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Jaime Nubiola
26 de septiembre de 2005
La Gaceta de los Negocios (Madrid)
Leí una buena parte de las notas
necrológicas del veterano bancario
español Rafael Termes, que
aparecieron en la prensa a lo largo
del mes de agosto. En los últimos
años había tenido ocasión de
tratarlo como colega de claustro
académico y me resultaba muy
reconfortante comprobar el aprecio
unánime de todos los que como
periodistas, empresarios o banqueros
habían tenido ocasión de
relacionarse con él. Dos rasgos que
se le atribuían llamaron
especialmente mi atención: su
permanente defensa de la
transparencia en la gestión de los
bancos y, a la vez, su exquisita
discreción con todo lo relativo a su
trabajo en la patronal bancaria.
La transparencia y la discreción son
dos cualidades que a primera vista
parecen contrapuestas, pero que, si
se llega hasta el fondo, no es
difícil descubrir que son dos
virtudes que estrictamente se exigen
la una a la otra. Quizá esto se
advierte con más claridad pensando
en el caso exactamente opuesto.
¡Cuántas personas —todos conocemos a
varias— incurren en peligrosas
indiscreciones para aparentar una
transparencia de la que carecen o
para lograr un protagonismo que no
merecen! Rafael Termes defendía la
transparencia porque era una persona
discreta, esto es, porque tenía la
capacidad de discernir el alcance y
la oportunidad de una determinada
información y porque no tenía el
menor afán de protagonismo en el
borrascoso mar de la banca española
durante los años 70 y 80. Estaba
enamorado de la verdad, estaba
comprometido en la búsqueda de las
verdades realmente decisivas. Sabía
que no podía mentir y quizá por eso
tantas veces optaba discretamente
por el silencio, al que acompañaba
siempre con una sonrisa amable y
elegante.
La norma primera de la vida
intelectual es la de decir siempre
la verdad, sabiendo que ese
principio no equivale a decir toda
la verdad o todas las verdades en
todo momento —lo que sería
agotador—, ni tampoco equivale a
tener que decírsela constantemente a
todo el mundo, lo que resultaría
insoportable, además de injusto en
algunos casos. Sí que se identifica,
en cambio, con una honda aspiración
a que la veracidad y la
transparencia presidan siempre todas
nuestras relaciones y la
organización misma de la sociedad.
Cuando no pueda decirse la verdad o
toda la verdad, porque ésta resulte
hiriente, porque no puedan
entendernos o no quieran
escucharnos, o simplemente porque no
tengamos derecho a decirla, si no
daña a nadie, lo sabio es optar por
el silencio. Esto requiere un
esforzado aprendizaje y, sobre todo,
una gran humildad. La pretensión de
que no sólo la veracidad, sino
incluso la transparencia, presidan
siempre las relaciones humanas y la
organización de la sociedad es vista
a menudo con recelo por muchas
personas, que suelen descalificarla
como un ideal adecuado quizá para la
Madre Teresa de Calcuta, pero no
para quienes vivimos en una sociedad
tan compleja como la nuestra. Con
toda seguridad esas personas no han
caído en la cuenta de que la
transparencia no sólo no está reñida
con la discreción, sino que en
última instancia la exige.
Esa combinación de transparencia y
discreción se advierte bien en los
sistemas actuales para acceder a
través de Internet a la propia
cuenta bancaria: necesito que el
sistema informático sea del todo
transparente para mí, pero pido
también a mi banco que no haga
público el estado de mi cuenta
corriente a otras personas, pues es
cosa privada. Por el contrario,
todos tenemos derecho a conocer en
qué invierten los gobernantes
nuestros impuestos, pues la
transparencia en todos los actos de
la administración pública es uno de
los requisitos esenciales de una
sociedad democrática. La
transparencia en el servicio público
se complementa con el legítimo
derecho de los ciudadanos a su
privacidad. Cuando cada año voy a
hacer mi declaración de renta y en
el banco me muestran todos los
ingresos sobre los que se me ha
practicado la retención, me llevo la
impresión de que Hacienda me ha
hecho una radiografía sin previo
aviso. Afortunadamente no se hacen
públicas las declaraciones a
Hacienda, pues eso sólo suscitaría
envidias, agravios y rencores. No
hace falta ni es deseable que todos
sepamos todo de todos.
Recuerdo bien cómo el profesor de
griego en mi juventud, el hoy
afamado lulista Pere Villalba, nos
hacía caer en la cuenta de que la
primera sílaba del verbo griego
“krinomai”, juzgar, se encontraba
presente en los términos castellanos
“criba”, “criterio”, “discreción”,
“discriminación”, en el inglés
“screening” o en tantos otros
nombres y verbos que tienen que ver
con el juzgar, el calibrar, sopesar
y distinguir. Una persona indiscreta
es una persona sin juicio, sin
criterio, para advertir que no tiene
derecho a difundir una determinada
información.
Platón en La República recoge el
mito del anillo de Giges, antecesor
quizá de los modernos anillos de
Tolkien. Giges era un pastor al
servicio del rey de Lidia que un
día, después de una violenta
tempestad y de un temblor de tierra,
vio abrirse una grieta en el suelo.
Se introdujo por la grieta y en el
fondo del abismo encontró, entre
diversas maravillas, un cadáver cuyo
único adorno era un anillo del que
se apoderó. Durante la siguiente
reunión de los pastores descubrió
casualmente que volviendo el anillo
hacia adentro él se tornaba
invisible y girándolo hacia fuera
volvía a hacerse visible. A la vista
de ese poder, se hizo nombrar
miembro de la comisión de pastores
que debía rendir cuentas al rey. En
cuanto llegó a palacio sedujo a la
reina, y de acuerdo con ella mató al
rey y se apoderó del reino. Como es
obvio, el mito parece sugerir que
nadie es justo por propia voluntad,
sino sólo por el control al que los
demás le someten. Platón piensa que
pocas personas serían capaces de ser
justas si fueran invisibles.
“Nosotros creemos —ha escrito
Alberto Buela— que debemos
deshacernos de este mito” que ha
producido tan grandes daños, pues
lleva a justificar el totalitarismo,
el control de todos los ciudadanos
por parte del Estado. “El mito de
Giges —prosigue Buela— hay que
leerlo y entenderlo como la prueba
máxima para el hombre justo, quien
pudiendo obrar sin temor a que lo
descubran prefiere hacer el bien y
no el mal”. La invisibilidad sería,
en este sentido, un peligroso exceso
de transparencia porque desgaja al
individuo de la comunidad en que su
vida cobra sentido. “Considérate
feliz —advirtió Séneca— cuando
puedas vivir a la vista de todos”.
En un contexto muy distinto el
también filósofo Josef Pieper
escribió que “sólo es transparente
quien es invisible”. Con esto quería
decir que sólo las personas que no
buscan el protagonismo, que no
pretenden hacerse visibles a toda
costa, sólo ellas, son realmente
transparentes. Rafael Termes enseñó
con su vida y con su permanente
sonrisa esa discreta transparencia.
- El autor es profesor de Filosofía
en la Universidad de Navarra.
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