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REVERENCIA (Dietrich y Alice von Hildebrand)

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Arvo.Net: Filosofía de los valores. La reverencia

REVERENCIA




Por lo que se refiere a la conducta moral hacia nuestros semejantes y hacia nosotros mismos, toda la grandeza y profundidad de los valores inherentes a la persona como ser espiritual solo puede ser revelada a quien es reverente.

Un capítulo de

DIETRICH y ALICE VON HILDEBRAND

Actitudes morales fundamentales

Traducción, introducción y notas: Agrelio Ansaldo

Ediciones Palabra

Madrid

 

 

La gran acogida que están teniendo las obras de Dietrich von Hildebrand que, poco a poco, se han ido traduciendo al castellano en los últimos años, especialmente El corazón (cuatro ediciones en cuatro años) y su reciente biografía, escrita por su mujer Alice, constituyen un poderoso estímulo para seguir dando a conocer, en el mundo hispanohablante, los escritos de este gran pensador contemporáneo, que fue no solo un filósofo extraordinario sino, sobre todo, en palabras del Card. Ratzinger, «un hombre cuya vida y trabajo han dejado una marca indeleble en la historia de la Iglesia en este siglo de tragedias y triunfos». En este contexto se enmarca el libro publicado por Ediciones Palabra, traducido por Aurelio Ansaldo, con la preciosa característica de ser una lúcida síntesis de su rico y fecundo pensamiento. Vio la luz en su forma actual en 1965, con el título The Art o f Living. Aunque la traducción literal sería El arte de vivir, al final se ha optado por otro título que refleja mejor su contenido: Actitudes morales fundamentales,  con el que fue publicada la primera serie de ensayos. Trata precisamente  de las dimensiones básicas de la vida moral. El orden no es indiferente, especialmente de los cinco primeros: reverencia, fidelidad, responsabilidad, veracidad, son presupuestos indispensables de la vida moral, cuyo fruto granado es la bondad. Le siguen los capítulos sobre Comunión, Esperanza, La virtud hoy y El corazón humano. Aquí reproducimos el primero -"Reverencia"- , que sin duda, animará a la lectura de los siguientes.

 

 

REVERENCIA

 

Cuadro de texto: 17
Los valores morales son los más elevados de todos los valores naturales. La bondad, la pureza, la veracidad, la humildad del hombre están por encima de la genialidad, la brillantez, la vitalidad exuberante, por encima de la belleza natural ó artística, y por encima también de la estabilidad y del poder de un estado. Lo que se realiza y lo que resplandece en un acto de perdón auténtico, en un acto de renuncia noble y generosa, en un amor ardiente y entregado, es más significativo, más noble, más importante, y más eterno que todos los valores culturales. Los valores morales positivos iluminan el mundo, mientras que los negativos son el mayor mal, peor que el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, o la desintegración de una cultura floreciente. Esta realidad fue reconocida por las grandes mentes, como Sócrates o Platón, quienes repetían continua-mente que es mejor sufrir una injusticia que cometerla. Esta preeminencia de la esfera moral es, sobre todo, uno de los pilares del obrar cristiano (ethos) .

 

Los valores morales son siempre personales: solo pueden inherir en una persona, y solo pueden ser realizados por una persona. Una cosa material, como una piedra o una casa, no pueden ser moralmente buenos ni malos: la bondad moral no se puede aplicar a un perro o a un árbol. Asimismo, las obras de la mente humana (descubrimientos, libros científicos, obras de arte) tampoco se puede decir propiamente que sean portadoras de valores morales:

no pueden ser fieles, ni humildes, ni amables. Todo lo más, pueden reflejar indirectamente esos valores, en cuanto que llevan la impronta de la mente humana. Solo el hombre, en cuanto ser libre y responsable de sus acciones y sus actitudes, de su voluntad y sus esfuerzos, de su amor y su odio, de su alegría y su pesar, y de su actitud básica permanente2, puede ser moralmente bueno o malo.

 

Muy por encima de sus realizaciones culturales destaca la importancia de lo que es propio de la persona: irradiar valores morales; ser humilde, pura, veraz, honesta y amable. Pero ¿cómo puede una persona participar de esos valores morales? ¿Le vienen dados por naturaleza como la belleza de su rostro, la inteligencia o un temperamento activo? No; solo pueden surgir de actitudes libres y conscientes: la persona misma tiene que cooperar esencial-mente para su realización; solo se desarrollan mediante la entrega de sí, libre y consciente, a los valores morales: en la medida en que la persona es capaz de descubrir los valores, en la medida en que percibe la plenitud del mundo de los valores con una mirada clara y fresca, en la medida en que su entrega a este mundo es pura e incondicional, en esa misma medida la persona será rica en valores morales.

 

Una persona que ciegamente desprecia los valores morales de otras personas, una persona que no se da cuenta del valor positivo intrínseco a la verdad ni del valor negativo propio del error, una persona que no comprende el valor positivo inherente a la vida humana ni el valor negativo ligado a una injusticia, esa persona será incapaz de bondad moral: en tanto en cuanto está interesada solo en si algo es subjetivamente satisfactorio3, en si algo le resulta agradable, no puede ser moralmente buena.

 

Toda actitud moralmente buena consiste en la entrega a lo que es objetivamente importante, en el interés hacia algo precisamente porque tiene valor. Por ejemplo, dos personas son testigos de que se va a infligir una in-justicia a otra tercera. La que en toda circunstancia se preocupa solo por lo que le resulta agradable, no se dará por aludida porque calcula que el daño causado a otra persona no le reportará ninguna molestia. Por el contrario, el segundo testigo desea que el sufrimiento recaiga sobre él antes que permanecer ajeno a la injusticia que se cierne sobre la otra persona. Para este segundo testigo, la cuestión preponderante no es lo que le resulta agradable, sino lo que es importante en sí mismo. Este último se comporta moralmente bien, mientras que el primero lo hace moralmente mal porque omite con indiferencia la cuestión del valor.

 

El que una persona elija o rechace algo que es agradable pero indiferente desde el punto del vista del valor, depende de los propios gustos. El que una persona tome o no una comida excelente depende de ella. Pero el valor positivo pide una aprobación y el negativo, un rechazo por nuestra parte. Cuando nos encontramos frente a un valor, el modo en que debemos comportarnos no de-pende del arbitrio del propio gusto, sino que nos tiene que preocupar dar la respuesta adecuada, porque los valores requieren de nuestra parte que les prestemos el interés debido y les demos la respuesta adecuada. Ayudar o no ayudar a una persona que lo necesita no depende del arbitrio del propio gusto: es culpable quien ignora este valor objetivo.

 

Solo quien comprende que existen cosas importantes en sí mismas, que hay cosas bellas y buenas en sí mismas, solo quien percibe la sublime exigencia de los valores, cómo nos interpelan, y el deber de volvernos hacia ellos y de dejarnos conformar por ellos, es capaz de realizar personalmente los valores morales. Solo quien puede ver más allá de su horizonte subjetivo y quien, libre de orgullo y concupiscencia, no está siempre pendiente de lo que «le satisface» sino que, dejando atrás toda estrechez de miras, se entrega, con sumisión, a lo que es importante en sí mismo: lo bello, lo bueno, solo esa persona puede llegar a ser portadora de valores morales.

 

La capacidad para percibir los valores morales, reafirmarlos, y responder a ellos, es el fundamento de la realización de los valores morales de la persona. Y tales notas características solo se pueden encontrar en la persona empapada de reverencia. La reverencia es la actitud que se puede considerar como la madre de toda la vida moral, pues con ella se adopta ante el mundo una postura que abre los ojos espirituales y permite percibir los valores. De ahí que antes de tratar de las actitudes morales, es decir, de las actitudes que constituyen el fundamento de toda la vida moral, primero debemos hablar de la virtud de la reverencia.

 

La persona irreverente e impertinente es incapaz de cualquier entrega o sumisión de sí misma: o bien es esclava de su orgullo, de ese egoísmo atenazante que la hace prisionera de sí misma y ciega a los valores y la lleva a preguntarse repetidamente si su prestigio o su propia gloria aumentarán; o bien es esclava de la concupiscencia, que lleva a que todo en el mundo sea solo una ocasión de satisfacer sus apetitos. La persona irreverente no puede nunca albergar el silencio en su interior. Nunca da a las situaciones, a las cosas, a las personas, la oportunidad de desplegar su propio carácter y valor. Se aproxima a todo de una manera impropia y con una falta de tacto tal que se observa solo a sí misma, se escucha solo a sí misma, y se desentiende del resto. No mantiene una distancia reverente con el mundo.

 

La irreverencia puede ser de dos clases, según que esté enraizada en el orgullo o en la concupiscencia. La primera es la de la persona impertinente, cuya irreverencia es fruto del orgullo. Este tipo de persona adopta ante cualquier cosa una superioridad presuntuosa y superficial, y no hace nunca ningún esfuerzo por comprender las cosas desde dentro: es un «sabelotodo», el típico maestro de escuela que se cree que penetra en el interior de las cosas nada más verlas, y que lo sabe todo «al dedillo». Es una persona para quien nada puede ser más grande que ella misma, para quien no hay nada más allá de su propio horizonte, para quien el mundo del ser no esconde ningún secreto. Es la persona que Shakespeare tiene en mente al escribir Hamlet: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que pueda imaginar tu filosofía». Es una persona poseída por una incomprensión obnubilante, sin ambiciones, como Famulus en el Fausto de Goethe, que se considera completamente satisfecho por «lo maravillosamente lejos que ha llegado». Esta persona no tiene la más mínima idea de la anchura y la profundidad del mundo, del insondable misterio y de la inconmensurable plenitud de los valores que se pueden vislumbrar en cada rayo de sol y en cada planta, y que se nos manifiestan en la risa inocente de un niño, así como en las lágrimas de arrepentimiento de un pecador. El mundo se achata ante su mirada impertinente y estúpida: queda limitado a una sola dimensión, desvaída y muda. Evidentemente, tal persona es ciega a los valores; pasa por el mundo sin enterarse de nada.

 

El otro tipo de persona irreverente es la dominada por la concupiscencia, saturada de sí misma. Igualmente ciega a los valores, limita su interés a una sola cosa: si algo le resulta agradable o no, si algo le satisface o no, si algo le es útil o no. En todas las cosas ve exclusivamente lo que se relaciona con su interés accidental e inmediato: las considera solamente como un medio para su propósito egoísta. Se mueve constantemente en el círculo de su propia estechez y nunca consigue salir de sí misma. En consecuencia, tampoco conoce la felicidad profunda y verdadera que solo puede surgir de la entrega a los valores, del contacto con lo que es bueno y bello en sí mismo. No se aproxima a la realidad con impertinencia, como el primer tipo de persona irreverente, pero está igualmente encerrada en sí misma y tampoco mantiene con las cosas la distancia requerida por la reverencia: las mira por en-cima y solo busca lo que le resulta útil y provechoso. Asimismo, tampoco puede estar en silencio interiormente, ni abrir su espíritu a la influencia del ser de manera que experimente la alegría de los valores: por así decirlo, se encuentra en un permanente espasmo egoísta. Su mirada se posa sobre las cosas de una manera superficial, «desde fuera», sin llegar a comprender el verdadero significado y valor de un objeto: es corta de vista y se acerca tanto a las cosas que no les da la oportunidad de revelar su verdadera esencia, no les deja el «espacio» necesario para desplegarse completamente y de manera apropiada. Este tipo de persona irreverente también está ciega a los valores, por lo que el mundo no puede revelarle su anchura, altura y profundidad.

 

La persona reverente se aproxima al mundo de un modo absolutamente distinto: está libre del espasmo egoísta, del orgullo y de la concupiscencia; no llena el mundo con su propio ego, sino que deja a las cosas el «espacio» necesario para desplegarse por completo. Comprende la dignidad y la nobleza del ser como tal, el valor que poseen las cosas por el mero hecho de ser, en oposición a la nada: hay un valor inherente a cada piedra, a cada gota de agua, a cada brizna de hierba, precisamente por el mero hecho de ser, porque posee su propio ser, por ser tal cosa y no otra. A diferencia de una fantasía o de una pura apariencia, la realidad de las cosas es independiente de la persona que las considera y está fuera del alcance de la arbitrariedad de su voluntad. Cada cosa tiene el amplio valor general de la existencia.

 

A causa de esta autonomía de la existencia, la persona reverente no considera nunca a los seres como simple medio para objetivos egoístas accidentales: no son nunca algo que se puede utilizar sin más, sino que se los toma en serio y les deja el «espacio» necesario para des-plegarse completamente. Cuando se encuentra con los seres, la persona reverente permanece en silencio para darles la oportunidad de hablar: sabe que el mundo del ser es más grande que ella misma, que no es un Dominador que pueda hacer con las cosas lo que quiera, y que debe aprender de la realidad, y no al revés.

 

Esta respuesta al valor del ser está permeada por la disposición a reconocer algo superior al arbitrio del propio placer y de la propia voluntad, y a estar preparado para someterse y entregarse. Permite al ojo espiritual ver la naturaleza profunda de cada ser, deja que cada cosa desvele su esencia y hace que la persona sea capaz de percibir los valores. ¿A quién le será revelada la sublime belleza de una puesta del sol o de la Novena Sinfonía de Beethoven, sino a quien tiene ante ellas una actitud reverente y les abre totalmente su corazón? ¿A quién le será revelado en todo su esplendor el misterio de la vida, que se manifiesta en cada planta, sino a quien lo contempla con reverencia? Pero quien solo ve las cosas como un medio de subsistencia o de ganar dinero, es decir, como algo que puede ser usado o empleado, nunca descubrirá el significado, la estructura, el sentido de la belleza y dignidad ocultas en el mundo.

 

La reverencia es el presupuesto indispensable de todo conocimiento profundo, especialmente para percibir los valores. Toda posibilidad de que los valores nos eleven y nos hagan felices, toda entrega deliberada a los valores, todo sometimiento a su grandeza, presupone la reverencia. Con ella, la persona tiene en cuenta la sublimidad del mundo de los valores; con ella, la persona consigue elevar la mirada hacia ese mundo; con ella, la persona adquiere el respeto debido a los valores y a las exigencias objetivas que les son inmanentes y que, independientemente del arbitrio de nuestra voluntad y de nuestros deseos, requieren una respuesta adecuada.

 

La reverencia es el presupuesto y, al mismo tiempo, parte esencial, de toda respuesta al valor, de toda entrega a lo importante en sí. Cada vez que una persona se somete al bien y a la belleza, cada vez que se deja llevar por la fuerza interior del valor, está en juego la actitud básica de la reverencia. Esto se puede verificar examinando las actitudes morales en los diferentes niveles de la vida.

 

Por lo que se refiere a la conducta moral hacia nuestros semejantes y hacia nosotros mismos, toda la grandeza y profundidad de los valores inherentes a la persona como ser espiritual solo puede ser revelada a quien es reverente. La persona espiritual como ser consciente y libre, el único ser entre todos los conocidos capaz de percibir y comprender al resto de los seres y de adoptar una postura significativa hacia ellos, solo puede ser entendida por alguien reverente. Una persona es un ser que tiene la capacidad y la misión de realizar en sí mismo el rico mundo de los valores, de ser un modelo vivo de bondad, pureza y humildad. ¿Cómo podría alguien amar realmente a otra persona, cómo podría sacrificarse por ella, si no percibe nada de la nobleza y de la plenitud potencialmente encerradas en su alma, si no tiene ninguna reverencia por ella?

 

La reverencia como actitud básica es el presupuesto del verdadero amor, especialmente del amor al prójimo, porque solo ella nos abre los ojos al valor de las personas como seres espirituales, y porque sin ella no es posible ningún amor. La reverencia por la persona amada es también un elemento esencial de todo amor: prestar atención al significado específico y al valor de su singularidad; ser condescendientes con ella, en lugar de imponer nuestros gustos. Solo de la reverencia surge la voluntad de garantizar a la persona amada el «espacio» espiritual que necesita para expresarse libremente. Todos estos elementos esenciales del verdadero amor proceden de la reverencia. ¿Cómo sería el amor de una madre sin reverencia por el ser que está creciendo, por todas las posibilidades de desarrollo de sus valores latentes, por la nobleza del alma de la criatura?

 

Una actitud similiar de reverencia se manifiesta cuando vivimos la justicia con los demás, cuando respetamos sus derechos y su libertad para tomar decisiones, cuando limitamos nuestro afán de poder, cuando nos esforzamos por comprender los derechos ajenos. La reverencia como actitud hacia los demás es la base para la verdadera vida en comunidad; para tratar de modo adecuado el matrimonio, la familia, la nación, el estado, la humanidad; para tener respeto a la legítima autoridad; para el cumplimiento de los deberes morales hacia la comunidad en su conjunto y hacia cada uno de sus miembros. La persona irreverente divide y desintegra la comunidad.

 

Además, la reverencia es el alma de la correcta actitud en otros ámbitos como, p. ej., la pureza. Tratar de modo reverente el misterio de la unión conyugal, de la más íntima, profunda y tierna entrega de la propia persona, con todo su valor decisivo y duradero, es el presupuesto de la pureza. En primer lugar, la actitud de reverencia nos asegura la correcta comprensión de esta esfera y pone de manifiesto qué horrible es toda aproximación ilícita a este misterio pues cualquier irreverencia al respecto profana la persona y degrada seriamente nuestra dignidad. Solo a la luz de la maravilla del inicio de una nueva vida como fruto de la más estrecha unión amorosa de dos personas, se puede entender la monstruosidad de toda intervención artificial e irreverente para destruir la misteriosa conexión que existe entre el amor y el surgimiento de una nueva vida.

 

Por todas partes vemos que la reverencia es la base y, al mismo tiempo, un componente esencial de la vida moral y de los valores morales. Sin una actitud fundamental de reverencia, no es posible el verdadero amor, ni la justicia, ni la amabilidad, ni el propio perfeccionamiento, ni la pureza, ni la veracidad; y, sobre todo, sin reverencia, la profundidad queda completamente excluida. La persona irreverente es vana y superficial porque no consigue comprender la profundidad del ser: para ella, no hay nada más allá ni por encima de lo que es palpablemente visible. El mundo de la religión se desvela sola-mente a la persona reverente: solo a ella revela su sentido y su valor el mundo en su totalidad. Así pues, la reverencia como actitud moral básica es el presupuesto de toda religión, el fundamento de la correcta actitud de la persona hacia sí misma, hacia los demás, hacia cualquier ser y, sobre todo, hacia Dios.


 

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Enviado por Palabra - 09/03/2006 ir arriba
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