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CATOLICISMO Y LIBERALISMO (José Orlandis)

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CATOLICISMO Y LIBERALISMO
La Restauración se frustró y el siglo  XIX fue el siglo del Liberalismo, ideología de la Revolución burguesa. ¿Sería posible llegar a un entendimiento entre Catolicismo y Liberalismo?  ¿Convenía a la Iglesia un régimen de simple libertad, sin la protección del Estado ni el reconocimiento de sus privilegios tradicionales? ¿Debían tener la verdad y el error los mismos derechos en la vida pública? Estos y otros interrogantes recibieron distintas respuestas por parte de los católicos de una época marcada, además, por el auge de los nacionalismos, que amenazaban directamente a los Estados de la Iglesia. El Pontificado de Pío IX cubrió toda una época.

 

 

Por JOSÉ ORLANDIS

en

HISTORIA DE LA IGLESIA. Iniciación teológica.

Ediciones Rialp, 2001

QUINTA PARTE: LA IGLESIA EN LA EDAD CONTEMPORÁNEA

Capítulo II

 

 

1. La Restauración terminó en fracaso, y el siglo XIX pasó a la historia como el siglo del Liberalismo. La Revolución de 1830 puso fin al Antiguo Régimen en Francia; en España, su desaparición sobrevino tras la muerte de Fernando VII, en el reinado de Isabel Il. La Revolución de 1848 fue un violento seísmo que sacudió a la mayor parte de Europa y supuso un ulterior avance en la configuración de la nueva realidad social y política. La victoria del Liberalismo se dejó sentir en todos los órdenes de la vida. Aquí procede examinarla únicamente en aquellos aspectos que se relacionaron de modo más directo con el Cristianismo y la Iglesia.

 

2. El Liberalismo tenía una doctrina política y económica; pero se fundaba además en una ideología, que enlazaba con el pensamiento ilustrado del siglo XVIII. Una concepción antropocéntrica del mundo y de la existencia constituía la base de esa ideología liberal. Para ella, los hombres no sólo serían libres

 

e iguales, sino también autónomos, es decir, desvinculados de la ley divina, que no era reconocida socialmente como norma suprema. La libertad de conciencia y pensamiento, de asociación y de prensa, serían derechos inalienables de las personas; y frente a la doctrina cristiana tradicional, según la cual el poder procede de Dios, el Liberalismo lo hacía derivar del pueblo, que sería fuente de toda legitimidad. Ninguna diferencia hacía la doctrina liberal entre la religión verdadera ‑el Cristianismo‑ y las demás religiones. La religión era ‑para el Liberalismo‑ asunto que incumbía tan sólo a la intimidad de las conciencias, y la Iglesia, separada del Estado ‑«Iglesia libre en Estado libre»‑,quedaría al margen de la vida pública y sujeta al derecho común, como cualquier otra asociación.

 

3. La ideología liberal contenía, sin duda, elementos de genuina raigambre cristiana, pero mezclados con otros de origen muy diverso, que favorecían la secularización de la vida social, el naturalismo religioso y, en última instancia, el ateísmo o la indiferencia. Es fácil de comprender que muchos cristianos rechazaran de plano una tal ideología y que, aleccionados por las recientes experiencias revolucionarias, se inclinaran en favor de las posturas tradicionalistas, que postulaban el respeto a los derechos de Dios y de la Iglesia en la vida social. Estos católicos antiliberales simpatizaban con los gobiernos contrarrevolucionarios que subsistían todavía en Europa, continuadores, al menos en parte, del Antiguo Régimen y que reconocían a la Iglesia un lugar de privilegio en la sociedad.

 

4. Hacia el año 1830 tomó cuerpo un grupo de «católicos liberales», formado en Francia en torno a la revista «L'avenir», bajo la dirección de Félicité de Lamennais. Frente a la postura tradicionalista, ampliamente mayoritaria entre el pueblo cristiano, estos católicos defendían una conciliación ‑no tanto teórica como práctica‑ de la Iglesia con el Liberalismo, persuadidos de que éste era el signo de la hora presente del mundo, y la Iglesia no podía cumplir su misión específica en un determinado medio histórico sin estar en armonía con él. «Dios y libertad» fue el lema del Catolicismo liberal, y su sentido era que la aceptación y defensa de la libertad para todos y en todas sus formas constituía la mejor credencial para asegurar en la sociedad moderna el respeto a la autoridad de Dios y a los derechos de la Iglesia.

 

5. Los «católicos liberales» fueron inicialmente «ultramontanos», y en Francia rechazaban el Galicanismo; miraban «más allá de los montes», hacia Roma, y mostraban devoción al Papado, clave de arco de la Iglesia universal. Pero la respuesta de Roma fue contraria a las aspiraciones del Catolicismo liberal. La Encíclica Mirari vos de Gregorio XVI (15‑VIII‑1832) condenó el programa del grupo de «L' Avenir» en varios de sus puntos fundamentales: la igualdad de trato a todas las creencias, que conducía ‑afirmaba el Papa‑ al indiferentismo religioso; la separación completa entre Iglesia y Estado, la libertad de conciencia, las libertades ilimitadas de opinión y de prensa. La reprobación pontífica fue seguida por la defección de Lamennais, que abandonó el sacerdocio y la Iglesia. Muy distinta fue la reacción de sus principales colaboradores, que se mantuvieron fieles a la Iglesia: Lacordaire fue el restaurador de la Orden dominicana en Francia; otros, como Montalembert y Falloux, profesaron un liberalismo mitigado y defendieron con ahínco la libertad de enseñanza.

 

6. Cristianismo católico y Liberalismo se encontraron también en otro terreno, que se prestaba según los casos a afinidades o divergencias. La explosión de sentimientos nacionales, favorecida por la política liberal, promovió en distintos países de Europa la emancipación de poblaciones católicas, sometidas al dominio de príncipes de, otra confesión. Los liberales aplaudieron los reiterados alzamientos de la católica Polonia contra la opresión de la Rusia de los zares. La Revolución de 1830 dio

 

pie a una alianza entre católicos y liberales belgas, que lograron sustraer a Bélgica del dominio de la calvinista Monarquía holandesa y dotaron al nuevo reino de una Constitución liberal. O'Connell, en nombre de la libertad civil y religiosa, obtuvo sustanciales progresos en la emancipación del pueblo irlandés, bajo dominación británica, y en la propia Inglaterra las reformas liberales mejoraron la situación de los católicos, poniendo término a muchas viejas discriminaciones por motivos religiosos. Todas estas consecuencias beneficiosas que los movimientos nacionales de inspiración liberal tuvieron para diversos pueblos católicos, no podían, sin embargo, hacer olvidar los peligros que esos mismos movimientos entrañaban en otras partes de Europa, entre ellas en un territorio vinculado muy especialmente a la Sede Apostólica: la Penín'sula de Italia, enfebrecida por el «Risorgimento» y cuyo camino hacia la unidad nacional pasaba por la desaparición de los Estados Pontificios y la conversión de la Roma papal en la capital del Reino de los Saboya.

 

7. El cuadro histórico de la época del encuentro entre Cristianismo y Liberalismo quedaría incompleto si se hiciera abstracción de las actitudes intelectuales de signo antirreligioso, que están en la raíz de los ataques contra la concepción cristiana del hombre y del mundo, renovados con virulencia tras el período contrarrevolucionario. El Positivismo de Augusto Comte consideraba que, en la nueva era de la historia humana, superados definitivamente los estadios teológicos y metafísicos, el hombre se interesaba sobre todo por los fenómenos, por el «cómo» de las cosas y los hechos, y no por los estériles «¿por qué?» de otras edades. El Positivismo conducía al Cientifismo ‑verdadera religión sin trascendencia‑, que habría de suplantar al Cristianismo, desvelando todo misterio, «explicando» la realidad y deparando felicidad al hombre y progreso ilimitado a la humanidad. El Positivismo y el Idealismo del

gran filósofo alemán Hegel estarían en la base del materialismo de Feuerbach, tan próximo al Marxismo.

 

8. Todas estas doctrinas sirvieron de base a una ofensiva generalizada contra el Cristianismo en el terreno de la ciencia, y en particular de las ciencias naturales. Pero también el propio campo de las ciencias sagradas se transformó en palestra de lucha anticristiana. La crítica de la historicidad de la Sagrada Escritura o su vaciamiento de contenido sobrenatural llevaron a Strauss hasta la negación de la existencia de Cristo, y movieron a Ernesto Renan ‑menos osado, pero más sutil‑ a escribir una célebre «Vida de Jesús», de un Jesús que no sería ya Dios, aunque fuera el más noble de los hijos de los hombres. Es evidente que el clima intelectual y político del tiempo de Pío IX estaba preñado de amenazas y deparó a la Iglesia no pocas desventuras en cuestiones temporales. Pero la renovada vitalidad cristiana que por entonces pudo también advertirse es buena prueba de que todos los tiempos son tiempos de Dios, a pesar de los hombres y de las propias apariencias externas.

 

9. Treinta y dos años ‑desde 1846 a 1878‑ duró el pontificado de Pío IX, el más largo de la historia de los papas. Cuenta la fama que, en la ceremonia de la coronación, cuando el cardenal protodiácono pronunció la fórmula tradicional «Santo Padre, no alcanzarás los días de Pedro», Pío IX respondió con viveza: «esto no es de fe». Y, en efecto, los años del papado de Pío IX superaron con creces a los que suelen atribuirse al pontificado de San Pedro. Un período tan largo, en el corazón del siglo XIX, autoriza por tanto a hablar de la época de Pío IX como de un capítulo bien diferenciado de la historia cristiana. Un capítulo que comprende, precisamente, la transición desde las postrimerías del Antiguo Régimen a la consolidación del mundo liberal.

 

10. «Lo habíamos previsto todo, menos un Papa liberal.» Éstas son las palabras con que el príncipe de Metternich, primer ministro del Imperio austríaco y artífice de la Santa Alianza, había saludado la elección de Pío IX. Pero el «liberalismo» de Pío IX sería, en todo caso, una muestra más de las confusiones a que se prestaba un término tan ambiguo. El nuevo Papa era, en efecto, un hombre liberal, pero en el sentido de quien practica la virtud de la liberalidad, y no en el de secuaz de las doctrinas del Liberalismo. Pío IX era persona cordial, generosa, magnánima, que no vaciló en adoptar desde primera hora una serie de reformas progresivas en los Estados Pontificios: amnistía política, mejoras en las Administraciones públicas y hasta una Constitución y un gobierno con un primer ministro civil. Estas reformas levantaron en torno al Pontífice una inmensa oleada de popularidad. Pío IX fue aclamado por doquier, y los « neogüelfos» , como Gioberti o D'Azeglio ‑católicos liberales nacionalistas‑, pensaron que bajo su égida se haría realidad la unidad italiana auspiciada por el «Risorgimento».

 

11. Como era de prever, el equívoco no tardó en deshacerse. Pío IX ‑italiano de corazón‑ rehusó, sin embargo, encabezar una liga nacional para hacer la «guerra santa» contra los austríacos, que dominaban el norte de la Península. Con rapidez vertiginosa, el clima popular se degradó y a las aclamaciones sucedieron las invectivas. En noviembre de 1848, Pelegrino Rossi, primer ministro pontificio, murió apuñalado a las puertas del Parlamento por los sicarios de la «Joven Italia». En febrero de 1849, Mazzini proclamó la República romana y el Papa hubo de huir disfrazado y refugiarse en Gaeta, plaza militar segura del vecino Reino de Nápoles. Cuando regresó a Roma, en abril de 1850, bajo la protección de las tropas francesas, Pío IX venía hondamente impresionado por las amargas experiencias sufridas. Desde entonces, el Liberalismo apareció ante sus ojos como un movimiento al que tenía el sagrado deber de oponerse, porque perseguía un ideal no cristiano, y en

Italia trataba, además, de arrebatar a la Santa Sede los Estados Pontificios.

 

12. Veinte años ‑desde 1850 a 1870‑ duró la defensa ‑y la agonía­del Poder temporal de los papas. Paso a paso, nuevos jirones de los Estados de la Iglesia fueron cayendo en manos del Reino piamontés, en trance de convertirse en Reino de Italia. En 1870, el estallido de la guerra franco‑prusiana provocó la retirada de Roma de la guarnición francesa y, tras ella, la toma de la ciudad por los soldados de Víctor Manuel 11, que hicieron de la Urbe católica la capital de la nueva Italia. Entretanto, el Papa se recluía como voluntario prisionero en el Vaticano, rechazando la «ley de Garantías» que se le ofreció, y se abría una «cuestión romana», que tardó sesenta años en resolverse.

 

13. Es posible que muchos hombres de hoy, a la vista de la presente situación del Pontífice en el mundo, no terminen de comprender el empeño puesto por Pío IX en la defensa del Poder temporal. Pero la historia se falsea cuando no se acierta a contemplar los hechos desde el punto de vista de sus protagonistas. Pío IX defendió sus derechos hasta el final porque estos derechos eran para él un precioso legado que había recibido de sus predecesores en el Pontificado. Y, con mayor razón aún, porque aquellos Estados, con más de mil años de existencia, se consideraban entonces como condición indispensable para garantizar la independencia de los papas en el gobierno de la Iglesia universal.

 

14. La postura de la Iglesia ante los principios «liberalistas» fue fijada por Pío IX en la Encíclica Quanta cura, de 8 de diciembre de 1864. La Encíclica llevaba como anexo el Syllabus, relación de 80 proposiciones en que se resumían los «errores modernos», cada uno de los cuales era objeto de una expresa condena. El documento no encerraba novedades sustanciales,

 

ya que todos los errores habían sido denunciados previamente en anteriores textos del Magisterio. Lo nuevo era ahora la forma y el acento más rotundo que parecían tener aquellas proposiciones extraídas de sus anteriores contextos y puestas una tras otra, a manera de impresionante silabario. El Syllabus anatemizaba la absoluta autonomía de la razón, el naturalismo religioso, el indiferentismo, el materialismo, los ataques contra el matrimonio y la defensa del divorcio, etc. La última proposición del documento, que rechazaba el pretendido deber del romano pontífice de reconciliarse con el progreso y la «civilización moderna», hizo rasgarse las vestiduras a los críticos liberales y enardeció el entusiasmo de los católicos tradicionales.

 

15. El Pontificado de Pío IX, más allá de las contradicciones exteriores y los avatares de los tiempos, fue una época de claro florecimiento de la vida interna de la Iglesia. Las antiguas órdenes religiosas ‑como los Benedictinos de dom Guéranguer; los Dominicos, impulsados por Lacordaire, y los jesuitas, restaurados por Pío VII‑ crecieron y se propagaron de modo considerable; y nacieron nuevas congregaciones religiosas, alguna de ellas tan importantes como los Salesianos de dom Bosco. El estado del clero mejoró también sensiblemente, como lo acreditaba el aumento de vocaciones sacerdotales y la renovada observancia disciplinar, manifestada visiblemente en la vuelta al uso generalizado del hábito eclesiástico. Entre este clero secular, el Cura de Ars, San Juan María Vianney, es un ejemplo de santidad heroica en la persona de un humilde párroco de aldea. Los simples fieles dieron igualmente vida a nuevas iniciativas apostólicas y benéficas, entre las que sobresalieron las «Conferencias de San Vicente», creadas por Federico Ozanam.

 

16. Un poderoso impulso espiritual animó, pues, a la Cristiandad del siglo XIX, a la misma hora en que los embates antirreligiosos azotaban los muros de la Iglesia. Este impulso suscitó en el seno del Anglicanismo una notable aventura religiosa ‑el «Movimiento de Oxford»‑, que condujo a los mejores espíritus, ansiosos de autenticidad cristiana, a sus genuinos orígenes, esto es, a las puertas de la Iglesia. Algunos de esos hombres no avanzaron más; pero otros dieron el paso decisivo y franquearon el umbral del Catolicismo: Henry Newman fue recibido en la Iglesia (1845), y tanto él como su compatriota Manning ‑también converso­recibieron más tarde la púrpura cardenalicia. El impulso espiritual, que produjo en el seno de la Iglesia católica los abundantes frutos recordados más arriba, tuvo dos manifestaciones de singular importancia, que dan la medida de la profunda dimensión religiosa del pontificado de Pío IX: la definición del dogma de la Inmaculada Concepción (8‑III‑1854) ‑seguida a los cuatro años por las apariciones de Lourdes‑ y la reunión del Concilio Vaticano I (1869‑1870). Este concilio, pese a su brevedad, impuesta por las circunstancias políticas, aprobó dos resoluciones de excepcional importancia: el dogma de la infalibilidad pontificia y la Constitución Dei Filius, donde se formuló la doctrina de la Iglesia sobre la cuestión religiosa medular del siglo XIX: el problema de las relaciones entre la fe y la razón.

 

 

Enviado por Rialp - 04/07/2005 ir arriba
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