. La posibilidad práctica de la ciencia y cristianismo 
3. Cristianismo y libertad 
4. Cristianismo y esclavitud 
5. Cristianismo y libertad religiosa 
6. Cristianismo y libertad de los pueblos 
7. Cristianismo y libertad de la mujer 
8. Cristianismo y explotación económica 
9. Progreso y secularización 
10. Progreso y recristianización 
11. El papel de los laicos 
12. Dos exigencias concretas 
13. Conclusión: progreso humano y Reino de Dios 


A veces es muy normal oír que el cristianismo y, más concretamente, la Iglesia Católica se han opuesto y se oponen al progreso de la civilización. En cualquier caso, no se suele incluir al cristianismo entre las fuerzas progresistas, sino que, por el contrario, se acusa a la Iglesia de ser oscurantista, medieval y represiva, enemiga de los avances y de las innovaciones de los tiempos modernos. Esta idea, por muy extendida que esté, no deja de ser un falso prejuicio fundado en la ignorancia de los hechos históricos. Es verdad justamente lo contrario: el cristianismo ha sido y es el origen de los mayores y mejores progresos que ha experimentado la civilización. Los más importantes avances civilizadores se deben a Cristo y a quienes han sabido serle fieles a lo largo de los siglos.

En las páginas que siguen se procurará mostrar hasta qué punto son verdaderas las palabras en las que León XIII afirmaba: «Si la religión cristiana hubiese sido fundada con el único propósito de procurar y acrecentar bienes durante la vida mortal, no habría podido hacer más por el bien y la felicidad de esta vida»
[1].

Vamos a fijarnos, en primer lugar, en los avances científicos y técnicos, que tanto han contribuido a eliminar los males (hambre, enfermedades, necesidades, etc..) y a crear unas condiciones mucho mejores de calidad de vida. Aquí el papel del cristianismo ha sido doble: en primer lugar ha posibilitado que se desarrollen las ciencias como hoy las conocemos; después ha puesto los medios prácticos para llevarlas a cabo. Veámoslo.

1. La posibilidad teórica de la ciencia y cristianismo 

Conocimientos científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones. Es sabido, por ejemplo, que los asirios, babilonios, persas, incas y mayas desarrollaron ampliamente la astronomía -así, por ejemplo, continuamos llamando con los nombres persas y árabes a la gran mayoría de las estrellas visibles-. También era conocida la geometría entre griegos -se sigue enseñando el teorema de Pitágoras- y egipcios, estos últimos reunieron grandes nociones de medicina. Por no hablar de los inventos procedentes de China -la brújula y la pólvora, por ejemplo- o los que encontraron tantos otros, muchos de los cuales ignoramos aún. Sin embargo, en ninguna de esas civilizaciones se ha dado ciencia en el sentido estricto que hoy tiene: estudio sistemático de los fenómenos naturales utilizando la razón para encontrar sus causas y relaciones. Siempre han sido conocimientos más o menos dispersos, que no llegaban a formar una verdadera disciplina científica. Sin embargo, en la civilización cristiana, y sólo en ella, se han desarrollado las ciencias tal como hoy las conocemos.

El fenómeno, fácilmente comprobable, no deja de ser asombroso: ¿cuáles pueden ser las causas?; ¿en qué se diferencia la civilización cristiana para que haya ocurrido así?
[2].

La primera respuesta la tenemos en que las demás civilizaciones son paganas, es decir, creen en numerosos dioses, que andan mezclados con las realidades materiales del universo. Hay dioses para la fertilidad, la lluvia o la siembra, y demonios para las enfermedades y plagas. Es cierto que se estudian el sol, la luna y las estrellas, pero porque se las considera divinas y rigen el destino de los hombres; más que astronomía se hace astrología para obtener horóscopos -superstición ignorante que aún continúa-. Tampoco se estudian los elementos químicos, sino que se hace alquimia: ciencia mágica y sagrada que busca la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud. Por su parte, también Pitágoras creía que los números eran divinos; etc.. Así la existencia de los hombres se creía dominada por ciegas fuerzas de carácter sobrenatural: el fatum o destino, que impregnaban la vida y la naturaleza.

Con el cristianismo, la situación cambia radicalmente, pues enseña que hay un único Dios, trascendente al mundo, el cual ha entregado a los hombres como su heredad, para que lo cuiden y trabajen. El hombre es radicalmente libre y ya el destino inexorable no es señor de su vida, sino que cada persona queda en manos de su propia responsabilidad. Por lo tanto no hay miles de diosecillos detrás de las cosas y de los acontecimientos: el universo entero queda desacralizado.

Además, el mundo no es resultado de la casualidad ni de ciegas fuerzas desconocidas: es obra de un Dios personal, que es Inteligencia y Amor, y que ha hecho al mundo inteligible, dotándolo de unas leyes y un orden que el hombre puede y debe descubrir. No hay, por lo tanto, misterios en la naturaleza, sino el orden de una racionalidad que Dios mismo le ha dado. Ésta es la convicción que tenían, por ejemplo, Ticho Brahe, Copérnico, Galileo o Kepler, por lo que buscaban las leyes de los astros con la seguridad de que las encontrarían, ya que estaban allí puestas por Dios. Veían en esas leyes tan perfectas un reflejo de la perfección de Dios mismo. Por eso se ha podido afirmar: «La Ciencia experimental moderna no nació a pesar de la Teología, sino de su mano»
[3].Porque es innegable «la existencia de una misma avenida intelectual que constituye a la vez la ruta de la ciencia y los caminos hacia Dios. La ciencia encontró un nacimiento viable sólo dentro de una matriz cultural empapada del firme convencimiento de que la mente es capaz de encontrar en el ámbito de las cosas y de las personas una señalización que conduce a su Creador. Todos los grandes avances creativos de la ciencia se han realizado mediante una epistemología pareja a esa convicción, y siempre que se ha resistido con fuerza a una tal epistemología, la investigación científica ha sido privada de su fundamento sólido»[4].

Por esas razones se produce la paradoja de ser la civilización cristiana la única que crea una ciencia, por así decir, atea (no sagrada ni mágica). Un saber que no busca explicaciones misteriosas ni cree que haya secretos ocultos insolubles en la naturaleza. Tiene la seguridad de que hay leyes y orden inteligibles, los cuales deben ser descubiertos mediante el estudio y un adecuado uso de la razón, que también Dios nos ha dado. Esa seguridad la siguen teniendo actualmente los científicos, que investigan con la certeza de encontrar leyes racionales. Saben que no están perdiendo el tiempo tontamente. También, al descubrir la maravillosa estructura que Dios ha dado al mundo, muchos de los mejores científicos -como el mismo Einstein- ven en esas leyes la obra ordenadora de la Inteligencia divina.

2. La posibilidad práctica de la ciencia y cristianismo 

Pero la influencia del cristianismo no se ha limitado a crear una mentalidad que haga posible las ciencias, pues también se deben al cristianismo los medios concretos y prácticos que han conducido al desarrollo, de hecho, de las ciencias. La principal de las instituciones creadas por la Iglesia para alcanzar ese fin, y que aún perdura sin que se haya encontrado nada que pueda sustituirla, es la Universidad.

Las Universidades surgen, con ese nombre y como instituciones jurídicas de pleno derecho, en el siglo XIII. El punto de partida es la Bula papal Parens scientiarum de 1231, que otorga los estatutos a la Universidad de Paris (Universitas magistrorum et scholarium Parisium commorantium: Totalidad de los profesores y alumnos que habitan en París). Esta es la primera Universidad del mundo; a continuación se fundaron las de Bolonia, Montpellier, Oxford, Orleáns, Salamanca, Coimbra, etc., hasta alcanzar el número de catorce antes de que acabase el siglo. Todas ellas se originan ante la gran afluencia de alumnos que acudía a las escuelas catedralicias y monacales, que se estaban quedando pequeñas y llevaban varios siglos en marcha. Así, por ejemplo, la Universidad de París sucede y reúne a las escuelas existentes en la Catedral de Nôtre-Dame y en los Monasterios de Santa Genoveva y de San Víctor. Por reunir en una única institución a la totalidad de los alumnos y profesores, se la llamó Universitas. Además, siendo instituciones de derecho pontificio, gozaban de un estatuto que las hacía autónomas respecto de las autoridades locales.

Con las Universidades se acaba la costumbre, habitual en las civilizaciones no cristianas, de considerar los conocimientos como una fuente de poder sagrado. Procuraban mantenerlos ocultos -esoterismo, ocultismo-toda una casta de magos, brujos, chamanes, hechiceros y sacerdotes: únicos que tenían derecho a conocerlos y que transmitían sólo al grupito cerrado de elegidos llamados a sucederles. En la Universidad, la Iglesia proporcionaba los medios para investigar y progresar en el conocimiento, pero imponía la obligación de transmitir esos saberes a quienes quisieran aprender, sin guardárselos para sí mismos y su provecho propio, manteniéndolos en secreto. Era un lugar en el que se practicaba una de las primeras y más importantes obras de caridad y misericordia: enseñar al que no sabe. Allí se llevaba a la práctica el lema cristiano: comtemplata aliis tradere (lo contemplado, lo conocido, enséñese a los demás)
[5]

Las Universidades, si quieren cumplir con su función propia, deben ser lugares en los que se investigue, se aprenda y enseñe. En ellas se ha de buscar y transmitir la verdad, sin prejuicios ideológicos cerrados y decimonónicos. También sin convertirlas en simples fábricas de títulos burocráticos. Por dejarse llevar por estos planteamientos erróneos, bien alejados del servicio al primer bien que necesita el hombre, que es la verdad, sucede que «la universidad -esta gloriosa institución europea que nació de la Iglesia- se demuestra incapaz de elaborar un proyecto cultural aceptable. Ello quiere decir que ha perdido la misma función de guía de la cultura en la sociedad actual»
[6]. Conviene, pues, que recupere la finalidad que le dio el cristianismo, y sirva a la verdad, no a ideologías o burocracias. 

Además de las Universidades, se debe al cristianismo la invención -muchos siglos antes de que a nadie se le ocurriera poner un Ministerio de Educación- de la enseñanza para todos. Antes del cristianismo ya se daba la enseñanza, pero era algo reservado a unos cuantos elegidos, o las clases dominantes. Nadie pensó en dar instrucción a todas las personas, de cualquier clase y condición. Los colegios para los más pobres los pusieron las órdenes religiosas, las mismas que ahora son acusadas de elitismo. En esa tarea se han gastado muchas vidas de almas entregadas, que no buscaban ningún provecho: enseñaban gratis et amore (gratuitamente y por amor). Es curioso constatar cómo en algunos países se les prohibió la entrada a esas órdenes, por parte de gobiernos incluso ilustrados, con la excusa de que si se daba educación a todos, y no sólo a los dirigentes, el pueblo se volvería ingobernable. Si hoy día tenemos claro que la enseñanza es un bien básico que se debe dar a todos, es gracias a la influencia del cristianismo y de su tarea educadora realizada durante siglos. Labor que buscaba formar personas y no una masa fácilmente manipulable.

Dedicando muchas personas a la enseñanza, el cristianismo consiguió civilizar a los pueblos bárbaros, tras la caída del Imperio Romano. Si algo queda vivo de la civilización grecorromana es gracias al cristianismo, que lo ha conservado, transmitido y desarrollado, y no por la vitalidad de aquellas civilizaciones, que murieron de debilidad interna. Esta civilización nuestra debe lo mejor que tiene al cristianismo. Conviene recordar esta verdad, para saber seguir atendiendo a las advertencias de la Iglesia, cuando pone en guardia frente a un progreso materialista, que ya no sería verdadero progreso, pues en él las cosas se ponen por delante de las personas. Con esas advertencias la Iglesia no quiere frenar el progreso, sino hacerlo verdaderamente humano, de manera que no se convierta en una amenaza de destrucción para el hombre y para la naturaleza que Dios confía a su cuidado. Porque, desgraciadamente, «el hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce... En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea»
[7]. Para evitar este peligro, el Papa Juan Pablo II insiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materias[8]

3. Cristianismo y libertad 

Ya en los primeros tiempos del cristianismo pudo decir San Gregorio de Nisa que el cristianismo es la religión de la libertad
[9]Siglos más tarde, será una de las mejores inteligencias de la Filosofía, Hegel, quien señalará que el concepto de libertad ha sido introducido por el cristianismo[10]. Éstas, y otras afirmaciones semejantes de muchos otros autores, son históricamente verdaderas. El papel del cristianismo no se ha limitado a crear el progreso científico y técnico, sino que ha sido quien más ha hecho por el desarrollo de la libertad y dignidad de las personas. Es una falacia total la calumnia que acusa a la Iglesia de ser una fuerza represiva, aliada de los tiranos y dictadores, y adormecedora de las aspiraciones de libertad hasta convertirse en opio del pueblo. Hay que afirmar que «la búsqueda de la libertad y la aspiración a la liberación, que están entre los principales signos de los tiempos del mundo contemporáneo, tienen su raíz primera en la herencia del cristianismo»[11]

En efecto, ha sido el cristianismo el que ha enseñado cuál es la grandeza de la persona: somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza. De est
a forma ha puesto el fundamento de su inalienable dignidad. Así la persona es soberana de sí misma y nada hay que obligue con más fuerza que la propia conciencia. Ninguna persona, dada su intrínseca dignidad puesta por Dios mismo, puede ser tratada como un objeto, ni manipulada por quien busque riquezas o poder. Ningún acto es humano ni es valioso si no es libre, si no procede de la propia interioridad, de la que cada uno es totalmente responsable. Toda persona, por consiguiente, debe ser respetada y amada por sí misma. Nada hay en el universo entero que tenga más valor que una sola persona, sea quien sea. 

El cristianismo ha enseñado al hombre que no hay en la tierra señor absoluto alguno: responde ante Dios, es decir, ante su propia conciencia, a la que no hay autoridad humana alguna que sea superior. No hay mandato mayor que el procedente de la propia interioridad, que Dios ha creado a su imagen y semejanza. Es la suprema libertad: in libertate gloriae filiorum Dei, en la libertad de la gloria de los hijos de Dios
[12]. Los cristianos son formados en la libertad más radical, en la única libertad que no es sólo palabra vacía: la del señorío propio. El cristiano sabe que es señor de su vida y de la historia; no responde ante nadie, no reconoce autoridad alguna ante la que deba doblegarse, sólo sirve a quien quiere, a quien ama. Puede ser convencido, pero no vencido. Únicamente debe obediencia a Dios, que no tiene policía y siempre respeta la libertad que Él por amor, ha dado al hombre. Se sabe también señor del mundo, heredad que ha recibido de su Padre celestial -se la ha dado por amor y, también por amor, respeta lo que el hombre haga-, y que no debe a nadie aquí en la tierra. Incluso la sumisión que Dios, que es Padre, le pide no anula su libertad, recibida de Dios: pues Dios es Amor[13] y sólo amor demanda, no obediencia. No quiere siervos, sino hijos que trabajan en su hogar propio y no sirven en casa ajena. El cristiano conoce así muy bien que en Dios tiene al único garante de su libertad. Sin Él queda sólo la esclavitud a otras personas o a las cosas. Verdaderamente los cristianos son un pueblo de reyes, de señores[14]. Únicamente entregan su vida a empresas que son propias, sólo siguen a banderas que reconocen como suyas; no pueden ser mercenarios ni esclavos. Obedecen no a quien detenta el poder, sino a quien posee autoridad. Ésta es la mayor grandeza que el cristianismo ha dado al hombre. 

Por esa radical libertad se puede dar la fuerte y profunda cohesión de una sociedad cristiana, en la que los hombres no son llevados -a golpe de poder, leyes y policía- sino que van por sí solos, y marchan en común. Porque la libertad que Dios les ha dado y garantiza no es cerrazón egoísta, que se agote en el placer animal satisfecho, sino apertura: es la base del amor y su consecuencia. La libertad es la medida del amor de que somos capaces
[15]. Los cristianos que son tales no necesitan ser forzados a buscar el bien común. Se empeñan en acrecentarlo, porque saben que están en el mundo -cada uno- para dar lo mejor de sí mismos, para ofrecer a todos en servicio las riquezas que llevan dentro, en ese interior creado a imagen y semejanza de Dios que es Libertad -señorío absoluto de Sí mismo- y Amor. Dar fruto[16], hacer rendir los talentos recibidos[17], es su preocupación primera, ya que el Cielo se alcanza haciendo un cielo en el pedazo de tierra que habitan[18]. No precisan coacciones para ayudar a la sociedad, porque defienden que servir por amor es toda su grandeza, como Jesucristo les enseña con su vida[19]. No trabajan como esclavos, obligados por la fuerza o la necesidad; ni se unen a otros porque no haya más remedio que convivir para evitar la selva. Tienen un claro empeño común: el mayor bien de todos, de los otros, de cada uno. Ésta es la fuerza unitiva radical de la sociedad de los cristianos, en la que el deseo de servir al bien común une, y vence, a la separación que establecen los conflictos de intereses a los que conduce una moral empobrecidamente egoísta. 

De estas enseñanzas, que el cristianismo ha conseguido difundir paulatinamente hasta convertir muchas de ellas en ideas comunes a todos, han venido grandes bienes en la práctica. Son conquistas alcanzadas en las que se hacen realidad las palabras del Señor: «Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»
[20]. A continuación veremos algunos ejemplos históricos.

4. Cristianismo y esclavitud 

La esclavitud, que aún persiste en algunos lugares del mundo, era común en las civilizaciones antiguas precristianas. Su origen está en razones de guerra (prisioneros), herencia (hijos de esclavos) o grandes delitos sociales (crímenes, violaciones, deudas, etc. ). Nadie, ni siquiera Aristóteles en sus Éticas, la consideraba como un mal deplorable. Era un hecho común aceptado por todos. La aparición del cristianismo, que proclamaba la igualdad de todos los hombres, supuso un cambio de mentalidad total, que fue dando frutos paulatinamente. Se puede decir que, a medida que han ido predominando las ideas cristianas, la esclavitud ha cedido terreno. Sólo lo ha recuperado en épocas de cierto olvido del cristianismo.

Ya desde la predicación apostólica se marca el comienzo de esta línea de redención, que se procura hacer sin violencias y atacando el mal en su raíz. Se le deja sin fundamento al enseñar la igualdad originaria y radical de los hombres ante Dios, que manda también amar a todos como a uno mismo. A este respecto es muy significativa la Carta de San Pablo a Filemón, en la que brilla la ternura y preocupación por el esclavo Onésimo, que huye de su amo y es convertido y devuelto por el Apóstol. San Pablo no envía a Onésimo a un curso de guerrilla urbana o de terrorismo, sino que le pide que vuelva a su trabajo. A la vez, manda a Filemón -también cristiano convertido por el Apóstol- que lo reciba «no ya como esclavo, sino como un hermano amado»
[21]. De esta forma se da acertada solución a un problema entonces nada fácil, sin tener que recurrir a odios y violencias. 

«No duda el cristianismo, frente a la sociedad romana en que el esclavo no tiene religión, en acogerle totalmente en un plano igualitario, con lo que muestra que es posible una sociedad (...) donde no haya diferencias entre libre y esclavo. Así puede afirmar Lactancio que "para nosotros no hay siervos, sino que a éstos los consideramos y llamamos hermanos en el espíritu y consiervos en la religión"
[22]. Y San Cirilo proclama que entre los Obispos, sacerdotes o diáconos hay esclavos y libres, del mismo modo que autores como San Ireneo, Tertuliano, Taciano, por citar algunos, al hacerse eco de la misma doctrina, se muestran orgullosos de haber roto una desigualdad que no podía tolerar la ley natural ni la ley de Cristo. Por lo mismo, San Gregorio Nacianceno declara incompatible la esclavitud con el cristianismo, y San Cipriano la reprueba en los cristianos como un delito (...). Espíritu y doctrina cristianos que van cuajando en realidades, como la plena participación del esclavo en las asambleas, en la vida religiosa, en los ritos y sacramentos; que lleva, incluso, a la paradoja de que el sometido y sin derechos en la sociedad civil, tenga un rango superior en la vida religiosa. 

»De ahí, también, la defensa de la legitimidad del matrimonio entre los esclavos (...) y que el Papa Calixto autorice, contra la costumbre y leyes romanas, el matrimonio de libres con esclavos o libertos, así como el que en los cementerios cristianos no se haga mención de la condición de esclavos de los allí enterrados, lo que, en cambio, se hacía notar en los cementerios civiles. Añádase la llamada limosna de la libertad, considerada desde su origen en la Iglesia como la primera de las limosnas. Habla San Ignacio de Antioquía de que una parte de lo que daban los fieles era para liberar esclavos; se recogen cotizaciones en época de San Cipriano para liberar esclavos en Numidia; San Ambrosio vende con el mismo fin los vasos sagrados, no siendo éste el único caso. San Clemente Romano exalta el ejemplo de los cristianos heroicos que se sometieron a esclavitud para liberar a otros (...). Práctica y acción cristianas que se van abriendo paso en una época hostil, afianzando en el esclavo su conciencia de persona con ciertos derechos inalienables; y estos esclavos, que antes se consideraban carentes de todo derecho y forzados únicamente a obedecer, se enfrentan ahora, conscientes de sí, a las autoridades o a sus amos en defensa de su fe o de su honra»
[23]

Estos avances sólo ceden, por ejemplo, con Juliano el Apóstata, emperador anticristiano y paganizante, que los perseguía. También se da un retroceso con la invasión de los pueblos bárbaros, que admitían la esclavitud, hasta que son cristianizados paulatinamente. Más tarde, con el Renacimiento y la vuelta que supuso a las ideas paganas de Grecia y Roma, se volvió a desarrollar la esclavitud. La plaga crece, sobre todo, ante las ansias de enriquecerse en las nuevas tierras recién conocidas de América. Con la trata de negros para el continente americano la esclavitud, alimentada por ideas anticristianas, alcanza unos niveles de opresión, por su falta de humanidad, sólo comparable a las épocas más duras de la antigüedad. Aquí también es el cristianismo quien toma a su cargo la defensa de los indios o de los esclavos negros. La Iglesia, «una vez más, se ve obligada a intervenir, y ya en 1462 Pío II califica la trata de "gran crimen". Paulo III, en 1537, manda al Obispo de Toledo proteger a los indios y excomulga a quienes los redujesen a esclavitud y quitasen sus bienes»
[24]. Las intervenciones papales se suceden continuamente; de forma paralela los teólogos católicos desarrollan las bases del futuro derecho internacional (iniciado por Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca) y los misioneros combaten esforzadamente los abusos, destacando en esta labor San Pedro Claver. 

Para acabar, «aunque suprimido este lastre social tomado en su forma estricta, la conciencia cristiana, que vio siempre en él un abuso contrario a la naturaleza, protesta también contra ciertas formas que disimulan su práctica, como son todas aquellas que admiten una discriminación degradante entre los hombres, sea en función de la raza, del sexo o de la posición social. En este sentido la Iglesia recuerda que hay todavía bastante por hacer, advirtiendo hechos como los de segregaciones raciales, las discriminaciones injustas, etc.. El Concilio Vaticano II se pronuncia abierta y reiteradamente contra todas estas situaciones, proclamando la dignidad de la persona, la igualdad de todos los hombres y los derechos inherentes a los mismos como seres libres. La Encíclica Pacem in terris, de Juan XXIII, como Carta de derechos fundamentales, es el mejor exponente de esta solicitud»
[25]

5. Cristianismo y libertad religiosa 

Muchas veces se quiere presentar la separación entre la Iglesia y el Estado, con la consiguiente libertad religiosa para los ciudadanos, como una conquista reciente y moderna, extraña y opuesta a las ideas cristianas. Esta opinión, muy extendida, es bien ajena a la realidad histórica.

Es cierto que «todo mando primitivo tiene un carácter sacro porque se funda en lo religioso»
[26]. Así es de origen divino el faraón de los egipcios, el emperador japonés, el poder de las ciudades griegas o de Roma (por eso no tienen inconveniente en divinizar a los emperadores), y lo mismo sucede entre mayas, incas, etc., etc. Precisamente, por llegar el cristianismo a un mundo de culturas que tenían sacralizado el poder temporal, tuvo grandes problemas desde el comienzo: es el origen de las persecuciones que se desarrollaron en los tres primeros siglos y que tantos mártires causaron. Personas, de toda clase y condición, dieron su vida por defender la libertad religiosa; por afirmar la superioridad de la propia conciencia ante toda autoridad humana y todo poder temporal; por no querer entrar en ese juego de poder sagrado que era lo común y que anulaba la libertad y dignidad en lo más íntimo de la persona, sometiendo la interioridad al arbitrio de los poderosos. 

Aquella situación inicial, bien conocida y que no es necesario ilustrar, se mitigó un tanto con la paz de Constantino y el Edicto de Milán, al iniciarse el siglo IV. Pero los conflictos no acabaron, tomando formas diversas -algunas graves- con el tiempo. La batalla del cristianismo y de la Iglesia por defender el núcleo más íntimo y esencial de la libertad y dignidad personales ha perdurado hasta nuestros días. De hecho, gran parte de la historia de la Iglesia y de sus relaciones con el poder temporal, a lo largo y ancho de estos veinte siglos de existencia del cristianismo, ilustran lo que cuesta aceptar esa desacralización del poder temporal. Es difícil de admitir por parte de quienes lo detentan; y también es arduo de aceptar para muchos eclesiásticos: es la historia de cesaropapismos y clericalismos. Para mostrarlo, demos un breve repaso a los acontecimientos históricos.

Con el, emperador Constantino cesaron las persecuciones violentas y el problema se mitigó, pero no desapareció totalmente. Los sucesivos emperadores tendieron muchas veces a actuar como lo habían hecho hasta ese momento, y era la costumbre de siempre, como Pontifex Maximus (pontífice máximo), como una especie de segundo Papa. Convocaban Concilios y decretaban a su gusto en multitud de temas religiosos. La situación, salvo algunas fases de emperadores más entrometidos, no empeoró radicalmente hasta que las invasiones de los pueblos bárbaros acabaron con el Imperio de Occidente. Quedó sólo el Papa en Roma y el Imperio de Oriente permaneció casi aislado. Allí se mantuvo la pompa imperial. Su intromisión en temas de conciencia de los súbditos fue creciendo por la lejanía de Roma, la dificultad de comunicaciones y el confinamiento solitario de los romanos orientales, rodeados de bárbaros. Andando el tiempo el deterioro llevó al Cisma de Oriente, con la iglesia del Imperio separada de la Iglesia Católica, y el Patriarca de Constantinopla convertido casi en capellán del palacio del emperador. Como consecuencia, vino la mezcla entre poder religioso y temporal que caracteriza, aún hoy, a las iglesias cismáticas orientales.

En Occidente desapareció el Imperio como tal y la situación se volvió, en casi todos los lugares, caótica. Gran parte del orden, cultura y estabilidad vino de la Iglesia, por lo que muchos eclesiásticos adquirieron un poder en cuestiones temporales que no les correspondía. Con ello se incrementan los clericalismos: en muchas zonas se vivía bajo la influencia, en general benéfica, de Obispados y Abadías. Por otra parte, cuando Carlomagno -heredero de los mayordomos de palacio que se habían hecho con el poder de los francos- desea fundamentar su autoridad para que deje de tener una base humana discutible, lo que hace es ir a Roma para restablecer -haciéndose coronar por el Papa- el poder sacralizado del antiguo imperio romano. Se reinventa, de este modo, el poder sagrado de las autoridades civiles. Estas, como consecuencia, se inmiscuyen en los asuntos religiosos y de conciencia de sus súbditos: se restaura el cesaropapismo.

Esas dos circunstancias darán lugar a un conflicto que se prolonga durante casi toda la Edad Media: la lucha de las investiduras. Es la pugna entre señores feudales con poderes religiosos, frente a clérigos con poder temporal. La situación se fue aclarando por las diversas reformas religiosas, que culminan con las órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos), que tendían a reducir el poder temporal de los clérigos y religiosos, junto con la clara separación de poder religioso y temporal establecido con la doctrina de las dos espadas. Después del episodio de Canosa, esa doctrina fue llevándose a la práctica.

Al llegar la Edad Moderna, con el surgir de los Estados Nacionales y el correspondiente poder absoluto de los reyes, se da marcha atrás de nuevo. Los reyes quieren serlo por la gracia de Dios: sacralizan el poder para que nadie se lo discuta. Mandan sobre la religión de sus súbditos, en virtud de principios tan condenables como el que estableció la Dieta de Worms: cuius Regio eius religio (según su Rey, así su religión). Florecen los tribunales de la Inquisición, en los que el brazo secular -el del Estado- consume en la hoguera a los discrepantes. También surgen las religiones nacionales traías por el protestantismo, con el que los Reyes se convierten en Papas de sus súbditos. Dentro de los países fieles al catolicismo, tampoco los reyes absolutos dejan de querer el poder religioso: nacen los galicanismos y josefinismos. En definitiva, todo se mezcla bajo el poder omnímodo de los reyes absolutos, que inventan complejas y ridículas liturgias cortesanas, de las que especialmente representativa es la del Rey Sol, en la corte francesa

Las injerencias del poder político en el ámbito religioso se suceden en los últimos siglos con diferentes formas, pero ninguna tan extrema como las que ha conocido el siglo XX. En él se ha dado el fenómeno de estados totalitarios -con más medios técnicos de control y más policía para ser verdaderamente totalitarios que en ninguna otra época- que quieren dominar y someter absolutamente la mente y las conciencias de sus súbditos, con inquisiciones poderosas y crueles. En los países del Este, ha sido Iglesia (tantas veces condenada por sus críticas a una situación injusta que muchos intelectualesaplaudían y que los demás estados aprobaban de hecho) una defensora de la libertad que no se ha doblegado ni ha transigido. El siglo XX ha dado más numerosas víctimas y mártires silenciosos que ningún otro. También ahora sigue siendo el cristianismo -y la Iglesia- el gran defensor de la libertad de las conciencias frente a las manipulaciones del poder o del dinero. Sigue librando una batalla, que todavía no está ganada, a favor de la dignidad y libertad de la persona.

6. Cristianismo y libertad de los pueblos 

La celebración en el año 1992 del V Centenario del Descubrimiento de América hizo reflexionar sobre lo que implican las relaciones entre diversos pueblos y culturas. Durante casi toda la historia y en todo el mundo, esas relaciones se han establecido sobre la violencia de las guerras, en términos de dominación y de conquista. Al entrar en contacto dos pueblos cualesquiera, si no mediaba el mutuo interés de las relaciones comerciales, siempre sucedía que el más fuerte engullía al débil, que era sometido o esclavizado, de forma que se veía en los demás una ocasión de aumentar el propio dominio y poder.

Con la era de los descubrimientos, le tocó a la civilización cristiana entrar en contacto con otras, y al cristianismo se deben los mejores esfuerzos para conseguir que se relacionaran en términos de paz y justicia. Frente a los poderes políticos y económicos que buscaban en esos nuevos países la ocasión de aumentar su fuerza o sus riquezas, son los misioneros cristianos los únicos que fueron a darlo todo, sin esperar nada a cambio.

Ellos pusieron escuelas y universidades en el Nuevo Mundo, así como hospitales o granjas: todo un conjunto de obras asistenciales encaminadas a mejorar la salud y la vida de aquellos a quienes procuraban servir y dar lo mejor que tenían. El único dinero que se invirtió en esos países que no buscaba dividendos o poder, procedía de lo que recolectaban los misioneros en toda la cristiandad. Asimismo fueron ellos los únicos que pusieron barreras a la explotación que establecían las autoridades civiles y los particulares ávidos de riquezas. En este enfrentamiento hubo hasta episodios dramáticos, como los sucedidos en las reducciones de Paraguay y Uruguay, que, en parte, han sido divulgados por la película La Misión. En África sucedió otro tanto: sólo los misioneros pusieron trabas a la rapacidad de los países colonizadores, y sólo ellos invirtieron vidas y bienes sin buscar provecho propio.

El esfuerzo se desarrolló también en el plano teórico, en el que se pusieron las bases del actual Derecho Internacional por obra de los teólogos de la Universidad de Salamanca, con Francisco de Vitoria como pionero. La avaricia y ansias de dominio, que procuraban ignorar las enseñanzas y las condenas de la Iglesia, fueron las únicas que retrasaron el establecimiento práctico de unas relaciones basadas en la justicia. Se puede decir que todo lo que queda vivo de aquellos pueblos se ha conservado gracias al esfuerzo de los cristianos que eran tales, y evitaron la total explotación y aniquilamiento de aquellas gentes, según era el uso histórico hasta elcristianismo.

En el siglo XX, con la reciente independencia de la mayoría de los países africanos, ha sucedido algo muy ilustrativo acerca del bien que en esos países ha echo el cristianismo. Salvo unas pocas excepciones, gran parte de esas naciones accedieron a la independencia tras un proceso violento que les llevó, en los primeros fervores nacionalistas, a expulsar a los misioneros. Pocos años más tarde, casi todas ellas pidieron su vuelta al haber constatado duramente los bienes que habían perdido, al cerrar -junto con las misiones- tantas obras asistenciales que contribuían al bien de todos. Sólo unos pocos países, como Etiopia, sometidos a sectarios regímenes marxistas, impidieron su regreso: son los que ahora, es triste constatarlo, más sufren por el hambre, las enfermedades y todo tipo de violencias e injusticias.

También en este campo, por lo tanto, ha dejado el cristianismo su huella benéfica. No ha sido mayor porque los estados y los poderes humanos se lo han impedido las más de las veces.

7. Cristianismo y libertad de la mujer 

«Es algo universalmente admitido -incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano- que Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer»
[27]. Hace falta tener un grave desconocimiento de la historia para negar que el cristianismo es quien más ha contribuido a valorar la dignidad de la mujer. 

Incluso en las civilizaciones más avanzadas, como las de Grecia y Roma, la mujer tenía una consideración inferior al hombre: recluida en el gineceo, el papel que se le asignaba y reconocía era muy secundario. Con esa situación fue acabando el cristianismo de manera paulatina, en la que los retrocesos se debieron sólo al debilitamiento de la vida cristiana. Por ejemplo: con la modernidad, y la vuelta que supuso a las ideas grecorromanas, se ponen de moda leyes antifeministas, como la Ley Sálica, que impedía a las mujeres reinar.

Pero no hace falta remontarse a épocas remotas; hoy mismo, en las zonas de escasa influencia cristiana, la mujer es muy poco valoradaPor ejemplo, piénsese en su situación bajo el islamismo, o en inmensas regiones de África que, sin evangelizar, continúan en el paganismo animista: allí el problema consiste muchas veces en ver si valen más o menos que, v. gr., una vaca, pues ellas sólo son un índice externo de la riqueza del marido, igual que sus ganados. Otro ejemplo reciente de desprecio al valor de la mujer lo tenemos en China: cuando el gobierno ha decidido no permitir más que un hijo por familia -con métodos brutales y represivos de regulación de la población: multas, prisión, pérdidas del trabajo y la casa, etc.- se ha convertido en uso común la antigua costumbre de matar a las hijas nada más nacer, pues se las considera sólo como una carga, sin que interese conservarlas. También la descristianización de muchos países ha convertido a bastantes mujeres en puros objetos de deseo y satisfacciones sexuales egoístas, o en instrumentos aptos para ser utilizadas como reclamo en publicidad, o en ganados que se presentan a concursos de raza -las cacareadas misses, meros objetos agradables de ver-, etc.

Los ejemplos podrían multiplicarse; baste con la muestra. Por lo tanto, den gracias a Dios las feministas por estar dentro de una civilización vivificada por el cristianismo: en cualquier otra ni siquiera habrían existido. No olviden, sin embargo, que sólo el cristianismo tiene el secreto de la dignidad de la mujer, y esa dignidad es, en cierto modo, superior a la del hombre. Se equivocan las feministas de ideas anticristianas cuando promueven una falsa liberación de la mujer, que consiste en masculinizarla: la privan así de su papel y dignidad propias. Si bien es cierto que, en una civilización en la que se pongan las cosas -la productividad, los bienes materiales, los intereses económicos- por delante de las personas y la técnica sobre la ética, el papel propio de la mujer se pierde; no le queda otro camino que intentar igualarse al hombre. Sin embargo, cuando en una sociedad, como enseña el cristianismo, se busca que en primer lugar estén las personas, entonces la mujer adquiere una dignidad superior a la del hombre pues «la fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano»
[28].

La enorme dignidad de la mujer se fundamenta, pues, en que Dios le confía de manera especial a las personas. Por eso su función es única si se quiere edificar la civilización del amor, ya que «la dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su feminidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma la verdad sobre la persona y sobre el amor»
[29]Vivimos en una sociedad en la que se ha dado un gran progreso científico-técnico, pero «este progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de la sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En este sentido, sobre todo el momento presente, espera la manifestación de aquel genio de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque la mayor (la principal virtud) es la caridad (es el amor; 1 Cor 13,13)»[30]

8. Cristianismo y explotación económica 

CONTINÚA>>>>

05/12/2009 ir arriba
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