Jueves - 24.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Etica
ética general Ética general
HACIA UNA ÉTICA GLOBAL HACIA UNA ÉTICA COMÚN
CURSO DE VIRTUDES CURSO DE VIRTUDES
Hábitos, virtudes Hábitos, virtudes
Aborto voluntario Aborto voluntario
Bioética Bioética
Eutanasia Eutanasia
Homosexualidad Homosexualidad
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

RETALES DE ÉTICA (Ferran Blasi i Birbe)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
Documento sin título

RETALES DE ÉTICA

No se puede reducir la ética a un conjunto de reglas invariables aptas para ser aplicadas siempre de la misma manera.

Por Ferran Blasi i Birbe




Retales de ética

Es cierto que no se puede reducir la ética a un conjunto de reglas invariables aptas para ser aplicadas siempre de la misma manera a cada una de las cuestiones que se presenten, sino que se han de combinar los principios generales con las situaciones concretas.

Generalmente basta, con el objeto de ajustar las actuaciones a los criterios de la ética, con tener en cuenta los elementos que se han de considerar en todos los casos para la valoración moral de una acción: el objeto, el fin y las circunstancias.

De esto se derivan diversas conclusiones prácticas: que se ha de obrar de acuerdo con una norma objetiva que sea buena; que todo se debe realizar con una finalidad recta; y que se han de tener en cuenta ciertas matizaciones que pueden proceder de las características del agente, de motivaciones e influencias internas y externas que le afecten en su conducta, o de su entorno.

El sujeto que obra ha de combinar todos estos elementos, partiendo del primero: que el acto sea bueno en sí mismo, si bien puede ocurrir que de la acción -además de los efectos buenos que se persiguen- se deriven otros malos, que sin embargo no se querrían; siempre, ciertamente, es válido el viejo principio ético según el cual «el fin no justifica los medios», con el que coincide el criterio de San Pablo: «no hemos de hacer cosas malas para que vengan las buenas» (cfr. Rom 3,8).

Pensemos, por ejemplo, en una de las aberraciones de la conducta más graves con las que se enfrenta nuestra sociedad: el aborto. La negativa absoluta a admitirlo se deduce de los razonamientos anteriores. La norma objetiva de la ley natural, que todo el mundo ha de conocer, según la cual siempre es ilícito matar directamente al inocente, es fácil aplicarla al caso presente, ante la persona más inocente e indefensa, la que está en el seno de la madre no por su propia voluntad, sino por la de sus progenitores.

Y un pretendido fin bueno, el de obviar, por ejemplo, un peligro para la salud de la madre, no podría cambiar el signo de aquello que es intrínsecamente malo. Y lo mismo se puede decir de las circunstancias: una situación angustiosa podría introducir un atenuante, pero no convertiría en buena la decisión de suprimir una vida.

¿Y qué razonamientos podríamos realizar para tenerlos en cuenta en otros casos, como el de una verdadera legítima defensa, ante un atracador, por ejemplo, que penetra armado en el domicilio de alguien? El principio básico nos diría que es lícito rechazar de manera proporcionada al injusto agresor, aunque se le haya de hacer daño, porque se busca en primer lugar la defensa, y un posible perjuicio es una consecuencia no querida. El acto en sí sería bueno -la utilización de unos medios de defensa-; el fin también: salvar la propia vida o la de otro, o algún bien apreciable, de valor proporcionado; y las circunstancias son las que matizan la intensidad de la defensa en relación con la amenaza, para no causar más daños que los que sean inevitables.

También se suele decir que sé ha de vivir una ética de virtudes, pero esto no anula razonamientos como los anteriores, sino que todo se compagina bien. Entre otros motivos, porque no se trata sólo de dejar de realizar aquello que sea malo, sino de hacer todo el bien que razonablemente se pueda.

Y también porque siempre es la prudencia la que gradúa la aplicación de los medios a los fines, y trata de determinar si hay proporción entre los motivos válidos para actuar y los efectos negativos no queridos que tal vez se puedan producir. Y otra razón: porque se ha de considerar que aquello que hay que hacer -que, repitámoslo, siempre tiene que ser bueno en la conveniente medida-, no necesariamente ha de ser lo que cueste más, o ha de requerir un acto heroico, porque a veces, repetimos, «lo óptimo es enemigo de lo bueno». Bien querría un padre de familia, con muchos hijos que mantener, dar todo su patrimonio a la beneficencia pública esto en sí mismo sería una cosa buena, más aún, excelente-, pero se ha de tener en cuenta la prudencia y obrar con sentido común y no dejar de lado los medios ordinarios que contribuyen a la atención estable de una familia y a su desarrollo. Hay, en efecto, unas obligaciones de justicia preferentes con los más allegados y un orden de la caridad que ha de hacernos pensar en ellos. Y toda persona debe tener siempre la fortaleza suficiente para obrar de acuerdo con el que es su deber.

Y esto sucede en todas las profesiones y situaciones de la vida. Y aunque, ordinariamente, las cuestiones que se plantean a una persona de recta conciencia no le ofrecen dificultades notables, de vez en cuando aparecen problemas complejos, que hace falta afrontar con el bagaje que aportan las virtudes intelectuales y morales enunciadas más arriba.


© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

28/05/2005 ir arriba

v01.99:0.34
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós