Por Jaime Nubiola (*)
Arvo Net, 05.08.2006
Las
vacaciones en el Pirineo de Huesca con
sus majestuosas cumbres, las verdes y
empinadas laderas, los valles de origen
glaciar con neveros e ibones, han traído
a mi memoria aquella formidable escena
que relata Saint-Exupery en Tierra
de hombres de su amigo piloto
accidentado en medio de los Andes.
Merece la pena recordarla para advertir
el contraste entre la precariedad del
amor y de la amistad en nuestra sociedad
y la fuerza efectiva de estos vínculos
afectivos.
Se trataba
del avión postal que llevaba el correo
desde Santiago de Chile a Mendoza. Al
cruzar los Andes, un terrible temporal
derriba al pequeño avión sobre las
montañas. Una vez liberado de la cabina
destrozada, el piloto ileso comienza a
caminar en la dirección en que, piensa,
puede encontrar antes socorro. Pero los
Andes son inmensos y las fuerzas físicas
y los alimentos muy limitados. «En la
nieve —contaba el piloto— se pierde todo
instinto de conservación. Después de
dos, tres, cuatro días de marcha, uno
sólo quiere dormir. Era lo que yo
deseaba. Pero me decía a mí mismo: si mi
mujer cree que estoy vivo, sabe que
camino. Mis camaradas saben que camino.
Todos ellos confían en mí y soy un cerdo
si no camino».
El amor a
su mujer y la lealtad a sus amigos le
mantienen en pie y, cuando está ya a
punto de abandonarse agotado sobre la
nieve, el recuerdo de que hace falta
recuperar el cadáver para que su mujer
pueda cobrar su seguro de vida le da
nuevas fuerzas para seguir adelante. "En
caso de desaparición —explica Saint-Exupery—
se tarda cuatro años en declarar la
muerte legal. Este detalle te hizo
reaccionar, borró las otras imágenes. Tú
estabas boca abajo en una pronunciada
pendiente de nieve. Al llegar el verano,
tu cuerpo rodaría con el barro hasta una
de las mil grietas de los Andes. Lo
sabías. Pero también sabías que una roca
se alzaba delante de ti, a cincuenta
metros: «Pensé: si me pongo de pie, tal
vez podré llegar hasta ella. Y si me
quedo en la piedra, al llegar el verano
lo encontrarán». Una vez en pie,
anduviste durante dos noches y tres días
hasta que te encontraron". La historia
pone la piel de gallina: nos emociona
comprobar que el amor a su esposa le
salvó a Guillaumet literalmente la vida.
Una
historia como ésta permite entender bien
que la calidad de una vida
—parafraseando a Saint-Exupery— está en
función de la calidad de los vínculos
afectivos libremente elegidos. Son el
amor y la amistad los que nos salvan a
todos la vida. En su luminoso ensayo "La
amistad, un tesoro" la filósofa Ana
Romero ha escrito que "queremos tener
amigos en la vida para no estar solos —a
veces se siente la soledad incluso
estando rodeados de gente—, para vivir
la vida más a fondo y para disfrutarla
de verdad. Como escribió Aristóteles,
«sin amigos nadie querría vivir aun
cuando poseyera todos los demás
bienes»". Esto debería ser así de claro
para todos; sin embargo, en la cultura
dominante el amor verdadero y la amistad
sólida son más bien infrecuentes.
Nuestros jóvenes quizás incluso los
rehúyen por el compromiso que tantas
veces implican. Los vínculos afectivos
fuertes son ataduras que nos hacen
dependientes de los demás y, por tanto,
que nos hacen más vulnerables. El
sufrimiento de quienes queremos nos hace
sufrir a nosotros también.
Mi buen
amigo, el filósofo venezolano Rafael
Tomás Caldera, llamó mi atención sobre
las sugestivas palabras de Joan Manuel
Serrat al recibir el pasado mes de mayo
el doctorado honoris causa en
la Universidad Complutense. En aquel
discurso —que merece una lectura
completa— el admirado cantautor realiza
un encendido elogio del oficio de hacer
canciones, reivindica los valores de la
libertad y la justicia como una misma
cosa, y en particular hace una
maravillosa defensa de la amistad como
aquello que ha dado sentido a su vida:
"esta distinción —terminaba Serrat su
discurso— es el fruto de algo tan simple
y preciado como el cariño. Así lo
entiendo y lo agradezco. Si para algo
vale la pena vivir es para querer y ser
querido. Es lo que mueve mis pasos.
Probablemente, a lo largo de mi vida no
haya hecho otra cosa que lo que estoy
tratando de hacer ahora mismo: que me
quieran mis amigos. Y tener cada vez
más. Que es la única acumulación que
merece la pena en la vida y por la que
no se pagan impuestos".
Estas
sabias palabras de Joan Manuel Serrat
venían también a mi memoria al pasear en
soledad por los riscos pirenaicos
durante mi descanso veraniego. La fuerza
de la amistad desinteresada, la
acumulación de cariño, de querer y de
ser y sentirse queridos, como clave
vital para ser felices. Para hacer
amigos basta con querer, pero esto
significa también renunciar en cierto
sentido a la independencia, significa
hacerse vulnerable. Esta trama de
vínculos afectivos fuertes es la que
confiere sentido humano a nuestras
vidas. Los seres humanos —tal como
tituló Alasdair MacIntyre un reciente
libro suyo— somos Animales
racionales y dependientes. La
independencia robinsoniana es, en última
instancia, un ideal inhumano.
Las
vacaciones de verano son, sin duda, un
tiempo adecuado para pensar en estas
cosas que a la postre son tan
importantes para nuestras vidas. Pero
mejor que pensar es intentar llevarlas a
la práctica. Vale la pena dedicar tiempo
en estos días de mayor libertad para
ensanchar y profundizar nuestros
vínculos afectivos y para encontrar
nuevos amigos: así redescubriremos en
toda su hondura la fuerza de la amistad.
(*) Jaime Nubiola es profesor de
Filosofía en la Universidad de Navarra.
La Gaceta de los Negocio