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VOLVER A SER HERMANOS (Jaime Nubiola) |
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Igualdad, libertad, fraternidad
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Volver a
ser hermanos
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La invocación
de la fraternidad es una urgente llamada a la concertación
social, a la mutua solidaridad
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Jaime Nubiola
La Gaceta
de los Negocios,
02/11/2006
Libertad,
igualdad y fraternidad!". Aquel grito de
la Revolución Francesa, aprendido por
todos en la secundaria, merece renovada
atención en estos momentos de un
creciente individualismo egoísta en
nuestra sociedad.
En mis
conversaciones con estudiantes viene con
frecuencia a mi memoria cómo, a
principios de los años setenta, los
universitarios inquietos nos
manifestábamos por las calles céntricas
de las ciudades con el grito —entonces
subversivo— de "¡Libertad, libertad!",
que era violentamente reprimido por las
fuerzas de la Policía Nacional.
Las décadas de progreso y logros
sociales en nuestro país han hecho
realidad una igualdad básica de todos
los ciudadanos en la mayor parte de los
aspectos de su vida: todos somos iguales
ante la ley, ante la sanidad, en el
medio ambiente y los demás ámbitos de
nuestra vida comunitaria. Sin embargo,
tengo la penosa impresión de que nos
hemos olvidado por completo de la
fraternidad, o la hemos relegado quizá a
los solemnes versos del Himno a la
alegría de Schiller: "Tu hechizo vuelve
a unir lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave".
En 1972, el
Consejo de Europa adoptó como himno el
tema de la Oda a la alegría de la novena
Sinfonía de Beethoven, pero ya dos años
antes nuestro Miguel Ríos había
difundido con enorme éxito aquella
maravillosa versión que está en la
memoria de todos: "Escucha, hermano, la
canción de la alegría, el canto alegre
del que espera un nuevo día. Ven, canta,
sueña cantando, vive soñando el nuevo
sol en que los hombres volverán a ser
hermanos". Evocar estos versos invita a
salir de nuevo a la calle a gritar ahora
"¡Fraternidad, fraternidad!".
Tenemos
libertad, tenemos igualdad, pero
realmente nos falta fraternidad. De
aquellos tres ideales de origen
cristiano que enarbolaba la Revolución
Francesa, el último, que debía ser el
cemento de los dos primeros y, a la vez,
su mejor fruto, parece la gran
asignatura pendiente de nuestra
convivencia democrática en las grandes
decisiones de Estado y en las pequeñas
contingencias de nuestra vida cotidiana.
La invocación
de la fraternidad no es la apelación a
un discurso melifluo capaz de aquietar
las conciencias, sino una urgente
llamada a la concertación social, a la
mutua solidaridad, a la convivencia
cordial en que se traduce la genuina
"amistad civil", de la que ya habló
Aristóteles hace dos mil cuatrocientos
años. Esto ha sido muy bien descrito en
el sugestivo Compendio de la doctrina
social de la Iglesia —que ha visto la
luz hace pocos meses en castellano—
cuando afirma que "el significado
profundo de la convivencia civil y
política no surge inmediatamente del
elenco de los derechos y deberes de la
persona. Esta convivencia adquiere todo
su significado si está basada en la
amistad civil y en la fraternidad. El
campo del derecho, en efecto, es el de
la tutela del interés y el respeto
exterior, el de la protección de los
bienes materiales y toda su distribución
según reglas establecidas.
El campo de la
amistad, por el contrario, es el del
desinterés, el desapego de los bienes
materiales, la donación, el de la
disponibilidad interior a las exigencias
del otro. La amistad civil, así
entendida, es la actuación más auténtica
del principio de fraternidad". Así es a
fin de cuentas. Nuestra convivencia
democrática debe basarse en una efectiva
fraternidad cordial de quienes componen
cada comunidad.
La democracia
no es sólo un modelo de organización de
la convivencia, sino que implica un
estilo de vida cotidiano en el que lo
común ha de ser antepuesto al egoísmo o
a la mera satisfacción privada. Si
gobernantes y gobernados buscaran sólo
su satisfacción personal, la convivencia
degeneraría hasta regresar a la ley de
la selva, en la que el más fuerte acaba
imponiéndose siempre y pisoteando la
razón y los derechos de los demás.
La democracia
—escribió John Dewey— "es una concepción
social, lo que equivale a decir una
concepción ética, y a partir de este
significado ético está conformado su
significado como forma de Gobierno.
La democracia
es una forma de Gobierno sólo porque es
una forma de asociación moral y
espiritual". Necesitamos persuadirnos de
que esto es así; de que una feliz
convivencia democrática requiere por
parte de todos un hondo sentido de
comunidad, porque cada uno pone lo suyo
personal al servicio de los demás.
La fraternidad
civil no puede ser impuesta por la
ideología, ni por la ley, ni por la
genética: brota del corazón y vive en la
voluntad de quienes quieren a los demás
como hermanos.
▼Jaime
Nubiola es profesor de Filosofía.
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Enviado por La Gaceta de los Negocios - 02/11/2006 |
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