¿Me
presta el martillo,
por favor?
Autor: Josep
Tàpies
Titular de la Cátedra de Empresa
Familiar del IESE
Universidad de Navarra
Fecha: 17 de marzo de
2008
Publicado en: Expansión
(Madrid)
La
historia es muy popular. Nuestro
protagonista se dirige hacia la
casa de su vecino con la sana
intención de pedirle un martillo
prestado. Mientras sube las
escaleras, empieza a imaginar
cuál será su reacción ante la
petición. “¿Pensará que soy un
aprovechado? ¿Un tacaño, quizás?
A lo mejor no quiere prestármelo
y busca cualquier excusa…”. A
cada nuevo peldaño, añade nuevos
elementos negativos a la
historia hasta que, al final,
casi inconscientemente, en
cuanto el vecino abre la puerta,
en lugar de pedirle amablemente
el martillo le suelta: “¿Sabe
qué le digo? Que no necesito
para nada su maldito martillo.
Adiós”.
Cuando la imaginación y la
proyección sustituyen a los
hechos objetivos, la historia
del martillo se hace realidad.
Todos hemos protagonizado en
alguna ocasión esta historia.
Seguro que alguna vez no
habremos entendido un desplante,
habremos considerado excesivo un
reproche o juzgado tremendamente
injusta una acusación.
Jugaremos, en esta ocasión, el
papel del vecino que, al abrir
la puerta, escucha atónito de
boca de su vecino que puede
guardarse su martillo porque
quien lo pide no lo necesita
para nada.
Y al revés. También habremos
protagonizado situaciones en las
que éramos nosotros quienes
reprochábamos o acusábamos ante
la mirada atónita de nuestro
interlocutor, que no acababa de
entender las razones y motivos
que sustentaban nuestra
malhumorada protesta.
Estas situaciones tienen su base
en la desconfianza de, al menos,
uno de sus protagonistas. Al
igual que le sucede a nuestro
ficticio protagonista, son
muchas las ocasiones en las que
las personas tienden a imaginar
intenciones y voluntades ajenas
sin tener la valentía suficiente
para preguntar abiertamente si
lo que creemos es cierto o sólo
tiene cabida en nuestra
imaginación.
En la empresa familiar, se viven
a diario escenas como la del
martillo, agravadas por la
emotividad propia de los lazos
de sangre. Padres que esperan
algo de los hijos, hijos que a
su vez esperan algo de los
padres, hermanos con un largo
listado de reproches mutuos,
celos, frustraciones… Hay una
larga lista de elementos que
puede llevarnos a la frase:
“Quédese con su maldito
martillo”.
La comunicación y la confianza
son, habitualmente, herramientas
más que suficientes para
desactivar el efecto martillo.
No hay que imaginar. Hay que
preguntar, explicitar nuestro
punto de vista, establecer con
claridad cuáles son nuestras
expectativas, expresarnos cuando
algo nos ha ofendido o nos
resulta molesto.
Si no se desarrolla esta
capacidad de franco diálogo
entre los miembros de la familia
empresaria, los problemas
tenderán a engrandecerse y a
eternizarse hasta que, en el
momento menos oportuno, se hagan
visibles de un modo poco
apropiado.
No hay duda de que si nuestro
protagonista, lejos de fantasear
sobre cuál iba a ser la reacción
del vecino, se hubiese limitado
a pedir educadamente la
herramienta, hubiera obtenido
mayor beneficio puesto que, a
buen seguro, el dueño del
martillo hubiese accedido a la
petición.
Entre imaginar y hablar claro no
hay ninguna duda sobre lo que
resulta más conveniente y más
beneficioso. En la naturaleza
humana, está la desavenencia
pero, por fortuna, también la
capacidad para el
fortalecimiento de las
relaciones a través del diálogo
y, en el caso de las familias,
también de los sentimientos.
Volvamos para concluir a la
historia del martillo e
inventemos un final nuevo: el
dueño de la herramienta, en
lugar de sentirse ofendido por
el desplante del vecino,
responde con amabilidad: “No se
preocupe, la verdad es que ahora
no lo necesito. Tenga y ya me lo
devolverá cuando pueda”.
¿Imposible? No, si somos capaces
de ponernos en lugar del otro y
vermás allá de sus miedos e
incapacidad de expresión. La
franqueza y la sinceridad es un
trabajo de todos; el ejercicio
de alteridad y comprensión,
también.