Jorge Peña Vial
Arvo Net
7 de octubre 2005
El desenfado para hablar de lo íntimo y
personal, la frivolidad y la
desvergüenza, campean a sus anchas en
los programas radiales y televisivos. Se
exagera el valor moral de esta nueva
franqueza. Se sostiene que lo no
espontáneo es falso, calculador e
hipócrita. Si a esta lógica unimos la
muy en boga moral de la autenticidad,
resultará que lo reflexivo y voluntario
será siempre hipócrita y falso. Resulta
arriesgado hablar hoy del pudor cuando
la sociedad hace gala de haberlo
superado y predomina la retórica de la
explicitación total, el decirlo todo y a
voz en grito. ¿Es el pudor algo obsoleto
y prescindible, o más bien un valor
siempre necesario, tanto personal como
socialmente? No ha transcurrido mucho
tiempo de cuando el pudor era algo vivo
y operativo en el tejido social. Muchos
recuerdan sus manifestaciones en todos
los niveles: vestido, espectáculos,
lenguaje, tono de las relaciones
personales, etc.
Max Scheler, el entonces Karol Wojtyla,
Giuseppe Savagnone, Jacinto Choza, por
citar algunos estudios conocidos, han
mostrado la profundidad antropológica
del pudor. Choza en su ensayo “La
supresión del pudor” lo considera como
la tendencia y el hábito de conservar la
propia intimidad a cubierto de los
extraños. Así se dice que una persona
carece de pudor cuando manifiesta en
público situaciones afectivas o sucesos
autobiográficos íntimos. Es que la
intimidad puede quedar protegida o
desamparada en función del lenguaje, del
vestido y de la vivienda. Se da una
proyección espacial de la propia
intimidad en la casa y en la propia
habitación. Y el cuerpo, si bien no es
la proyección espacial de la intimidad
tampoco es algo meramente neutro y
yuxtapuesto, puesto que yo soy también
mi propio cuerpo. El pudor más que
natural o cultural es estricta y
genuinamente personal: “el pudor es el
modo como una persona se posee a sí
misma y se entrega a otra concreta”.
Pero hoy muchos consideran obsesiva y
malsana toda discreción a la hora de
vestir o de manifestar los propios
deseos o impulsos. Sin embargo, una
manifestación exagerada o indiscreta
puede ocultar lo esencial. Una excesiva
visibilidad acaba por hacer opaca a una
persona o una situación. Es como si la
auténtica personalidad quedase por
completo oscurecida precisamente por la
luz de los reflectores que les enfocan
sin cesar. Máscaras vacías, tras lo cual
no hay ningún rostro. Hay modos de
exhibición de la realidad personal que
en vez de desvelar un sentido acaban por
banalizarlo y ocultar su verdad
profunda. Mecánica fatal que reduce el
sujeto a objeto, las personas a cosas.
Hoy existe una obsesión por “sacar a la
luz”, por “revelar”, por “hacer al fin
público” realidades que requerirían una
saludable penumbra para poder sostener,
hasta en lo malo, la propia dignidad.
Pareciera que no hay perversión,
retorcimiento o vicio que no requiriera
ser expuesto al público, desdramatizado
y homologado. Cuando George Orwell acuñó
la expresión “El Gran Hermano” en su
novela 1984, quería subrayar lo
espantoso de un régimen totalitario que
aplasta a las personas al someterlas a
un despiadado control visual. Ahora el
reality ha creado, bajo la forma
de espectáculo, un pequeño campo de
concentración en donde las personas se
despojan de toda intimidad, y reducidas
al rango de ratón de laboratorio, son
objeto de incesante observación dentro
de una caja de cristal transparente.
Flujos íntimos y conversaciones
triviales obtienen un éxito masivo.
Lejos de constituir el último tabú de
una mentalidad superada, el pudor es el
signo indeleble de la dignidad de toda
persona.
Artes y Letras, diario El Mercurio,
2-X-2005