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TIRAR LA PRIMERA PIEDRA (Ferran Blasi i Birbe) |
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Tirar la primera piedra
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TIRAR LA PRIMERA PIEDRA |
«El que esté sin pecado, que tire la primera piedra»
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Por Ferran Blasi i Birbe
Tirar la primera piedra
Es cosa bien sabida que los evangelios son, entre los libros antiguos, los que gozan de más segura autenticidad. Con todo, en estos veinte siglos transcurridos desde que se escribieron no han faltado quienes han puesto en duda la genuinidad de algún fragmento, casi siempre sin argumentos sólidos ni pruebas verdaderas, a menudo por conveniencias personales, porque tal o cual pasaje contradice sus posiciones o las de la ideología que profesan.
Esto ha sucedido, por ejemplo, con un episodio que se lee en el evangelio según San Juan (8,3-11): una mujer había sido sorprendida en adulterio y querían que Jesús se definiera en relación con la aplicación, a ella, de la pena legal, la muerte por lapidación. Por excepción, aquella narración no se encuentra en algunos manuscritos antiguos: se puede suponer que algún copista timorato lo suprimió porque no le gustaba que Jesús se mostrara comprensivo con aquella mujer, la perdonara y que lograra que los acusadores se retiraran de la escena. Tal vez le parecía al amanuense que tal actitud de Cristo favorecería la relajación de las costumbres. Pero no tenía por qué ser así, ya que aquel escribano olvidaba que Jesús, cuando despide a la mujer, le dice: «vete» y añade: «de ahora en adelante, no peques más». Sus palabras combinaban adecuadamente sentimientos de misericordia y exigencia moral.
Sin embargo, si ahora y aquí alguien pusiera en duda la historicidad de esta escena, seguramente no sería por ese tipo de aprensión. No porque falten, entre los que editan los evangelios, aquellos a quienes repugna el adulterio, un pecado cualificado contra la justicia y deseen contribuir a erradicarlo, sino porque hay otro detalle del comportamiento de Jesús en la escena evangélica que recordamos, que hoy en día -o quién sabe si siempre habrá sido así- no se compagina muy bien con la manera de comportarse de muchos en este rincón del Viejo Mundo en que vivimos.
Nos referimos a la alocución de Jesús a los que parecían dispuestos a apedrear a la mujer: «el que esté sin pecado, que tire la primera piedra». Y todos fueron desfilando, dejando caer a tierra, sigilosamente, si la tenían ya preparada, la piedra que iban a lanzar contra la mujer que había cometido un adulterio.
Se tendría que preguntar también hoy a ciertos políticos, a muchos periodistas, a algunos financieros si tienen la conciencia suficientemente limpia a la hora de acusar a los demás o de juzgarlos. Y esto, no sólo en el pecado de adulterio -en éste también, por más que no le den a veces demasiada importancia-, sino en los que van contra otros aspectos de la justicia: el tráfico de influencias, el uso abusivo de la ingeniería financiera, la corrupción en los asuntos públicos; o en materia de calumnia o injuria; o en el campo de la infidelidad; o en el de la envidia.
El lenguaje empleado en los medios de comunicación: los grandes titulares de ciertos diarios, el tono de muchas informaciones televisivas, o el contenido de determinadas acusaciones -privadas o públicas-, en los parlamentos que se denominan democráticos, en los tribunales llamados de justicia, o en los medios de comunicación que pretenden ser objetivos, podría cambiar notablemente. |
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