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COMUNICABILIDAD DE LA VERDAD
Conversación con Carlos Cardona
por Antonio Orozco
Arvo.net, 29.06.2010
La Verdad no es mero asunto de circuitos y engranajes mentales. Es asunto del hombre entero y singular. La Verdad silenciosa -la que no se "usa"- se impone serena, fuerte, afectuosa.
Carlos Cardona, filósofo atípico, concebía la filosofía, en la estela de la mejor tradición occidental, como sabiduría, a la vez teorética y práctica alojada y ejercida en un contexto de exquisita amistad. Como ha dicho Tomás Melendo, su singularidad no nacía de un epidérmico deseo de diferenciarse ni, menos todavía, de una presunta conciencia de personal superioridad. Muy al contrario, se encontraba determinada por lo que con humilde pero férrea convicción consideraba la mejor y casi única posibilidad de servir con eficacia, justo como filósofo, a una humanidad desorientada… a causa precisamente de sus carencias metafísicas. Surgía, por expresarlo con pocas palabras, de su muy enraizada hombría de bien, que no le permitía ceder, en aras de un presumible pero efímero éxito, a las solicitaciones o a los reclamos del ambiente, poniendo para ello en sordina exigencias menos vistosas pero que en conciencia sentía como ineludibles
Carlos Cardona (1930-1993), autor, entre otros libros, de Metafísica de la opción intelectual, Metafísica del bien común, Metafísica del bien y del mal, Ética del quehacer educativo y Olvido y memoria del ser, fue uno de mis primeros profesores de filosofía y tuve ocasión de mantener con el profesor y amigo múltiples conversaciones. Hace muchos años pergeñamos la modesta publicación de una «entrevista» sobre algunos puntos ya tratados en su Ética del quehacer educativo. Se da la circunstancia que hoy un buen amigo me ha pedido el texto y aprovecho la ocasión para publicarlo en Arvo.net. Hay que entenderla como simples «flashes» de su pensamiento, que sin duda pueden activar la reflexión.
CONVERSACION CON CARLOS CARDONA
AO.- Quienes hemos tomado el estudio y la comunicación de la verdad como lo que constituye el sentido último de nuestra existencia en el mundo, tenemos la impresión a veces de que actualmente se ama poco la verdad, que interesa poco, o a pocos. Quizá haya tenido usted esa misma impresión.
CC.- Yo más bien diría que a todo el mundo interesa la verdad, que le digan la verdad. San Agustín, en sus Confesiones, dice que trató a muchos hombres que querían engañar, pero a ninguno que quisiera ser engañado. Aman la verdad explica porque no quieren ser engañados, y, por cierto, no la amarían si no tuvieran ninguna noción de ella en la memoria. Y los que aman más algo distinto a la verdad, quisieran que aquello que aman fuera la verdad; y como no quisieran ser engañados, no quieren ser convencidos de su engaño. De modo que por amor a lo que toman por verdad, en rigor odian la verdad. Aman la verdad cuando les parece amable, la odian cuando les reprende. Añade San Agustín que, en estos casos, el corazón humano está ciego, enfermo, torpe y vergonzoso, y quiere permanecer escondido, pero no quiere que a él nada se le esconda. Pero sucede lo contrario, y es que él no queda oculto a la verdad y la verdad permanece oculta para él.
DIFICULTAD DE LA VERDAD
AO.- ¿Por qué es tan difícil enseñar (y aceptar) la verdad me refiero principalmente a las verdades que comprometen la vida entera, y tan fácil convencerse del error?
CC.- La verdad no puede ser aceptada con la misma rapidez que la falsedad, porque ésta no requiere un conocimiento, una preparación preliminar, ni como decía Kierkegaard enseñanza, ni disciplina, ni abstinencia, ni abnegación, ni honesta preocupación sobre uno mismo, ni labor paciente. Y todos estos son requisitos para educar. Disciplina, abnegación, honesta preocupación por ser bueno, labor paciente, son cosas que el educando ha de poner en juego para ser buen receptor de la verdad. La mentira puede entrar sin ninguna de estas condiciones. La verdad y el bien, no.
Además, la Verdad da siempre un poco de miedo. Nos desnuda delante de Dios. Nos despoja de esos disfraces con que nos escondemos y rasga nuestras máscaras de cartón pintado. Diga lo que quiera la ingeniería gnoseológica, la Verdad no es mero asunto de circuitos y engranajes mentales. Es asunto del hombre entero y singular. Con esa misteriosa libertad que, siendo tan divina, Dios ha querido que fuese con El nuestra mejor semejanza. Los hombres tienen más miedo a la verdad que a la muerte: ésta es la sustancia de todas esas charlatanerías e hipocresías de amar la verdad, de estar muy dispuestos..., siempre que se consiguiese comprenderla, etc. "No, el hombre tiene naturalmente más miedo a la verdad que a la muerte, y es muy natural; porque la verdad repugna a la esencia de la naturaleza (caída) más aún que la muerte. ¡No hay que sorprenderse que infunda tanto miedo! Para atender a la verdad hay que apartarse ('Cristo los tomó aparte': Mc 7, 33), aislarse del rebaño. Y esto basta para asustar y angustiar al hombre más que la misma muerte" (Kierkegaard, en su Diario)
La soberbia, la ambición y el desenfreno carnal tienen pavor a la verdad, porque la verdad es su sentencia de muerte; de ahí que quien se obstina en vivir en la "triple concupiscencia" tenga horror a la verdad y la rehúya siempre. Pero incluso sin esa obstinación, la verdad nos asusta siempre un poco porque compromete personalmente, la verdad tiene consecuencias prácticas, y eso da miedo, porque no se sabe bien a dónde me puede llevar, qué sacrificios me puede exigir, qué renuncias me puede imponer.
Por eso Juan Pablo II comenzó su ministerio apostólico gritándonos: "¡No tengáis miedo!". Pero también el que proclama la Verdad aun siendo una Verdad que es toda Amor ha de ser valiente. Hace ya bastantes años había leído en Camino: "No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte". Y como el Papa no tiene miedo a la Verdad a acogerla en su vida y difundirla por donde pasa , estuvo bien a punto de que ese valor le llevase a la muerte. Pero Dios quiso que las cosas fueran de otra manera. Y podemos seguir oyendo la Verdad.
AO.-Hemos pasado ya, como es lógico a hablar de la Verdad con mayúscula. Cualquier verdad por pequeña que sea remite a la Verdad Suma. ¿Cómo es esa Verdad revelada plenamente de Cristo
CC.-No es la verdad-utensilio para el poder. No es la verdad-aval. Aval para el placer. No es la verdad-divertimento para el ocio de una temporalidad evanescente. Es la verdad que ilumina y salva, y enamora, y fortalece. Es la verdad sin lados, todo trasparencia. No es instrumentalizable. Pero hay quien sigue teniendo miedo: el utensilio, el aval, el divertimento. Pero la Verdad silenciosa -la que no se "usa"- se impone serena, fuerte, afectuosa. La Verdad que él nos trae es la Verdad que es la Vida del hombre. La Verdad que es Camino. La Verdad que traspasa nuestro ser entero. La Verdad de nuestra relación a Dios. Porque sin esa relación pueden entenderse -más o menos- las ideas; pero el ser, la consistencia de lo real y, por tanto, la persona misma, se evapora. No queda nada. Para cerrar el paso a la verdad hay "motivos", nunca razones. A eso se refería Mons. Escrivá de Balaguer en Camino (n. 933): «Discurres... bien, fríamente: ¡cuántos motivos para abandonar la tarea! Y alguno, al parecer, capital. / Veo, sin duda, que tienes razones. Pero no tienes razón».
Y esto, que vale cuando se trata de "abandonar la tarea", vale igualmente cuando se trata de "empezarla", de acometer la misión sacrificada que la verdad impone. Los portugueses -y es muy expresivo- dan las gracias así: "muito obrigado". Esto es lo que dificulta la aceptación de la verdad: que obliga. De ahí que Pascal afirmarse que "es tan difícil creer, porque es difícil obedecer".
Por lo demás, la Verdad no puede ser acogida por un corazón que está lleno de sí, que está bloqueado en el amor absoluto de sí. En cambio, "quien es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios" (Jn 8, 47)
AO.-En el discurrir del pensamiento de Carlos Cardona late siempre una verdad vivificante: la Verdad de Dios que es Amor. Decir la verdad es decir ser lo que es, y no ser lo que no es. Ante todo está el Ser. Dios es EL QUE ES, como El mismo de definió ante Moisés. Dios es el Ser del que pende todo otro ser. Al ser real y eternamente el Ser, Dios es la Verdad eterna, creadora de toda otra verdad. Por eso toda verdad lleva en su entraña un sello divino que a Él remite. Por lo demás, la Verdad se ha hecho carne, hombre: Jesucristo y nos ha revelado que la Verdad es esa suprema forma de Vida que es el Amor. Amor, Vida y Verdad son los mismo, son Dios. Se vislumbra el misterio trinitario. Lo sabemos por la fe: la Verdad es trinitaria. Jesucristo, al revelarnos el misterio trinitario nos revela la Verdad Suma, tanto la Verdad por esencia, como la esencia de la verdad. ¿De qué modo puede comunicarse la verdad, como lo hace la Verdad, cómo debemos hacerlo quienes queremos comunicarla?
CC.-La Verdad es amabilísima, porque es Amor y se comunica por Amor. Y en último término, sólo el amor puede acogerla y con ese amoroso acogimiento se entra en la misma vida de Dios, que es Amor, y se vive en plenitud. Esa vida, como procede la comunicación es esencialmente comunicativa, difusiva y fecunda. Amar la Verdad, vivir en la Verdad y difundir la Verdad, son tres momentos de la misma Verdad de Dios. Por eso Jesucristo es:
-el Camino, es decir, el trayecto de la difusión de Dios en nosotros.
-la Verdad, esto es, la manifestación de Dios a nosotros.
-la Vida: comunicación de amor o amistad a que hemos sido destinados.
Estos tres momentos no son separables. Son aspectos -sólo en cierto modo sucesivos- de un mismo movimiento vital.
No se puede conocer a Cristo sin amarles (en general, no se puede conocer a ninguna persona si no se la quiere).
No se puede amarle sin compartir su vida.
No se puede compartir su vida sin compartir su misión comunicativa.
Por eso la expresión "creyente y no practicante" es un completo sin sentido, equivale a declararse esquizofrénico. Si esto fuese consciente, sería un reto a Dios. De hecho es muy difícil -supone un verdadero milagro de la omnipotencia y de la misericordia de Dios- que sobreviva la fe en un corazón desamorado; que sobreviva el amor donde falta la comunión de vida (que tiene lugar por los Sacramentos y la oración); y que sobreviva esa vida donde no hay apostolado (que es la comunicación a otros de la Verdad de la que se vive)
AO ¿Cómo tiene lugar normalmente esa comunicación y cómo debe hacerse? A veces, quienes queremos comunicar la verdad que salva nos encontramos con escaso público. ¿Hemos de pensar entonces que hemos fracasado, hemos de cambiar de planteamientos, de títulos, de cierta forma de publicidad?
CC. Estoy de acuerdo con Kierkegaard sobre la importancia de la singularidad. Cuando el hombre se sumerge en la "masa" anónimamente, se despersonaliza. La multitud al menos debilita el sentido de responsabilidad, pues lo reduce a fracción. Por eso suelo decir, respecto de personas, que no me interesan los tantos por ciento. Sólo cada uno, en su singularidad, es el destinatario y el responsable de la verdad y del amor: todos, pero cada uno, como persona entre personas. Eso es realmente educar. Intento particularmente difícil en un mundo -una cultura, unas categorías de pensamiento, unos modos de vivir- que han sacralizado lo colectivo, lo masivo, lo impersonal...
AO.- Pero la fuerza expansiva de la verdad, ¿no será mayor cuanto mayor sea el número de oyentes simultáneos?
CC.- Mi experiencia me dice que con mucha frecuencia, el grado de penetración (de la verdad) es inversamente proporcional al número de personas que oyen: al dirigirse a la masa, generalmente cada uno toma sólo una parte alícuota de lo dicho. En cambio, cuando uno es interpelado personalmente, responde o puede responder con todo su ser, y asumir plenamente la responsabilidad de su respuesta. La educación, en definitiva debiera tender a que el educando asuma la responsabilidad de sus decisiones, solicitando su libertad y enseñándole a ejercitarla de modo inteligente, también con el ejemplo, con el testimonio del propio hacer y vivir. Educar es edificar, y no hay modo de edificar en masa, como es imposible enamorarse en cuatro o en masa.
AO Una de las paradojas actuales que no dejan de asombrarme es la de la viveza con el hombre de hoy siente la libertad individual al mismo tiempo que es casi histéricamente alérgico a la responsabilidad personal, que no es otra cosa que la libertad vista desde uno de sus aspectos esenciales. ¿Cómo se puede explicar brevemente?
CC.- Quizá nunca como en nuestro tiempo ha habido una conciencia tan viva de la libertad individual. Pero probablemente tampoco nunca se ha perdido como ahora el fundamento y el sentido de la libertad. Victor Frankl, desde su experiencia psiquiátrica, advierte que hoy se entiende la libertad sólo en su aspecto de "libertad de" (común a la de la fiera no enjaulada), y no la "libertad para", que es lo que marca la finalidad, el sentido de la libertad y, por tanto, de la vida misma. En tiempos más inteligentes, más iluminados por la fe católica no tenía sentido, ni siquiera era imaginable el título escéptico de la famosa obra de Lenin, "libertad, ¿para qué?", o la afirmación de Sartre "el hombre es un ser condenado a la libertad".
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