por Santiago Fernández Burillo
La realidad supera a la ficción.
Muchos podrían poner ejemplos de esa
verdad, porque los han vivido. Louis
de Wohl (1903-1961) hizo con verdad
toda una obra literaria. Escribió como
si fueran novelas auténticas biografías.
La lectura de su novela La luz
apacible (Ed. Palabra, 2ª ed.,
Madrid, 1984) me sugirió aprovechar la
oportunidad de una reseña para presentar
brevemente la figura humana y la obra
intelectual del santo de Aquino, sin
perder de vista las circunstancias
históricas en que le tocó vivir.
Un emperador, un fraile y un doncel.

Alrededor de 1234, cuando están en
construcción las catedrales góticas de
Canterbury y Colonia, Federico II
Hohenstaufen, rey de Sicilia y Emperador
del Sacro Imperio Romano-Germánico, invade
los Estados Pontificios, movido por la
ambición de hacer de Roma la capital de su
Imperio. Las tropas imperiales queman
conventos, asesinan frailes y se apoderan
de los bienes eclesiásticos. La campaña
militar se preparó y justificaba mediante
otra intensa campaña propagandística de
desprestigio del Papado.
Aquel emperador dos veces excomulgado, que
se había coronado a sí mismo en Jerusalén,
que fundaría después una colonia musulmana
en el sur de Italia, a la que erigió una
mezquita, y la Universidad civil de
Nápoles, destinada a competir con las de la
Iglesia, adoptaba personalmente atuendos y
costumbres orientales y llevaba en su corte
ambulante eunucos, bayaderas y esclavos,
además de un exótico “zoológico” de animales
africanos y asiáticos. Su proyecto era
convertirse en el dueño absoluto del
Occidente cristiano.
La personalidad de Federico II permanece
como un atrayente enigma para los
historiadores: hombre culto,
inteligentísimo y frío, incrédulo y
supersticioso a la vez, fue soberbiamente
astuto y ambicioso.
En medio de este marco histórico,
que la novela nunca abandonará,
Louis de Wohl nos acerca a la familia de
los Aquino.
Teodora de Teate, madre de los
Aquino, es prima del Emperador, a quien la
casa de Aquino siempre ha sido fiel.
Landolfo, el hermano mayor, un guerrero,
rudo y elemental, mientras que Reinaldo es
el primer poeta conocido de la lengua
italiana, precursor del “dolce stil nuovo”.
Las hermanas, Marotta, Adelasia y Teodora
están llamadas a jugar papeles muy
importantes —decisivos— en esta historia.
Y, por fin, el hermano más pequeño, Tomás,
es un muchacho introvertido y silencioso,
pero de trato amable y porte agradable.
Desde los seis a los quince años,
Tomás ha permanecido en la abadía de Monte
Casino, adquiriendo con los monjes
benedictinos una sólida formación
humanística y religiosa. Pero, cuando las
tropas del Emperador saquean e incendian
Monte Casino, Tomás es rescatado y conducido
al castillo familiar, Rocca Secca, por un
joven caballero inglés, sir Piers Rudde y
su escudero Robin Cherrywoode. Aquí la
historia y la ficción se encuentran. En
Rocca Secca, sir Piers conoce a Teodora de
Aquino, y la ficción se enamora de la
historia.
Sir Piers y su escudero son
personajes de ficción. Esta es la licencia
literaria que Louis de Wohl se concede para
meterse en la historia real y describirla
“desde dentro”. El caballero inglés será el
hilo que enlace la diversidad de
acontecimientos históricos del siglo XIII
con los Aquino y con la vida de Tomás.
Siguiéndole, conocemos la corte imperial de
Federico II, sus batallas y el terrible
asedio de Parma. Y con él nos lleva el
novelista a París, donde está la corte del
rey Luis IX (San Luis de Francia), y la más
importante Universidad de la Cristiandad.
La Universidad de París.
Aquella Universidad parisina no respondía en
absoluto a la imagen estereotipada de la
Edad media, como un tiempo pacíficamente
cristiano, que transcurría monótonamente sin
que nunca pasara nada. En el periodo en que
fray Tomás enseñó en ella se vio
repetidamente sacudida por revueltas
estudiantiles, originadas en un claustro de
profesores gravemente enfrentados entre sí,
ya fuera por cuestiones de política
universitaria, o por cuestiones propiamente
doctrinales.
Para entenderlo, hay que tener presente que
el siglo XIII aportó a la historia del
Occidente cristiano dos grandes obras:
primero, las órdenes mendicantes de San
Francisco de Asís y de Santo Domingo de
Guzmán —los frailes franciscanos y
dominicos— que, abandonando el claustro,
recorren las poblaciones predicando y se
instalan en las ciudades para enseñar,
llegando a ocupar cátedras universitarias.
La otra gran aportación del siglo
de Oro medieval fue la Universidad, cuyas
raíces estaban en la alta Edad Media, en las
“escuelas” monacales, catedralicias o
palatinas, pues había sido entorno a los
monasterios, las cátedras episcopales y los
palacios donde se había restaurado, y
enriquecido, la sabiduría filosófica y
teológica de los griegos y de los Padres de
la Iglesia primitiva. En las “Scholae” se
habían cultivado la Teología sagrada y las
“artes liberales” (trivium y quadrivium) que
preparaban, enseñando a pensar y
proporcionando elementos de juicio tomados
de la naturaleza, para acceder al saber
teológico.
La Universidad vino a dar estatuto
jurídico a aquella tradición cultural, en
forma de gremio o “ciudad” de los que se
ocupan en aprender y enseñar. En su seno, se
cultivaba principalmente la Teología, pero
también el Derecho y la Medicina. Estas eran
las tres Facultades de la Universidad
medieval. A ellas debe añadirse la Escuela
de “Artes liberales” que, equivalente a
nuestro Bachillerato, capacitaba para el
acceso a los estudios superiores, porque
transmitía la cultura general.
Pronto la Escuela de Artes
liberales pretendió el rango de Facultad
universitaria, en la que se enseñaría la
Filosofía; ello se debió, particularmente,
a que el siglo XIII recibió, a través de los
traductores y comentaristas árabes y judíos,
las obras completas de Aristóteles,
que los siglos anteriores no habían podido
leer. La impresión que produjo en los ánimos
de los intelectuales de entonces el
descubrimiento del “corpus”
aristotélico puede calificarse como
“impacto”. Quedaron deslumbrados ante la
mayor concepción de la realidad que se había
visto jamás; tanto por su rigor lógico, como
por su amplitud de miras, el aristotelismo
arrastraba; se proponía como tema “todo lo
que hay” y, distinguiendo cuidadosamente el
método que a cada ciencia corresponde,
según su específico objeto, procedía al
estudio del mundo, del hombre y de Dios. A
los ojos de muchos estudiosos del siglo
XIII, Aristóteles era “la ciencia”. Así lo
había visto también Averroes, el sabio
musulmán que no quiso ser otra cosa que “El
Comentador”, puesto que sólo Aristóteles
habría sido, a su entender, “el Filósofo” en
el sentido más acabado y definitivo de la
palabra.
Ahora, Averroes interpretó
así las cosas: Aristóteles era la razón, y
el Corán la fe. Pero el primero afirmaba
que la materia no había sido producida y el
tiempo era infinito hacia atrás; además
Averroes creyó que la interpretación más
atinada de la Psicología del sabio griego (y
en esto se equivocaba) era que el alma
humana sería sólo una: el Intelecto
agente separado. Una “inteligencia” que
operaba la abstracción en cada mente humana,
pero que no era ninguna de ellas en
particular. El Intelecto agente averroísta
era la “Humanidad”; todos pensaríamos
gracias a él, pero ninguno de nosotros lo
poseería como propio.
Ahora bien, como abstraer es
separar de las condiciones singularizantes
de la materia, el Agente de la abstracción
debía ser inmaterial, ya que cada cual obra
según es, y el modo de obrar manifiesta el
modo de ser. Todo lo cual significaría que
el Intelecto agente “separado” era
incorruptible, pues era inmaterial, esto es,
que la “Humanidad” sería inmortal, pero cada
hombre en particular, no.
Ahora, mezclada con las obras de
Aristóteles, llegaba la interpretación
(neoplatonizante) de Averroes, que negaba
que Dios fuera el Creador del mundo, y el
alma de cada hombre inmortal y con un
destino eterno.
En la Universidad de París que
Tomás de Aquino conoció estaba en su apogeo
la herejía conocida como “averroísmo
latino”. El Maestro Siger de Brabante
mantenía, como el filósofo árabe, que hay
una doble verdad: una la verdad
filosófica y otra (distinta) la verdad de la
fe. La primera, científica, propia de los
espíritus cultivados, la segunda, basada en
las imágenes y la fantasía, no en la razón,
sería la asequible a los rudos e
ignorantes.
También enseñaba en París el
Maestro Alberto de Böllstadt (San
Alberto Magno), dominico, y los
estudiantes acudían en tal número a sus
lecciones que debería cambiar el aula por
una placita que, hasta hoy, ha conservado el
nombre de “Place M’Aubert”. ¿Por qué este
interés? El Maestro Alberto también enseñaba
las doctrinas aristotélicas, que tan gran
curiosidad despertaban. Estaba convencido
de que la verdad no aparta de Dios —que es
la Verdad—, luego había que abrirse a las
nuevas aportaciones llegadas desde la
antigua Grecia por la vía de Oriente.
Pero fue Tomás de Aquino
quien llevó a plenitud la asimilación del
aristotelismo, por parte de la filosofía y
la teología católica. Rechaza la extraña
doctrina de la “doble verdad”: la verdad
sólo tiene un camino. Es absurdo que dos
tesis contradictorias entre sí puedan ser
simultáneamente verdaderas. Pero la verdad
científica y la verdad revelada (la fe)
proceden ambas de Dios, que no se contradice
a Sí mismo, luego no cabe esperar
contradicción entre la razón y la fe.
Además, para elaborar una buena teología
hay que saber pensar bien. Ahora,
Aristóteles enseñaba que toda ciencia
progresa mediante demostraciones que se
fundan, en último término, en certezas
indemostrables, o axiomas, y su Lógica, así
como su Filosofía Natural y su Psicología y
Metafísica enseñan a pensar bien, luego la
teología saldría muy beneficiada si adoptaba
la noción aristotélica de ciencia y
procedía a partir de las verdades de la Fe
como axiomas.
Animado de
este espíritu de aceptación, Tomás concedía
a los averroístas la razón en lo que la
tenían. Pretendían que la Escuela de Artes
fuera una Facultad universitaria, porque
reconocían a la razón una competencia
propia, una cierta autonomía respecto de la
fe teologal. Esto era razonable. Para que
una filosofía sirva a la teología, antes
será preciso que sea “buena” filosofía. En
este sentido, goza de una justa autonomía.
Además, la razón humana no sería buena para
hacer teología (para pensar las cosas
sobrenaturales), si no fuera buena para
pensar las cosas naturales. Pero los
averroístas de París se equivocaban
“como filósofos”, por eso no podían hacer
buena teología. ¿No era un sinsentido
afirmar que la verdad es doble? ¿No era
absurdo que la “Humanidad” sea inmortal,
pero el hombre de carne y hueso no? ¿No eran
ellos seguidores de Aristóteles? ¿Y no había
enseñado éste que el alma es la forma
sustancial del cuerpo? Entonces, ¿cómo
podían afirmar que es “Otro” quien ejecuta
mi acto de entender y soy “yo mismo” quien
entiende, a la vez? «Si alguien quisiera
sostener —escribe fray Tomás— que el alma
intelectiva no es la forma del cuerpo
humano, debería hallar la manera de explicar
que esta acción que es entender sea la
acción de este hombre».
Tomás de Aquino confía plenamente
en la razón, más que los seguidores de
Averroes, que parecen confiar en los puntos
de vista de “El Comentador” más que en su
propio sentido común. Antes que herejes,
eran malos filósofos.
Pero la fe no nos impone una única
manera de entender las cosas; tener fe no
exime al filósofo de filosofar, como no le
ahorra el trabajo al picapedrero que
prepara los sillares de la catedral de
Colonia. Éste tiene una buena razón para
picar piedra, y para picarla “bien”, si lo
hace por amor a Dios; pero no tiene menos
fatiga que el incrédulo: ni más ni menos,
el mismo sudor, o tal vez más, ya que no
estaría bien hacer “chapuzas” para Dios. Lo
mismo el intelectual, si discurre por amor a
la verdad, su fatiga vale más la pena y
seguramente será más sincera, pero Cristo no
fue un maestro de filosofía, esa tarea le
incumbe a él.
Por eso, no debe extrañarnos que en
el París del siglo XIII otros maestros en
teología no compartieran los puntos de vista
de Alberto y Tomás. Por ejemplo, el maestro
Buenaventura no llegó nunca a
considerar a Aristóteles un auténtico
filósofo; a su modo de ver, sólo la
participación platónica era el método
de la Metafísica —la ciencia del ser, o
sabiduría humana—, por eso prosigue y ahonda
la genial síntesis de San Agustín,
hasta llevarla a una cima de perfección tal
vez no superada. En algunas cuestiones de
filosofía mantuvo posiciones tan distintas
de fray Tomás que fue inevitable la polémica
y, no obstante, les unió una entrañable
amistad.
Este detalle, avalado por numerosas
anécdotas de la época, es un indicio del
clima de respeto a la libertad que la
cultura cristiana fomentó. No se hubieran
respetado más si se hubieran ignorado
mutuamente, pues tomarse en serio lo que
dice otro es una manera exquisita de
respetarlo; por el contrario, la
indiferencia crea un abismo de separación y
frialdad.
También es agustiniano el maestro
Roger Bacon, que hace extraños
experimentos en su estudio y ha provocado
alguna explosión que nadie sabe a qué
atribuir. Pasa por hombre un tanto
extravagante: últimamente coloca unos
vidrios pulimentados y rodeados de alambre,
que apoya en la nariz y las orejas, a los
ancianos cortos de vista. Se dice que
proyecta un artefacto que permitirá a los
hombres volar como los pájaros.
Pero de todos los maestros de la
Universidad parisina, el más apreciado por
los estudiantes, que acuden a las aulas que
ellos mismos eligen, es, sin dudar, fray
Tomás de Aquino, a cuyas clases se asiste de
pie, por falta de espacio.
Siguiendo el hilo de la novela, es
decir, siguiendo a sir Piers Rudde,
contemplaremos en París la primera
celebración de la fiesta de Corpus
Chiristi, que el Papa Urbano IV extendió
a la Iglesia universal, a ruegos de fray
Tomás, que había escrito unos bellísimos
poemas en latín para la liturgia de esta
celebración, por encargo del mismo Papa.
Y, siempre con Piers, conocemos al jovial
príncipe Eduardo, el futuro Eduardo I de
Inglaterra (1272-1307); y con ellos vamos a
la última Cruzada emprendida por San Luis,
donde los caballeros cristianos, pesadamente
ataviados para la guerra, son fácilmente
derribados por los ligeros jinetes del
Magreb.
La fidelidad a un amor.
Los personajes de esta novela
tienen una personalidad definida y real. En
especial sir Piers y fray Tomás; su
carácter y su vida están al servicio de un
amor noble y limpio. Sus biografías se
resumen en esto: la fidelidad a un amor.
Pues, en efecto, la fidelidad no es un acto.
Es una sucesión temporal de actos de la
voluntad, por los que queremos lo mismo que
quisimos una vez. Se ve así que la fidelidad
no es inercia, sino algo operativo.
La ley universal del cambio afecta
a todos los seres materiales, y el hombre
—que no es un espíritu puro— está también
sometido a ella; y, así, una decisión
concreta, por importante que sea, se
convierte al día siguiente en cosa del
pasado. La vida humana sería una
continuidad incoherente de actos
insolidarios entre sí, si no existiera la
fidelidad. Ahora bien, podemos
comprometernos y, de hecho, hacemos
promesas. Y la realización del compromiso es
la fidelidad. Sin ésta no hay compromiso
real. Pero tampoco amor verdaderamente
humano.
De todo ello resulta que el
verdadero amor es estar siempre
comenzando. El amor es siempre nuevo. Si es
fiel, reactualiza cada día el compromiso
primero, aquél a cuya luz la existencia
entera cobra consistencia: no es ya una
existencia incoherente, es una existencia
con sentido.
La personalidad de Tomás y de Piers
es sólida y coherente, porque son fieles a
un amor. Su amor es su vida. Y el autor,
introduciendo a Piers en la narración, ha
hecho mucho más que una licencia literaria:
ha mostrado la profunda analogía existente
entre el amor humano y el amor divino.
El teólogo que estaba redactando la
Suma Teológica y llegaría a ser
llamado Doctor Communis, es también
el filósofo realista, del sentido común;
por eso prefiere a Aristóteles sobre Platón;
y —como enamorado de Dios— entiende bien el
amor humano y el significado de sus
manifestaciones más concretas:
—“¿Te has pintado, verdad?”
—pregunta a su hermana Teodora.
—“Sí, ¿acaso es un pecado? (...)
—“¿Quieres gustar a tu marido?
—“Sí —dijo ella, rotunda— así es.
—“Eso no es pecado. No lo puede
ser. Sé que algunos frailes no piensan así,
pero me da igual...
Teodora le miró con mirada
traviesa.
—“¿Y si no estuviera casada?...
—“Por una buena razón, tampoco lo
sería”.
Pero la renuncia al amor humano
para entregarse plenamente al amor de Dios
es una vocación superior. Y Tomás sabe
descubrírsela a su hermana Marotta:
—Muchas jóvenes tratan de parecer
bellas por fuera y, al intentarlo,
renuncian a serlo por dentro (...)
Ella sacudió la cabeza dudosa.
—“Ser monja supone buscar la santidad, y
hay que tener muchas virtudes para ser
santo”.
—“Es exactamente al revés, Marotta, —dijo
Tomás muy serio—. Ser santo es amar mucho.
Las virtudes sólo son consecuencia de ese
amor”.
Aquel hombre que hubiera cambiado
ver París y su Universidad por tener ocasión
de consultar un libro de difícil acceso
(entonces un libro podía llegar a valer más
que un caballo, y tener caballo era más caro
e importante que tener hoy automóvil), aquel
hombre ama sobre todas las cosas la Verdad.
Abrimos con cuidado la puerta del aula y,
junto a Piers, escuchamos en silencio su
diálogo con un alumno que se siente
perplejo:
—“Maestro; ¿Cómo podemos saber qué
es la verdad? Conozco a un hombre que duda
de todo.
—“Es imposible. No podéis conocer a
un hombre así. Un hombre que dudase de todo
tendría que dudar también de que duda de
todo. Tendría que dudar hasta de su propia
existencia, lo que no le permitiría dudar...
Y tendría que admitir que su vida es una
constante contradicción, porque dudando de
que existan alimentos, comería; dudando de
que exista el sueño, dormiría... La postura
del escéptico total es completamente
absurda. Por eso, tales escépticos no
existen en realidad. Hay, desde luego,
personas que pretenden que es imposible
conocer la verdad, pero es porque
reconocer que la verdad existe les llevaría
a sentirse obligados moralmente. Poncio
Pilato preguntó: «¿qué es la verdad?» Decía
no saberlo, pero, acto seguido, condenó a
muerte a un Hombre cuya inocencia él mismo
había proclamado...
(...)
—“Maestro: ¿Cómo definiría la
verdad?
—“La verdad es la adecuación o
conformidad entre la visión intelectual y el
objeto considerado. El error, la no
conformidad.
—“Pero, ¿podemos conocer la verdad
total?
—“No. Sólo Dios –dijo fray Tomás,
como si lamentase tener que decirlo–. Pero
eso no quiere decir que nuestro
conocimiento, aunque sea parcial, tenga que
ser falso”.
* * *
Mas, en este vida, el amor es
inseparable del dolor. Y el teólogo del
sentido común no ignora el misterio del
mal, y su auténtica raíz. Cuando Piers le
abre su corazón lleno de pena, por la
separación de Teodora, Tomás no sólo le
consuela, sino que le ayuda a mirar más
arriba, y más allá del dolor:
“Su causa está en que hay partes de
un todo que permanecen separadas porque no
se pueden juntar... La consecuencia es el
sufrimiento. Cuando nos hacemos una herida y
tejidos que debían permanecer juntos se
separan, sufren, tienen dolor... Tal es la
consecuencia de la división (...)
“Todo sufrimiento humano —prosiguió
Tomás— hay que referirlo a su primera causa:
el acto por el cual el hombre se apartó de
Dios.
(...)
“Nuestro Señor cargó con
todas las consecuencias de esa absurda
separación (...).La reconciliación entre
Dios y los hombres se operó en la Cruz...
Ahora comprenderás —dijo Tomás— por qué el
sufrimiento une a Cristo. Si le amas, ¿cómo
podrás renunciar a sufrir con Él?
Ningún amante renuncia a las penas del
amor”.
Ahora bien, a través del dolor y en
el amor humano, o en la verdad de las
ciencias, ¿qué es lo que busca el hombre?
Todo hombre anhela, por naturaleza, la
felicidad:
—“Luego hay algo que deseas más que
cualquier otra cosa.
—“Sí. Pero nunca lo poseeré.
—“Y si lo poseyeras, ¿serías feliz?
—“Sí, desde luego. Pero...
—“Pero, ¿si lo poseyeras y temieras
que alguien te lo podía arrebatar otra vez?
—“Supongo que me sentiría
desgraciado... O, al menos, no del todo
feliz...
—“Tendrás, pues, que admitir que la
felicidad es la posesión del bien deseado,
sea el que sea, sin temor alguno de que
alguien nos lo arrebate.
—“Sí, supongo que si...
—“lo malo es que en esta vida no
sólo tenemos el temor, sino la certeza de
que lo perderemos. Porque todos hemos de
morir. Por eso, la verdadera felicidad, la
duradera... no se puede dar aquí. Es
imposible. Porque la felicidad
imperecedera es otra manera de llamar a
Dios.
(...)
—“Padre Tomás —tartajeó Piers—, me
siento... como si pensara por
primera vez. No os vayáis. Quiero decir
que... que quiero estar con vos. Permanecer
aquí.
—“Enseñar a la gente a pensar, a razonar
(...), forma parte de nuestra misión. Pero
no conviene exagerar... Nuestra fe no
se fundamenta en la razón, sino en la
palabra de Dios. Lo que pasa es que es bueno
y conveniente saber que la razón está de
nuestra parte y no contra nosotros, como
ciertos filósofos quieren hacernos creer”.
La hora de la verdad
Una novela realista, sobre el más
grande de los pensadores realistas, no
podía ignorar el hecho más temible con que
deberemos enfrentarnos un día, la muerte.
Cuando conoce que va a morir,
Federico II Hohenstaufen dicta con
prisa numerosos edictos que revocan la
política de toda una vida de ambición.
Luego, pide confesión. Y esto último su
médico no puede ya tolerarlo; para él, su
Emperador era un dios en la tierra; “no
podía” necesitar en esa hora crucial el
consuelo de la superstición, le dice. Mas
para Federico ha llegado la hora de la
verdad:
