CONOCER LA PROPIA IDENTIDAD
Antonio Orozco
Arvo.net, 17.08.2010
Naturaleza y libertad
Para vivir la libertad en sentido personal perfectivo es preciso conocer a fondo la propia identidad, las capacidades y los límites que nos sitúan en el mundo. Necesitamos reconocer y asumir la naturaleza humana, portadora de una dimensión trascendente que nos constituye como personas. El que se cree ser un pájaro - más de un caso se ha visto- y se arroja por la ventana con la pretensión de remontar el vuelo hacia las estrellas, se estrella. El que se cree incesantemente perseguido por una mosca eléctrica -tampoco es imaginario este caso-, actúa de un modo irracional, inadecuado a la verdadera identidad y dignidad personales. Quien no se conoce a sí propio, e incluso llega a pensar que “la naturaleza del hombre consiste en no tener naturaleza”, se halla impedido para desarrollar sus virtualidades y enriquecer con ellas su personalidad, para alcanzar la perfección final a la que está llamado, desde el inicio de su existencia.
Quienes profesan el ateísmo, o piensan o actúan como si Dios no existiera, no pueden conocerse bien a sí mismos, por desconocer la dimensión espiritual e inmortal de su ser. Han de entenderse como materia en evolución que tiende a la nada. Por ello el materialismo nunca ha podido entender en profundidad lo que la persona es y, en consecuencia, nunca ha comprendido del mismo modo lo que significa esa bella e impresionante palabra: libertad. Que no es indiferencia ante opciones diversas, ni ausencia de valores que nos precedan, ni liberación de vínculos con la verdad, el bien y lo justo. Al contrario, es tensión a la Verdad y al Bien absolutos, sin lo cual la existencia humana se torna errática, sin sentido y absurda. Esa apertura al Absoluto es lo que nos libera del dominio de lo particular y relativo y nos convierte, por encima de la irracionalidad, en señores de nosotros mismos y capaces de dominar el mundo, según el plan de divino de la Creación. «Naturaleza, por cierto, es un principio fijo de comportamiento», lo que no equivale a un «principio de comportamiento fijo» (A. Millán Puelles). La naturaleza humana es personal, lo que significa que todo ser humano es persona. No hay naturaleza humana sin persona. La persona va con la naturaleza humana, lo que no significa que persona se identifique con naturaleza. No es lo mismo un qué que un quién. La persona humana tiene una naturaleza que comparte el mundo con las demás cosas que son naturaleza, pero por ser humana excede a todas las demás, ya que la persona trasciende toda contingencia y particularidad al hallarse abierta al ser, la verdad y al bien absolutos.
Las nociones de naturaleza humana y de persona, se perfilan con la luz inestimable de la Revelación divina, en el misterio de Jesucristo. El cristiano, sin necesidad de negar ni de afirmar la hipótesis plausible de la evolución de las especies, sabe que el hombre no es un simple eslabón biológico. Posee un alma que es sustancia espiritual, irreductible a materia. Esto significa que Dios haya creado al hombre a imagen y semejanza suya, no del simio. Y esta verdad es ya una luz potentísima que ilumina la propia identidad.
Además, el cristiano se sabe llamado a ser participante de la divina naturaleza, es decir, en un sentido muy estricto y profundo, a ser hijo de Dios. Sólo así el hombre alcanza la más honda verdad sobre sí mismo, sólo así se encuentra pues en condiciones de ejercer en plenitud la libertad.
«LA VERDAD OS HARA LIBRES»
Llegamos así a la incuestionable afirmación de Jesucristo: “La verdad os hará libres”. Libres de la ignorancia y del error, libres para la felicidad que otorga el Amor pleno. Se entiende ahora con una luz nueva el texto de Josemaría Escrivá, cuando se pregunta: «¿Qué verdad es ésta que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de esto, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas».
Sólo el conocimiento de Dios como último fin de la entera existencia humana puede alumbrar el valor de nuestras acciones en su más importante dimensión: la moral. Antes de conocer el último fin, se puede intuir de algún modo qué es lo bueno y qué es lo malo, lo que nos hace bien y los que nos hace mal. Y por ese camino debe ahondar el estudio racional de la ley moral natural, plataforma desde la cual puede establecerse un diálogo fecundo con todos aquellos dispuesto a conversar racionalmente sobre este asunto.
El papa Juan Pablo II, desde su primera Encíclica Redemptor hominis insistía en que "no en todo aquello que los diversos sistemas, y también los hombres en particular, ven y propagan como libertad está la verdadera libertad del hombre. Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Esta palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia además de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundice en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece ante nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que le limita, disminuye y casi destruye esa libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia»
Sobre todo, el Señor, nos ha liberado del mayor obstáculo para el triunfo de nuestra libertad, que es la ignorancia del futuro eterno: las consecuencias eternas de nuestros actos. ¿Cómo sabríamos si hemos elegido bien, si desconociéramos del todo las consecuencias de nuestros actos?
La libertad perfecta, plenamente personal, no es algo dado en acto con la naturaleza. Con la naturaleza se nos ha dado el libre albedrío, es decir, la posibilidad de decir que sí o que no a cualquier bien y también a cualquier mal. Pero la libertad de saber elegir lo que no esclaviza, lo que no cierra puertas dejándolas infranqueables, la libertad de permanecer libres respecto a todo bien, lo que realmente perfecciona la libertad, de manera cierta y para siempre, sólo es posible, sabiendo lo que Dios nos ha revelado sobre nuestro futuro eterno; y educando nuestra libertad, con esfuerzo, para adquirir hábitos liberadores, que nos abran puertas hacia el bien, hábitos que ensanchen el horizonte de nuestra mente y de nuestra voluntad; hábitos en fin, que nos acerquen cada vez más a Dios, que es la Verdad Suma, el Bien infinito, la Belleza y el Amor supremos. Es la libertad perfecta, de la que habla la Carta de Santiago.
Me permito incluir, al cerrar estas breves notas, unos textos del Discurso del Papa Benedicto XVI «A los participantes en un coloquio internacional sobre la identidad el individuo». Son una muestra más del interés del Romano Pontífice por recuperar desde todos los "frentes", también con la aportación de las ciencias empíricas, la gran "Ciencia del hombre" que descubre la dignidad de esa real «naturaleza» llamada «humana», que incluye en su «código genético» un «código ético», reconocible por todos y necesario para el bien común de la humanidad. Se alegraba el Papa Ratzinger por haberse podido instaurar una colaboración inter-académica abriendo el camino a amplias investigaciones interdisciplinares cada vez más fecundas. Expresó la necesidad de no detenerse ante el «fenómeno» que presenta el ser humano desde cualquier ciencia particular, para pasar a una «verdadera ciencia del hombre», que alcance el «fundamento». Estas fueron algunas de sus palabras (cfr.vatican.va).
Textos del Discurso de S.S. Benedicto XVI,
28 de enero de 2008:
Ahora que las ciencias exactas, naturales y humanas han logrado avances prodigiosos en el conocimiento del hombre y de su universo, es grande la tentación de querer circunscribir totalmente la identidad del ser humano y encerrarlo en el conocimiento que se puede tener de él. Para evitar este peligro, es preciso dejar espacio a la investigación antropológica, filosófica y teológica, que permite mostrar y mantener el misterio propio del hombre, puesto que ninguna ciencia puede decir quién es el hombre, de dónde viene y adónde va. Por tanto, la ciencia del hombre se convierte en la más necesaria de todas las ciencias.
Es lo que dijo Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio: «Un gran reto que tenemos (...) es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando esta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya» (n. 83).
El hombre está siempre más allá de lo que se ve o de lo que se percibe mediante la experiencia. Descuidar la cuestión sobre el ser del hombre lleva inevitablemente a dejar de buscar la verdad objetiva sobre el ser en su integridad y, de este modo, a la incapacidad para reconocer el fundamento sobre el que se apoya la dignidad del hombre, de todo hombre, desde su fase embrionaria hasta su muerte natural.
Durante vuestro coloquio habéis experimentado que las ciencias, la filosofía y la teología pueden ayudarse para percibir la identidad del hombre, que está en constante devenir. A partir de la cuestión sobre el nuevo ser surgido de la fusión celular, que es portador de un patrimonio genético nuevo y específico, habéis mostrado elementos esenciales del misterio del hombre, caracterizado por la alteridad: un ser creado por Dios, un ser a imagen de Dios, un ser amado hecho para amar. En cuanto ser humano, jamás está encerrado en sí mismo; siempre conlleva una alteridad y, desde su origen, se encuentra en interacción con otros seres humanos, como nos lo revelan cada vez más las ciencias humanas.
¿Cómo no evocar aquí la maravillosa meditación del salmista sobre el ser humano, formado en lo secreto del vientre de su madre y al mismo tiempo conocido en su identidad y en su misterio únicamente por Dios, que lo ama y lo protege? (cf. Sal 139, 1-16).
El hombre no es fruto del azar, ni de una serie de circunstancias, ni de determinismos, ni de interacciones físico-químicas; es un ser que goza de una libertad que, teniendo en cuenta su naturaleza, la trasciende y es el signo del misterio de alteridad que lo caracteriza. Desde esta perspectiva, el gran pensador Pascal decía que «el hombre supera infinitamente al hombre».
Esta libertad, propia del ser humano, hace que pueda orientar su vida hacia un fin; hace que, con los actos que realiza, pueda dirigirse hacia la felicidad a la que está llamado para la eternidad. Esta libertad muestra que la existencia del hombre tiene un sentido. En el ejercicio de su libertad auténtica, la persona cumple su vocación, se realiza y da forma a su identidad profunda. En el ejercicio de su libertad también ejerce su responsabilidad sobre sus actos. En este sentido, la dignidad particular del ser humano es a la vez un don de Dios y la promesa de un futuro.
El hombre tiene la capacidad específica de discernir lo bueno y el bien. La sindéresis, puesta en él por el Creador como un sello, lo impulsa a hacer el bien. Movido por ella, el hombre está llamado a desarrollar su conciencia mediante la formación y el ejercicio, para orientarse libremente en su existencia, fundándose en las leyes esenciales, que son la ley natural y la ley moral. En nuestra época, en la que el desarrollo de las ciencias atrae y seduce por las posibilidades que ofrece, es más importante que nunca educar las conciencias de nuestros contemporáneos para que la ciencia no se convierta en criterio del bien y para que se respete al hombre como centro de la creación y no se lo transforme en objeto de manipulaciones ideológicas, ni de decisiones arbitrarias, ni tampoco de abusos de los más fuertes sobre los más débiles. Se trata de peligros cuyas manifestaciones hemos podido conocer a lo largo de la historia humana, y en particular durante el siglo XX.
Toda práctica científica debe ser también una práctica de amor, debe estar al servicio del hombre y de la humanidad, contribuyendo a la construcción de la identidad de las personas. En efecto, como señalé en la encíclica Deus caritas est, «el amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. (...) El amor es "éxtasis"», es decir, «como camino, como un permanente salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo» (n. 6).
El amor hace salir de sí para descubrir y reconocer al otro; al abrirse a la alteridad, confirma también la identidad del sujeto, ya que el otro me revela a mí mismo. Esta es la experiencia que, como muestra la Biblia, han hecho numerosos creyentes, a partir de Abraham. El modelo del amor, por excelencia, es Cristo. En el acto de entregar su vida por sus hermanos, de entregarse totalmente, se manifiesta su identidad profunda, y ahí tenemos la clave de lectura del misterio insondable de su ser y de su misión.♦
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